10.- Invitados a renacer en la Natividad perenne…

La tradición popular afirma que el Niño Jesús nace cada día. Eso lo podemos vivenciar en nuestro ser mediante el rito cotidiano de la meditación. Esa es un práctica que nos da vida y nos conecta con lo real. Muy recomendable para los principiantes que desean iniciarse. Indispensable para los ya iniciados…Porque es en el pesebre de nuestro corazón donde hallamos el “pan de vida” que nos alimenta. La única comida que a partir de cierto grado nos puede satisfacer.

 

Visitamos a diario el belén. Beth-lehem, la “casa del pan”, donde podemos saciarnos, porque el Niño Divino sobreabunda en cuerpo y sangre, y se nos entrega  bajo las especies del “pan y el vino” para que comiéndolas y bebiéndolas nos identifiquemos con él. Y transitemos gloriosamente más allá de los esquemas y planteamientos de la vida corriente. Transformándonos en nuestro ser inmortal.

 

Es así como el Espíritu y todas las criaturas celestes y terrestres acuden a celebrar semejante prodigio. La Natividad es importante porque es un arquetipo universal, redivivo, perenne, que funciona en nuestro corazón cuando nos ponemos a activarlo. Es la primera parte de la Buena Nueva, la Buena Noticia (eso es lo que significa Ev-Angelio, palabra griega). Nace hoy, y cada día, en la caverna de nuestras entrañas, el germen, el embrión de inmortalidad. Cuando lo percibimos se produce el amor y podemos oír el canto de los ángeles (gloria!, gloria!) y vivenciar la interacción energética y luminosa con todos los demás seres colaboradores, desde la “Virgen” que nos pare y luego nos da su “leche”, hasta San José, el divino obstetra, pasando por los dos animales que dentro de uno respiran, y la miríada de visitantes (reyes, pastores, hilanderas, rebaños, pájaros, etc) que gozosamente participan atraídos, cada uno con su energía y función propia.

 

Todo ello lo vivenciamos en meditación, a modo de rito sagrado. Entrando en nosotros mismos. Atendiendo a lo que sentimos. Llevándolo todo a la cueva de nuestro corazón, donde se produce la alquimia transformante por obra de Dios. Es Él quien desea engendrar en nosotros el “Hijo Unigénito”. Solamente hemos de prestarnos a ello. Escuchar el latido del Espíritu, la respiración cósmica que todo lo penetra. Sentir la fecundación y el embarazo de la Matriz Cósmica que nos con-tiene. Colaborar respirando, con el tesón concentrado del buey y el densísimo aliento caliente del burro.

 

Todos estos símbolos sagrados, ya comentados anteriormente, se reconocen como lo que son: energías internas. El mandala del Belén es riquísimo, y para activarlo traemos a colación todos nuestros recuerdos, conocimientos iconográficos (los pesebres, las natividades en las láminas de libros y los museos, los diccionarios de símbolos, donde podemos buscar cada cosa, etc.). Pero es también necesaria la iniciación, transmitida de viva voz y no solamente por escrito.

 

Por esta iniciación al Conocimiento (con mayúscula) accedemos a vivenciar los “misterios”, tal como los llamaban los antiguos. En los tiempos arcaicos y prehistóricos, se celebraban en el interior de cuevas, dólmenes de galería, templos hipóstilos, como los innumerables que todavía podemos reconocer en la literatura y en el paisaje en forma de vestigios arqueológicos o monumentos turísticos. Los antros arcaicos simbolizan la caverna cósmica. Y también la simboliza el templo cristiano (con su estructura antropomórfica orientada).

 

Todo ello son símbolos que nos ayudan a reconocer los “misterios” de nosotros mismos en el antro de nuestro pecho (tronco o cuerpo entero), en lo más íntimo de la caverna del corazón. Es en este centro donde brilla el Ser. Es allí donde crece el Embrión de inmortalidad, donde se gesta nuestra vida eterna. La iniciación es aprender un cambio de piel, al estilo de las serpientes, en las profundidades de la tierra, para salir a la luz regenerados, con un nuevo “cuerpo.”

 

Nuestra mente informada colabora con este proceso, pensando bien, operando en el plano organizativo. Encontrando el tiempo, el lugar, el maestro, los libros, métodos y técnicas. Pero la Gran Obra no la realiza la mente. Ni tan sólo puede producirse si la mente (individual) no aprende a estar callada. La natividad se produce en lo más oscuro de la noche, bajo las estrellas, en el silencio profundo de la cueva.

 

La mente, nuestra mente, prepara como sirvienta esta gran fiesta. Lo hace comprendiendo, pensando bien, revisando los prejuicios y los viejos esquemas aprendidos que ya no sirven (sobre el sentido infantil o vulgar de la natividad, la religión, los símbolos, las técnicas respiratorias, los métodos espirituales, los ritos, las liturgias, los dogmas, las teologías, el arte, etc.). La mente al servicio de nuestra libertad es la que colabora con su apertura y su coraje a desprendernos de las cadenas que hacen a la “ciudad cautiva”.

 

No es fácil al principio entrar en la libertad asociativa que nos brinda el lenguaje del simbolismo. La religión convencional, depositaria de los simbolismos sagrados, no nos enseña generalmente esa libertad, porque su función en el mundo es precisamente la de transmitir a las masas esquemas relativamente fijos que las acerquen lo más posible a la luz y a la buena vida. Pero los esquemas fijos no valen para los iniciados que entran en la caverna.

 

Los simbolismos sagrados siempre se solapan y complementan. A menudo nos sorprenden, ya que desde el punto de vista de las convenciones y la lógica pueden aparecer como irreverentes o irracionales. No es de extrañar y, puesto que nos conectan con la supra-lógica y con el verdadero intelecto (el “sentir”, la intuición intelectual pura, a mil leguas de la razón).

 

La natividad es un pasaje a otra dimensión de nosotros mismos. Y este pasaje no se puede separar de la segunda parte, que la liturgia nos presenta como Pascua de Resurrección. Ambos simbolismos, natividad y pascua, vibran simultáneos cuando activamos el sentido dentro de nosotros. Y también lo que parece lógicamente lo primero, aparece de pronto como lo segundo…Nacer gloriosamente en la cueva de Belén, implica para nosotros la mayoría de veces, haber lidiado antes con las amarguras y agonías de la pasión. Haber reconocido antes en nosotros la “víctima”, la parte oscura, postergada y temerosa de nuestra personalidad.

