LAS HUMANIDADES XII: La Ciudad Sagrada: la polis como símbolo y templo

apocalipsis-jerusalen-celestial(Colgamos a continuación otro texto de Joaquín Muñoz Traver, adaptación del capítulo 5a de su inédito Las Humanidades como método de desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico,  tal como lo ha publicado en su blog Meditaciones del Día.WordPress, al cual remitimos por su renovado interés)

La hermenéutica simbólica de la ciudad implica acercarnos a ésta como symbolon, como modelo simbólico.  Este planteamiento supone recuperar un punto de vista propio de las sociedades arcaicas o tradicionales, del homo religiosus sobre el que hemos tratado anteriormente.

Aunque los prejuicios modernos y contemporáneos tiendan a asociar el término arcaico, primitivo o, incluso, tradicional, a una carencia de inteligencia, progreso o evolución (motivo por el que se pierde la posibilidad de aprender del pasado remoto), Olives asegura que “la gente antigua y primitiva es en cierto modo diferente de los modernos, pero no es intelectualmente subdesarrollada, a pesar de las diferencias de información entre ellos y nosotros.  Conoce menos algunas cosas, pero también mucho mejor algunas otras”[1].

Por tanto, el investigador que pretenda adentrarse en la idea arcaica[2] de ciudad para descubrir su enseñanza analógica, debe tratar de estudiar sin prejuicios la cosmovisión teofánica de la que las sociedades primitivas participan y que asume “la dimensión sagrada de todas las cosas y reconoce en la Deidad la razón última de todo cuanto existe y conoce”[3], así como el carácter revelatorio del cosmos.

Con esta premisa, y partiendo de la noción de símbolo que hemos expuesto en el capítulo 4.c, podremos comprender adecuadamente la afirmación que hace Olives de que la ciudad antigua –“que los antiguos llamaron polis y que los modernos hemos designado vulgarmente como «ciudad-estado»”[4]– es, desde el punto de vista clásico-tradicional, “un modelo de proyección territorial de ideas filosóficas polivalentes”[5], un mandala que facilita el acceso al Todo a través de la parte.

La propia etimología de polis nos remonta a la raíz indoeuropea pl, que implica el sentido de plenitud, lo que nos puede ayudar a adivinar qué se entiende, originariamente, por ciudad[6].  Olives elabora un sintético pero completo cuadro sobre el origen de algunas palabras referentes a la idea de «ciudad» que sirven de apoyo a sus planteamientos:

cuadro etimologia polisOlives:2006, 17

 Si asumimos estas premisas, deberemos atender a la ciudad como símbolo de plenitud, como soporte de meditación y contemplación, tratando de acceder –a través de su disposición y formas- a la oculta estructura común de cuanto nos rodea, al mensaje e influencias que la Divinidad trata de transmitir en cada una de de sus creaturas a través de su obra y que la ciudad tradicional o sagrada trata también de representar y comunicar (para beneficio de sus habitantes) mediante la plasmación sobre el plano de la estructura y los ritmos de la naturaleza.

Mediante la adecuación a ese modelo revelado, se pone orden donde antes había caos (ordo ab chao)[7] y se identifican las relaciones y el ritmo común oculto que hacen posible encontrar la unidad que subyace en la diversidad de lo creado, en el Anima Mundi[8].

Esta proyección sobre la tierra de la unidad, el orden y la armonía celestes que implica la visión del plano de la ciudad como imago mundi, como reflejo arquetípico de la estructura del mundo[9] y del hombre, vehicula -como todo símbolo tradicional- el descenso de las «influencias espirituales» correspondientes.  Por este motivo, puede afirmarse que, gracias a la analogía que une las formas cósmicas con las creaciones arquitectónicas, la ciudad antigua es más que un lugar donde albergar y proteger al hombre.

Mediante la edificación de la ciudad siguiendo el modelo simbólico revelado –y su posterior contemplación- se logra la anamnesis o recuerdo de la «ciudad divina»[10], el reconocimiento y activación de ideas arquetípicas[11] que dotan a aquélla de un valor operativo, alquímico o transformador, en el sentido de que puede ser el soporte simbólico para promover una realización interior, una metanoia personal, un desarrollo del potencial humano, convirtiendo el urbanismo en un instrumento de comunicación con lo invisible, que permite el descenso de influencias del cielo hacia el hombre y que hace posible que el hombre recupere el camino del cielo[12], realizando así su destino. 

