Renacimiento: los “obstetras de la humanidad”

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(Traduzco libremente adaptándolo un reciente artículo de Laitman, que interesará a los amigos del arte de la energía y el renacimiento)

El grupo es muy importante para los que compartimos el aprendizaje del desarrrollo personal. Puede llegar a ser para cada uno de nosotros un “obstetra espiritual”, actuando como la fuerza que nos salva de ver este mundo sólo como una realidad externa. Si no fuera por el grupo, aun sintiendo el dolor, la presión y vivenciando los problemas dentro del “vientre” de este mundo, no encontraríamos la fuerza que finalmente nos  puede dar a Luz.

Aunque nuestro mundo está lleno de sufrimiento, él no basta para parirnos al mundo espiritual, es decir, para otorgarnos la percepción de “lo que está más allá de lo corporal”. El poder del sufrimiento no basta: necesitamos otra fuerza.

Hoy estamos experimentando el nacimiento espiritual de toda la humanidad, y nuestro grupo, debe estar preparado para el papel de ser “obstetra” en la sociedad global. Nos estamos preparando para ello al ser desarrollados más deprisa que el resto de la humanidad. Estamos siendo empujados un poco desde atrás pero, sobre todo,   estamos siendo estirados hacia adelante.

A diferencia de los demás, no solo experimentamos los problemas de la vida, a nuestro juicio prescindibles, sino que también sentimos la fuerza que nos estira adelante. Esa es el “obstetra” que quiere ayudarnos a nacer más deprisa, para que salgamos renaciendo y actuemos como el “obstetra grupal” para la humanidad entera, ayudándola a emerger de la barriga. Así es como vienen hoy las cosas.

Qué bueno, por lo tanto, poder comprender que fuimos despertados por un solo motivo: porque en el futuro ayudaremos al mundo! Sólo por eso cada uno de nosotros recibe la fuerza que tira de la persona desde este mundo hacia el mundo de arriba. Todas nuestras acciones han de estar coordianadas con el grupo, con todos los demás grupos y con toda la humanidad.

La humanidad está atravesando un periodo de gran sufrimiento y presión, pero no hay ninguna fuerza para estirarla hacia afuera; hay solo una fuerza que empuja desde dentro. En su conjunto, la humanidad sufre inútilmente. Surge entonces la pregunta: “Y ahora qué hay que hacer?” Y no se tiene respuesta. Eso es lo que ocurre en las conferencias del G8 y el G20 y con los encuentros de líderes mundiales, científicos, filósofos, y politólogos; todos buscan, pero al no haber la fuerza que estira, no saben qué hacer. Cada uno tiene su propia filosofía, su propio punto de vista, pero no tienen la solución.

Para nosotros es señal de que hemos de acelerar nuestro desarrollo y nacer lo más pronto posible para ayudarlos. Ese es nuestro papel. Qué bueno entonces poder sentirnos responsables; entender que existe el propósito superior; no pensar sólo en el propio beneficio, sino en cómo volverse colaborador de la Luz Infinita (Ain Sof). Sólo a través de nosotros puede Ella influir en la humanidad entera y estirar a la gente fuera de la barriga de este mundo oscuro, para que el nacimiento sea suave y sin complicaciones. También en nuestro mundo, el dar a luz se ha convertido en algo peligroso…

Esperamos ser capaces de ayudar la humanidad a tiempo. Porque de lo contrario puede haber guerras nucleares mundiales, desastres naturales, carestías y otros desastres. La razón de ello es que la fuerza externa, la comadrona, es decir nuestro grupo, no está a punto para ayudar al nacimiento, mientras aumenta la presión interna, es decir, cuando los “dolores de parto” ya apremian.

Es una gran suerte poder darnos cuenta del asunto que tenemos entre manos. Por una parte, la Luz superior pide nuestra colaboración con respecto a la humanidad y a cada miembro del grupo. Para renacer no basta con sentarse esperando unos a otros. Sólo con la mutua implicación en el grupo se puede realizar en cada uno. Por otra parte, la humanidad está rabiosa, esperando furiosamente nuestra ayuda.