 

Esta parte “fea”, que todos los seres humanos tenemos, es eso que en el cristianismo se llama “pecado” y que a la modernidad tanto repugna. Pero la alquimia interna nos enseña a verlo como un tesoro. Como la materia prima de la obra. Como el “mercurio de los filósofos”, sin el cual la transmutación en el nuevo ser no sería posible.

 

He aquí pues que el poder renacer conlleva el coraje de contemplar la parte no realizada de nosotros mismos. La que no nos gusta y siempre tratamos de ocultar. Es en ella que se oculta también el Niño Divino…No olvidemos que nace en humilde y oscuro lugar. En el máximo rechazo de él y sus padres en la noche más fría y negra como es la del solsticio de invierno. Es en esa desazón, en ese sinsentido, en ese dolor y culpa y temor tan arraigados en lo más hondo que se produce como un auténtico misterio el prodigio de la natividad perenne, vibrando entonces al unísono el mandala del Pesebre muy a favor nuestro.

 

La vibración mandálica del Pesebre fusiona este arquetipo y todas sus figuras, con la realidad histórica de nuestro ser. La vivencia de nuestro ego no es anulada, antes trascendida. Pero conste que la historia real de cada uno, con los recuerdos y dolores del propio nacimiento, el útero que nos acogió, los sentimientos de la madre, la manipulación del obstetra,  la presencia/ausencia del padre, de la familia, etc….todo ello lo vivenciamos de nuevo (hasta cierto punto) en ese “segundo nacimiento” que es la natividad.

 

Una doble naturaleza, divina y humana, coexiste entonces en el nuevo ser, que somos a partir de ese momento. Somos el antiguo ego y el antiguo cuerpo, pero transmutados por la presencia del “Hijo del Hombre”, viviente inmortal en el viviente mortal. La culpa, el temor y el “pecado” son trascendidos por el Amor que todo lo cura y que junta los fragmentos dispersos de lo que antes teníamos por mundo. El nacimiento nos redime de la antigua servidumbre, cuando ciegamente competíamos atrapados en la “ciudad cautiva”.

 

Queda desde ahora abierta la via de la creatividad, a la que vamos a sumarnos, gozosos, fluyendo con el Espíritu dador de Vida.

 

7. Renacemos vivenciando triunfalmente el sacrificio de la víctima en la propia carne

Las circunstancias actuales del mundo nos invitan a poner en primer plano la necesidad del renacimiento. Eso, en todos los niveles: económico, político, cultural, histórico, y sobre todo en ese nivel primero que somos cada uno de nosotros interactuando con nuestro prójimo. “Yo y mi circunstancia”.

También todas las tradiciones sagradas de la humanidad y las altas filosofías coinciden desde siempre en este punto clave de la vida: la necesidad, la urgencia, de renacer. Los seres humanos venimos al mundo para poder renacer. No hay otro sentido de la vida. Y tal renacimiento se realiza individual y colectivamente al mismo tiempo, porque no existe (no ha existido nunca) el ser humano aislado de los demás.

Hay individual y colectivamente un obstáculo primero que se interpone. Es la víctima. Sentirnos víctima, en nuestra vida personal y en la identidad colectiva (nación, etc.) a la que pertenecemos…o las identidades…Identificándonos con el ser víctima generamos ese síndrome perverso que llamamos “ego”. Una falsa identidad (individual y colectiva) que produce dolor para adentro y para afuera. Está contra todo. Sólo le interesa aumentar y compartir el “cuerpo de dolor” y mantenerlo todo encerrado en la “ciudad cautiva”.

El victimismo es el complot del ego para instaurar el “estado de guerra” (de unos contra otros y de las “naciones” entre ellas). Eso lo hacemos automáticamente en el día a día viviendo la vida desde el error colectivo que nos han transmitido desde la infancia. Esa programación atávica, ese “pecado original” que no es culpa nuestra, pero que nos sirve para regodearnos y quejarnos, añadiendo todavía más leña al fuego con el “pecado actual” perpetrado por nosotros.

Lo contrario del victimismo es el sacrificio, que nos enseña a tratar la víctima de modo radical. Para curarla y transmutarla. No para seguir usándola para hacer daño a los demás y a nosotros mismos.

En el sacrificio (al estilo del que se realiza sobre los altares, tanto los prehistóricos como los más modernos) la víctima es llevada directamente al fuego y a este punto central que el altar mismo simboliza: a ese “corazón” del templo, del cosmos, que late en lo más íntimo de nuestro pecho. Eso significa que, abandonando por un momento el regodeo en las negatividades en torno a los ultrajes recibidos, las desgracias y las posibles venganzas, identifiquemos la víctima como un aspecto de nuestro ser más íntimo, más tierno. Un corderito degollado que a la vez es un hermoso niño que nace en un pesebre. Lo acercamos al fuego de la luz y del amor de nuestro corazón, donde va a ser transmutado.

Por esta visión, mantenida con la tenacidad de un buey y acompañada con todos los alientos superiores e inferiores que infunden la vida, se desencadena todo el prodigio del Belén, a la vez que se celebra simultáneamente la Pascua. El niño que nace, paradójicamente, es a la vez una víctima que deja de serlo porque la damos a luz. Está claro que todo eso se hace con el Amor. Ese que la Virgen demuestra con su actitud y sus gestos. Así como ella, nuestra alma superior aprende a cuidar de la víctima que internamente somos. A abrazarla y quererla. A consolarla y animarla, con besos y bonitas palabras y sentimientos proferidos hacia dentro, como mantras o incantaciones.

En este proceso tan hermoso somos transformados realmente en un nuevo ser: un ser original, un auténtico unigénito. Y no tenemos que hacer nada más que contemplar el prodigio sin distraernos, ya que la voluntad del Padre es engendrar y la voluntad de Ella es concebir. Se produce de manera natural en el silencio de la caverna del corazón, donde no entran los pensamientos negativos o torcidos (los diablos de marras). Y se produce “desde arriba” tal como lo señala el Evangelio de Juan.

