Simbología del belén o pesebre para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

Nacimiento de Jesús

“Oyeron los pastores a los ángeles cantando la presencia de Cristo encarnado; y corriendo hacia él, como a su pastor, le contemplan como un cordero inmaculado, lactando del pecho de María y le cantan este himno: (etc)”

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“Oh! Gloriós de la Florida Vara,
dau-nos ajut en tot moment”

No olvidemos la Navidad en esta “cuesta de Enero” magnificada hoy por la llamada “crisis”! La liturgia y el calendario tradicional nos ayudan, recordando que el ciclo navideño y la exposición hogareña del Belén duran hasta la fiesta de la Candelaria (2 de Febrero), cuando el Niño ya crecidito es presentado al Templo. Sólo evocando esas cosas divinas ya se despiertan en nuestro interior los arquetipos (energéticos, vivientes) pulsando por ser reconocidos y escuchados: la dinámica interna del ser humano se puede ver como una permanente ebullición en aras de renacer: una “economía de salvación” que ya funciona siempre de por sí cuando nosotros no interferimos oponiendo resistencia. Apostemos, pues, de entrada, por la naturalidad y la espontaneidad de esta dinámica humana interior que llamamos “natividad” (“segundo nacimiento” o renacimiento, rebirthing, etc.). El Pesebre, del cual estamos dando las claves, es un precioso mapa (mándala) utilísimo para esa tarea.

Hoy se nos aparece San José, el “glorioso de la divina vara”, el “carpintero”, el “padre” que no es el verdadero Padre, en suma: el comadrón, el obstetra. Él nos orienta y nos guía en todo este proceso. Se encarga de proteger la gestación de la “Virgen”, de proteger al Nasciturus, y a ambos después de realizado el parto. Él es maestro porque sabe escuchar los consejos del cielo, canalizados por Gabriel, el arcángel. Así Dios salva la “Sagrada Familia” de las dudas del propio José frente al peliagudo tema de la virginidad, la salv de la matanza de Herodes, y la conduce a Egipto (a donde van todos los sabios –Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón, Plutarco- a iniciarse en los divinos misterios. Toda la historia de este nuestro patrón (o guía interno) es muy orientativa…y mágica! hasta la actualidad (véase su presencia y autoría en el patronazgo de Josep Gaudí, y de su reconocida obra barcelonesa, la basílica de la Sagrada Familia, un prodigio de devoción, arquitectura y máketing urbano, de cuyo simbolismo ya he escrito anteriormente.

Hay un aspecto de este santo que repele en general y, particularmente, a la mentalidad moderna. Es por su respeto a la “virginidad de la mujer” (con la que sin embargo se casa). También resulta chocante su famosa castidad, puesta siempre en primera línea por la mentalidad religiosa corriente. Ambas cosas deben ser bien comprendidas desde el enfoque espiritual y simbólico en que aquí nos situamos, donde la sexualidad no se excluye, antes todo lo contrario, tal como lo atestigua la ya comentada presencia de la “mula” (o asno) dando vida y aliento al Niño en el pesebre.

El obstetra tiene una función sacerdotal. No posee a la Virgen en sentido genital. Ella es sólo poseída por el Padre (el macho divino que la fecunda mediante su Espíritu Santo). San José, por lo tanto solamente cuida y protege a la Virgen (que es nuestra alma receptiva y hermosa). Le consigue y adereza el habitáculo prenatal, la “cueva”. La orienta dándole consejo, ideas heredadas de la tradición ancestral que él (como descendiente del rey David, y como maestro de oficio) representa. Además del conocimiento teórico, además de orientarla (léase nuestra alma enterándose de lo que está ocurriendo con todo este proceso, que tiene aspectos traumáticos- aporta el conocimiento práctico sobre la fecundación por el “Espíritu”, es decir: sobre la respiración en sentido profundo, sagrado y trascendente. Ya que todo nacimiento, si lo pensamos bien, tiene el proceso de la respiración como eje y centro. No en vano subrayamos una y otra vez la importancia de conocer y practicar el que hemos optado por llamar Arte de la Energía (del “aliento”, “hálito” o “espíritu”…el arte de sintonizarnos con la “respiración cósmica”) traduciendo a nuestra lengua y comprensión  moderna, los términos chi-kung y/o prana-yama, que son entre los muchos otros existentes, los más relativamente reconocidos en ciertos ambientes de la modernidad.

Los santos, como José “esposo de la Virgen”, están para ser invocados. Lo hacemos con la incantación de  su nombre, repetido con la máxima intención y profundo sentimiento desde nuestro corazón iluminado. Ellos acuden siempre gustosos en ayuda aportando imágenes y/o palabras y/o/ sensaciones en forma de energías y/o “consejos” con la libertad de poder tomarlos en cuenta y seguirlos. Podemos, como hoy se diría, “canalizar” su mensaje, encarnando su presencia. Los santos cristianos -el santoral del calendario- son aspectos o energías de Dios (así como en el budismo se dice que los bodhi-sattvas son los distintos aspectos de Buda). Están de la parte de Dios: eso significa de lo bueno, de lo hermoso, de lo creativo y luminoso. Son, por tanto, parte inextricable de nosotros mismos, de nuestra alma superior, haciendo de intermediarios en este canal de luz, belleza y alegría que somos cada uno de nosotros interiormente conectando lo de arriba con lo de abajo (el Cielo con la Tierra y la Tierra con el Cielo). Las enseñanzas que, siguiendo la tradición, impartimos de una generación a otra, sólo sirven para despertar en nosotros el proceso de la transformación interna, para conectarnos con estas inteligencias energéticas realmente presentes en lo invisible. Entre ellas, San José ocupa un rango destacado junto a la caterva de los que ya en vida realizaron una sólida conexión con lo superior y divino (la Iglesia Triunfante).