En una plástica imagen, Olives llega a hablar de un “eslabón simbólico entre  lo de Arriba y lo de Abajo, un potente generador de revelaciones, asociaciones especulativas y referencias significativas, de las cuales pueden beneficiarse los ciudadanos que forman comunidad a su amparo, y que con dicha ciudad se identifican”[13] mediante su contemplación.

La concepción de la ciudad antigua como templo para ser con-templado es tratado por Olives en el capítulo IV de “La ciudad cautiva”, mediante la referencia al simbolismo apocalíptico de la Jerusalén Celestial.

Conforme a la etimología original del término latín templum, podemos entender el templo como un recinto sagrado destinado a la contemplación del cosmos.  Así, si es cierto que la naturaleza es un libro abierto que nos habla de su Creador -y, analógicamente, de nosotros mismos- no tendrá tanta importancia dónde se pone la vista sino cómo se mira, cómo se con-templa. La validez simbólica de la ciudad arcaica tiene su fundamento en cuanto esquematiza la estructura común, metafísica, que subyace tras toda la creación, que se revela mediante una adecuada hermenéutica simbólica y que se fundamenta en la adecuación de la estructura de la ciudad sagrada al esquema propio de los cielos. Ésta no es un capricho estético sino una forma simbólico-ritual de procurar la fecunda hierogamia entre los dos mundos (el sagrado y el profano, representados por lo alto –los cielos- y lo bajo –lo terrestre), abriendo una brecha, una puerta, una escalera, que permita transitar entre ellos mediante la sacralización del espacio y tiempo profanos que se produce a través de su «cosmificación».

Respecto al vínculo existente entre «cosmificación» y sacralización del espacio resulta imprescindible remitirse a la explicación ofrecida por Eliade y que sirve de introducción a las aportaciones de Olives: “La cosmogonía es el modelo ejemplar de toda especie de «hacer»: no sólo porque el Cosmos es el arquetipo ideal a la vez de toda situación creadora y de toda creación, sino también porque el cosmos es una obra divina; está, pues, santificado en su propia estructura.  Por extensión, todo lo que es perfecto, «pleno», armonioso, fértil; en una palabra: todo lo que está «cosmificado», todo lo que se parece al Cosmos, es sagrado. (…)  Pues el Cosmos, volveremos a decir, es la obra ejemplar de los Dioses, es su obra maestra”[14]

Olives demuestra conocer y compartir esta relación –que trasciende a la referencia astronómica- a tenor de su elección de una conocida cita de Hermes Trismegisto para dar inicio a “La ciudad cautiva”: “¿Ignoras pues, Asclepio, que Egipto es la copia del cielo o, mejor dicho, el lugar donde se transfieren y proyectan aquí abajo todas las operaciones que gobiernan y ponen en acción las fuerzas celestiales?  Más aún, si hay que decir toda la verdad, nuestra tierra es el templo del mundo entero”[15].

No es raro que nuestro autor haya escogido esta cita como antesala de su escrito si atendemos a la coincidencia y complementariedad de ésta con su propia visión de la ciudad como proyección del templo, de  origen sagrado, que hace –de la ciudad misma- un nuevo templo[16] en el que es posible descubrir el Todo en la parte.

El propio Sócrates, o Platón poniéndolo en boca de Sócrates, refuerza esta idea de la analogía hermenéutico simbólica (en este caso de correspondencia entre la ciudad y el hombre), así como la pertinencia de estudiar en profundidad la polis para, especulando, descubrir los secretos entresijos del ser humano.

Tan aclarador resulta el texto, que Olives realiza una extensa cita (práctica poco habitual en él) que, por lo excepcional de la misma, vamos a transcribir íntegramente.  Comienza así: “Si algunas personas cortas de vista al tener que leer de lejos unas letras escritas en pequeños caracteres, se dieran cuenta de que esas mismas letras están escritas en otra parte con caracteres grandes sobre una amplia superficie, les resultaría, creo yo, muy ventajoso ir a leer primero las letras grandes, y acto seguido confrontarlas con las pequeñas para ver si son las mismas”[17].  Y, por si no resultara suficientemente clara la relación analógica con la ciudad, más adelante continúa:

”(…) ¿No se encuentra acaso la justicia en una persona y en una ciudad?