El sacrificio comienza pues reconociendo la suerte que tenemos de sentirnos víctimas, individual y colectivamente. Porque la “víctima” (el sufrimiento) es materia prima, energía concentrada que nos manda el Creador para la gran obra alquímica: la transmutación de nosotros mismos en un nuevo ser. Un ser maravilloso, insospechadamente feliz y expandido, respirando con esta nueva Jerusalén, más al alcance que nunca. El triunfo está garantizado para todos los que quieran apuntarse…

Simbología del belén o pesebre para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

Nacimiento de Jesús

“Oyeron los pastores a los ángeles cantando la presencia de Cristo encarnado; y corriendo hacia él, como a su pastor, le contemplan como un cordero inmaculado, lactando del pecho de María y le cantan este himno: (etc)”

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“Oh! Gloriós de la Florida Vara,
dau-nos ajut en tot moment”

No olvidemos la Navidad en esta “cuesta de Enero” magnificada hoy por la llamada “crisis”! La liturgia y el calendario tradicional nos ayudan, recordando que el ciclo navideño y la exposición hogareña del Belén duran hasta la fiesta de la Candelaria (2 de Febrero), cuando el Niño ya crecidito es presentado al Templo. Sólo evocando esas cosas divinas ya se despiertan en nuestro interior los arquetipos (energéticos, vivientes) pulsando por ser reconocidos y escuchados: la dinámica interna del ser humano se puede ver como una permanente ebullición en aras de renacer: una “economía de salvación” que ya funciona siempre de por sí cuando nosotros no interferimos oponiendo resistencia. Apostemos, pues, de entrada, por la naturalidad y la espontaneidad de esta dinámica humana interior que llamamos “natividad” (“segundo nacimiento” o renacimiento, rebirthing, etc.). El Pesebre, del cual estamos dando las claves, es un precioso mapa (mándala) utilísimo para esa tarea.

Hoy se nos aparece San José, el “glorioso de la divina vara”, el “carpintero”, el “padre” que no es el verdadero Padre, en suma: el comadrón, el obstetra. Él nos orienta y nos guía en todo este proceso. Se encarga de proteger la gestación de la “Virgen”, de proteger al Nasciturus, y a ambos después de realizado el parto. Él es maestro porque sabe escuchar los consejos del cielo, canalizados por Gabriel, el arcángel. Así Dios salva la “Sagrada Familia” de las dudas del propio José frente al peliagudo tema de la virginidad, la salv de la matanza de Herodes, y la conduce a Egipto (a donde van todos los sabios –Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón, Plutarco- a iniciarse en los divinos misterios. Toda la historia de este nuestro patrón (o guía interno) es muy orientativa…y mágica! hasta la actualidad (véase su presencia y autoría en el patronazgo de Josep Gaudí, y de su reconocida obra barcelonesa, la basílica de la Sagrada Familia, un prodigio de devoción, arquitectura y máketing urbano, de cuyo simbolismo ya he escrito anteriormente.

Hay un aspecto de este santo que repele en general y, particularmente, a la mentalidad moderna. Es por su respeto a la “virginidad de la mujer” (con la que sin embargo se casa). También resulta chocante su famosa castidad, puesta siempre en primera línea por la mentalidad religiosa corriente. Ambas cosas deben ser bien comprendidas desde el enfoque espiritual y simbólico en que aquí nos situamos, donde la sexualidad no se excluye, antes todo lo contrario, tal como lo atestigua la ya comentada presencia de la “mula” (o asno) dando vida y aliento al Niño en el pesebre.

El obstetra tiene una función sacerdotal. No posee a la Virgen en sentido genital. Ella es sólo poseída por el Padre (el macho divino que la fecunda mediante su Espíritu Santo). San José, por lo tanto solamente cuida y protege a la Virgen (que es nuestra alma receptiva y hermosa). Le consigue y adereza el habitáculo prenatal, la “cueva”. La orienta dándole consejo, ideas heredadas de la tradición ancestral que él (como descendiente del rey David, y como maestro de oficio) representa. Además del conocimiento teórico, además de orientarla (léase nuestra alma enterándose de lo que está ocurriendo con todo este proceso, que tiene aspectos traumáticos- aporta el conocimiento práctico sobre la fecundación por el “Espíritu”, es decir: sobre la respiración en sentido profundo, sagrado y trascendente. Ya que todo nacimiento, si lo pensamos bien, tiene el proceso de la respiración como eje y centro. No en vano subrayamos una y otra vez la importancia de conocer y practicar el que hemos optado por llamar Arte de la Energía (del “aliento”, “hálito” o “espíritu”…el arte de sintonizarnos con la “respiración cósmica”) traduciendo a nuestra lengua y comprensión  moderna, los términos chi-kung y/o prana-yama, que son entre los muchos otros existentes, los más relativamente reconocidos en ciertos ambientes de la modernidad.

Los santos, como José “esposo de la Virgen”, están para ser invocados. Lo hacemos con la incantación de  su nombre, repetido con la máxima intención y profundo sentimiento desde nuestro corazón iluminado. Ellos acuden siempre gustosos en ayuda aportando imágenes y/o palabras y/o/ sensaciones en forma de energías y/o “consejos” con la libertad de poder tomarlos en cuenta y seguirlos. Podemos, como hoy se diría, “canalizar” su mensaje, encarnando su presencia. Los santos cristianos -el santoral del calendario- son aspectos o energías de Dios (así como en el budismo se dice que los bodhi-sattvas son los distintos aspectos de Buda). Están de la parte de Dios: eso significa de lo bueno, de lo hermoso, de lo creativo y luminoso. Son, por tanto, parte inextricable de nosotros mismos, de nuestra alma superior, haciendo de intermediarios en este canal de luz, belleza y alegría que somos cada uno de nosotros interiormente conectando lo de arriba con lo de abajo (el Cielo con la Tierra y la Tierra con el Cielo). Las enseñanzas que, siguiendo la tradición, impartimos de una generación a otra, sólo sirven para despertar en nosotros el proceso de la transformación interna, para conectarnos con estas inteligencias energéticas realmente presentes en lo invisible. Entre ellas, San José ocupa un rango destacado junto a la caterva de los que ya en vida realizaron una sólida conexión con lo superior y divino (la Iglesia Triunfante).