Ya podemos ir comprendiedo que el belén o pesebre, como todo dispositivo simbólico vinculado a la religión y a la tradición popular, cumple funciones ambiguas que operan en distintos rangos. Todo depende de nuestra capacidad y nuestra actitud ante el mensaje tradicional que nos presenta. Aquí nos interesa la aplicación directa a la realización en sentido espiritual: la efectividad transformadora de estos simbolismos en la economía interna de cada uno. Las otras significaciones más corrientes y reduccionistas están también presentes, pero debemos aprender a trascenderlas.

El pesebre no es solamente un juego religioso infantil, una escenografía ficticia para mentes retardadas o perezosas. No es solamente un dispositivo sentimental, que hace vibrar buenas emociones. Tampoco es la escenografía –más o menos documentada y aproximada- de un hecho histórico acaecido en la antigua Palestina…Todos estos puntos de vista son reflejos de la verdad que contiene, pero solamente reflejos indirectos, que nos remiten a la verdad interior de nosotros mismos, de las energía vivientes que bullen en el fuero interno y pugnan por armonizarse, gozar y nacer realmente en un plano superior del cosmos y de nosotros mismos. Nuestro punto di vista no niega, antes trasciende y realiza de moso efectivos los contenidos que nos ofrecen la liturgia cristiana y la religiosidad popular. Los contenidos de la tradición religiosa, a pesar de los defectos que puedan acarrear, y de lecturas literales (o materializadas) que siempre los acompañan, deben ser respetadísimos, por el gran papel que tiene en la transmisión a través de las generaciones y los siglos.

Frente al legado tradicional se sitúa la soberbia de la mentalidad moderna (que impregna nuestra educación recibida). Ya nos hemos referido anteriormente a ese tipo de actitud mental representada por el novedoso “caganer” recientemente introducido en el belén… Ahora bien, ya que el simbolismo todo lo integra –y el mandala todo lo contiene- la negación de todo eso debemos aprovecharla para ayudarnos a trascender el sentido literal de las cosas. accediendo a la otra lectura superior (espiritual, simbólica) de este tipo de realidades a las que nos estamos refiriendo. Por la cincidentia oppositorum ocurre que aparentes contradicciones y negatividades tienen también su papel positivo en la evolución de nuestro ser. El pesebre no es lo que parece a primera vista, ni nosotros tampoco.

El pesebre o belén, heredado de San Francisco de Asís y también de los monjes del Templo de Jerusalén, es un genial diseño que ha transitado en el cristianismo popular hasta hoy, para exhibir contenidos de alta significación espiritual (transformadora, alquímica), utilísimos para todos los despiertos con ganas de aprender, practicar y renacer a otro cuerpo y a otra vida. Un “cuerpo de gloria”, “cuerpo de luz”, “cuerpo de Cristo”…Una vida eterna, siempre siendo en el aquí y ahora, en la Presencia (sin pasado ni futuro), expandida, real, viviente, respirante…Mucho más cercano todo ello que nuestra yugular.

El tipo de enseñanzas transmitidas por San José quedan hoy en general para la clerecía cristiana circunscritas a lo que dicen los cuatro evangelios canónicos (que ya es mucho) y a los comentarios de los padres y seguidores. No recogen los “secretos del oficio”, que seguro conocía y enseñaba el Maestro Carpintero. Recordemos simplemente que los “carpinteros” en los contextos de sociedades arcaicas, son los arquitectos o “maestros de azuela” (mestres d’aixa). Sus productos van desde el vaciado de un tronco para hacer una canoa, la construcción de una cabaña, hasta la construcción del Caballo de Troya, el Arca de Noé, el Palacio de David, o el Templo de Salomón, pasando por la de una balsa, un bote, una carabela, o por la admirable arquitectura de troncos, tablones y llatas, que es la suiza o la nórdica, entre muchas otras. Si nos fijamos en todo ese tipo de productos constructivos que se realizan con el hacha de carpintero (la azuela y otras herramientas más sofisticadas) veremos que el objeto es siempre fabricar un contenedor para el cuerpo humano, o para una colectividad de individuos (familia, felgresía, partida, equipo, parroquia, pueblo, grupo, etc). No es de extrañar, pues, que simbólicamente hablando, la “carpintería”sagrada trate precisamente de obtener, vigilar, conservar el claustro materno (útero, vientre, cueva, tumba) donde se produce el nacimiento del ser humano.

Los “secretos del oficio” que el simbolismo de José evoca, se nos hacen presentes en otra clave con el segundo José de la historia sagrada, que es el de Arimatea. Este importante personaje es el que se encarga de comprar la tumba de Jesucristo, es decir, simbólicamente, el claustro materno (excavado en la roca en forma de silo, tal como ha sido documentado arqueológicamente) para el “segundo nacimiento”, simbolizado en este caso por el Sepulcro Vacío, la Resurrección y la Ascensión a los cielos. Juntando el simbolismo de los dos Josés comprendemos que su “oficio” es también la cosmología. Ya que el cosmos es en realidad el útero que debemos aprender a reconocer para el “segundo nacimiento”. Aprender la cosmología es reconocer y vivenciar el modelo del universo, en el cual hemos sido ya dados a luz por el primer nacimiento, y del cual estamos aprendiendo a liberarnos con ayuda del belén que, ni más ni menos, es un cosmograma para el segundo nacimiento. Las diferentes matrices son siempre artefactos para ser trascendidos: para nacer a otra dimensión.  La cosmología (la arquitectura sagrada y la ciencia de los antiguos constructores) nos enseña una nueva manera de ubicarnos con respecto a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Una manera que convierte a todo ello en algo inteligible, interesante, energético, lleno de posiblilidades creativas: lleno de amor, en suma. En La ciudad cautiva hallará el lector estudioso abundante referencia a este tema.

