San José y otros Josés: los arquetipos del OBSTETRA

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Gracias Mil por las felicitaciones, queridos Pájaros de Fuego!!!


…y a tí especialmente, Vencedora de Holofernes, que esta mañana me has regalado la imagen!!! Me felicitas transformándome como el Fénix!!! Gracias!!!
Que el divino patrón de todos nosotros, San José, nos asista en el Segundo Nacimiento!!! Sabíais que su nombre hebreo JOSSEPH, significa precisamente “Añada Dios un Segundo Nacimiento”? Pues así es: Él es el OBSTETRA santo, humilde y solícito a los llamados del Más Allá. No es el Padre, porque el padre es el Espíritu (la Respiración que siempre sopla y nos da la vida desde Arriba). San José nos ayuda en el proceso. Él es el que vigila la barriga (el útero) de la Virgen (nuestra Alma creativa) que pare y da a Luz el Niño Divino, el Hijo Únigénito de Dios.
Para completar la enseñanza de las energías internas (invisibles) que siempre nos ayudan (y que SOMOS), la Biblia nos presenta dos Josés más (por lo menos…):
El primero es el que interpreta los sueños de Faraón y salva a sus once hermanos de la carencia (repasad la historia y ahora la podréis comprender). El otro es José de Arimatea, el discípulo rico e influyente de Jesús. El que compra la tumba excavada en la Roca de Jerusalén: el útero para la Resurrección. También es el que lleva el Cáliz de la Cena a Armórica (Irlanda), transmitiendo a los celtas la influencia espiritual cristiana, con la que ellos espiritualmente se funden a partir de aquel momento…. Bueno, historias…para el día de nuestro patrón. (Es además el constructor de la Sagrada Familia…incluida la basílica de Barcelona, según el propio Gaudí lo reconoce…él que para esa obra increíble fue contratado por la Associació dels Amics de Sant Josep, que pusieron el terreno y las primeras piedras…). La historia es interminable! EUREKA!!!
Abrazos y besos entrañables para todos vosotros, profesionales de eso que es el AMOR.
Siempre!
José

10.- Invitados a renacer en la Natividad perenne…

La tradición popular afirma que el Niño Jesús nace cada día. Eso lo podemos vivenciar en nuestro ser mediante el rito cotidiano de la meditación. Esa es un práctica que nos da vida y nos conecta con lo real. Muy recomendable para los principiantes que desean iniciarse. Indispensable para los ya iniciados…Porque es en el pesebre de nuestro corazón donde hallamos el “pan de vida” que nos alimenta. La única comida que a partir de cierto grado nos puede satisfacer.

 

Visitamos a diario el belén. Beth-lehem, la “casa del pan”, donde podemos saciarnos, porque el Niño Divino sobreabunda en cuerpo y sangre, y se nos entrega  bajo las especies del “pan y el vino” para que comiéndolas y bebiéndolas nos identifiquemos con él. Y transitemos gloriosamente más allá de los esquemas y planteamientos de la vida corriente. Transformándonos en nuestro ser inmortal.

 

Es así como el Espíritu y todas las criaturas celestes y terrestres acuden a celebrar semejante prodigio. La Natividad es importante porque es un arquetipo universal, redivivo, perenne, que funciona en nuestro corazón cuando nos ponemos a activarlo. Es la primera parte de la Buena Nueva, la Buena Noticia (eso es lo que significa Ev-Angelio, palabra griega). Nace hoy, y cada día, en la caverna de nuestras entrañas, el germen, el embrión de inmortalidad. Cuando lo percibimos se produce el amor y podemos oír el canto de los ángeles (gloria!, gloria!) y vivenciar la interacción energética y luminosa con todos los demás seres colaboradores, desde la “Virgen” que nos pare y luego nos da su “leche”, hasta San José, el divino obstetra, pasando por los dos animales que dentro de uno respiran, y la miríada de visitantes (reyes, pastores, hilanderas, rebaños, pájaros, etc) que gozosamente participan atraídos, cada uno con su energía y función propia.

