LAS HUMANIDADES XII: La Ciudad Sagrada: la polis como símbolo y templo

apocalipsis-jerusalen-celestial(Colgamos a continuación otro texto de Joaquín Muñoz Traver, adaptación del capítulo 5a de su inédito Las Humanidades como método de desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico,  tal como lo ha publicado en su blog Meditaciones del Día.WordPress, al cual remitimos por su renovado interés)

La hermenéutica simbólica de la ciudad implica acercarnos a ésta como symbolon, como modelo simbólico.  Este planteamiento supone recuperar un punto de vista propio de las sociedades arcaicas o tradicionales, del homo religiosus sobre el que hemos tratado anteriormente.

Aunque los prejuicios modernos y contemporáneos tiendan a asociar el término arcaico, primitivo o, incluso, tradicional, a una carencia de inteligencia, progreso o evolución (motivo por el que se pierde la posibilidad de aprender del pasado remoto), Olives asegura que “la gente antigua y primitiva es en cierto modo diferente de los modernos, pero no es intelectualmente subdesarrollada, a pesar de las diferencias de información entre ellos y nosotros.  Conoce menos algunas cosas, pero también mucho mejor algunas otras”[1].

Por tanto, el investigador que pretenda adentrarse en la idea arcaica[2] de ciudad para descubrir su enseñanza analógica, debe tratar de estudiar sin prejuicios la cosmovisión teofánica de la que las sociedades primitivas participan y que asume “la dimensión sagrada de todas las cosas y reconoce en la Deidad la razón última de todo cuanto existe y conoce”[3], así como el carácter revelatorio del cosmos.

Con esta premisa, y partiendo de la noción de símbolo que hemos expuesto en el capítulo 4.c, podremos comprender adecuadamente la afirmación que hace Olives de que la ciudad antigua –“que los antiguos llamaron polis y que los modernos hemos designado vulgarmente como «ciudad-estado»”[4]– es, desde el punto de vista clásico-tradicional, “un modelo de proyección territorial de ideas filosóficas polivalentes”[5], un mandala que facilita el acceso al Todo a través de la parte.

La propia etimología de polis nos remonta a la raíz indoeuropea pl, que implica el sentido de plenitud, lo que nos puede ayudar a adivinar qué se entiende, originariamente, por ciudad[6].  Olives elabora un sintético pero completo cuadro sobre el origen de algunas palabras referentes a la idea de «ciudad» que sirven de apoyo a sus planteamientos:

cuadro etimologia polisOlives:2006, 17

 Si asumimos estas premisas, deberemos atender a la ciudad como símbolo de plenitud, como soporte de meditación y contemplación, tratando de acceder –a través de su disposición y formas- a la oculta estructura común de cuanto nos rodea, al mensaje e influencias que la Divinidad trata de transmitir en cada una de de sus creaturas a través de su obra y que la ciudad tradicional o sagrada trata también de representar y comunicar (para beneficio de sus habitantes) mediante la plasmación sobre el plano de la estructura y los ritmos de la naturaleza.

Mediante la adecuación a ese modelo revelado, se pone orden donde antes había caos (ordo ab chao)[7] y se identifican las relaciones y el ritmo común oculto que hacen posible encontrar la unidad que subyace en la diversidad de lo creado, en el Anima Mundi[8].

Esta proyección sobre la tierra de la unidad, el orden y la armonía celestes que implica la visión del plano de la ciudad como imago mundi, como reflejo arquetípico de la estructura del mundo[9] y del hombre, vehicula -como todo símbolo tradicional- el descenso de las «influencias espirituales» correspondientes.  Por este motivo, puede afirmarse que, gracias a la analogía que une las formas cósmicas con las creaciones arquitectónicas, la ciudad antigua es más que un lugar donde albergar y proteger al hombre.

Mediante la edificación de la ciudad siguiendo el modelo simbólico revelado –y su posterior contemplación- se logra la anamnesis o recuerdo de la «ciudad divina»[10], el reconocimiento y activación de ideas arquetípicas[11] que dotan a aquélla de un valor operativo, alquímico o transformador, en el sentido de que puede ser el soporte simbólico para promover una realización interior, una metanoia personal, un desarrollo del potencial humano, convirtiendo el urbanismo en un instrumento de comunicación con lo invisible, que permite el descenso de influencias del cielo hacia el hombre y que hace posible que el hombre recupere el camino del cielo[12], realizando así su destino. 