Terminamos el capítulo recordando que Joseph, en hebreo significa “añada Dios un nuevo Nacimiento”, tal como lo leemos en el Diccionario de la Biblia de Herder (que escribió habitando en el desván de dicha editorial, el padre capuchino e ilustre hebraísta Serafín de Ausejo). San José es, pues, el obstetra y su arte constructiva lo podemos seguir aprendiendo hoy de las tradiciones sagradas de Oriente (desde los hesicastas del Monte Athos en Tesalia, hasta la obstetricia sagrada del Extremoriente a la que ya nos hemos referido, pasando por el pranayama y los yogas tántricos de Asia) y Occidente (la geometría pitagórica, el platonismo, y la arquitectura simbólica de los “constructores del templo de Jerusalén”).

El respeto que muestra San José ante la Virgen, nos reafirma en la sacralidad y belleza natural de nuestra alma de luz. La proverbial castidad, entendida en sentido superior (más allá de la literalidad, no siempre negativa, con que lo entienden los clérigos cristianos de la modernidad occidental) la entendemos como la no-interferencia de la mente-pensamiento, que obstaculiza, contamina e incluso llega a impedir el acto de renacer en un sentido espiritual. Cuidemos pues de la virginidad de nuestra alma y confiemos en la ayuda que siempre está recibiendo del cielo.

José Olives Puig
Cardedeu, 26 de Enero 2012

Simbología del Belén, o Pesebre, para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

Trovado por José Olives Puig

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Sabido es que la simbología es la clave para comprender y encarnar en uno mismo el sentido verdadero de las tradiciones religiosas. Superamos entonces la visión infantil, insuficiente, y conectamos directamente con nuestro ser auténtico, con la energía y el potencial ilimitado que llevamos dentro de nosotros, para el bien propio, la curación de nosotros y los demás.

Yendo pues directamente al sentido espiritual de la Natividad, ahora nos preguntamos: ¿podemos realmente renacer? ¿Es posible cantar con el salmista un “cántico nuevo”? …dejar del todo los viejos esquemas? …una visión del mundo y de nosotros, que a pesar de su oficialidad y cientificidad, está totalmente equivocada? Podemos salir de la ciudad cautiva, donde vivimos como esclavos, impotentes, temerosos, críticos, rebeldes, fastidiados? Podemos dejar de deambular por el mundo inhóspito y “volver a casa”, encontrar nuestra propia cueva para nacer?

La simbología (inagotable) del Belén, y la liturgia de la Navidad, que es su contexto y complemento, nos enseñan una manera directa de hacerlo… o de dejar que se haga en uno, ya que se trata de un nacimiento prodigioso. Para nosotros, seres humanos ya nacidos, se trata verdaderamente de renacer.

La simbología (el lenguaje analógico) se expresa, como sabemos, con el triple dispositivo, que son los símbolos propiamente dichos, los mitos (la historia sagrada) y los ritos (en nuestro caso, el Belén, o Pesebre, y la liturgia de Navidad). Ese tipo de lenguaje, común a todas las tradiciones sagradas de la humanidad, está hecho de arquetipos, “ideas/energía” de tipo platónico. No es convencional, no es inventado por el hombre: Refleja la estructura interna del cosmos y de nosotros mismo, las leyes de la naturaleza, dinámicas, transformadoras.

Empezaremos pues por recordar los símbolos archiconocidos, pero sólo superficialmente considerados hasta hoy: el Niño, la Estrella, la Virgen, San José, el Espíritu (el hálito divino o respiración cósmica), la cueva (o caverna), el pesebre (lugar de comer), la dorada paja, el buey y la mula (o burro), los ángeles, los pastores, el cordero, los reyes, el oro, el incienso, la mirra… Y tantas cosas más que, teniendo las claves, van a desencadenar en cada uno el flujo interno de la energía, potente, creador, comprendiendo y vivenciando el proceso en uno mismo. Se trata de una Pascua, que significa un pasaje, comparable al que hacemos a través del sangriento útero cuando venimos a este mundo. Dolor y amor. Muerte y resurrección. …Aparque la mente lógico-científica su habitual soberbia, porque, señores, estamos entrando ya en el antro sagrado. Hay que descalzarse, porque aquí se revelan los misterios y entramos en contacto directo con nuestro Ser, con la Deidad. Y vamos a hacerlo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.

En Cardedeu, a 13 de Diciembre de 2011

(continuará)

 

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A mí lo que más me sorprende de la Natividad del Señor –viéndola directamente en mi mismo, mediante el simbolismo- es que lo No-Nacido (Dios) pueda “nacer” en la Caverna de mi corazón. Ya que de eso se trata en el prodigioso teatro (auto-sacramental) del belén o pesebre, que construimos y contemplamos en casa durante estos días.

Qué significa “nacer”…en sentido espiritual? …en ese sentido que tanto afirman las escrituras sagradas y los portavoces del Cielo en Oriente y Occidente. Podemos nacer a Algo, que se caracteriza precisamente por el hecho de no haber nunca nacido y estar siempre siendo? …Y no se escandalicen los beatos del sentido literal de las palabras!  Si digo “Algo” para referirme al gran misterio que yo soy, y que todos nosotros somos, no es para despersonalizarlo, antes todo lo contrario. Puedo preguntarlo de otro modo: ¿cómo el Ser, infinito (sin límite alguno), eterno (siempre siendo) se puede hacer Niño (semilla, germen, óvulo, embrión, bebé) para nacer en la humilde caverna de mi interior, de mi mente humana, de mi individualidad histórica concreta?  ¿cómo “nace” en mi “corazón” (en mi mente, en mi pecho, en mi sensibilidad) una conciencia crística, iluminada, búdica, no-dual?