 

10.- Invitados a renacer en la Natividad perenne…

La tradición popular afirma que el Niño Jesús nace cada día. Eso lo podemos vivenciar en nuestro ser mediante el rito cotidiano de la meditación. Esa es un práctica que nos da vida y nos conecta con lo real. Muy recomendable para los principiantes que desean iniciarse. Indispensable para los ya iniciados…Porque es en el pesebre de nuestro corazón donde hallamos el “pan de vida” que nos alimenta. La única comida que a partir de cierto grado nos puede satisfacer.

 

Visitamos a diario el belén. Beth-lehem, la “casa del pan”, donde podemos saciarnos, porque el Niño Divino sobreabunda en cuerpo y sangre, y se nos entrega  bajo las especies del “pan y el vino” para que comiéndolas y bebiéndolas nos identifiquemos con él. Y transitemos gloriosamente más allá de los esquemas y planteamientos de la vida corriente. Transformándonos en nuestro ser inmortal.

 

Es así como el Espíritu y todas las criaturas celestes y terrestres acuden a celebrar semejante prodigio. La Natividad es importante porque es un arquetipo universal, redivivo, perenne, que funciona en nuestro corazón cuando nos ponemos a activarlo. Es la primera parte de la Buena Nueva, la Buena Noticia (eso es lo que significa Ev-Angelio, palabra griega). Nace hoy, y cada día, en la caverna de nuestras entrañas, el germen, el embrión de inmortalidad. Cuando lo percibimos se produce el amor y podemos oír el canto de los ángeles (gloria!, gloria!) y vivenciar la interacción energética y luminosa con todos los demás seres colaboradores, desde la “Virgen” que nos pare y luego nos da su “leche”, hasta San José, el divino obstetra, pasando por los dos animales que dentro de uno respiran, y la miríada de visitantes (reyes, pastores, hilanderas, rebaños, pájaros, etc) que gozosamente participan atraídos, cada uno con su energía y función propia.

 

Todo ello lo vivenciamos en meditación, a modo de rito sagrado. Entrando en nosotros mismos. Atendiendo a lo que sentimos. Llevándolo todo a la cueva de nuestro corazón, donde se produce la alquimia transformante por obra de Dios. Es Él quien desea engendrar en nosotros el “Hijo Unigénito”. Solamente hemos de prestarnos a ello. Escuchar el latido del Espíritu, la respiración cósmica que todo lo penetra. Sentir la fecundación y el embarazo de la Matriz Cósmica que nos con-tiene. Colaborar respirando, con el tesón concentrado del buey y el densísimo aliento caliente del burro.

 

Todos estos símbolos sagrados, ya comentados anteriormente, se reconocen como lo que son: energías internas. El mandala del Belén es riquísimo, y para activarlo traemos a colación todos nuestros recuerdos, conocimientos iconográficos (los pesebres, las natividades en las láminas de libros y los museos, los diccionarios de símbolos, donde podemos buscar cada cosa, etc.). Pero es también necesaria la iniciación, transmitida de viva voz y no solamente por escrito.

 

Por esta iniciación al Conocimiento (con mayúscula) accedemos a vivenciar los “misterios”, tal como los llamaban los antiguos. En los tiempos arcaicos y prehistóricos, se celebraban en el interior de cuevas, dólmenes de galería, templos hipóstilos, como los innumerables que todavía podemos reconocer en la literatura y en el paisaje en forma de vestigios arqueológicos o monumentos turísticos. Los antros arcaicos simbolizan la caverna cósmica. Y también la simboliza el templo cristiano (con su estructura antropomórfica orientada).

 

Todo ello son símbolos que nos ayudan a reconocer los “misterios” de nosotros mismos en el antro de nuestro pecho (tronco o cuerpo entero), en lo más íntimo de la caverna del corazón. Es en este centro donde brilla el Ser. Es allí donde crece el Embrión de inmortalidad, donde se gesta nuestra vida eterna. La iniciación es aprender un cambio de piel, al estilo de las serpientes, en las profundidades de la tierra, para salir a la luz regenerados, con un nuevo “cuerpo.”

 

Nuestra mente informada colabora con este proceso, pensando bien, operando en el plano organizativo. Encontrando el tiempo, el lugar, el maestro, los libros, métodos y técnicas. Pero la Gran Obra no la realiza la mente. Ni tan sólo puede producirse si la mente (individual) no aprende a estar callada. La natividad se produce en lo más oscuro de la noche, bajo las estrellas, en el silencio profundo de la cueva.