En una plástica imagen, Olives llega a hablar de un “eslabón simbólico entre  lo de Arriba y lo de Abajo, un potente generador de revelaciones, asociaciones especulativas y referencias significativas, de las cuales pueden beneficiarse los ciudadanos que forman comunidad a su amparo, y que con dicha ciudad se identifican”[13] mediante su contemplación.

La concepción de la ciudad antigua como templo para ser con-templado es tratado por Olives en el capítulo IV de “La ciudad cautiva”, mediante la referencia al simbolismo apocalíptico de la Jerusalén Celestial.

Conforme a la etimología original del término latín templum, podemos entender el templo como un recinto sagrado destinado a la contemplación del cosmos.  Así, si es cierto que la naturaleza es un libro abierto que nos habla de su Creador -y, analógicamente, de nosotros mismos- no tendrá tanta importancia dónde se pone la vista sino cómo se mira, cómo se con-templa. La validez simbólica de la ciudad arcaica tiene su fundamento en cuanto esquematiza la estructura común, metafísica, que subyace tras toda la creación, que se revela mediante una adecuada hermenéutica simbólica y que se fundamenta en la adecuación de la estructura de la ciudad sagrada al esquema propio de los cielos. Ésta no es un capricho estético sino una forma simbólico-ritual de procurar la fecunda hierogamia entre los dos mundos (el sagrado y el profano, representados por lo alto –los cielos- y lo bajo –lo terrestre), abriendo una brecha, una puerta, una escalera, que permita transitar entre ellos mediante la sacralización del espacio y tiempo profanos que se produce a través de su «cosmificación».

Respecto al vínculo existente entre «cosmificación» y sacralización del espacio resulta imprescindible remitirse a la explicación ofrecida por Eliade y que sirve de introducción a las aportaciones de Olives: “La cosmogonía es el modelo ejemplar de toda especie de «hacer»: no sólo porque el Cosmos es el arquetipo ideal a la vez de toda situación creadora y de toda creación, sino también porque el cosmos es una obra divina; está, pues, santificado en su propia estructura.  Por extensión, todo lo que es perfecto, «pleno», armonioso, fértil; en una palabra: todo lo que está «cosmificado», todo lo que se parece al Cosmos, es sagrado. (…)  Pues el Cosmos, volveremos a decir, es la obra ejemplar de los Dioses, es su obra maestra”[14]

Olives demuestra conocer y compartir esta relación –que trasciende a la referencia astronómica- a tenor de su elección de una conocida cita de Hermes Trismegisto para dar inicio a “La ciudad cautiva”: “¿Ignoras pues, Asclepio, que Egipto es la copia del cielo o, mejor dicho, el lugar donde se transfieren y proyectan aquí abajo todas las operaciones que gobiernan y ponen en acción las fuerzas celestiales?  Más aún, si hay que decir toda la verdad, nuestra tierra es el templo del mundo entero”[15].

No es raro que nuestro autor haya escogido esta cita como antesala de su escrito si atendemos a la coincidencia y complementariedad de ésta con su propia visión de la ciudad como proyección del templo, de  origen sagrado, que hace –de la ciudad misma- un nuevo templo[16] en el que es posible descubrir el Todo en la parte.

El propio Sócrates, o Platón poniéndolo en boca de Sócrates, refuerza esta idea de la analogía hermenéutico simbólica (en este caso de correspondencia entre la ciudad y el hombre), así como la pertinencia de estudiar en profundidad la polis para, especulando, descubrir los secretos entresijos del ser humano.

Tan aclarador resulta el texto, que Olives realiza una extensa cita (práctica poco habitual en él) que, por lo excepcional de la misma, vamos a transcribir íntegramente.  Comienza así: “Si algunas personas cortas de vista al tener que leer de lejos unas letras escritas en pequeños caracteres, se dieran cuenta de que esas mismas letras están escritas en otra parte con caracteres grandes sobre una amplia superficie, les resultaría, creo yo, muy ventajoso ir a leer primero las letras grandes, y acto seguido confrontarlas con las pequeñas para ver si son las mismas”[17].  Y, por si no resultara suficientemente clara la relación analógica con la ciudad, más adelante continúa:

”(…) ¿No se encuentra acaso la justicia en una persona y en una ciudad?

– Sí.

– Pero, ¿no es una ciudad más grande que una persona humana?

– Sin duda.