 

Todo ello lo vivenciamos en meditación, a modo de rito sagrado. Entrando en nosotros mismos. Atendiendo a lo que sentimos. Llevándolo todo a la cueva de nuestro corazón, donde se produce la alquimia transformante por obra de Dios. Es Él quien desea engendrar en nosotros el “Hijo Unigénito”. Solamente hemos de prestarnos a ello. Escuchar el latido del Espíritu, la respiración cósmica que todo lo penetra. Sentir la fecundación y el embarazo de la Matriz Cósmica que nos con-tiene. Colaborar respirando, con el tesón concentrado del buey y el densísimo aliento caliente del burro.

 

Todos estos símbolos sagrados, ya comentados anteriormente, se reconocen como lo que son: energías internas. El mandala del Belén es riquísimo, y para activarlo traemos a colación todos nuestros recuerdos, conocimientos iconográficos (los pesebres, las natividades en las láminas de libros y los museos, los diccionarios de símbolos, donde podemos buscar cada cosa, etc.). Pero es también necesaria la iniciación, transmitida de viva voz y no solamente por escrito.

 

Por esta iniciación al Conocimiento (con mayúscula) accedemos a vivenciar los “misterios”, tal como los llamaban los antiguos. En los tiempos arcaicos y prehistóricos, se celebraban en el interior de cuevas, dólmenes de galería, templos hipóstilos, como los innumerables que todavía podemos reconocer en la literatura y en el paisaje en forma de vestigios arqueológicos o monumentos turísticos. Los antros arcaicos simbolizan la caverna cósmica. Y también la simboliza el templo cristiano (con su estructura antropomórfica orientada).

 

Todo ello son símbolos que nos ayudan a reconocer los “misterios” de nosotros mismos en el antro de nuestro pecho (tronco o cuerpo entero), en lo más íntimo de la caverna del corazón. Es en este centro donde brilla el Ser. Es allí donde crece el Embrión de inmortalidad, donde se gesta nuestra vida eterna. La iniciación es aprender un cambio de piel, al estilo de las serpientes, en las profundidades de la tierra, para salir a la luz regenerados, con un nuevo “cuerpo.”

 

Nuestra mente informada colabora con este proceso, pensando bien, operando en el plano organizativo. Encontrando el tiempo, el lugar, el maestro, los libros, métodos y técnicas. Pero la Gran Obra no la realiza la mente. Ni tan sólo puede producirse si la mente (individual) no aprende a estar callada. La natividad se produce en lo más oscuro de la noche, bajo las estrellas, en el silencio profundo de la cueva.

 

La mente, nuestra mente, prepara como sirvienta esta gran fiesta. Lo hace comprendiendo, pensando bien, revisando los prejuicios y los viejos esquemas aprendidos que ya no sirven (sobre el sentido infantil o vulgar de la natividad, la religión, los símbolos, las técnicas respiratorias, los métodos espirituales, los ritos, las liturgias, los dogmas, las teologías, el arte, etc.). La mente al servicio de nuestra libertad es la que colabora con su apertura y su coraje a desprendernos de las cadenas que hacen a la “ciudad cautiva”.

 

No es fácil al principio entrar en la libertad asociativa que nos brinda el lenguaje del simbolismo. La religión convencional, depositaria de los simbolismos sagrados, no nos enseña generalmente esa libertad, porque su función en el mundo es precisamente la de transmitir a las masas esquemas relativamente fijos que las acerquen lo más posible a la luz y a la buena vida. Pero los esquemas fijos no valen para los iniciados que entran en la caverna.

 

Los simbolismos sagrados siempre se solapan y complementan. A menudo nos sorprenden, ya que desde el punto de vista de las convenciones y la lógica pueden aparecer como irreverentes o irracionales. No es de extrañar y, puesto que nos conectan con la supra-lógica y con el verdadero intelecto (el “sentir”, la intuición intelectual pura, a mil leguas de la razón).

