LAS HUMANIDADES XII: La Ciudad Sagrada: la polis como símbolo y templo

apocalipsis-jerusalen-celestial(Colgamos a continuación otro texto de Joaquín Muñoz Traver, adaptación del capítulo 5a de su inédito Las Humanidades como método de desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico,  tal como lo ha publicado en su blog Meditaciones del Día.WordPress, al cual remitimos por su renovado interés)

La hermenéutica simbólica de la ciudad implica acercarnos a ésta como symbolon, como modelo simbólico.  Este planteamiento supone recuperar un punto de vista propio de las sociedades arcaicas o tradicionales, del homo religiosus sobre el que hemos tratado anteriormente.

Aunque los prejuicios modernos y contemporáneos tiendan a asociar el término arcaico, primitivo o, incluso, tradicional, a una carencia de inteligencia, progreso o evolución (motivo por el que se pierde la posibilidad de aprender del pasado remoto), Olives asegura que “la gente antigua y primitiva es en cierto modo diferente de los modernos, pero no es intelectualmente subdesarrollada, a pesar de las diferencias de información entre ellos y nosotros.  Conoce menos algunas cosas, pero también mucho mejor algunas otras”[1].

Por tanto, el investigador que pretenda adentrarse en la idea arcaica[2] de ciudad para descubrir su enseñanza analógica, debe tratar de estudiar sin prejuicios la cosmovisión teofánica de la que las sociedades primitivas participan y que asume “la dimensión sagrada de todas las cosas y reconoce en la Deidad la razón última de todo cuanto existe y conoce”[3], así como el carácter revelatorio del cosmos.

Con esta premisa, y partiendo de la noción de símbolo que hemos expuesto en el capítulo 4.c, podremos comprender adecuadamente la afirmación que hace Olives de que la ciudad antigua –“que los antiguos llamaron polis y que los modernos hemos designado vulgarmente como «ciudad-estado»”[4]– es, desde el punto de vista clásico-tradicional, “un modelo de proyección territorial de ideas filosóficas polivalentes”[5], un mandala que facilita el acceso al Todo a través de la parte.

La propia etimología de polis nos remonta a la raíz indoeuropea pl, que implica el sentido de plenitud, lo que nos puede ayudar a adivinar qué se entiende, originariamente, por ciudad[6].  Olives elabora un sintético pero completo cuadro sobre el origen de algunas palabras referentes a la idea de «ciudad» que sirven de apoyo a sus planteamientos:

cuadro etimologia polisOlives:2006, 17

 Si asumimos estas premisas, deberemos atender a la ciudad como símbolo de plenitud, como soporte de meditación y contemplación, tratando de acceder –a través de su disposición y formas- a la oculta estructura común de cuanto nos rodea, al mensaje e influencias que la Divinidad trata de transmitir en cada una de de sus creaturas a través de su obra y que la ciudad tradicional o sagrada trata también de representar y comunicar (para beneficio de sus habitantes) mediante la plasmación sobre el plano de la estructura y los ritmos de la naturaleza.

Mediante la adecuación a ese modelo revelado, se pone orden donde antes había caos (ordo ab chao)[7] y se identifican las relaciones y el ritmo común oculto que hacen posible encontrar la unidad que subyace en la diversidad de lo creado, en el Anima Mundi[8].

Esta proyección sobre la tierra de la unidad, el orden y la armonía celestes que implica la visión del plano de la ciudad como imago mundi, como reflejo arquetípico de la estructura del mundo[9] y del hombre, vehicula -como todo símbolo tradicional- el descenso de las «influencias espirituales» correspondientes.  Por este motivo, puede afirmarse que, gracias a la analogía que une las formas cósmicas con las creaciones arquitectónicas, la ciudad antigua es más que un lugar donde albergar y proteger al hombre.

Mediante la edificación de la ciudad siguiendo el modelo simbólico revelado –y su posterior contemplación- se logra la anamnesis o recuerdo de la «ciudad divina»[10], el reconocimiento y activación de ideas arquetípicas[11] que dotan a aquélla de un valor operativo, alquímico o transformador, en el sentido de que puede ser el soporte simbólico para promover una realización interior, una metanoia personal, un desarrollo del potencial humano, convirtiendo el urbanismo en un instrumento de comunicación con lo invisible, que permite el descenso de influencias del cielo hacia el hombre y que hace posible que el hombre recupere el camino del cielo[12], realizando así su destino. 