Resuena en el templo una y otra vez la antífona no menos absurda: “De ti nacerá, oh María, el Hijo Eterno de Dios”…y toda la liturgia de estos días gira en torno  de paradojas, de disparates lógicos, que precisamente por serlo tienen tanta miga.  Si el Hijo es eterno, esto significa que está siempre siendo. Que Él es antes de la creación del mundo y de todo cuanto hay. Entonces, por qué cantamos que “nacerá”?  Qué pinta aquí ese tiempo futuro del verbo nacer? La tradición popular en Cataluña lo remedia diciendo que “el Nen Jesús neix cada dia”. Eso está bien, y nos lleva directamente más allá de las palabras. Nos sitúa directamente en la auténtica metafísica, en ese estado contemplativo donde los verdaderos significados son reconocidos y encarnados.

Me digo pues con San Anselmo: credo quia absurdum!  Aunque a mi la fe nunca me ha faltado, intuyendo desde siempre –gracias a Dios- el sentido espiritual de las absurdidades y paradojas que nos brindan los símbolos, los mitos y los ritos de la religión y las tradiciones sagradas. El más tonto del pesebre es ese personaje voltairiano, recientemente añadido, que el vulgo venera como “el caganer”, el que se c… en todo eso, porque es incapaz de reconocer lo que está más allá del sentido literal, más allá de la visión infantil de la historia sagrada.

La “visión infantil” del belén es, en ese sentido, la que aquí estamos aprendiendo a trascender. Eso lo hacemos al recibir y comprender las claves interpretativas: el simbolismo, que hace vibrar en nuestro interior todas esas realidades, dimensiones y energías vivientes. Activa la psiqué, nos despierta del sopor, nos conecta con el campo de conciencia que es nuestro Ser verdadero, aquí y ahora, siempre presente.

Lo llamamos Em-manu-el, que significa “Dios en Nosotros”, y no solamente “Dios con nosotros”, tal como a veces lo enseñan algunos, como si de pronto Dios (Jesús) no fuera sino uno más en el colectivo sociológico. Ahora bien, semejante Presencia, no se activa en uno sin recuperar por otra parte una saludable “visión infantil” del belén, que a muchos nos fue transmitida en la primera infancia. Una visión directa, vibrante, altamente emotiva, candorosa, no-crítica, devota.  Sin este tipo de actitud, sanamente “infantil” el belén (el pesebre) no desvela sus misterios. Gaudí la tuvo y explícitamente la plasmó sin ningún tipo de vergüenza en la fachada primera (la fachada NE, llamada del Nacimiento) de la célebre basílica, que le inspiró San José, su patrón, y dedicó a la Sagrada Familia.

Además del Niño, están la Madre (María) y el verdadero Padre, que no es San José, como es bien sabido.

Cardedeu 27.XII.11 día de San Juan Evangelista

(continuará)

A propósito de Gaudí y la Sagrada Familia: simbolismo cristiano y arquitectónico

GAUDÍ Y LO SAGRADO:

EL SIMBOLISMO DE LA SAGRADA FAMILIA

por José OLIVES-PUIG

El simbolismo nos permite acceder al corazón de la obra gaudiniana, y a la vez trascenderla, ya que nos remite a sus contenidos más significativos y universales. Gaudí es el primero en afirmar que la arquitectura está al servicio de lo trascendente, y la practica durante su vida como un apostolado, considerando la función de arquitecto como una forma de devoción al servicio de la verdad. Su obra no deja indiferente a nadie. Es original no sólo por la singularidad, antes en el sentido etimológico de la palabra, tal como él mismo lo reconoce: “original es lo que nos conecta con el Origen” (PUIG i BOADA 1981, pp.35,220)… Nos pone directamente en contacto con sintonías distintas de las habituales en la arquitectura convencional: su mundo de formas, espacios, colores y volúmenes, despierta una memoria de cosas olvidadas, dimensiones oníricas, resonancias atávicas, que interpelan al espectador desde más allá de los estilos y las épocas, a través de los siglos. Si la contemplamos conscientes del simbolismo, expande la visión allende lo emocional o lo psíquico. Por todo ello la podemos considerar una obra curativa, que respira libertad, libera flujos de energía, relaja y desbloquea la mente… si es legítimo comparar la arquitectura con la medicina.

El simbolismo impregna la obra de Gaudí, y el templo expiatorio de la Sagrada Familia lo concentra en sumo grado. Ubicado en el Ensanche de Barcelona, es una de las obras más notables de la arquitectura contemporánea y uno de los principales productos de márketing urbano del siglo XX. Gaudí asumió la dirección de la obra cuando el templo estaba ya empezado, y le dedicó la última etapa de su vida, plasmando allí hasta donde pudo todo el conocimiento en distintos órdenes, adquirido a lo largo de muchos años de estudio, meditación y experiencia. Considerar el simbolismo, obliga a trascender la obra de cualquier artista, y todavía más, la de los artistas auténticos y geniales como él, quienes más en sintonía se hallan con lo sagrado.

El simbolismo es lo que en toda obra de la naturaleza o del arte establece la conexión con lo sagrado: con lo que está “más allá”. Provoca una ruptura en el espacio-tiempo, una apertura, un cambio de punto de vista, una “anamnesis” al estilo platónico: recuerdo y vivencia de una realidad otra, que de pronto se hace presente y es vivenciada. Aporta verticalidad en el decurso horizontal de los acontecimientos, en la sucesión monótona de los lugares… es revelación de algo que antes estaba velado. El símbolo es el soporte, vehículo, o instrumento, para que suceda la magia de dicha revelación. La arquitectura gaudiniana, especialmente el templo, cumple funciones simbólicas en la medida que conmueve, revela algo, y libera de la visión banal y corriente de las cosas, conectándonos con un sentido superior, más verdadero, más bello. Aunque el simbolismo comporta elementos sorprendentes, hasta disonantes, porque lo sagrado rompe los convencionalismos, los estilos, y la estética que una época considera “políticamente correcta”.