 

La natividad es un pasaje a otra dimensión de nosotros mismos. Y este pasaje no se puede separar de la segunda parte, que la liturgia nos presenta como Pascua de Resurrección. Ambos simbolismos, natividad y pascua, vibran simultáneos cuando activamos el sentido dentro de nosotros. Y también lo que parece lógicamente lo primero, aparece de pronto como lo segundo…Nacer gloriosamente en la cueva de Belén, implica para nosotros la mayoría de veces, haber lidiado antes con las amarguras y agonías de la pasión. Haber reconocido antes en nosotros la “víctima”, la parte oscura, postergada y temerosa de nuestra personalidad.

 

Esta parte “fea”, que todos los seres humanos tenemos, es eso que en el cristianismo se llama “pecado” y que a la modernidad tanto repugna. Pero la alquimia interna nos enseña a verlo como un tesoro. Como la materia prima de la obra. Como el “mercurio de los filósofos”, sin el cual la transmutación en el nuevo ser no sería posible.

 

He aquí pues que el poder renacer conlleva el coraje de contemplar la parte no realizada de nosotros mismos. La que no nos gusta y siempre tratamos de ocultar. Es en ella que se oculta también el Niño Divino…No olvidemos que nace en humilde y oscuro lugar. En el máximo rechazo de él y sus padres en la noche más fría y negra como es la del solsticio de invierno. Es en esa desazón, en ese sinsentido, en ese dolor y culpa y temor tan arraigados en lo más hondo que se produce como un auténtico misterio el prodigio de la natividad perenne, vibrando entonces al unísono el mandala del Pesebre muy a favor nuestro.

 

La vibración mandálica del Pesebre fusiona este arquetipo y todas sus figuras, con la realidad histórica de nuestro ser. La vivencia de nuestro ego no es anulada, antes trascendida. Pero conste que la historia real de cada uno, con los recuerdos y dolores del propio nacimiento, el útero que nos acogió, los sentimientos de la madre, la manipulación del obstetra,  la presencia/ausencia del padre, de la familia, etc….todo ello lo vivenciamos de nuevo (hasta cierto punto) en ese “segundo nacimiento” que es la natividad.

 

Una doble naturaleza, divina y humana, coexiste entonces en el nuevo ser, que somos a partir de ese momento. Somos el antiguo ego y el antiguo cuerpo, pero transmutados por la presencia del “Hijo del Hombre”, viviente inmortal en el viviente mortal. La culpa, el temor y el “pecado” son trascendidos por el Amor que todo lo cura y que junta los fragmentos dispersos de lo que antes teníamos por mundo. El nacimiento nos redime de la antigua servidumbre, cuando ciegamente competíamos atrapados en la “ciudad cautiva”.

 

Queda desde ahora abierta la via de la creatividad, a la que vamos a sumarnos, gozosos, fluyendo con el Espíritu dador de Vida.

 

Simbología del belén o pesebre para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

Nacimiento de Jesús

“Oyeron los pastores a los ángeles cantando la presencia de Cristo encarnado; y corriendo hacia él, como a su pastor, le contemplan como un cordero inmaculado, lactando del pecho de María y le cantan este himno: (etc)”

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“Oh! Gloriós de la Florida Vara,
dau-nos ajut en tot moment”

No olvidemos la Navidad en esta “cuesta de Enero” magnificada hoy por la llamada “crisis”! La liturgia y el calendario tradicional nos ayudan, recordando que el ciclo navideño y la exposición hogareña del Belén duran hasta la fiesta de la Candelaria (2 de Febrero), cuando el Niño ya crecidito es presentado al Templo. Sólo evocando esas cosas divinas ya se despiertan en nuestro interior los arquetipos (energéticos, vivientes) pulsando por ser reconocidos y escuchados: la dinámica interna del ser humano se puede ver como una permanente ebullición en aras de renacer: una “economía de salvación” que ya funciona siempre de por sí cuando nosotros no interferimos oponiendo resistencia. Apostemos, pues, de entrada, por la naturalidad y la espontaneidad de esta dinámica humana interior que llamamos “natividad” (“segundo nacimiento” o renacimiento, rebirthing, etc.). El Pesebre, del cual estamos dando las claves, es un precioso mapa (mándala) utilísimo para esa tarea.