– Sí.

– Pero, ¿no es una ciudad más grande que una persona humana?

– Sin duda.

– Por consiguiente la justicia podría hallarse en ella escrita con caracteres más grandes y más fáciles de discernir.  Así indagaremos primero, si te parece bien, cuál es la naturaleza de la justicia en las ciudades; luego la estudiaremos en cada hombre, y podremos reconocer en pequeño tamaño lo que hemos visto en gran tamaño”[18].

Pero esta relación de analogía no se limita al ámbito antropológico sino que, como ya hemos tratado anteriormente, va mucho más allá e incluye también a la teología, a la cosmología y al resto de ciencias particulares que estudian compartimentos estancos de la creación teofánica.   Sin embargo, la principal de las analogías será siempre la antropológica puesto que el método hermenéutico simbólico exige atender en primer lugar a esta correspondencia para encarnar, interiorizar y vivenciar el conocimiento que, tras meditarlo y hacerlo propio, permite descubrir la misma estructura en el resto de la realidad.  Este reconocimiento permite experimentar la realidad al modo místico, unitivo, relacional, de un modo más cercano y propio que se basa en la interdependencia y que permite descubrir nuevas analogías y enseñanzas entre los distintos estratos de la realidad.

Una de las primeras consecuencias de partir de la consideración de la ciudad como sagrado templo de diseño celeste (cuyo modelo debe ser respetado para garantizar su efectividad) es que este hecho restringe la inspiración o creatividad personal del fundador, el equista[19], el arquitecto o el urbanista.

En el pensamiento tradicional se entiende que la inspiración y dirección del proyecto debe venir –como en el acto creador original- de Dios mismo.  De hecho, es ésta la característica que strictu sensu permite hablar de ciudad tradicional.  Porque atendiendo a la etimología de este término (tradere, traditio), éste describe la cualidad del objeto que ha sido recibido por alguien que, a su vez, lo entrega de nuevo.

Atendiendo a la dignidad del primer transmisor, ese modelo propio de la ciudad sagrada es comunicado de generación en generación procurando la absoluta fidelidad a la revelación original.  Olives apoya esta tesis en un dato histórico significativo: en los anales, la crónica propia de cada ciudad antigua dotaba a ésta, invariablemente, de un origen sobrenatural, como idea especulativa (o representación geométrica del orden cósmico[20]) revelada por la Divinidad al fundador o fundadores[21], hecho que justifica la denominación de “ciudad sagrada”[22] y la conceptualización de la fundación de la ciudad como un rito, del que trataremos en un próximo capítulo…


[1] Olives:2006, 23

[2] Como recuerda Olives, la palabra «arcaico» procede del griego y significa «principio» u «origen» (Olives:2006, 429), y es en este sentido gaudiniano de vinculación con la fuente que voy a emplear el término.

[3] Olives:2006, 20

[4] Olives:2006, 16.  Sobre la matización de la adecuación del símil entre polis y «ciudad-Estado», ver Olives:2006, 17

[5] Olives:2006, 18

[6] Olives:2006, 67

[7] En un artículo titulado “Del caos al orden y viceversa” afirma Olives que todo proceso creacional es, en cierto modo, un salto del caos al cosmos, del desorden a la organización, de lo informal e impreciso al orden.  Este hecho explica la denominación que se otorga a las narraciones que relatan la creación del mundo y del hombre: relatos cosmogónicos.

[8] Olives:2006-II, 60

[9] Olives:2006, 69 y 71

[10] Olives:2006, 243

[11] Olives:2006, 236

[12] Este «valor biunívoco» del simbolismo (permite la “presencia” de lo inteligible en lo sensible y viceversa, la elevación de lo sensible hasta los arquetipos o Ideas) es tratado por Josep M. Gràcia –antiguo alumno de Olives- en su Tesis Doctoral (“Simbólica Arquitectónica”), quien lo relaciona con el doble movimiento de solve et coagula, aspir y expir, subir y bajar…  Gracia:2001, 52, 80 y ss.