En una plástica imagen, Olives llega a hablar de un “eslabón simbólico entre  lo de Arriba y lo de Abajo, un potente generador de revelaciones, asociaciones especulativas y referencias significativas, de las cuales pueden beneficiarse los ciudadanos que forman comunidad a su amparo, y que con dicha ciudad se identifican”[13] mediante su contemplación.

La concepción de la ciudad antigua como templo para ser con-templado es tratado por Olives en el capítulo IV de “La ciudad cautiva”, mediante la referencia al simbolismo apocalíptico de la Jerusalén Celestial.

Conforme a la etimología original del término latín templum, podemos entender el templo como un recinto sagrado destinado a la contemplación del cosmos.  Así, si es cierto que la naturaleza es un libro abierto que nos habla de su Creador -y, analógicamente, de nosotros mismos- no tendrá tanta importancia dónde se pone la vista sino cómo se mira, cómo se con-templa. La validez simbólica de la ciudad arcaica tiene su fundamento en cuanto esquematiza la estructura común, metafísica, que subyace tras toda la creación, que se revela mediante una adecuada hermenéutica simbólica y que se fundamenta en la adecuación de la estructura de la ciudad sagrada al esquema propio de los cielos. Ésta no es un capricho estético sino una forma simbólico-ritual de procurar la fecunda hierogamia entre los dos mundos (el sagrado y el profano, representados por lo alto –los cielos- y lo bajo –lo terrestre), abriendo una brecha, una puerta, una escalera, que permita transitar entre ellos mediante la sacralización del espacio y tiempo profanos que se produce a través de su «cosmificación».

Respecto al vínculo existente entre «cosmificación» y sacralización del espacio resulta imprescindible remitirse a la explicación ofrecida por Eliade y que sirve de introducción a las aportaciones de Olives: “La cosmogonía es el modelo ejemplar de toda especie de «hacer»: no sólo porque el Cosmos es el arquetipo ideal a la vez de toda situación creadora y de toda creación, sino también porque el cosmos es una obra divina; está, pues, santificado en su propia estructura.  Por extensión, todo lo que es perfecto, «pleno», armonioso, fértil; en una palabra: todo lo que está «cosmificado», todo lo que se parece al Cosmos, es sagrado. (…)  Pues el Cosmos, volveremos a decir, es la obra ejemplar de los Dioses, es su obra maestra”[14]

Olives demuestra conocer y compartir esta relación –que trasciende a la referencia astronómica- a tenor de su elección de una conocida cita de Hermes Trismegisto para dar inicio a “La ciudad cautiva”: “¿Ignoras pues, Asclepio, que Egipto es la copia del cielo o, mejor dicho, el lugar donde se transfieren y proyectan aquí abajo todas las operaciones que gobiernan y ponen en acción las fuerzas celestiales?  Más aún, si hay que decir toda la verdad, nuestra tierra es el templo del mundo entero”[15].

No es raro que nuestro autor haya escogido esta cita como antesala de su escrito si atendemos a la coincidencia y complementariedad de ésta con su propia visión de la ciudad como proyección del templo, de  origen sagrado, que hace –de la ciudad misma- un nuevo templo[16] en el que es posible descubrir el Todo en la parte.

El propio Sócrates, o Platón poniéndolo en boca de Sócrates, refuerza esta idea de la analogía hermenéutico simbólica (en este caso de correspondencia entre la ciudad y el hombre), así como la pertinencia de estudiar en profundidad la polis para, especulando, descubrir los secretos entresijos del ser humano.