Hoy se nos aparece San José, el “glorioso de la divina vara”, el “carpintero”, el “padre” que no es el verdadero Padre, en suma: el comadrón, el obstetra. Él nos orienta y nos guía en todo este proceso. Se encarga de proteger la gestación de la “Virgen”, de proteger al Nasciturus, y a ambos después de realizado el parto. Él es maestro porque sabe escuchar los consejos del cielo, canalizados por Gabriel, el arcángel. Así Dios salva la “Sagrada Familia” de las dudas del propio José frente al peliagudo tema de la virginidad, la salv de la matanza de Herodes, y la conduce a Egipto (a donde van todos los sabios –Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón, Plutarco- a iniciarse en los divinos misterios. Toda la historia de este nuestro patrón (o guía interno) es muy orientativa…y mágica! hasta la actualidad (véase su presencia y autoría en el patronazgo de Josep Gaudí, y de su reconocida obra barcelonesa, la basílica de la Sagrada Familia, un prodigio de devoción, arquitectura y máketing urbano, de cuyo simbolismo ya he escrito anteriormente.

Hay un aspecto de este santo que repele en general y, particularmente, a la mentalidad moderna. Es por su respeto a la “virginidad de la mujer” (con la que sin embargo se casa). También resulta chocante su famosa castidad, puesta siempre en primera línea por la mentalidad religiosa corriente. Ambas cosas deben ser bien comprendidas desde el enfoque espiritual y simbólico en que aquí nos situamos, donde la sexualidad no se excluye, antes todo lo contrario, tal como lo atestigua la ya comentada presencia de la “mula” (o asno) dando vida y aliento al Niño en el pesebre.

El obstetra tiene una función sacerdotal. No posee a la Virgen en sentido genital. Ella es sólo poseída por el Padre (el macho divino que la fecunda mediante su Espíritu Santo). San José, por lo tanto solamente cuida y protege a la Virgen (que es nuestra alma receptiva y hermosa). Le consigue y adereza el habitáculo prenatal, la “cueva”. La orienta dándole consejo, ideas heredadas de la tradición ancestral que él (como descendiente del rey David, y como maestro de oficio) representa. Además del conocimiento teórico, además de orientarla (léase nuestra alma enterándose de lo que está ocurriendo con todo este proceso, que tiene aspectos traumáticos- aporta el conocimiento práctico sobre la fecundación por el “Espíritu”, es decir: sobre la respiración en sentido profundo, sagrado y trascendente. Ya que todo nacimiento, si lo pensamos bien, tiene el proceso de la respiración como eje y centro. No en vano subrayamos una y otra vez la importancia de conocer y practicar el que hemos optado por llamar Arte de la Energía (del “aliento”, “hálito” o “espíritu”…el arte de sintonizarnos con la “respiración cósmica”) traduciendo a nuestra lengua y comprensión  moderna, los términos chi-kung y/o prana-yama, que son entre los muchos otros existentes, los más relativamente reconocidos en ciertos ambientes de la modernidad.

Los santos, como José “esposo de la Virgen”, están para ser invocados. Lo hacemos con la incantación de  su nombre, repetido con la máxima intención y profundo sentimiento desde nuestro corazón iluminado. Ellos acuden siempre gustosos en ayuda aportando imágenes y/o palabras y/o/ sensaciones en forma de energías y/o “consejos” con la libertad de poder tomarlos en cuenta y seguirlos. Podemos, como hoy se diría, “canalizar” su mensaje, encarnando su presencia. Los santos cristianos -el santoral del calendario- son aspectos o energías de Dios (así como en el budismo se dice que los bodhi-sattvas son los distintos aspectos de Buda). Están de la parte de Dios: eso significa de lo bueno, de lo hermoso, de lo creativo y luminoso. Son, por tanto, parte inextricable de nosotros mismos, de nuestra alma superior, haciendo de intermediarios en este canal de luz, belleza y alegría que somos cada uno de nosotros interiormente conectando lo de arriba con lo de abajo (el Cielo con la Tierra y la Tierra con el Cielo). Las enseñanzas que, siguiendo la tradición, impartimos de una generación a otra, sólo sirven para despertar en nosotros el proceso de la transformación interna, para conectarnos con estas inteligencias energéticas realmente presentes en lo invisible. Entre ellas, San José ocupa un rango destacado junto a la caterva de los que ya en vida realizaron una sólida conexión con lo superior y divino (la Iglesia Triunfante).