– Por consiguiente la justicia podría hallarse en ella escrita con caracteres más grandes y más fáciles de discernir.  Así indagaremos primero, si te parece bien, cuál es la naturaleza de la justicia en las ciudades; luego la estudiaremos en cada hombre, y podremos reconocer en pequeño tamaño lo que hemos visto en gran tamaño”[18].

Pero esta relación de analogía no se limita al ámbito antropológico sino que, como ya hemos tratado anteriormente, va mucho más allá e incluye también a la teología, a la cosmología y al resto de ciencias particulares que estudian compartimentos estancos de la creación teofánica.   Sin embargo, la principal de las analogías será siempre la antropológica puesto que el método hermenéutico simbólico exige atender en primer lugar a esta correspondencia para encarnar, interiorizar y vivenciar el conocimiento que, tras meditarlo y hacerlo propio, permite descubrir la misma estructura en el resto de la realidad.  Este reconocimiento permite experimentar la realidad al modo místico, unitivo, relacional, de un modo más cercano y propio que se basa en la interdependencia y que permite descubrir nuevas analogías y enseñanzas entre los distintos estratos de la realidad.

Una de las primeras consecuencias de partir de la consideración de la ciudad como sagrado templo de diseño celeste (cuyo modelo debe ser respetado para garantizar su efectividad) es que este hecho restringe la inspiración o creatividad personal del fundador, el equista[19], el arquitecto o el urbanista.

En el pensamiento tradicional se entiende que la inspiración y dirección del proyecto debe venir –como en el acto creador original- de Dios mismo.  De hecho, es ésta la característica que strictu sensu permite hablar de ciudad tradicional.  Porque atendiendo a la etimología de este término (tradere, traditio), éste describe la cualidad del objeto que ha sido recibido por alguien que, a su vez, lo entrega de nuevo.

Atendiendo a la dignidad del primer transmisor, ese modelo propio de la ciudad sagrada es comunicado de generación en generación procurando la absoluta fidelidad a la revelación original.  Olives apoya esta tesis en un dato histórico significativo: en los anales, la crónica propia de cada ciudad antigua dotaba a ésta, invariablemente, de un origen sobrenatural, como idea especulativa (o representación geométrica del orden cósmico[20]) revelada por la Divinidad al fundador o fundadores[21], hecho que justifica la denominación de “ciudad sagrada”[22] y la conceptualización de la fundación de la ciudad como un rito, del que trataremos en un próximo capítulo…


[1] Olives:2006, 23

[2] Como recuerda Olives, la palabra «arcaico» procede del griego y significa «principio» u «origen» (Olives:2006, 429), y es en este sentido gaudiniano de vinculación con la fuente que voy a emplear el término.

[3] Olives:2006, 20

[4] Olives:2006, 16.  Sobre la matización de la adecuación del símil entre polis y «ciudad-Estado», ver Olives:2006, 17

[5] Olives:2006, 18

[6] Olives:2006, 67

[7] En un artículo titulado “Del caos al orden y viceversa” afirma Olives que todo proceso creacional es, en cierto modo, un salto del caos al cosmos, del desorden a la organización, de lo informal e impreciso al orden.  Este hecho explica la denominación que se otorga a las narraciones que relatan la creación del mundo y del hombre: relatos cosmogónicos.

[8] Olives:2006-II, 60

[9] Olives:2006, 69 y 71

[10] Olives:2006, 243

[11] Olives:2006, 236

[12] Este «valor biunívoco» del simbolismo (permite la “presencia” de lo inteligible en lo sensible y viceversa, la elevación de lo sensible hasta los arquetipos o Ideas) es tratado por Josep M. Gràcia –antiguo alumno de Olives- en su Tesis Doctoral (“Simbólica Arquitectónica”), quien lo relaciona con el doble movimiento de solve et coagula, aspir y expir, subir y bajar…  Gracia:2001, 52, 80 y ss.

[13] Olives:2006, 71

[14] Eliade:1992, 39

[15] Hermes:OC, Asclepio, 24, citado en Olives:2006, 15

[16] Olives:2006, 47

[17] Platón:Rep, 368d

[18] Platón:Rep, 368e -369a

[19] De oikos, casa.