Tan aclarador resulta el texto, que Olives realiza una extensa cita (práctica poco habitual en él) que, por lo excepcional de la misma, vamos a transcribir íntegramente.  Comienza así: “Si algunas personas cortas de vista al tener que leer de lejos unas letras escritas en pequeños caracteres, se dieran cuenta de que esas mismas letras están escritas en otra parte con caracteres grandes sobre una amplia superficie, les resultaría, creo yo, muy ventajoso ir a leer primero las letras grandes, y acto seguido confrontarlas con las pequeñas para ver si son las mismas”[17].  Y, por si no resultara suficientemente clara la relación analógica con la ciudad, más adelante continúa:

”(…) ¿No se encuentra acaso la justicia en una persona y en una ciudad?

– Sí.

– Pero, ¿no es una ciudad más grande que una persona humana?

– Sin duda.

– Por consiguiente la justicia podría hallarse en ella escrita con caracteres más grandes y más fáciles de discernir.  Así indagaremos primero, si te parece bien, cuál es la naturaleza de la justicia en las ciudades; luego la estudiaremos en cada hombre, y podremos reconocer en pequeño tamaño lo que hemos visto en gran tamaño”[18].

Pero esta relación de analogía no se limita al ámbito antropológico sino que, como ya hemos tratado anteriormente, va mucho más allá e incluye también a la teología, a la cosmología y al resto de ciencias particulares que estudian compartimentos estancos de la creación teofánica.   Sin embargo, la principal de las analogías será siempre la antropológica puesto que el método hermenéutico simbólico exige atender en primer lugar a esta correspondencia para encarnar, interiorizar y vivenciar el conocimiento que, tras meditarlo y hacerlo propio, permite descubrir la misma estructura en el resto de la realidad.  Este reconocimiento permite experimentar la realidad al modo místico, unitivo, relacional, de un modo más cercano y propio que se basa en la interdependencia y que permite descubrir nuevas analogías y enseñanzas entre los distintos estratos de la realidad.

Una de las primeras consecuencias de partir de la consideración de la ciudad como sagrado templo de diseño celeste (cuyo modelo debe ser respetado para garantizar su efectividad) es que este hecho restringe la inspiración o creatividad personal del fundador, el equista[19], el arquitecto o el urbanista.

En el pensamiento tradicional se entiende que la inspiración y dirección del proyecto debe venir –como en el acto creador original- de Dios mismo.  De hecho, es ésta la característica que strictu sensu permite hablar de ciudad tradicional.  Porque atendiendo a la etimología de este término (tradere, traditio), éste describe la cualidad del objeto que ha sido recibido por alguien que, a su vez, lo entrega de nuevo.

Atendiendo a la dignidad del primer transmisor, ese modelo propio de la ciudad sagrada es comunicado de generación en generación procurando la absoluta fidelidad a la revelación original.  Olives apoya esta tesis en un dato histórico significativo: en los anales, la crónica propia de cada ciudad antigua dotaba a ésta, invariablemente, de un origen sobrenatural, como idea especulativa (o representación geométrica del orden cósmico[20]) revelada por la Divinidad al fundador o fundadores[21], hecho que justifica la denominación de “ciudad sagrada”[22] y la conceptualización de la fundación de la ciudad como un rito, del que trataremos en un próximo capítulo…


[1] Olives:2006, 23

[2] Como recuerda Olives, la palabra «arcaico» procede del griego y significa «principio» u «origen» (Olives:2006, 429), y es en este sentido gaudiniano de vinculación con la fuente que voy a emplear el término.

[3] Olives:2006, 20

[4] Olives:2006, 16.  Sobre la matización de la adecuación del símil entre polis y «ciudad-Estado», ver Olives:2006, 17

[5] Olives:2006, 18

[6] Olives:2006, 67

[7] En un artículo titulado “Del caos al orden y viceversa” afirma Olives que todo proceso creacional es, en cierto modo, un salto del caos al cosmos, del desorden a la organización, de lo informal e impreciso al orden.  Este hecho explica la denominación que se otorga a las narraciones que relatan la creación del mundo y del hombre: relatos cosmogónicos.

[8] Olives:2006-II, 60

[9] Olives:2006, 69 y 71

[10] Olives:2006, 243

[11] Olives:2006, 236

[12] Este «valor biunívoco» del simbolismo (permite la “presencia” de lo inteligible en lo sensible y viceversa, la elevación de lo sensible hasta los arquetipos o Ideas) es tratado por Josep M. Gràcia –antiguo alumno de Olives- en su Tesis Doctoral (“Simbólica Arquitectónica”), quien lo relaciona con el doble movimiento de solve et coagula, aspir y expir, subir y bajar…  Gracia:2001, 52, 80 y ss.