Ya podemos ir comprendiedo que el belén o pesebre, como todo dispositivo simbólico vinculado a la religión y a la tradición popular, cumple funciones ambiguas que operan en distintos rangos. Todo depende de nuestra capacidad y nuestra actitud ante el mensaje tradicional que nos presenta. Aquí nos interesa la aplicación directa a la realización en sentido espiritual: la efectividad transformadora de estos simbolismos en la economía interna de cada uno. Las otras significaciones más corrientes y reduccionistas están también presentes, pero debemos aprender a trascenderlas.

El pesebre no es solamente un juego religioso infantil, una escenografía ficticia para mentes retardadas o perezosas. No es solamente un dispositivo sentimental, que hace vibrar buenas emociones. Tampoco es la escenografía –más o menos documentada y aproximada- de un hecho histórico acaecido en la antigua Palestina…Todos estos puntos de vista son reflejos de la verdad que contiene, pero solamente reflejos indirectos, que nos remiten a la verdad interior de nosotros mismos, de las energía vivientes que bullen en el fuero interno y pugnan por armonizarse, gozar y nacer realmente en un plano superior del cosmos y de nosotros mismos. Nuestro punto di vista no niega, antes trasciende y realiza de moso efectivos los contenidos que nos ofrecen la liturgia cristiana y la religiosidad popular. Los contenidos de la tradición religiosa, a pesar de los defectos que puedan acarrear, y de lecturas literales (o materializadas) que siempre los acompañan, deben ser respetadísimos, por el gran papel que tiene en la transmisión a través de las generaciones y los siglos.

Frente al legado tradicional se sitúa la soberbia de la mentalidad moderna (que impregna nuestra educación recibida). Ya nos hemos referido anteriormente a ese tipo de actitud mental representada por el novedoso “caganer” recientemente introducido en el belén… Ahora bien, ya que el simbolismo todo lo integra –y el mandala todo lo contiene- la negación de todo eso debemos aprovecharla para ayudarnos a trascender el sentido literal de las cosas. accediendo a la otra lectura superior (espiritual, simbólica) de este tipo de realidades a las que nos estamos refiriendo. Por la cincidentia oppositorum ocurre que aparentes contradicciones y negatividades tienen también su papel positivo en la evolución de nuestro ser. El pesebre no es lo que parece a primera vista, ni nosotros tampoco.

El pesebre o belén, heredado de San Francisco de Asís y también de los monjes del Templo de Jerusalén, es un genial diseño que ha transitado en el cristianismo popular hasta hoy, para exhibir contenidos de alta significación espiritual (transformadora, alquímica), utilísimos para todos los despiertos con ganas de aprender, practicar y renacer a otro cuerpo y a otra vida. Un “cuerpo de gloria”, “cuerpo de luz”, “cuerpo de Cristo”…Una vida eterna, siempre siendo en el aquí y ahora, en la Presencia (sin pasado ni futuro), expandida, real, viviente, respirante…Mucho más cercano todo ello que nuestra yugular.

El tipo de enseñanzas transmitidas por San José quedan hoy en general para la clerecía cristiana circunscritas a lo que dicen los cuatro evangelios canónicos (que ya es mucho) y a los comentarios de los padres y seguidores. No recogen los “secretos del oficio”, que seguro conocía y enseñaba el Maestro Carpintero. Recordemos simplemente que los “carpinteros” en los contextos de sociedades arcaicas, son los arquitectos o “maestros de azuela” (mestres d’aixa). Sus productos van desde el vaciado de un tronco para hacer una canoa, la construcción de una cabaña, hasta la construcción del Caballo de Troya, el Arca de Noé, el Palacio de David, o el Templo de Salomón, pasando por la de una balsa, un bote, una carabela, o por la admirable arquitectura de troncos, tablones y llatas, que es la suiza o la nórdica, entre muchas otras. Si nos fijamos en todo ese tipo de productos constructivos que se realizan con el hacha de carpintero (la azuela y otras herramientas más sofisticadas) veremos que el objeto es siempre fabricar un contenedor para el cuerpo humano, o para una colectividad de individuos (familia, felgresía, partida, equipo, parroquia, pueblo, grupo, etc). No es de extrañar, pues, que simbólicamente hablando, la “carpintería”sagrada trate precisamente de obtener, vigilar, conservar el claustro materno (útero, vientre, cueva, tumba) donde se produce el nacimiento del ser humano.

Los “secretos del oficio” que el simbolismo de José evoca, se nos hacen presentes en otra clave con el segundo José de la historia sagrada, que es el de Arimatea. Este importante personaje es el que se encarga de comprar la tumba de Jesucristo, es decir, simbólicamente, el claustro materno (excavado en la roca en forma de silo, tal como ha sido documentado arqueológicamente) para el “segundo nacimiento”, simbolizado en este caso por el Sepulcro Vacío, la Resurrección y la Ascensión a los cielos. Juntando el simbolismo de los dos Josés comprendemos que su “oficio” es también la cosmología. Ya que el cosmos es en realidad el útero que debemos aprender a reconocer para el “segundo nacimiento”. Aprender la cosmología es reconocer y vivenciar el modelo del universo, en el cual hemos sido ya dados a luz por el primer nacimiento, y del cual estamos aprendiendo a liberarnos con ayuda del belén que, ni más ni menos, es un cosmograma para el segundo nacimiento. Las diferentes matrices son siempre artefactos para ser trascendidos: para nacer a otra dimensión.  La cosmología (la arquitectura sagrada y la ciencia de los antiguos constructores) nos enseña una nueva manera de ubicarnos con respecto a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Una manera que convierte a todo ello en algo inteligible, interesante, energético, lleno de posiblilidades creativas: lleno de amor, en suma. En La ciudad cautiva hallará el lector estudioso abundante referencia a este tema.