[20] Cfr. Olives:2006,57

[21] Cfr. Olives:2006, 18

[22] Olives:2006, 24 y 28

RENACER EN EL HUEVO PARA LA PASCUA, y otros simbolismos

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El renacimiento es el “pasaje” (la Pascua) a otra dimensión de nosotros mismos, hasta ahora ignorada, oída de referencias, medio intuída por muchos, visitada por algunos, pero real, existiendo desde siempre aquí y ahora, aunque no nos demos cuenta. Los símbolos, las imágenes, las historias sagradas, los mitos y las liturgias, son instrumentos que nos sirven para atraer la conciencia hacia esa realidad. Esa Realidad, el Ser, nuestro nuevo ser es tan grande rico, bueno y completo, que las palabras y las formas nunca podrán abarcarlo, ya que son nada más que emanaciones que proceden de él. Sin embargo, son muy valiosas, porque nos conectan cuando estamos distraídos. Son un efectivo recordatorio de nuestra identidad verdadera.

Entonces no debemos buscar la lógica de los simbolismos en el plano corriente donde estamos habituados a pensar. La lógica de los símbolos que manejamos (renacer, caverna, niño, pascua, tumba, pesebre, comunión, etc) es la efectividad que tienen para despertar el recuerdo, la memoria, la reminiscencia (anamnesis) de lo que somos en realidad. No es de extrañar pues, que en plano de la lógica corriente los simbolismos se fundan unos con otros, se relacionen de modo aparentemente delirante, se solapen en sus significaciones. Eso ocurre precisamente al referirnos a este acontecimiento prodigioso que es nuestro propio renacer a otra dimensión de nosotros mismos.

Lo que en el contexto de Belén es la cueva, en el contexto de la Resurrección es la tumba (el sepulcro), al que nos hemos referido en el capítulo anterior, a propósito de la función que llamamos “José”. Cueva y tumba coinciden por su significado con el antiguo antro de Porfirio, con la caverna platónica, lugares virtuales (utópicos) donde se produce la “iniciación a los misterios”, el nacimiento de los “dioses” mitológicos, la entrada al conocimiento de nosotros mismos y el pasaje (Pascua) a la nueva dimensión expandida de nuestro ser, cuando nos hacemos conscientes del cuerpo de gloria, el “cuerpo de Cristo.”

El simbolismo  subterráneo evoca inmediatamente la presencia de lo que está “sobre la tierra”, “en el exterior”, “a la plena luz del día”, nuestro ser expandido y consciente, que en el “encierro” habíamos olvidado. Es por lo tanto un simbolismo de pasaje, de transición, de transformación, de renacimiento. También evoca el simbolismo del Templo, que representa la “casa cósmica común”, y podemos reconocerlo en la imagen del actual Santo Sepulcro de Jerusalén, que aúna ambos simbolismos a los que nos referimos.

Lo que ese tipo de templo cristiano aporta es el valor de la cúpula, que representa el cielo y marca con la linterna el orificio de salida del cosmos, en la sumidad (que la tradición china llama T’ai-ki, y la asocia con la Estrella Polar, virtualmente situada por encima del ápice de nuestro cráneo). El Santo Sepulcro, se solapa entonces con la visión del cosmos como un templo-caverna cuya techumbre es el cielo y cuya base es la tierra. Y esa caverna es la que de hecho nos contiene a todos, es la matriz para nuestra resurrección, para el “segundo nacimiento”, el que ahora nos toca para completar la realidad humana y culminar la aventura de nuestra vida.

Observamos también que cueva, tumba y cúpula, nos remiten a la forma del huevo, símbolo por antonomasia del nacimiento. Y a la vez, tradicionalmente, se ha usado para simbolizar la totalidad del cosmos. El Huevo de Pascua añade el sentido de prosperidad, de abundancia. En las tradiciones centroeuropeas lo trae el conejo, el animal que encarna la fertilidad en grado sumo (asociado con la luna, en cuya faz lo vemos dibujado).

La forma ovoide (o esférica) es pues una herramienta para ayudarnos a percibir, a sentir nuestro ser interior, el nuevo ser que late en nosotros y que la respiración consciente siempre nos patentiza. La forma ovoide de nuestro ser interior, a diferencia de la esfera que también lo simboliza, tiene la ventaja de enfatizar los dos polos -el de arriba y el de abajo- entre los cuales se sitúa nuestro cuerpo físico, nuestro eje o columna. Ambas formas, huevo y esfera, además de evocar el espacio interior e intangible, también nos sirven para meditar la unidad de todo lo que nos rodea (dentro y fuera), la unicidad del ser manifestado. En la visión unitaria del ser hay trascendencia, nueva vida, liberación de toda matriz y “salida del cosmos”.