[13] Olives:2006, 71

[14] Eliade:1992, 39

[15] Hermes:OC, Asclepio, 24, citado en Olives:2006, 15

[16] Olives:2006, 47

[17] Platón:Rep, 368d

[18] Platón:Rep, 368e -369a

[19] De oikos, casa.

[20] Cfr. Olives:2006,57

[21] Cfr. Olives:2006, 18

[22] Olives:2006, 24 y 28

Prácticas Master UIC con DICCIONARIOS DE SIMBOLOS (III) simultáneas con la lectura de La Ciudad Cautiva, cap.II

Pido excusas a los alumnos del Master por no dar abasto a responderlo todo, a la vez que agradezco vuestros comentarios y notas, que incluyo aquí algo resumidos. Conviene recordar que son dos los diccionarios con los que recomiendo trabajar (el de Herder, más completo que el de Cirlot, conviene saberlo manejar y conocerlo, de cara al futuro). También interesa completar vuestro comentario general con los descubrimientos de símbolos y encadenamientos concretos que a uno le llaman la atención y le orientan. Algunos ya lo habéis hecho así. Animo a los demás a irse incorporando a este tipo de aprendizaje directo del lenguaje analógico y la cosmología, que ciertmante irá dando frutos “cada vez más sazonados”.
Cordialmente,
J.O.P.

Gemma

Escribe: “Me gustaría una ampliación sobre los símbolos fundamentales. Simbolismos que están en todas las religiones: aquellos símbolos que hablan del alma, de lo invisible, de nuestro interior…”

J. O.: Todo es símbolo. El símbolo evoca la dimensión interior del mundo, de uno mismo ( la vivencia interior, el significado profundo, otro plano del ser y de la vida). Reconocer el simbolismo es reconocer nuestra alma y el “alma del mundo”; nos facilita salir del “encierro” que es la visión horizontal de la vida, la permanente “distracción” unilateral con la materialidad de las cosas, la rutinaria historia, el pensamiento . El simbolismo  (cada símbolo ) nos invita a la forma analógica de pensar, o mejor, de sentir, ya que se trata de una forma de pensamiento empática, identificante, no-dual. Este mátodo es la hermenéutica tradicional (o simbólica), aplicada igualmente a los ritos, a los mitos, a la historia sagrada. Es una metodología de trabajo espiritual, meditativo, contemplativo. Poco a poco se va entrando en esa nueva/vieja forma de ver. Para la etapa de este Master, en la que nos hallamos, yo recomiendo el la preciosa herramienta que son los diccionarios y los consiguientes ejercicios –que hay que hacer- (junto con la enseñanza oral y escrita que estamos compartiendo).

Además, las grandes religiones tienen cada una su propia “paleta” de símbolos, con los “colores” que la caracterizan, formando un sistema analógico, que comprende también los ritos y las historias sagradas (mitos).

Las grandes religiones coinciden esencialmente en los grandes rasgos del simbolismo, como no podría ser de otro modo, ya que el mundo siempre es el mundo, el ser humano es siempre el ser humano y Dios es siempre El que Es. Hay una coincidencia total en las formas más directas y escuetas del simbolismo, como son los números, la geometría regular, el movimiento de los cuerpos celestes, y el comportamiento del sonido en la escala musical. Esos cuatro puntos forman el “quadrivium” que es el “programa” de la ciencia universal y superior de los ritmos del ser humano y el universo, ciencia (escolástica) compartida por todas las grandes civilizaciones y tradiciones sagradas de la humanidad. En esta asignatura la introducimos con el modelo de la ciudad y la geometría del mandala. Allende estas formas tan escuetas y directas de simbolismo, está la iconografía, muy adecuada a la enseñanza en el contexto académico. Con ella hemos empezado a trabajar especulando con las Tres Gracias.