Terminamos el capítulo recordando que Joseph, en hebreo significa “añada Dios un nuevo Nacimiento”, tal como lo leemos en el Diccionario de la Biblia de Herder (que escribió habitando en el desván de dicha editorial, el padre capuchino e ilustre hebraísta Serafín de Ausejo). San José es, pues, el obstetra y su arte constructiva lo podemos seguir aprendiendo hoy de las tradiciones sagradas de Oriente (desde los hesicastas del Monte Athos en Tesalia, hasta la obstetricia sagrada del Extremoriente a la que ya nos hemos referido, pasando por el pranayama y los yogas tántricos de Asia) y Occidente (la geometría pitagórica, el platonismo, y la arquitectura simbólica de los “constructores del templo de Jerusalén”).

El respeto que muestra San José ante la Virgen, nos reafirma en la sacralidad y belleza natural de nuestra alma de luz. La proverbial castidad, entendida en sentido superior (más allá de la literalidad, no siempre negativa, con que lo entienden los clérigos cristianos de la modernidad occidental) la entendemos como la no-interferencia de la mente-pensamiento, que obstaculiza, contamina e incluso llega a impedir el acto de renacer en un sentido espiritual. Cuidemos pues de la virginidad de nuestra alma y confiemos en la ayuda que siempre está recibiendo del cielo.

José Olives Puig
Cardedeu, 26 de Enero 2012

Simbología dell Belén, o Pesebre, para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

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El nacimiento del Niño Jesús en la cueva de Belén, simbólicamente hablando, se refiere a un nacimiento que se produce en nosotros mismos. Pero “¿cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?” pregunta Nicodemo (Jn 3,4) y nosotros con él. Y al formular ese tipo de preguntas hallamos inmediatamente la respuesta. Se trata obviamente de un segundo nacimiento, un nacimiento en sentido espiritual, que es virtual pero real. El auténtico renacimiento (rebirthing) del ser humano. Lo recomiendan todas las religiones y escuelas de conocimiento desde la más remota antigüedad hasta hoy.

Pues bien, pero…¿qué significa nacer? También esta cuestión, que parece obvia, merece ser meditada. Hay distintos puntos de vista, todos interesantes. Para mí el primero es la idea de pasaje a través del túnel uterino. Un pasaje que nos lleva a otro espacio, otra dimensión de la vida, del mundo y de uno mismo. La Navidad es la primera Pascua (que significa “pasaje”). Ahí está involucrada toda la familia: la “sagrada familia” (el Padre, la Madre, el “padre putativo”, el Espíritu Santo, el buey, la mula, etc), una extensa familia que es la de uno mismo. La que hemos tenido en la tierra la simboliza (más o menos bien), pero la real es la familia interna de nuestros arquetipos y energías vivientes dentro de nosotros, que se suscitan y activan con el relato sagrado, cuando lo escuchamos, leemos y consideramos meditativamente; cuando comprendemos que el Pesebre es una radiografía del interior de nuestra psiqué. Pero recordemos de entrada que se trata de pasar a otro estado: en este caso, un estado fantástico, inconcebible desde los coordenadas de la mente humana! Este renacimiento es el que nos conduce al llamado “reino de los cielos”, “reino de Dios”, y aun con otros nombres, que para muchos ya empiezan ser habituales: “nirvana”, “shunyata”, “wu-chi”,  “campos del elixir” (o “campos elíseos”, “islas afortunadas”, o “de los bienaventurados”) etc.

Aquí, la miríada de denominaciones y simbolismos tradicionales, heredados de aquí y allá, no deben confundirnos. Todo ello se trata de un pasaje al interior más profundo de nosotros mismos, representable como el Centro, o el Corazón. En el Belén se nos aparece como una cueva en la que nace el Niño, el nuevo ser divino que es engendrado en las profundidades de uno, y por eso es llamado también “el Hijo del hombre”… Son tantas cosas las que están involucradas en ello! Solamente unas pocas (aun siendo muchas) quedan reflejadas en las palabras, los relatos, los iconos. El simbolismo es un lenguaje torpe, escueto, insuficiente, para designar el contenido al que nos remite, tan vasto y rico como es este Reino al que estamos invitados. La principal idea del pesebre es, por lo tanto, que el renacimiento es posible en vida para todos nosotros (ya nacidos) y que este pasaje es la tarea principal que nos está encomendada en esta vida. El Evangelio y la predicación de Jesucristo y los apóstoles (junto con los restantes mensajes sagrados de la tradición sagrada universal) son para transmitirnos esta auténtica noticia, esta Buena Nueva.

Cantamos de nueva en la misa perenne (o diaria) que celebramos en nuestro corazón: “De ti nacerá, oh María! El Hijo Eterno de Dios”. Y, por lo escrito anteriormente, ya comprendemos que este pasaje se produce siempre en el Tiempo Presente, aquí y ahora, mediante nuestra Presencia consciente, sintiente y viviente.

Empezando por lo más bajo o terrestre, fijémonos ahora en el buey, en nuestro buey o toro interior, usando del simbolismo. Éste es el animal interno que sabe concentrarse, realizar un trabajo sin distraerse, arando recto, penetrando la “tierra” con las potentes pezuñas o con la reja del arado que él arrastra. Se refiere a nuestra capacidad de concentración, de penetrar en la tierra de nuestro cuerpo y nuestra individualidad (psique, energías y sensaciones internas, etc.) para ahondar en ella y fecundarla dejando que penetre la luz por las brechas y surcos que mentalmente vamos abriendo hacia lo más interior del antro de nosotros mismos. En la leyenda mariana (monte Toro de Menorca, Nuria en Cataluña, etc.), él aparece como el guardián de la montaña/cueva, el que guía hacia la luz que irradia dentro de la caverna/vientre de la Virgen. Sin concentración ni esfuerzo ningún trabajo en sentido espiritual e interno es posible. Hemos de adquirirla con el ejercicio, y tanto más cuanto que las formas educativas oficiales nunca nos la enseñan (sólo enseñan la concentración en objetos externos).