Tradicionalmente se distingue dos grandes ámbitos donde el hombre aprehende el simbolismo. Gaudí lo explica a su manera: “Hay dos revelaciones: una doctrinal, que es la moral y la religión, y otra guiada por los hechos, que es el gran libro de la naturaleza. Todo sale de él… Las obras de los hombres son ya un libro impreso. Todos los estilos son organismos emparentados con la naturaleza… esa Naturaleza que siempre es mi maestra… el gran libro siempre abierto, que conviene esforzarse en leer; de él provienen los demás libros, que contienen añadidas equivocaciones e interpretaciones de los hombres” (PB, pp.88,92s). El libro de la Naturaleza es pues la primera fuente del simbolismo. Contiene formas, ritmos, contrastes, ciclos y complementaridades: día/noche, sol/luna, los juegos de las nubes, los colores y la luz, las espirales, ondas y vorágines del agua, los remolinos y ráfagas del viento, las cristalizaciones de la nieve y los minerales, con sus reflejos de luz estrellada, similares a las luces del firmamento, los animales y las plantas, el cuerpo humano y sus gestos. Manifiestan por analogía el flujo del espíritu, que “llena el universo”, preñándolo de vida, inteligencia y gracia. La arquitectura de Gaudí imita ese flujo natural del espíritu. Es una arquitectura “pneumática”, y, por lo tanto, universalmente comprensible, más allá de las connotaciones históricas y locales que pueda tener. Como tal la reconocen los orientales, ellos que tradicionalmente han entendido el arte como una canalización del hálito, del fluir interior de la energía; y han visto la naturaleza embebida por las ondas magnéticas de la Deidad.

El simbolismo de la naturaleza concuerda con la impronta africana evidente en el templo de la Sagrada Familia, y todavía más en los proyectos que lo precedieron, como los destinados a la colonia Güell de Sant Feliu de Llobregat y a las misiones franciscanas de Tánger. Allí viste la estructura del templo con las humildes formas de la naturaleza: los campanarios, cual minaretes africanos de barro en forma de mazorca, u hormiguero; los pilares de la nave, como tallos de apio; el aspecto troglodítico del templo y de sus puertas; también , la alusión contínua a las formas rupestres de la montaña de Montserrat, reconocida como “santa”, venerada desde la prehistoria por el carácter extraordinario de su relieve, vegetación y fauna: peñas, cuevas, hondonadas, delicadas plantas, pájaros y fuentes, evocadores del Paraíso y de la intimidad con lo divino y sutil, para todos los peregrinos y visitantes. Ese ambiente de intimidad lo crea el arquitecto diseñando el interior del templo como un bosque, que contiene la luz del altar en lo más hondo de la espesura (PB, 158). Los pilares de la nave son tallos y ramas de apio, que culminan en las hojas formando techumbre. Esa planta es típica del banquete de Navidad y también compone las guirnaldas que decoran las tumbas antiguas. Hércules y los vencedores que lo suceden en los juegos de Nemea (también en los Istmicos) se coronan con apio para significar la inmortalidad, conseguida tras el trabajo de morir y renacer emergiendo de la tumba, tras un período de sueño, o letargo. La tumba, en nuestro caso, el templo, aparece como un lugar de tránsito y regeneración. Las demás formas de la naturaleza, imbricadas unas con otras sugieren al espectador innumerables analogías que lo transportan u otros ámbitos de especulación. La sintonía de Gaudí con el simbolismo natural es a la vez una tradición muy arraigada en Cataluña y otras tierras hispanas, donde la herencia de San Francisco de Asís ha ayudado a mantener una vivencia mística de la naturaleza. Gaudí y su arte son, en ese sentido, típicamente franciscanos.

El segundo gran ámbito para captar el simbolismo es el “libro de la religión”. Gaudí considera que “el hombre sin religión es un hombre menguado espiritualmente, un hombre mutilado”(PB,223). La religión, bien entendida, significa “religar” el corazón humano con el Origen, abriéndolo a la dimensión espiritual, creativa. Eso lo hace por una transmisión de gracia, que opera mediante imágenes, historias sagradas y ritos. La arquitectura del templo desempeña un papel destacado en ese menester, y eso es lo que la distingue de la mera ingeniería (PB, p.35,110s.). Gaudí basa el diseño del templo en dos fuentes  principales: la liturgia -que estudia principalmente en los volúmenes de l’Année Liturgique de Dom Guéranger (PB,118,218s)- y la tradición popular, la cual paradójicamente conserva muchas veces bajo humilde ropaje (folklórico), las ideas más espirituales, como, por ejemplo, el simbolismo de la  Natividad y el Pesebre (o Belén), representado en la fachada de Levante, que Gaudí construye y esculpe personalmente.

Hay una tercera fuente del simbolismo religioso en la Sagrada Familia, no menos importante. Es la tradición arquitectónica cristiana, que marca el proyecto neogótico de Villar -al que Gaudí debe adaptarse- y sigue marcando el posterior diseño del gran maestro, muy influido por el estudio de las catedrales de Tarragona, Barcelona, y Palma de Mallorca, lógicamente; las demás de Cataluña y España; y, sobre todo, la de Reims, por ser la más bella de todas. Desde el punto de vista del simbolismo, la Sagrada Familia es por su estructura y diseño un templo cristiano típico al estilo de las grandes catedrales, y ello, a pesar de las críticas y “perfeccionamientos” que Gaudí introduce respecto del estilo gótico, que él llama el “estilo del compás”(PB 106ss).