[13] Olives:2006, 71

[14] Eliade:1992, 39

[15] Hermes:OC, Asclepio, 24, citado en Olives:2006, 15

[16] Olives:2006, 47

[17] Platón:Rep, 368d

[18] Platón:Rep, 368e -369a

[19] De oikos, casa.

[20] Cfr. Olives:2006,57

[21] Cfr. Olives:2006, 18

[22] Olives:2006, 24 y 28

Apuntes-lectura a La Ciudad Cautiva (cap. I, 6-8)

Anotaciones al seminario 08.02.2011 de la asignatura “Ciudad, persona y civilización” en el Master de Iniciación a la Investigación en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas. Universidad Internacional de Cataluña.

A raíz de comentarios escritos por  los alumnos (II entrega):

Gemma y a Pablo, entre otras muchas cosas que señalan tras la lectura, les ha interesado mucho profundizar en la idea de revelación. Intuyo que comprenden la amplitud de la misma (“las leyes y los ritos, los símbolos, los mitos han sido revelados por los dioses a los hombres”), y también que ya son capaces de interpretar el simbolismo: los “dioses” son las energías divinas latentes en cada uno de nosotros y el mundo que nos rodea; la revelación se produce con la lectura, la meditación, la asistencia atenta a los ritos, la contemplación, la verdadera dialéctica (de la que pronto hablaremos, etc). No es solamente un acontecimiento que se produjo en un pasado histórico cuando la Buena Nueva fue dicha por vez primera y puesta por escrito en el cánon neotestamentario. Aunque eso, por supuesto, también fue revelación.

Que “el fundador de la ciudad es el que recibe la inspiración divina de dónde, cómo y cuándo deber ser fundada la ciudad” significa que cualquier creación que salga de nosotros debe fluir desde esta conexión vertical que llamamos “religión” o “revelación”, lluvia de gracia que siempre se nos está derramando desde los cielos. Por lo tanto, hay que estar atentos; no, distraídos.

Que “los ritos anuales sirven para dar a conocer las leyes fundamentales de la sociedad” significa la importancia litúrgico-ritual del calendario sagrado, con el cual toda civilización sacraliza los ciclos temporales, dando ocasión a los ciudadanos a conectarse una i otra vez, cada tanto, con Dios, con el Ser, y con todas las luces, energías, seres superiores, ángeles, etc que nos hacen de mediadores, que Él nos envía…Cada vez que realizamos correctamente el rito (tanto si estamos solos como si estamos acompañados) estamos “refundando la ciudad”. No os quepa de ello la menor duda.

“Los planos urbanos, con un centro político y religioso, reflejan la estructura del mundo comprendida mediante el movimiento de las estrellas celestes, proyectando en la Tierra el orden y la Armonía del cielo”. Efectivamente…”lo de abajo es como lo de arriba y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los misterios de una sola cosa”…Así comienza la Tabla de Esmeralda, precioso poema antiguo (hermético), que os recomiendo leer y aprender. Contiene claves para la conexión entre planos distintos de nosotros mismos, esa conexión que deseamos propiciar con el aprendizaje del lenguaje analógico.

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Catherine no acaba de entender bien que “el derecho y la política son en la ciudad antigua acciones rituales: son religión”( La ciudad Cautiva,p.57).

Si la religión es el acto de religar “lo de arriba con lo de abajo”, cualquier tipo de acción humana puede convertirse en un acto sagrado y ritual, siempre y cuando esté sirviendo paraconectarnos con el Amor, con el Bien, con la Belleza, con Dios, con el Prójimo… El derecho es en las sociedades antiguas y tradicionales una actividad sagrada por excelencia, entendiendo que el conocimiento de las leyes más esenciales para el ser humano es un asunto sapiencial y sacerdotal en sumo grado. También la política (la buena organización y administración de la polis) es un asunto que atañe directamente lo sagrado si de verdad se quiere propiciar la felicidad común. Una política que no esté arraigada en el profundo conocimiento de las verdaderas necesidades de la naturaleza humana, no merece propiamente el nombre de “política”. En este sentido lo que hoy llamamos con ese nombre se reduce cada vez más a un aspecto menor (muy incompleto) de lo que es la verdadera política en el sentido clásico-tradicional, que tratamos de recuperar. Los ejemplos de algunas civilizaciones antiguas (como la china, la japonesa o la romana, y hasta la egipcia antigua, en algunos aspectos), donde el sacerdocio toma forma burocrática, cumpliendo funciones que a nosotros nos parecen no-religiosas, es muy interesante y da que pensar.  Un residuo de esa concepción és el rigor que observamos en la manera como el Japón controla hasta hoy el comportamiento ético de los funcionarios públicos, que pueden ser penalizados o incluso destituidos del cargo por faltas  o delitos de tráfico, u otros asuntos que la “política” moderna considera al margen de la religión.