El buey y su contraparte, la mula (que simbólicamente hay que identificar más bien como un asno, o burro) se sitúan junto al recién nacido, calentándolo con su aliento regular y ritmado en la noche más fría de todas las noches (solsticio de invierno). El nacimiento tiene que ver con la respiración (nuestra respiración, prana-yama, chi-kung) y con la presencia de estos “animales” internos. El burro, si lo observamos bien, por su forma, sus costumbres, su rebuzno y sus andanzas en la historia sagrada y otros mitos, representa la energía sexual y el color rojo de la sangre (color que etimológicamente se le relaciona en el bestiario sagrado, tal como Guénon bien lo explica). Todo ello confluye en el corazón. Los dos animales asistiendo al Niño nos evocan los tres elementos clásicos del Arte de la Energía extremoriental, que son los tres aspectos principales del trabajo que nos interesa:  la concentración atenta (shen), la respiración (chi), y la energía sexual (ching). Ninguno de los tres puede faltar en este pasaje que es el nacimiento a un nuevo estado del ser, a un nuevo “cuerpo” (cuerpo de Cristo, cuerpo de gloria, cuerpo inmortal, etc), que poco a poco iremos reconociendo, alimentando, y a la vez “comiendo” para transformarnos totalmente identificados y fundidos con el. En la alquimia interna del taoísmo chino llamamos a este proceso “la endogenia del Inmortal”…o de “lo Inmortal”, ya que por ser Dios en Nosotros (Em-manu-El) es tanto Niño como Niña (Ser total, completo, perfecto, andrógino). Atentos pues a nuestra respiración, a nuestro corazón, estamos activando al buey y la mula que dan calor al Niño, al que prodigiosamente siempre está naciendo, viviente, tan frágil como autosuficiente, “así venido” (Tathágata).

Ahora bien, lo más importante es que este “segundo nacimiento” se produce “desde arriba”. Es milagroso, prodigioso! No es obra humana. No lo engendra San José. Lo engendra el Padre mediante su Espíritu viviente. A éste último lo representamos como una paloma que en la sumidad de la cueva manda luminoso semen fecundante al vientre de la Virgen, sentada a plomo debajo de él, en el centro del antro (si queremos ser fieles al protocolo del pesebre). Porque “quién no naciere de arriba no podrá entrar en el reino de Dios” (Jn 3,3). El Espíritu y la Virgen (Cielo y Tierra) forman tríada con el Hijo que nace. Y no se escandalice nadie por la asimilación de la Virgen a la Tierra, porque en esta divina copulación la tierra es “tierra de luz” y nada tiene que ver con el concepto corriente. Y celebrando el nacimiento (que es a laa vez hierogamia) los ángeles, volando por los alrededores de la cueva, cantan “gloria a Dios en las Alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”.

La historia sagrada no tiene desperdicio. No hay ni una sola palabra que no merezca meditación, ni una sola imagen o forma que no sea vehículo de la energía, de la luz, del amor del nuevo ser que se engendra y nace dentro de cada uno de nosotros. A la vez debemos familiarizarnos con el lenguaje simbólico, comprendiendo que los mitos, las escenas del calendario en la realidad se solapan unos con otros. Se trata de algo que las distintas formas, imágenes y palabras (los símbolos, mitos y ritos) solo imperfectamente y desde muy lejos pueden aludir. De modo que no debemos sorprendernos cuando de pronto el Nacimiento nos remite a la otra Pascua, que es la de Pasión y Resurrección…O cuando todo ello se produce ya en la Anunciación de Gabriel a María, cuando ella concibe respondiendo al saludo: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38). La transformación de nosotros mediante la alquimia interna se produce en la simultaneidad del eterno presente, donde el antes y el después se hacen actuales aquí y ahora. Casamiento, concepción, nacimiento, pasaje, muerte/resurrección, nuevo cuerpo, nueva vida…nos hallamos en plena intelección, a años luz del racionalismo, funcionando con el “cerebro derecho” (la intuición intelectual pura) y aprendiendo la humildad de “no saber” ante la belleza y grandeza de esa posibilidad real de transformación que late en nosotros y pugna por ser dada a luz.

Trovado por José Olives Puig
En Cardedeu el 21.01.12, día de Santa Inés,
la que acude en ayuda de todos los partos.
(continuará)

Simbología del Belén, o Pesebre, para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

Trovado por José Olives Puig

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Sabido es que la simbología es la clave para comprender y encarnar en uno mismo el sentido verdadero de las tradiciones religiosas. Superamos entonces la visión infantil, insuficiente, y conectamos directamente con nuestro ser auténtico, con la energía y el potencial ilimitado que llevamos dentro de nosotros, para el bien propio, la curación de nosotros y los demás.

Yendo pues directamente al sentido espiritual de la Natividad, ahora nos preguntamos: ¿podemos realmente renacer? ¿Es posible cantar con el salmista un “cántico nuevo”? …dejar del todo los viejos esquemas? …una visión del mundo y de nosotros, que a pesar de su oficialidad y cientificidad, está totalmente equivocada? Podemos salir de la ciudad cautiva, donde vivimos como esclavos, impotentes, temerosos, críticos, rebeldes, fastidiados? Podemos dejar de deambular por el mundo inhóspito y “volver a casa”, encontrar nuestra propia cueva para nacer?

La simbología (inagotable) del Belén, y la liturgia de la Navidad, que es su contexto y complemento, nos enseñan una manera directa de hacerlo… o de dejar que se haga en uno, ya que se trata de un nacimiento prodigioso. Para nosotros, seres humanos ya nacidos, se trata verdaderamente de renacer.

La simbología (el lenguaje analógico) se expresa, como sabemos, con el triple dispositivo, que son los símbolos propiamente dichos, los mitos (la historia sagrada) y los ritos (en nuestro caso, el Belén, o Pesebre, y la liturgia de Navidad). Ese tipo de lenguaje, común a todas las tradiciones sagradas de la humanidad, está hecho de arquetipos, “ideas/energía” de tipo platónico. No es convencional, no es inventado por el hombre: Refleja la estructura interna del cosmos y de nosotros mismo, las leyes de la naturaleza, dinámicas, transformadoras.