Ya podemos ir comprendiedo que el belén o pesebre, como todo dispositivo simbólico vinculado a la religión y a la tradición popular, cumple funciones ambiguas que operan en distintos rangos. Todo depende de nuestra capacidad y nuestra actitud ante el mensaje tradicional que nos presenta. Aquí nos interesa la aplicación directa a la realización en sentido espiritual: la efectividad transformadora de estos simbolismos en la economía interna de cada uno. Las otras significaciones más corrientes y reduccionistas están también presentes, pero debemos aprender a trascenderlas.

El pesebre no es solamente un juego religioso infantil, una escenografía ficticia para mentes retardadas o perezosas. No es solamente un dispositivo sentimental, que hace vibrar buenas emociones. Tampoco es la escenografía –más o menos documentada y aproximada- de un hecho histórico acaecido en la antigua Palestina…Todos estos puntos de vista son reflejos de la verdad que contiene, pero solamente reflejos indirectos, que nos remiten a la verdad interior de nosotros mismos, de las energía vivientes que bullen en el fuero interno y pugnan por armonizarse, gozar y nacer realmente en un plano superior del cosmos y de nosotros mismos. Nuestro punto di vista no niega, antes trasciende y realiza de moso efectivos los contenidos que nos ofrecen la liturgia cristiana y la religiosidad popular. Los contenidos de la tradición religiosa, a pesar de los defectos que puedan acarrear, y de lecturas literales (o materializadas) que siempre los acompañan, deben ser respetadísimos, por el gran papel que tiene en la transmisión a través de las generaciones y los siglos.

Frente al legado tradicional se sitúa la soberbia de la mentalidad moderna (que impregna nuestra educación recibida). Ya nos hemos referido anteriormente a ese tipo de actitud mental representada por el novedoso “caganer” recientemente introducido en el belén… Ahora bien, ya que el simbolismo todo lo integra –y el mandala todo lo contiene- la negación de todo eso debemos aprovecharla para ayudarnos a trascender el sentido literal de las cosas. accediendo a la otra lectura superior (espiritual, simbólica) de este tipo de realidades a las que nos estamos refiriendo. Por la cincidentia oppositorum ocurre que aparentes contradicciones y negatividades tienen también su papel positivo en la evolución de nuestro ser. El pesebre no es lo que parece a primera vista, ni nosotros tampoco.

El pesebre o belén, heredado de San Francisco de Asís y también de los monjes del Templo de Jerusalén, es un genial diseño que ha transitado en el cristianismo popular hasta hoy, para exhibir contenidos de alta significación espiritual (transformadora, alquímica), utilísimos para todos los despiertos con ganas de aprender, practicar y renacer a otro cuerpo y a otra vida. Un “cuerpo de gloria”, “cuerpo de luz”, “cuerpo de Cristo”…Una vida eterna, siempre siendo en el aquí y ahora, en la Presencia (sin pasado ni futuro), expandida, real, viviente, respirante…Mucho más cercano todo ello que nuestra yugular.

El tipo de enseñanzas transmitidas por San José quedan hoy en general para la clerecía cristiana circunscritas a lo que dicen los cuatro evangelios canónicos (que ya es mucho) y a los comentarios de los padres y seguidores. No recogen los “secretos del oficio”, que seguro conocía y enseñaba el Maestro Carpintero. Recordemos simplemente que los “carpinteros” en los contextos de sociedades arcaicas, son los arquitectos o “maestros de azuela” (mestres d’aixa). Sus productos van desde el vaciado de un tronco para hacer una canoa, la construcción de una cabaña, hasta la construcción del Caballo de Troya, el Arca de Noé, el Palacio de David, o el Templo de Salomón, pasando por la de una balsa, un bote, una carabela, o por la admirable arquitectura de troncos, tablones y llatas, que es la suiza o la nórdica, entre muchas otras. Si nos fijamos en todo ese tipo de productos constructivos que se realizan con el hacha de carpintero (la azuela y otras herramientas más sofisticadas) veremos que el objeto es siempre fabricar un contenedor para el cuerpo humano, o para una colectividad de individuos (familia, felgresía, partida, equipo, parroquia, pueblo, grupo, etc). No es de extrañar, pues, que simbólicamente hablando, la “carpintería”sagrada trate precisamente de obtener, vigilar, conservar el claustro materno (útero, vientre, cueva, tumba) donde se produce el nacimiento del ser humano.