Tatiana

La FLOR, que aprecio y que siempre me llama la atención(…en elDiccionario de símbolos):…belleza con la fugacidad del tiempo (…). <También> imagen arquetípica del alma, un centro –al igual que el mandala– del que derivan las demás cosas y que siempre guarda una relación directa con lo que nace de su interior (de la flor, los pétalos y el olor que se desprenden; del alma, el cuerpo y nuestras acciones, etc…).

Josep Mª:

A comienzos de febrero tuve la oportunidad de pescar unos días en el interior de Lleida el río Segre, donde todas las jornadas nos acompañó una densa niebla, característica de esta zona. Si ya uno se siente pequeño ante la grandiosidad de la naturaleza y de sus ríos, con este fenómeno te sientes también perdido… Dice Cirlot en el Diccionario de símbolos: “La NIEBLA simboliza lo indeterminado, la fusión de los elementos aire y agua, el oscurecimiento necesario entre cada aspecto delimitado y cada fase concreta de una evolución…”Yo  no me había parado a pensar en el tema del “oscurecimiento necesario”…los elementos no cambian ni son de un modo absoluto, sino que también tienen fases de transición, del mismo modo que sucede con todo aquello que ronda nuestro corazón, y que se va transformando y creciendo. Quizá por esto la próxima vez tenga un motivo para admirar la niebla –en vez de quejarme, que de nada sirve- y pensar en algún instante sobre estos temas.

 

Mª José haanotado y buscado sobre las siguientes entradas, entre otras cosas:

El SANTUARIO, según Filón, designa la penetración de los misterios divinos

El TEMPLO …“el propio universo está concebido como un templo, y los místicos convierten el alma humana en el templo del Espíritu Santo. El templo es el lugar de habitación de Dios sobre la tierra, el lugar de la presencia real. Está hecho según el modelo divino; su plano es revelado. Los templos budistas tienen la estructura horizontal del maandala: símbolo horizontal de Purusha, la presencia divina en el mundo. El templo que el rey Salomón construye a Yahvé es un modelo de simbólica.

La CHIMENEA es un canal por donde pasa el soplo que anima el hogar, excita el fuego, conserva la vida de familia o del grupo. Participa del simbolismo del fuego y del calor.

El CALOR es una potencia cósmica que le permite a uno nacer del caos primordial. Hace madurar biológica y espiritualmente. Su acción es más rápida y eficaz cuanto mejores son las disposiciones del sujeto.

El FUEGO es la representación más cierta de Dios (Agni, Indra, Surya <son algunas de sus denominaciones en el hinduismo>)

 

Evaristo:

Dos símbolos que me han llamado la atención por su importancia en los capítulos de La Ciudad Cautiva, símbolos para mí muy especiales desde que comenzamos los seminarios:

 

CIUDAD

Leyendo el diccionario de los Símbolos he entendido más la ciudad como símbolo en  La ciudad cautiva. Veo como las ciudadesreflejan el orden celestial y reciben sus influencias. Son imágenes de centros espirituales.

Las ciudades son cuadradas y están orientadas. En la antigüedad y aún hoy día en la India o en China las dos vías perpendiculares unen las cuatro puertas cardinales y hacen que el plano de la ciudad se asemeje al mandala cuaternario simple de Shiva en las ciudades.

Pero sobre todo me llama la atención que el centro de la ciudad es igual para cualquier religión. En el centro de Ayodhya está el Brahmaputra; en el centro del mandala, el Brahmasthana; en el centro de la Jerusalén celestial está el Cordero. En el centro del hombre está en corazón y el fuego, la luz el conocimiento.

FUEGO

De los distintos símbolos es el que más me ha llamado la atención porque el fuego está en el centro de la ciudad en su fundación, el fuego está en el altar, el fuego está en el interior del hombre. El apartado 3 dedicado al fuego, del diccionario de Jean Chevalier  me ha llamado especialmente la atención. En él se dice que Budddha sustituye el fuego sacrificial del hinduismo por el fuego interior, que es a la vez conocimiento penetrante, iluminación y destrucción de la envoltura “Mi corazón es el hogar, la llama es el yo domado…”

Raquel

”…me ha interesado especialmente (…) la definición de Schneider del simbolismo: el arte de pensar en imágenes, perdido por el hombre civilizado en los últimos 300 años, a consecuencia de las catastróficas teorías de Descartes. Esto unido a que “en las ideas siempre hay algo de las creencias” me ha llevado a meditar sobre el deber-necesidad-naturaleza  del hombre de integrarnos como individuos en unidades más amplias (M.Eliade), sociedad, cultura, universo.