Empezaremos pues por recordar los símbolos archiconocidos, pero sólo superficialmente considerados hasta hoy: el Niño, la Estrella, la Virgen, San José, el Espíritu (el hálito divino o respiración cósmica), la cueva (o caverna), el pesebre (lugar de comer), la dorada paja, el buey y la mula (o burro), los ángeles, los pastores, el cordero, los reyes, el oro, el incienso, la mirra… Y tantas cosas más que, teniendo las claves, van a desencadenar en cada uno el flujo interno de la energía, potente, creador, comprendiendo y vivenciando el proceso en uno mismo. Se trata de una Pascua, que significa un pasaje, comparable al que hacemos a través del sangriento útero cuando venimos a este mundo. Dolor y amor. Muerte y resurrección. …Aparque la mente lógico-científica su habitual soberbia, porque, señores, estamos entrando ya en el antro sagrado. Hay que descalzarse, porque aquí se revelan los misterios y entramos en contacto directo con nuestro Ser, con la Deidad. Y vamos a hacerlo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.

En Cardedeu, a 13 de Diciembre de 2011

(continuará)

 

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A mí lo que más me sorprende de la Natividad del Señor –viéndola directamente en mi mismo, mediante el simbolismo- es que lo No-Nacido (Dios) pueda “nacer” en la Caverna de mi corazón. Ya que de eso se trata en el prodigioso teatro (auto-sacramental) del belén o pesebre, que construimos y contemplamos en casa durante estos días.

Qué significa “nacer”…en sentido espiritual? …en ese sentido que tanto afirman las escrituras sagradas y los portavoces del Cielo en Oriente y Occidente. Podemos nacer a Algo, que se caracteriza precisamente por el hecho de no haber nunca nacido y estar siempre siendo? …Y no se escandalicen los beatos del sentido literal de las palabras!  Si digo “Algo” para referirme al gran misterio que yo soy, y que todos nosotros somos, no es para despersonalizarlo, antes todo lo contrario. Puedo preguntarlo de otro modo: ¿cómo el Ser, infinito (sin límite alguno), eterno (siempre siendo) se puede hacer Niño (semilla, germen, óvulo, embrión, bebé) para nacer en la humilde caverna de mi interior, de mi mente humana, de mi individualidad histórica concreta?  ¿cómo “nace” en mi “corazón” (en mi mente, en mi pecho, en mi sensibilidad) una conciencia crística, iluminada, búdica, no-dual?

Resuena en el templo una y otra vez la antífona no menos absurda: “De ti nacerá, oh María, el Hijo Eterno de Dios”…y toda la liturgia de estos días gira en torno  de paradojas, de disparates lógicos, que precisamente por serlo tienen tanta miga.  Si el Hijo es eterno, esto significa que está siempre siendo. Que Él es antes de la creación del mundo y de todo cuanto hay. Entonces, por qué cantamos que “nacerá”?  Qué pinta aquí ese tiempo futuro del verbo nacer? La tradición popular en Cataluña lo remedia diciendo que “el Nen Jesús neix cada dia”. Eso está bien, y nos lleva directamente más allá de las palabras. Nos sitúa directamente en la auténtica metafísica, en ese estado contemplativo donde los verdaderos significados son reconocidos y encarnados.

Me digo pues con San Anselmo: credo quia absurdum!  Aunque a mi la fe nunca me ha faltado, intuyendo desde siempre –gracias a Dios- el sentido espiritual de las absurdidades y paradojas que nos brindan los símbolos, los mitos y los ritos de la religión y las tradiciones sagradas. El más tonto del pesebre es ese personaje voltairiano, recientemente añadido, que el vulgo venera como “el caganer”, el que se c… en todo eso, porque es incapaz de reconocer lo que está más allá del sentido literal, más allá de la visión infantil de la historia sagrada.

La “visión infantil” del belén es, en ese sentido, la que aquí estamos aprendiendo a trascender. Eso lo hacemos al recibir y comprender las claves interpretativas: el simbolismo, que hace vibrar en nuestro interior todas esas realidades, dimensiones y energías vivientes. Activa la psiqué, nos despierta del sopor, nos conecta con el campo de conciencia que es nuestro Ser verdadero, aquí y ahora, siempre presente.

Lo llamamos Em-manu-el, que significa “Dios en Nosotros”, y no solamente “Dios con nosotros”, tal como a veces lo enseñan algunos, como si de pronto Dios (Jesús) no fuera sino uno más en el colectivo sociológico. Ahora bien, semejante Presencia, no se activa en uno sin recuperar por otra parte una saludable “visión infantil” del belén, que a muchos nos fue transmitida en la primera infancia. Una visión directa, vibrante, altamente emotiva, candorosa, no-crítica, devota.  Sin este tipo de actitud, sanamente “infantil” el belén (el pesebre) no desvela sus misterios. Gaudí la tuvo y explícitamente la plasmó sin ningún tipo de vergüenza en la fachada primera (la fachada NE, llamada del Nacimiento) de la célebre basílica, que le inspiró San José, su patrón, y dedicó a la Sagrada Familia.

Además del Niño, están la Madre (María) y el verdadero Padre, que no es San José, como es bien sabido.

Cardedeu 27.XII.11 día de San Juan Evangelista

(continuará)

HABLA SAN JOSÉ CON EL NIÑO Y UN PASTOR

Aun en el ciclo calendárico de la Natividad (que va de la Concepción, 8 Dic., a la Presentación del Niño al Templo, 2 Febr.=La Candelaria) aprovecho para colgar este diálogo recientemente “trovado” en Arán, el Valle:

-Querido Niño, bellísima Estrella, Hijo de Dios, Emmanuel y Señor mío. Date cuenta que si no fuera por tu Madre no podrías nacer, ni brillar, ni emanar todos esos regalos, luces y cosas buenas que de ti proceden.

– Yo soy uno con mi madre, con esta matriz, esta caverna, este útero que tan gustosa y amable recibe mi resplandor amoroso, mi inextinguible afán de dar, regalar y crear todas las cosas del mundo. Yo que soy el Verbo, la “palabra” que todo lo hace, desde luego no podría existir sin esta oreja femenina que me escucha, sin esa caja de resonancia que es la caverna cósmica, que eternamente me acoge y me permite nacer.

– Así sea, mi bien, así es en efecto…

(Entre tanto se acerca a la cueva un pastor)

-Dios te guarde, José, me han dicho que habéis tenido un hijo “un noi que enamora, tan petit… tan petit i no plora!”… tan pequeño y no llora! Es hermoso, es la Estrella que todo genera y todo atrae! Tenía razón Gabriel cuando nos lo anunció en sueños.