Los “secretos del oficio” que el simbolismo de José evoca, se nos hacen presentes en otra clave con el segundo José de la historia sagrada, que es el de Arimatea. Este importante personaje es el que se encarga de comprar la tumba de Jesucristo, es decir, simbólicamente, el claustro materno (excavado en la roca en forma de silo, tal como ha sido documentado arqueológicamente) para el “segundo nacimiento”, simbolizado en este caso por el Sepulcro Vacío, la Resurrección y la Ascensión a los cielos. Juntando el simbolismo de los dos Josés comprendemos que su “oficio” es también la cosmología. Ya que el cosmos es en realidad el útero que debemos aprender a reconocer para el “segundo nacimiento”. Aprender la cosmología es reconocer y vivenciar el modelo del universo, en el cual hemos sido ya dados a luz por el primer nacimiento, y del cual estamos aprendiendo a liberarnos con ayuda del belén que, ni más ni menos, es un cosmograma para el segundo nacimiento. Las diferentes matrices son siempre artefactos para ser trascendidos: para nacer a otra dimensión.  La cosmología (la arquitectura sagrada y la ciencia de los antiguos constructores) nos enseña una nueva manera de ubicarnos con respecto a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Una manera que convierte a todo ello en algo inteligible, interesante, energético, lleno de posiblilidades creativas: lleno de amor, en suma. En La ciudad cautiva hallará el lector estudioso abundante referencia a este tema.

Terminamos el capítulo recordando que Joseph, en hebreo significa “añada Dios un nuevo Nacimiento”, tal como lo leemos en el Diccionario de la Biblia de Herder (que escribió habitando en el desván de dicha editorial, el padre capuchino e ilustre hebraísta Serafín de Ausejo). San José es, pues, el obstetra y su arte constructiva lo podemos seguir aprendiendo hoy de las tradiciones sagradas de Oriente (desde los hesicastas del Monte Athos en Tesalia, hasta la obstetricia sagrada del Extremoriente a la que ya nos hemos referido, pasando por el pranayama y los yogas tántricos de Asia) y Occidente (la geometría pitagórica, el platonismo, y la arquitectura simbólica de los “constructores del templo de Jerusalén”).

El respeto que muestra San José ante la Virgen, nos reafirma en la sacralidad y belleza natural de nuestra alma de luz. La proverbial castidad, entendida en sentido superior (más allá de la literalidad, no siempre negativa, con que lo entienden los clérigos cristianos de la modernidad occidental) la entendemos como la no-interferencia de la mente-pensamiento, que obstaculiza, contamina e incluso llega a impedir el acto de renacer en un sentido espiritual. Cuidemos pues de la virginidad de nuestra alma y confiemos en la ayuda que siempre está recibiendo del cielo.

José Olives Puig
Cardedeu, 26 de Enero 2012

HABLA SAN JOSÉ CON EL NIÑO Y UN PASTOR

Aun en el ciclo calendárico de la Natividad (que va de la Concepción, 8 Dic., a la Presentación del Niño al Templo, 2 Febr.=La Candelaria) aprovecho para colgar este diálogo recientemente “trovado” en Arán, el Valle:

-Querido Niño, bellísima Estrella, Hijo de Dios, Emmanuel y Señor mío. Date cuenta que si no fuera por tu Madre no podrías nacer, ni brillar, ni emanar todos esos regalos, luces y cosas buenas que de ti proceden.

– Yo soy uno con mi madre, con esta matriz, esta caverna, este útero que tan gustosa y amable recibe mi resplandor amoroso, mi inextinguible afán de dar, regalar y crear todas las cosas del mundo. Yo que soy el Verbo, la “palabra” que todo lo hace, desde luego no podría existir sin esta oreja femenina que me escucha, sin esa caja de resonancia que es la caverna cósmica, que eternamente me acoge y me permite nacer.