Los encadenamientos simbólicos que atrae la forma del huevo, son tan ricos e interesantes, que vamos a abordarlos en otro capítulo. Quedamos aquí asombrados por la presencia de la matriz cósmica, del útero universal, de este “huevo”  en el cual somos germen, para descubrir inmediatamente, respirando conscientemente, las infinitas posibilidades de liberación y expansión que nos vienen regaladas con el renacimiento.

José Olives Puig

Cardedeu, 23 Marzo 2012

Prácticas Master UIC con DICCIONARIOS DE SIMBOLOS (III) simultáneas con la lectura de La Ciudad Cautiva, cap.II

Pido excusas a los alumnos del Master por no dar abasto a responderlo todo, a la vez que agradezco vuestros comentarios y notas, que incluyo aquí algo resumidos. Conviene recordar que son dos los diccionarios con los que recomiendo trabajar (el de Herder, más completo que el de Cirlot, conviene saberlo manejar y conocerlo, de cara al futuro). También interesa completar vuestro comentario general con los descubrimientos de símbolos y encadenamientos concretos que a uno le llaman la atención y le orientan. Algunos ya lo habéis hecho así. Animo a los demás a irse incorporando a este tipo de aprendizaje directo del lenguaje analógico y la cosmología, que ciertmante irá dando frutos “cada vez más sazonados”.
Cordialmente,
J.O.P.

Gemma

Escribe: “Me gustaría una ampliación sobre los símbolos fundamentales. Simbolismos que están en todas las religiones: aquellos símbolos que hablan del alma, de lo invisible, de nuestro interior…”

J. O.: Todo es símbolo. El símbolo evoca la dimensión interior del mundo, de uno mismo ( la vivencia interior, el significado profundo, otro plano del ser y de la vida). Reconocer el simbolismo es reconocer nuestra alma y el “alma del mundo”; nos facilita salir del “encierro” que es la visión horizontal de la vida, la permanente “distracción” unilateral con la materialidad de las cosas, la rutinaria historia, el pensamiento . El simbolismo  (cada símbolo ) nos invita a la forma analógica de pensar, o mejor, de sentir, ya que se trata de una forma de pensamiento empática, identificante, no-dual. Este mátodo es la hermenéutica tradicional (o simbólica), aplicada igualmente a los ritos, a los mitos, a la historia sagrada. Es una metodología de trabajo espiritual, meditativo, contemplativo. Poco a poco se va entrando en esa nueva/vieja forma de ver. Para la etapa de este Master, en la que nos hallamos, yo recomiendo el la preciosa herramienta que son los diccionarios y los consiguientes ejercicios –que hay que hacer- (junto con la enseñanza oral y escrita que estamos compartiendo).

Además, las grandes religiones tienen cada una su propia “paleta” de símbolos, con los “colores” que la caracterizan, formando un sistema analógico, que comprende también los ritos y las historias sagradas (mitos).

Las grandes religiones coinciden esencialmente en los grandes rasgos del simbolismo, como no podría ser de otro modo, ya que el mundo siempre es el mundo, el ser humano es siempre el ser humano y Dios es siempre El que Es. Hay una coincidencia total en las formas más directas y escuetas del simbolismo, como son los números, la geometría regular, el movimiento de los cuerpos celestes, y el comportamiento del sonido en la escala musical. Esos cuatro puntos forman el “quadrivium” que es el “programa” de la ciencia universal y superior de los ritmos del ser humano y el universo, ciencia (escolástica) compartida por todas las grandes civilizaciones y tradiciones sagradas de la humanidad. En esta asignatura la introducimos con el modelo de la ciudad y la geometría del mandala. Allende estas formas tan escuetas y directas de simbolismo, está la iconografía, muy adecuada a la enseñanza en el contexto académico. Con ella hemos empezado a trabajar especulando con las Tres Gracias.

Tatiana

La FLOR, que aprecio y que siempre me llama la atención(…en elDiccionario de símbolos):…belleza con la fugacidad del tiempo (…). <También> imagen arquetípica del alma, un centro –al igual que el mandala– del que derivan las demás cosas y que siempre guarda una relación directa con lo que nace de su interior (de la flor, los pétalos y el olor que se desprenden; del alma, el cuerpo y nuestras acciones, etc…).