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Reproduzco el siguiente comentario de Catherine. Dice que le <<interesa especialmente la diferencia entre el intelecto y el pensamiento.  Es cierto que tendemos a considerar a nuestra cultura contemporánea como la “culminación de la inteligencia y las potencialidades humanas como resultado del racionalismo”.  (…)  No se permite a los niños “trascender la literalidad del sentido yendo más allá de la racionalidad y la mera lógica”.  Les tenemos anulados, con tanta estimulación.  Les anulamos el asombro, esta capacidad que… JPII decía “sin el asombro, la persona no sería capaz de vivir una existencia verderamente personal”.  Enlaza con la idea aristotélica de “intelecto agente” como “realizador del ser”.  También me gusta la idea de “total empatía e identificación con la cosa comprendida”. (…) el asombro (…) conectar profundamente con la realidad, versus quedarse ensimismado, encerrado en el propio “yo” desvinculado (…).  Sin esta “empatía” entre el sujeto y el objeto, no hay verdadero conocimiento de la realidad.  Sin esta “empatía” entre los seres humanos, no hay participación verdadera en la vida social, ligazón de la comunidad>>.

El tema de los símbolos apasiona a Catherine, y lo relaciona directamente con la educación infantil.  Escribe: <<Los niños aprenden a través de las historias, los sonidos, las imágenes, los gestos.  Hemos olvidado el lenguaje de la analogía (…) como la “unión de dos planos de la realidad: uno visible e inmediatamente perceptible, otro análogo pero misteriosos, interior, desconocido.  Los símbolos sirven para el desvelamiento de ese último. Atraen y expresan lo que está más allá de la mera lógica y la percepción ordinaria.  En la medida que comunican y dan a gustar algo de “más allá”, son reveladores; trasmiten la vivencia y la experiencia de otros planos de la realidad que en la vida ordinaria permanecen ocultos: aportan conocimientos suprasensibles y metafísicos, haciendo posible que el ser encarne lo que conoce haciéndose uno con ello.” (cf. La ciudad Cautiva, p. 25) >>

Catherine añade: <<Este tema se merece una buena reflexión.  Los niños están apasionados por el misterio, porque lo ven como una oportunidad infinita de conocer (que lo es).  Cuando les acercamos al misterio a través de los símbolos, les damos alas.  Esto no se está haciendo en el actual sistema de educación.  Les convertimos en máquinas para almacenar datos racionales.  Les hacemos preguntas cerradas y no nos gustan sus preguntas cuando no tenemos respuestas para ellas.>>

Coincido en las observaciones de Catherine. Simplemente le recordaria, que en el punto de vista de nuestra asignatura nos interesa recalcar el simbolismo de una manera radical. Tanto es así, que el propio Niño es uno de los principales símbolos de nuestro Ser interior y divino. Por lo tanto somos nosotros mismos los más necesitados de recuperar este tipo de conexiones con el “mas allá”, que el lenguaje analógico propicia. Debemos aprender a alimentar cada uno de nosotros a nuestro “niño interior”, capaz de asombro, ávido de aprender, jugar y amar… y desgraciadamente marginado la mayoría de veces en este desierto que es la cultura oficial de nuestro tiempo. El trabajo que aquí tenemos entre manos, consiste precisamente en una paideia, eso es: un redescubrimiento del Niño Interior, y la adquisición de las claves gnoseológicas para poder alimentarlo. Es un gran mérito lograr hacer eso en el seno del actual sistema universitario y, en ese sentido, estamos siendo pioneros en un nuevo estilo de docencia.