– Así sea, mi bien, así es en efecto…

(Entre tanto se acerca a la cueva un pastor)

-Dios te guarde, José, me han dicho que habéis tenido un hijo “un noi que enamora, tan petit… tan petit i no plora!”… tan pequeño y no llora! Es hermoso, es la Estrella que todo genera y todo atrae! Tenía razón Gabriel cuando nos lo anunció en sueños.

-Descansa pastor, caminante. Has llegado al centro del mundo. Aquí termina tu peregrinaje. Come, sáciate, que Beth-lehem es la “Casa del Pan”. El Pesebre, donde yace el Niño, es lugar de comer. Él mismo es la comida, puesto que viene al mundo a ofrecernos su cuerpo, para la comunión, para la manducación identificante que llamamos “eucaristía”.

– Gracias, José, por esta maestría que tienes, tan surrealista, tan liberadora, tan aclaradora de unas ideas e imágenes, que el tiempo y la ceguera de la gente han gastado y tergiversado hasta la saciedad tantas veces.

– Sí, pastor, la enseñanza que yo doy es supra-real, iniciática.

– No eres carpintero?

– Sí, la carpintería es la primera arquitectura, directamente relacionada con el simbolismo del hogar y del habitáculo. Nos enseña a considerar y habilitar todo tipo de receptáculos para contener y albergar lo realmente valioso.

– …?

– No soy más que el ayudante al prodigio de “nacer” verdaderamente: empezar a ver y sentir las cosas desde otro punto de vista… simbólico, espiritual, vivo, aquí y ahora. Tienen razón las tradiciones populares cuando dicen que el Niño Jesús nace cada año, cada día, incluso es más exacto cantar como en misa que “de ti nacerá oh María el hijo eterno de Dios”.

– Maestro, sería correcto decir que eso del “hijo eterno de Dios” conlleva que su nacimiento también es eterno?

-Sí, pastor, se está produciendo en este mismo momento, en un plano superior, que está más allá de los sentidos (y más allá de las imágenes). Se está produciendo gracias a tu interés, a tu devoción, a tu candor iluminado por estas cosas de que estamos hablando. María, la María de verdad, la que yo como “padre putativo” y “castísimo” cuido y protejo, es tu alma divina, viviente, hermosa, capaz de concebir virginalmente (es decir, sin que la mente interfiera con viejos pensamientos, mecánicos automatismos y prejuicios ideológicos).

– Claro, si nuestra actitud interna es correcta, el Niño Interior nace, puesto que eso es lo que él desea: que reconozcamos que es, que es el Ser, y que gozando con la alegría de verlo nacer comamos también espiritualmente su cuerpo (no sólo materialmente, sino sacramentalmente), transformándonos en él y con él afirmando “yo soy el hijo unigénito de Dios”.

– Efectivamente, es desde la eucaristía, que el mandala del mundo se hace comprensible y cobra sentido. No hay mandala, no hay círculo, si no hay Centro, y tu ahora, Pastor, estás dando en el clavo.

– Hay tantas cosas en ese mandala que es el Pesebre…

– El Pesebre es una imagen del cosmos, perfecta, genial, popular, que por su sencillez y verdad ha podido transitar a traves de los siglos, inmune a la oscuridad de las gentes y los tiempos.

– Quiero  auedarme aquí contigo escuchando y vivenciando prodigios.

– Puedes volver cuando quieras y aquí me tendrás siempre como maestro. Lo mío es la divina obstetricia: eso que los taoistas del Extremo Oriente han llamado la “endogenia del inmortal (o de lo inmortal)” y los cristianos, el eterno nacimiento de Em-Manu-El, el Niño, Dios en nosotros. – Protector de la Virgen, guardián de la cueva, gracias por tan precioso cosmograma.

– Mientras tanto, pastor, relájate junto al Pesebre, restaura tus fuerzas, disfruta, olvídate de todo, medita los regalos.

José Olives Puig

Dia de los Santos Inocentes, Viella, 28.XII.10