Lo que se entiende por “estilo gótico” es la última forma tradicional de la arquitectura del templo en Occidente, y la primera forma constructiva de la modernidad. Es un compendio del arte de la arquitectura, y las ciencias afines (geometría y aritmética), que habían transmitido de generación en generación los antiquísimos gremios de paletas (maçons), constructores de las catedrales. La modernidad destruye el régimen gremial, dejando perder en gran parte el oficio. Sin embargo, los simbolismos perduran bastante enteros en los rituales de la masonería moderna (“especulativa”, que significa “materialmente desvinculada del oficio”). Su interpretación sigue siendo la clave para comprender en profundidad el simbolismo del templo, la arquitectura y la geometría, puesto que se remontan a la tradición pitagórica (por parte greco-romana), a la de los constructores del templo de Salomón (por parte semítica) y aún más atrás. Contrariamente a lo que a veces se supone, Gaudí no tiene contacto directo con ese tipo de fuentes, en su tiempo poco accesibles, al igual que desconoce el legado hermético-alquímico, que es la principal tradición simbólica de Occidente. La falta de información en ese sentido la ponen de manifiesto sus escritos y su arquitectura, y no podía ser de otro modo dados los fuertes (y, hasta cierto punto, lógicos) prejuicios contra la masonería en los medios católicos de la época, particularmente por parte de su mentor espiritual, monseñor Josep Torres i Bages, confesor en Barcelona, luego obispo de Vic, quien tan fuertemente marcó la espiritualidad de toda la generación de prohombres que diseñaron la “tradición catalana”.

Gaudí accede al conocimiento simbólico a través de la religión, a través de la observación de la naturaleza y sobre todo mediante la experimentación directa, meditando la física y la mecánica de las fomas y estructuras arquitectónicas (PB,112). Comenta escuetamente los principios del simbolismo geométrico que rigen la estructura del templo (PB 39). Critica con muy sólidas y fundamentadas razones la arquitectura gótica (el “estilo del compás”) y quiere mejorarla… principalmente por el nuevo diseño de las estructuras de cargas, que él investiga mediante sistemas funiculares, y también modernizándola con el naturalismo organicista. Aprende de la tradición, pero rehuye el arqueologismo. “He seguido -afirma- un tradicionalismo viviente, sólidamente razonado…”(PB,112). Descubre mediante investigación la utilidad constructiva de la geometría de los planos curvos y helicoidales creados por generatrices rectas, en particular el paraboloide hiperbólico, que él aplica a la cubierta de la nave del templo de la Sagrada Familia, y lo estima simbólicamente análogo a la Santísima Trinidad (PB, 111,209). Por todo ello Gaudí demuestra ser un genial maestro de arquitectura, comparable por la ciencia, la religiosidad y el sentido sagrado del oficio, a los antiguos maestros de la época gremial (u operativa) de la masonería, pero no existen elementos para imputarle ninguna vinculación sectaria en sentido moderno. Se lo podría hacer quizá un masón “honoris causa”, pero para ello deberían cambiar todavía los tiempos, retornando de nuevo a la cristiandad medieval, donde no había incompatibilidad entre la religión y la tradición sagrada de los constructores de catedrales y templos, antes todo lo contrario.

Gaudí, siguiendo la tradición, considera que “el templo es la construcción por excelencia” (PB 1981,11,110s), la casa por antonomasia (hecha para la divina cohabitación), y por lo tanto el modelo y la norma de donde derivan todas las leyes de la arquitectura. Además de inspirarse en la liturgia, está hecho para servirla, para dar lugar y ocasión a su poesía, a su efectividad mágica, para que la revelación pueda tener lugar, y la transmisión de gracia suceda (PB 69, 118, 218, 220). El sacrificio de la misa es el rito principal de la liturgia. Se celebra sobre el altar, la piedra fundacional del templo, representando el punto central desde donde se genera simbólicamente el espacio, se ordena toda la estructura, y se unifican las distinitas partes, que de él irradían y en él convergen. Allí es donde lo sagrado se hace presente y tangible, donde se produce el banquete eucarístico, donde la comunión genera la comunidad. El altar se sitúa simbólicamente en el centro del crucero, que representa el Cristo crucificado. En la analogía corporal el altar equivale al corazón, el órgano central que permite la visión espiritual y la comprensión intuitiva de lo trascendente y misterioso. Platón lo llama “ojo del alma”. Es por tanto el símbolo de la luz divina inmanente al mundo. Gaudí insiste en la iluminación del altar, como la cosa más importante del interiorismo hierático; debe ser mediante cirios exclusivamente, y debe destacar en la penumbra, sin que ningún otro foco lo deje en segundo término (PB, 119,219).

Pero sobre el altar, en la linterna del cimborio, está también simbolizada, en modo trascendente, la fuente original de la luz procedente de arriba, indicando ascensionalmente la dirección del retorno al origen. El templo es concebido por Gaudí como un puente para llegar a la Gloria (PB 39,42,218). Por él ascienden y descienden hombres, santos y ángeles (PB 208s). Ese fluir vertical se halla por todas partes: en la forma helicoidal de los pilares, en la espiral ascendente de la jaculatoria “Sanctus, Sanctus, Sanctus” encaramándose por las torres, en las escaleras de caracol de los campanarios, en la misma “forma de las torres…que es la unión de la gravedad con la luz” (PB 212). Se concentra, sobre todo, en la recta virtual que une la linterna del cimborio, el altar y el centro de la cripta subterránea, donde se halla, entre otros elementos simbólicos, la tumba del fundador (en ese caso, los dos fundadores del templo: José Maria Bocabella y Antonio Gaudí). Esa recta es equiparable al axis mundi cósmico. En su intersección con el plano queda definido el centro de la cruz (altar), desde donde irradían los cuatro brazos hacia los cuatro puntos cardinales, ordenando el espacio, jerarquizando los niveles, uniendo en el centro todas las parejas de contrarios: haciéndolos complementarios. Aquí están las Cuatro virtudes cardinales apuntalando los cuatro ángulos del edificio. A partir del cuaternario se diseñan las tres fachadas y el ábside con sus distintas cualidades. Son las cuatro aperturas por las cuales se va a crear (ordenar) simbólicamente en derredor, el plano de la ciudad, el país, el mundo (apareciendo allí el simbolismo zodiacal dodecanario representado por las doce torres, análogas a los doce apóstoles, cuyos báculos, anillos, mitras y esculturas están también figurados en los campanarios-mazorcas)…