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A propósito de la idea de “religión” como la función “religadora” Natalie alude al <<yoga, que refiere a la unión de los fragmentos, teniendo en cuenta el sentido que pueden tener los gestos y los actos mas naturales. Por ejemplo, la espiración de uno mismo como acto de entrega, de aceptación, de silencio; y desde ella, la inspiración, hecha a través de uno, …una memoria del acto de vivificar el ser con el aliento divino – cada vez de nuevo – que puede significar una nueva oportunidad de discurrir la vida. ”..El rito es sintonía con el aliento cósmico que penetra todas las cosas, tiene valor como rectificación, corrección, curación..”(La Ciudad Cautiva, p.56)

Y sigue escribiendo <<entiendo y siento que encontramos una división dentro de nosotros mismos, una ruptura, un alejamiento  del origen (que a lo mejor esta simbolizado en la Biblia con el pecado original y el rechazo  desde Gan-Edén) y se puede decir que vivimos en el mundo de puras ideas y manifestaciones limitadas. Los ritos hechos con intención, nos sirven para despertar y volver a encender el fuego del altar del corazón. Pregunto el por qué de esta división ( en lo corporal, emocional, mental y personal…). Intuyo que la respuesta esta en el camino mismo, al actuar en coherencia y harmonía entre las diferentes partes de uno, como en la ciudad misma. Y soy consciente que es una  pregunta primaria, (…)casi infantil… Somos chispas de luz. Por naturaleza hemos de estar presentes y manifestarlo; sin embargo la mayoría vivimos dormidos y los privilegiados deberían pasar por  el infierno, como Dante, para llegar a despertar. Me pregunto si este pecado simbólico es de cada individuo en su camino, si surge de la psique de uno o, paralelamente, es un pecado, una división y un camino colectivos (de la humanidad), de la misma manera que la ciudad antigua representa al ser humano y la sociedad, ambos a la vez.>>

Me parece un comentario bello y admirable, del cual todos podemos aprender.

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A María José le <<disgusta pensar que por apatía, olvido y falta de espiritualidad, se vayan perdiendo las prácticas rituales, como parte de la religión, de la “fundación de la ciudad”, utilizadas anteriormente como medio de autoconocimiento. Autoconocimiento que entiendo no solo como personas (individuales) sino como “ciudad”, como pueblo(…)>> También José María lamenta la pérdida moderna de la visión sagrada del mundo, el prejuicio occidentalista frente a las valiosísimas doctrinas de Oriente, y que toda la filosofía haya quedado reducida al eje Platón – Tomás de Aquino – Hegel…

Es verdad! Es una lástima tal proceso de endurecimiento en las conciencias, producido en el mundo a lo largo de los últimos siglos. Pero lo importante es que todo aquello tan bueno que hoy tiende a ser olvidado, si es algo realmente bueno, es precisamente porque se trata de algo perenne, siempre al alcance de la mano. La ciudad sagrada, el rito fundacional, las tradiciones sagradas de Oriente y Occidente, la incomensurable reserva underground de la cultura occidental europea… todo eso se halla presente, sólo hace falta reconocerlo, aceptarlo, y cultivarnos a nosotros mismos por medio de este gran patrimonio humanístico legado a las gentes de hoy.

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Mª José apunta también el siguiente comentario: <<Asistiendo a la presentación de uno de los prototipos propuestos en el Taller Vertical, 2010 de la EsArq (UIC), he visto un paralelismo claro entre lo que es una construcción para arquitecturas de emergencia y el concepto de la ciudad antigua. En situaciones desprovistas de todo lo material, los constructores  tienden a proporcionar al individuo un entorno que le dirija al centro de sí mismo, a lo más íntimo de sus relaciones interpersonales y familiares y en cierto modo con el Creador. El espacio fluye circular, equidistante, unas veces hacia el interior y otras hacia el exterior, pero con un punto central de referencia que en el proyecto toma la máxima altura. Ahí es donde la persona se refugia y donde establece sus nuevas coordenadas.>>

José Olives Puig

Cardedeu, 15.02.11