Josep Mª:

A comienzos de febrero tuve la oportunidad de pescar unos días en el interior de Lleida el río Segre, donde todas las jornadas nos acompañó una densa niebla, característica de esta zona. Si ya uno se siente pequeño ante la grandiosidad de la naturaleza y de sus ríos, con este fenómeno te sientes también perdido… Dice Cirlot en el Diccionario de símbolos: “La NIEBLA simboliza lo indeterminado, la fusión de los elementos aire y agua, el oscurecimiento necesario entre cada aspecto delimitado y cada fase concreta de una evolución…”Yo  no me había parado a pensar en el tema del “oscurecimiento necesario”…los elementos no cambian ni son de un modo absoluto, sino que también tienen fases de transición, del mismo modo que sucede con todo aquello que ronda nuestro corazón, y que se va transformando y creciendo. Quizá por esto la próxima vez tenga un motivo para admirar la niebla –en vez de quejarme, que de nada sirve- y pensar en algún instante sobre estos temas.

 

Mª José haanotado y buscado sobre las siguientes entradas, entre otras cosas:

El SANTUARIO, según Filón, designa la penetración de los misterios divinos

El TEMPLO …“el propio universo está concebido como un templo, y los místicos convierten el alma humana en el templo del Espíritu Santo. El templo es el lugar de habitación de Dios sobre la tierra, el lugar de la presencia real. Está hecho según el modelo divino; su plano es revelado. Los templos budistas tienen la estructura horizontal del maandala: símbolo horizontal de Purusha, la presencia divina en el mundo. El templo que el rey Salomón construye a Yahvé es un modelo de simbólica.

La CHIMENEA es un canal por donde pasa el soplo que anima el hogar, excita el fuego, conserva la vida de familia o del grupo. Participa del simbolismo del fuego y del calor.

El CALOR es una potencia cósmica que le permite a uno nacer del caos primordial. Hace madurar biológica y espiritualmente. Su acción es más rápida y eficaz cuanto mejores son las disposiciones del sujeto.

El FUEGO es la representación más cierta de Dios (Agni, Indra, Surya <son algunas de sus denominaciones en el hinduismo>)

 

Evaristo:

Dos símbolos que me han llamado la atención por su importancia en los capítulos de La Ciudad Cautiva, símbolos para mí muy especiales desde que comenzamos los seminarios:

 

CIUDAD

Leyendo el diccionario de los Símbolos he entendido más la ciudad como símbolo en  La ciudad cautiva. Veo como las ciudadesreflejan el orden celestial y reciben sus influencias. Son imágenes de centros espirituales.

Las ciudades son cuadradas y están orientadas. En la antigüedad y aún hoy día en la India o en China las dos vías perpendiculares unen las cuatro puertas cardinales y hacen que el plano de la ciudad se asemeje al mandala cuaternario simple de Shiva en las ciudades.

Pero sobre todo me llama la atención que el centro de la ciudad es igual para cualquier religión. En el centro de Ayodhya está el Brahmaputra; en el centro del mandala, el Brahmasthana; en el centro de la Jerusalén celestial está el Cordero. En el centro del hombre está en corazón y el fuego, la luz el conocimiento.

FUEGO

De los distintos símbolos es el que más me ha llamado la atención porque el fuego está en el centro de la ciudad en su fundación, el fuego está en el altar, el fuego está en el interior del hombre. El apartado 3 dedicado al fuego, del diccionario de Jean Chevalier  me ha llamado especialmente la atención. En él se dice que Budddha sustituye el fuego sacrificial del hinduismo por el fuego interior, que es a la vez conocimiento penetrante, iluminación y destrucción de la envoltura “Mi corazón es el hogar, la llama es el yo domado…”

Raquel

”…me ha interesado especialmente (…) la definición de Schneider del simbolismo: el arte de pensar en imágenes, perdido por el hombre civilizado en los últimos 300 años, a consecuencia de las catastróficas teorías de Descartes. Esto unido a que “en las ideas siempre hay algo de las creencias” me ha llevado a meditar sobre el deber-necesidad-naturaleza  del hombre de integrarnos como individuos en unidades más amplias (M.Eliade), sociedad, cultura, universo.

La vuelta a los arquetipos tradicionales (imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo) puede ayudarnos a recuperar los valores perdidos, aunque su presentación tendría que tener una apariencia diferente. Planteamientos nuevos de pautas de comportamiento tradicionales, basadas en el bien común. Me ocupan de manera especial los símbolos relacionados con la ciudad y su medida humana, al mismo tiempo que la trascendencia de ese ser humano manifestada en la sociedad. El hombre es un ser social por naturaleza y no puede desarrollarse fuera de ella. Resumiría mi incursión en el diccionario con una frase de Pío XI en Divinis redemptoris: “Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”.