-Descansa pastor, caminante. Has llegado al centro del mundo. Aquí termina tu peregrinaje. Come, sáciate, que Beth-lehem es la “Casa del Pan”. El Pesebre, donde yace el Niño, es lugar de comer. Él mismo es la comida, puesto que viene al mundo a ofrecernos su cuerpo, para la comunión, para la manducación identificante que llamamos “eucaristía”.

– Gracias, José, por esta maestría que tienes, tan surrealista, tan liberadora, tan aclaradora de unas ideas e imágenes, que el tiempo y la ceguera de la gente han gastado y tergiversado hasta la saciedad tantas veces.

– Sí, pastor, la enseñanza que yo doy es supra-real, iniciática.

– No eres carpintero?

– Sí, la carpintería es la primera arquitectura, directamente relacionada con el simbolismo del hogar y del habitáculo. Nos enseña a considerar y habilitar todo tipo de receptáculos para contener y albergar lo realmente valioso.

– …?

– No soy más que el ayudante al prodigio de “nacer” verdaderamente: empezar a ver y sentir las cosas desde otro punto de vista… simbólico, espiritual, vivo, aquí y ahora. Tienen razón las tradiciones populares cuando dicen que el Niño Jesús nace cada año, cada día, incluso es más exacto cantar como en misa que “de ti nacerá oh María el hijo eterno de Dios”.

– Maestro, sería correcto decir que eso del “hijo eterno de Dios” conlleva que su nacimiento también es eterno?

-Sí, pastor, se está produciendo en este mismo momento, en un plano superior, que está más allá de los sentidos (y más allá de las imágenes). Se está produciendo gracias a tu interés, a tu devoción, a tu candor iluminado por estas cosas de que estamos hablando. María, la María de verdad, la que yo como “padre putativo” y “castísimo” cuido y protejo, es tu alma divina, viviente, hermosa, capaz de concebir virginalmente (es decir, sin que la mente interfiera con viejos pensamientos, mecánicos automatismos y prejuicios ideológicos).

– Claro, si nuestra actitud interna es correcta, el Niño Interior nace, puesto que eso es lo que él desea: que reconozcamos que es, que es el Ser, y que gozando con la alegría de verlo nacer comamos también espiritualmente su cuerpo (no sólo materialmente, sino sacramentalmente), transformándonos en él y con él afirmando “yo soy el hijo unigénito de Dios”.

– Efectivamente, es desde la eucaristía, que el mandala del mundo se hace comprensible y cobra sentido. No hay mandala, no hay círculo, si no hay Centro, y tu ahora, Pastor, estás dando en el clavo.

– Hay tantas cosas en ese mandala que es el Pesebre…

– El Pesebre es una imagen del cosmos, perfecta, genial, popular, que por su sencillez y verdad ha podido transitar a traves de los siglos, inmune a la oscuridad de las gentes y los tiempos.

– Quiero  auedarme aquí contigo escuchando y vivenciando prodigios.

– Puedes volver cuando quieras y aquí me tendrás siempre como maestro. Lo mío es la divina obstetricia: eso que los taoistas del Extremo Oriente han llamado la “endogenia del inmortal (o de lo inmortal)” y los cristianos, el eterno nacimiento de Em-Manu-El, el Niño, Dios en nosotros. – Protector de la Virgen, guardián de la cueva, gracias por tan precioso cosmograma.

– Mientras tanto, pastor, relájate junto al Pesebre, restaura tus fuerzas, disfruta, olvídate de todo, medita los regalos.

José Olives Puig

Dia de los Santos Inocentes, Viella, 28.XII.10

En la recámara del corazón

 

(Copio a continuación un texto recién trovado, que quizá pueda ayudar algunos a profundizar en el simbolismo navideño. Con mis mejores deseos de felicidad!)

 

– Entrando ya en lo más íntimo del antro cavernario, en esta cueva de Belén, donde se producen cada año y se renuevan los misterios del Amor divino, yo me pngo en tus manos para recibirte otra vez, querido Hermano.

– Bienvenido seas a la Hermita[1] del No-saber. Descansa en la felicidad de No-Ser, donde yace desde siempre tu inocencia.

– Te saludo, Maestro. Gracias por estar siempre conmigo, pero dime: en esta intimidad del corazón, la más íntima del Ser, donde podemos gustar, comer y beber el néctar de la Esencia –como si fuera pan y vino- es allí también (es aquí también) donde dejamos de ser?

-Así es, querido hermano.

-Y no es eso contradictorio: que nuestro ser, nuestra felicidad máxima, nuestro amor primero, esté fabricado con la materia del No Ser?

– Si, amigo, es contradictorio. Y qué! ¿No has aprendido tadavía el buen uso del lenguaje? ¿Cómo usarlo para conectarnos con el Misterio, si no somos capaces de admitir de entrada la contradicción? La contradicción está solamente en las palabras, cuando tratamos de captar con ellas el Ser, nuestro Ser, lo más real del mundo y de nosotros mismos, la Identidad verdadera.

-O sea que somos no siendo?

– Tu lo has dicho: somos más no siendo nada… y eso se puede entender a muchos niveles, pero hay que entenderlo bien.

-Claro! Porque no se trata de simular ser humildes, o de fabricar una personalidad modesta, tolerante o amorosa, desde nuestros egos

-Para imitarme a mí debes mantenerte en esta cuna-pesebre del no saber y del no ser. Tu y yo somos lo mismo. No puedes tratar de construir lo que ya eres. Déjate crecer con el cuidado de la Madre que te ha parido, con la guía del maestro carpintero, que conoce los secretos de la ciencia y del oficio, con el poderoso aliento cálido del buey y el burro: sobre todo, déjate mecer con el Aliento del Padre, que sin cesar te está insuflando la vida, por el aspir y el expir, por el latido de tu corazón, por la llama de tu comprensión y la riqueza inextinguible de tu Amor.

José Olives Puig

Tiempo de Navidad, 17.12.10


[1] Opto por seguir la broma (hermética?) del noveno arcano del tarot escribiendo con hache este término.