El ábside representa simbólicamente (en la arquitectura cristiana tradicional) la puerta de Oriente, por donde sale el sol, comparable en su orto al nacimiento de Jesucristo iluminando el mundo. Gaudí lamentaba haber tenido que contar en ese caso con el condicionamiento de una mala orientación ya previamente determinada por la construcción de la cripta, obra de Villar, que se adaptaba a las dirección sesgada de la trama ortogonal recién planeada por Ildefonso Cerdá para el ensanche de la ciudad de Barcelona. La mala orientación resta eficacia simbólica a la economía lumínica de los rayos solares dentro del templo… pero ese es un tema desestimado en la arquitectura cristiana ya desde el siglo XIV, cuando los templos dejan de construirse orientados, por olvido de la tradición simbólica.

El simbolismo geométrico axial y crucífero se sintetiza en la cruz tridimensional (la cruz de cuatro brazos) que es el alma interior de la forma cúbica, la forma esencial del templo-casa. Es el simbolismo cristiano fundamental, el eje del templo, y el principal elemento de la arquitectura gaudiniana. La Cruz de Cristo, simbólicamente hablando, es por lo tanto mucho más que un instrumento de tortura: representa más bien la conexión de lo de abajo (la humanidad) con lo de arriba (lo divino), y en ese sentido es análoga al árbol (el Arbol de la cruz), representado con otros aspectos en la Sagrada Familia (Arbol de Jesé en el parteluz de Levante, ciprés en la sumidad de la misma, tallos de apio en los pilares del templo, etc.); y también representa (entre otras muchas cosas) la irradiación de luz, amor y gracia, con la que el Verbo crucificado crea el mundo (Jesucristo es tradicionalmente representado como un rey coronado, con los brazos abiertos en señal de acogida, sonriente, vestido con larga y colorida túnica, que vela su cuerpo grosero). Los Cuatro evangelistas, flanqueándola en los cuatro puntos cardinales representan los cuatro modos de irradiación de una misma Palabra fecundante, “espermática”, que, cual “buena nueva” (evangelio), por expansión genera una comunidad, una iglesia, un mundo, una civilización. “El templo de la Sagrada Familia se halla en el centro de la Ciudad y del llano de Barcelona, equidistante de mar y montaña, de uno y otro río…” (PB 197)

Gaudí considera que “el templo es lo más digno de representar un pueblo” (PB 178, 196). y se encarga de que sea un punto de referencia o identificación para su querida tierra, poniendo los emblemas, los santos patrones, referencias paisajísticas, la fauna y la flora que decoran los muros, las fachadas, los pináculos y las agujas. El pueblo y la tierra, simbólicamente, son el receptáculo de la gracia y la luz  que da vida. A la tierra pertenece, entre otras cosas la montaña de Montserrat (sobre la puerta de la Esperanza, en la fachada Este), símbolo de la montaña sagrada, que todo templo exteriormente representa, y donde Gaudí trabajó y se inspiró para varias de sus obras. El monte es aquel lugar donde la tierra se eleva hacia el cielo. Hay que verlo –siguiendo a San Buenaventura- como una “elevación de la mente”. Se refiere por tanto a la contemplación, la concentración, al trabajo interior, a la ascesis, a los “ejercicios espirituales” y a la purgación (el Purgatorio se representa en la Divina Comedia como una montaña de siete pisos, por la que las almas esforzadas y voluntariosas ascienden al jardín del Paraíso). Ese simbolismo se conecta en particular con el de la construcción del templo expiatorio que es la Sagrada Familia, donde la “construcción” ha de visualizarse como el progresivo reconocimiento de la propia alma, o ser interior del hombre.

El templo de la Sagrada Familia es así llamado porque está consagrado a Jesús, y a quienes son sus padres en la tierra, José y María. El ternario que configuran, es en el cristianismo el modelo de toda familia. Recuerda que el ser humano se genera por la unión amorosa de dos personas de sexo distinto. Se cría y se forma en base a esa complementaridad polarizada, que juega significativamente en distintos niveles, no solamente materiales. La estructura (o relación) ternaria es el núcleo esencial de toda institución familiar. El conocimiento de otras culturas y civilizaciones del género humano nos permite comprender que dicha institución puede ampliarse y complicarse, según los casos, pero sin menoscabo de la estructura triádica, que de uno u otro modo es el núcleo, el meollo, del proceso generativo y formador del ser humano en todo tiempo y lugar. Perder eso de vista es privar la sociedad de su fundamento y abocar los ciudadanos a situaciones de progresiva desprotección, ansiedad y barbarie. El papa Juan Pablo II en su visita de 1982 dijo “Este templo de la Sagrada Familia es una obra que, aún sin terminar, tiene fortaleza desde su inicio; recuerda y compendia otra construcción hecha de piedras vivas: la familia cristiana, donde la fe y el amor se cultivan día a día. ¡Que Dios bendiga vuestras familias!”