La vuelta a los arquetipos tradicionales (imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo) puede ayudarnos a recuperar los valores perdidos, aunque su presentación tendría que tener una apariencia diferente. Planteamientos nuevos de pautas de comportamiento tradicionales, basadas en el bien común. Me ocupan de manera especial los símbolos relacionados con la ciudad y su medida humana, al mismo tiempo que la trascendencia de ese ser humano manifestada en la sociedad. El hombre es un ser social por naturaleza y no puede desarrollarse fuera de ella. Resumiría mi incursión en el diccionario con una frase de Pío XI en Divinis redemptoris: “Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”.

 

Séneca, el Crismón y el “Arte de la Energía”(II entrega comentarios a LCC, cap.II)

Las glosas de Naiara al capítulo segundo de La Ciudad Cautiva, colgadas ayer en el blog, motivan ahora este comentario sobre los distintos niveles del cosmos en que se manifiesta el flujo de la energía divina: la gracia de su Espíritu, que todo lo penetra.

En este blog hemos tomado como lema “Arte de la Energía” que es la traducción literal del chino Chi-kung, y también casi del sánscrito Prana-yama. Anunciamos continuamente cursos y enseñanzas sobre los “yogas” y prácticas meditativo-dinámicas, que tradicionalmente han servido para aprender este gran arte. También hemos dado indicios y explicaciones en carteles, programas y escritos, sobre la naturaleza misteriosa de ese hálito, chi, respiración cósmica, espíritu santo y divino, dador de vida, médico prodigioso que todo lo cura, restaurador e instigador de todas las formas vivas que crecen y se transforman en la naturaleza. Es un arte interna que hoy al ponerse de moda (como hace dos o tres décadas el hatha-yoga) se vulgariza y se convierte en una práctica cada vez más externa, desvirtuada. Nosotros hemos tenido la suerte de recibirla y poderla transmitir en una pureza original que se demuestra en la eficacia que tiene: eficacia en la recuperación y el mantenimiento del estado de salud; eficacia en la aplicación al movimiento de la danza y las artes marciales; y sobre todo, eficacia en el cultivo espiritual, que es el conocimiento cada vez más entero y profundo del ser valiosísimo que somos y de las posibilidades verdaderamente ilimitadas que yacen divinamente enterradas en el corazón de toda humana criatura.

Explicar este tipo de cosas comporta siempre una ruptura de esquemas y estereotipos (y prejuicios) que todos llevamos pegados y dificultan el arte a que nos referimos. En este caso, una dificultad es la tendencia a reducir estas artes aplicadas, venidas de Oriente, a lo “físico”, o “corporal”. Es cierto que, con ellas, eso también se hace, y nos permiten gozar de un cuerpo sano… El “arte de la energía” incluye posturas (asana), movimientos, gestos (mudra),desplazamientos en el espacio, e incluso formas de contacto interactivo en pareja (llamadas “series”, “secuencias” o simplemente “formas”, cuando lo aplicamos al Tai-chi-chuan y al K’ung-fu -las dos grandes escuelas surgidas en torno al templo de Shaolín, emblemáticas de las artes marciales del Extremo Oriente, hoy vulgarizadas por el cine). Pero, conste, que estas artes incluyen en esencia y en origen el cultivo espiritual. La “energía vital”, el chi, es el “hálito” divino, es el soplo de vida con que Dios crea el mundo: no solamente en la Biblia, sino ahora, aquí mismo, manteniendo todo cuanto existe en el Ser, en la Vida, en el Movimiento. Con el pensamiento cerebral, con los esquemas ideológicos y con las inevitables teorías filosóficas que los seres humanos continuamente elaboramos, no podemos conectar directamente con el hálito de vida. Pero sí podemos hacerlo sintiéndolo dentro, escuchando nuestra respiración, la cual –hay que decirlo claramente- tiene relación directa con el espíritu, ya que su doble movimiente “aspir” (o “inspir”) y “expir” lo incluye en su raíz etimológica. In-spir, es el espíritu dador de vida cuando invade nuestro cuerpo entero (no solamente los pulmones), alimentando la sangre y animando todos los procesos internos; dando extrema felicidad y curación a todos los problemas a todos los niveles, si somos plenamente conscientes de Él. Ex -spir es cuando lo devolvemos, entregándolo todo, devolviéndolo a la fuente de donde mana, librándonos de paso de nuestros bloqueos, enfermedades, problemas, ideas fijas, prejuicios y formas racionalísticas de pensamiento, quedéndonos libres y vacíos de todo, a punto de ser llenados otra vez por esa generosa fluidez “cósmica” que nunca cesa y nos viene regalada. A ese doble movimiento (expansión/implosión, yang/yin, etc) se refería acertada y hermosamente Natalie con relación al yoga en la anterior entrega de comentarios.