 

La mente, nuestra mente, prepara como sirvienta esta gran fiesta. Lo hace comprendiendo, pensando bien, revisando los prejuicios y los viejos esquemas aprendidos que ya no sirven (sobre el sentido infantil o vulgar de la natividad, la religión, los símbolos, las técnicas respiratorias, los métodos espirituales, los ritos, las liturgias, los dogmas, las teologías, el arte, etc.). La mente al servicio de nuestra libertad es la que colabora con su apertura y su coraje a desprendernos de las cadenas que hacen a la “ciudad cautiva”.

 

No es fácil al principio entrar en la libertad asociativa que nos brinda el lenguaje del simbolismo. La religión convencional, depositaria de los simbolismos sagrados, no nos enseña generalmente esa libertad, porque su función en el mundo es precisamente la de transmitir a las masas esquemas relativamente fijos que las acerquen lo más posible a la luz y a la buena vida. Pero los esquemas fijos no valen para los iniciados que entran en la caverna.

 

Los simbolismos sagrados siempre se solapan y complementan. A menudo nos sorprenden, ya que desde el punto de vista de las convenciones y la lógica pueden aparecer como irreverentes o irracionales. No es de extrañar y, puesto que nos conectan con la supra-lógica y con el verdadero intelecto (el “sentir”, la intuición intelectual pura, a mil leguas de la razón).

 

La natividad es un pasaje a otra dimensión de nosotros mismos. Y este pasaje no se puede separar de la segunda parte, que la liturgia nos presenta como Pascua de Resurrección. Ambos simbolismos, natividad y pascua, vibran simultáneos cuando activamos el sentido dentro de nosotros. Y también lo que parece lógicamente lo primero, aparece de pronto como lo segundo…Nacer gloriosamente en la cueva de Belén, implica para nosotros la mayoría de veces, haber lidiado antes con las amarguras y agonías de la pasión. Haber reconocido antes en nosotros la “víctima”, la parte oscura, postergada y temerosa de nuestra personalidad.

 

Esta parte “fea”, que todos los seres humanos tenemos, es eso que en el cristianismo se llama “pecado” y que a la modernidad tanto repugna. Pero la alquimia interna nos enseña a verlo como un tesoro. Como la materia prima de la obra. Como el “mercurio de los filósofos”, sin el cual la transmutación en el nuevo ser no sería posible.

 

He aquí pues que el poder renacer conlleva el coraje de contemplar la parte no realizada de nosotros mismos. La que no nos gusta y siempre tratamos de ocultar. Es en ella que se oculta también el Niño Divino…No olvidemos que nace en humilde y oscuro lugar. En el máximo rechazo de él y sus padres en la noche más fría y negra como es la del solsticio de invierno. Es en esa desazón, en ese sinsentido, en ese dolor y culpa y temor tan arraigados en lo más hondo que se produce como un auténtico misterio el prodigio de la natividad perenne, vibrando entonces al unísono el mandala del Pesebre muy a favor nuestro.

 

La vibración mandálica del Pesebre fusiona este arquetipo y todas sus figuras, con la realidad histórica de nuestro ser. La vivencia de nuestro ego no es anulada, antes trascendida. Pero conste que la historia real de cada uno, con los recuerdos y dolores del propio nacimiento, el útero que nos acogió, los sentimientos de la madre, la manipulación del obstetra,  la presencia/ausencia del padre, de la familia, etc….todo ello lo vivenciamos de nuevo (hasta cierto punto) en ese “segundo nacimiento” que es la natividad.

 

Una doble naturaleza, divina y humana, coexiste entonces en el nuevo ser, que somos a partir de ese momento. Somos el antiguo ego y el antiguo cuerpo, pero transmutados por la presencia del “Hijo del Hombre”, viviente inmortal en el viviente mortal. La culpa, el temor y el “pecado” son trascendidos por el Amor que todo lo cura y que junta los fragmentos dispersos de lo que antes teníamos por mundo. El nacimiento nos redime de la antigua servidumbre, cuando ciegamente competíamos atrapados en la “ciudad cautiva”.

 

Queda desde ahora abierta la via de la creatividad, a la que vamos a sumarnos, gozosos, fluyendo con el Espíritu dador de Vida.