La misma fluidez y continuo intercambio de vida y bondad, que es la trama interna del cosmos y del ser humano. Naiara, en las admirables glosas que ha “trovado”, nos enseña a reconocerla en el “flujo de los beneficios”, cuyos tiempos son: el dar, el aceptar y el devolver, tal como lo estamos leyendo, estudiando y comentando, en el segundo capítulo de La Ciudad Cautiva. Allí, guiados por Séneca (ese gran compatriota y ancestro de todos nosotros, hispanos…) aprendemos que el arte de la energía no sólo se refiere al movimiento corporal, sino también a la vida social y comunitaria. Es la raíz y el núcleo de esta. Toda comunidad humana que merezca ese nombre, todas las familias –núcleo de toda comunidad- que merezcan ese nombre, están cohesionadas por este tipo de vínculo energético que Séneca y los antiguos llaman “beneficio”. Una buena vida en común, que sea satisfactoria y nos llene de gozo (en casa, en la escuela, el taller, el partido, la universidad, la profesión, el parlamento), es la que se halla continuamente regada por el flujo energético de los beneficios. También la amistad, tiene que ver con ello, tal como se explica en el referido capítulo… Y toda esta dinámica del alma (individual y colectiva) se sintetiza en la iconografía de las Tres Gracias y el riquísimo simbolismo de la danza y la fluidez cósmica que las acompaña, que es el tema principal que entre todos estamos comentando.

Por su parte, y mutatis mutandis, las artes-corporales-aplicadas del Extremoriente nos enseñan a “ritualizar” y contemplar ese mismo flujo de vida y de bondad en otro plano energético. Para enlazar los distintos planos, remitimos a la imagen de la Fuente de las Tres Gracias (figura 35, página 151 de LCC), para comprender que el flujo energético (el Espíritu de Dios), “Amor” que continuamente está animando y vivificando el mundo, se explaya en distintos planos o niveles de la “materia” cósmica. La fuente con sus distintas tazas y chorros de agua en distintos niveles, manando de distintos tipos de caño, nos permite meditar en la variedad de modalidades en que el espíritu se manifiesta en nosotros y alrededor. De esta manera podemos aprender a reconocer la energía corporalmente, pero también emocionalmente, y hasta en planos superiores, como gracia, goce por la felicidad que acompaña los regalos, los buenos servicios, la atenta generosidad, el tiempo concedido a escuchar, atender, contemplar, compartir. El “arte de la energía” significa aprender a conectar con la magia, la bondad y la belleza del flujo de gracia que constituye el mundo. Séneca y los filósofos antiguos enseñan eso, que ellos llaman un “enderezamiento social”, un “refuerzo del ánimo”. Primero, destruyendo las ideas equivocadas que se nos han pegado como costras en la mente, y que son obstáculo a reconocerlo. Luego, invitándonos a reconocer esta nueva/antigua forma de la “economía graciosa”: el “beneficio” que estamos intercambiando con la gente que nos rodea. Observándolo, recordándolo, surge en nosotros el agradecimiento, la gratitud, que cura todos los males sociales y nos hace vivenciar desde dentro la “verdadera ciudad” a la que pertenecemos, esa “Jerusalén Celestial” que, para quitarle rimbombancia, Naiara llama “Ciudad Kósmika”, y las tradiciones espirituales de la humanidad han llamado con otros nombres.

*

En cuanto al Crismón (figura 33, página 140 de LCC) por el que Juan pregunta, diciendo que no lo acaba de entender… debemos tener en cuenta (entre muchas otras cosas imbricadas en este fundamental símbolo de Jesucristo, presente en los tímpanos de templos “románicos” y por doquier en el arte cristiano) que se trata geométricamente de la cruz tridimensional (la de tres palos, o de seis brazos… la que tanto aparece en la arquitectura gaudiniana). Y cuando hablamos de geometría sagrada y regular (la geometría platónica y pitagórica, la de los “filósofos”, la que nos sirve como principalísimo vehículo para comprender el”arte de la energía”) estamos hablando desde el  punto de vista cosmológico. Por lo tanto nos hemos de “situar” en el centro del mundo que nos rodea, totalmente identificados con el axis mundi, este eje que nos trasciende, pero que nuestro cuerpo erecto simboliza. Desde esta posición axial que en chikung llamamos “posición del árbol” o también “postura Wu-chi, se hacen evidentes las seis direcciones del espacio, simbolizadas por los seis brazos de la cruz tridimensional: arriba, abajo, izquierda, derecha, detrás delante. Es por tanto una imagen, un truco, un símbolo, para aprender a conectar con nuestra dimensión humana expandida, nuestro ser cósmico, nuestra “alma”. Y lo hacemos identificándonos con este símbolo de Jesucristo, el “Hombre Cósmico” y arquetípico del que todos formamos parte cuando somos verdaderamente conscientes y conformes a nuestra esencia.

Observamos también que el crismón se explaya y complementa en la forma cúbica, el cubo, (la quba musulmana, prototipo de la casa-templo; ver figuras 3 y 4 de LCC) que representa la creación entera: las seis caras-direcciones simbolizando los “seis días” y el centro interior representando el “septimo día”, cuando el Creador “descansa”, y podemos gozar con Él en el “tálamo” de nuestro corazón. Las figuras 6, 9 y 12 de La Ciudad Cautiva, nos ayudan a meditar este tema, y añado acontinuación dos más para complementarlas:

Observamos también como la geometría regular, resumida en el símbolo del mandala, nada tiene que ver con una visión estática o fija del mundo y de nosotros mismos (tal como lo habéis pensado algunos de vosotros al principio, chocados por la crasa simplicidad de los volúmenes geométricos, y por lo burdo que puede resultar a primera vista este tipo de lenguaje analógico). En realidad, el crismón con sus seis direcciones, y el círculo en el que se halla inscrito nos remiten a la idea de la esfera: esfera viviente, moviente, respirante, cósmica, energética…de la que somos el eje (o centro). Entonces, si ella en el pensamiento puede aparecer como una forma estática, cerrada, o fija; cuando la sentimos y vivenciamos “internamente”, como la “forma” de nuestra alma y la pauta principal de todas las energías que la componen y la mueven, entonces se nos aparece como una esfera dinámica y energética, en constante movimiento, ordenado por la presencia del eje, del centro, de los dos polos. Estos representan lo inmutable en medio de toda la dinámica global. Esta esfera dinámica es llamada en geometría “vórtice isótropo”. Pongo a continuaión algunas imágenes para representarlo:

imágenes que sugieren la pauta de todos los movimientos energéticos internos y externos; y, por lo tanto, la pauta de de todos los movimientos de las gimnasias del “arte de la energía”, que aprendemos a visualizar, sentir, e incluso “utilizar” en los ejercicios de Chi-kung, T’ai-chi y K’ung-fu.

La dialéctica en sentido platónico –como estudiaremos en el próximo capítulo- nos enseña a transitar continuamente, de lo fijo a lo movible, de la geometría a la dinámica, del símbolo a lo simbolizado, de la forma a la No-forma… a lo que está “más allá”.

José Olives Puig

Cardedeu, 24.02.11