Además de ser el modelo social fundamental, la Sagrada Familia tiene un sentido espiritual, es decir, simbólico. Se refiere al “segundo nacimiento” del que habla San Pablo. El tema de la Natividad, figurado por la iconografía del “Belén” o “Pesebre”, que  en el templo gaudiniano decora la fachada de Levante, simboliza ese nacimiento del hombre interior. La natividad del Niño Jesús, llamado Emmanuel (“Dios con nosotros” y también “Dios en nosotros”), representa el nacimiento del “Hijo del hombre”. Se lo compara con una irradiación de luz, con el Oriente, con una estrella, con el sol naciente, con un “sol de medianoche” surgido en plena tiniebla, disolviendo todas las oscuridades e ignorancias. La tradición popular en Cataluña dice que “el Niño Jesús nace cada día”, para significar el carácter atemporal de semejante acontecimiento, que se celebra especialmente el día de Navidad, en pleno solsticio de invierno.

La Natividad se produce en una cueva (de fuertes resonancias iniciáticas, hasta platónicas… el simbolismo no tiene límites en sus posibilidades de encadenamiento de imágenes y resonancia significativa). Tradicionalmente la cueva se ha relacionado con el corazón humano (simbólica y meta-físicamente entendido). El templo mismo se puede considerar la cueva por excelencia, y Gaudí se encarga se subrayarlo con las formas cavernícolas con que decora el portal de la Natividad, también presentes en el diseño del portal de la Pasión, y en la forma misma del templo en su conjunto, tendente a lo rupestre. Hay además una fuerte asociación entre la cueva y la montaña, cuyo simbolismo ya hemos comentado antes. La cueva es el interior de la montaña: su concavidad, y es en ella donde se produce el misterio de la Encarnación. En la geografía sagrada puede observarse una fuerte conexión entre la Virgen y la cueva…

La cueva se sitúa en Belén (que significa “la casa del pan”). Contiene un pesebre (que es un lugar de comer), donde yace el Niño. Jesucristo por la eucaristía es comido bajo la especie del  pan, el mismo pan que en el Padrenuestro de la iglesia de Oriente es llamado “pan sobre-esencial”, que se adora litúrgicamente en la custodia irradiando como el sol. Es el “alimento de vida eterna”. En el simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús, cuya posición con los brazos abiertos en cruz es análoga al plano del templo, los rayos de luz emanan directamente de la “caverna del corazón”.

Hay otros importantes elementos en la cueva y su entorno: los ángeles anunciando la Buena Nueva; los pastores, acudiendo diligentes, adorando contemplativos (PB 216s); la mula (equiparable al burro o a la burra, que aparece en otros momentos clave de la historia sagrada) y el buey, representando otros aspectos del alma humana, que asisten mansos y concordados, dando hálito al prodigioso nacimiento. Más importantes son la Virgen y San José. Más importante todavía: el verdadero Padre, “que está en los cielos” y que fecunda a María bajo la hipóstasis del Espiritu Santo, representado como paloma en la sumidad del portal.

María, “madre de Dios”, y a la vez Virgen, acoge en su seno el flujo del Espíritu con amor y sencillez. El simbolismo de su concepción inmaculada, su embarazo, y su maternidad, se refieren al alma humana abierta como un recipiente a los efluvios divinos, y al poder transformador de la redención. Es, por ello, el símbolo de la Sabiduría (la Santa Sofía), inseparable del goce del amor divino. Aparece bajo múltiples aspectos y relaciones en la iconografía cristiana, y en la obra de Gaudí, particularmente, en la Sagrada Familia. Tiene especial interés su asociación con el rosario: uno de los encadenamientos simbólicos que vertebran el templo. El Rosario es una simbólica cadena de rosas que conduce la meditación a través de tres principales temas, representados en las tres puertas”: Natividad (o Gozo), Pasión (o Dolor) y Gloria (o Resurrección). Cada tema contiene cinco estaciones o “misterios”, que se representan como surgidos de una rosa. Esta flor en Occidente constituye uno de los principales simbolismos del amor. La flor en general representa la apertura de la conciencia a la fragancia y la belleza, al goce de todo lo que el misterio encierra. Expresa la idea de un surgimiento espiritual, ampliando la visión a otros planos. Allí los misterios se complementan de modo que desborda la razón. El Nacimiento, por ejemplo no es comprensible sin la Pasión (PB 200), es decir, la “muerte de Dios”, y análogamente la muerte del hombre viejo, quien con sus prejuicios y fijaciones impide el nacimiento del Niño Divino y el advenimiento de una Vida Nueva. A su vez los misterios de la Natividad y la Pasión no están completos sin considerar los de Gloria, por los cuales se reconoce la luz, el nuevo espacio y el goce que produce al hombre el nacimiento a una nueva forma de ver y de ser, que es la suya propia desde el Origen. Dice Gaudí: “la Gloria es la luz, la luz da gozo, y el gozo es la alegría del espíritu” (PB 226).

Acompañando a María está San José. No es el verdadero padre, aunque su papel es muy destacado, pero en un segundo plano, humilde. Es el educador. Recuerda aquella figura del maestro que Sócrates en la República compara a la comadrona (ejerciendo la mayéutica, que es el arte de hacer alumbrar). El maestro (la enseñanza, la tradición, que él representa) no produce la iluminación del alumno, antes lo ayuda a que alumbre lo que él ya lleva dentro, por decirlo de algún modo, y salvando las diferencias en el código interpretativo. El cometido principal de José es velar por el feliz alumbramiento, guardando y protegiendo el vientre de la Madre, que es fecundada por el Espíritu. El vientre y la matriz nos reconducen de nuevo, simbólicamente, a la idea de la caverna (y también de la tumba…por la que velará otro José, el de Arimatea, con ocasión del otro gran nacimiento, que es la Resurrección a la vida eterna, el retorno a la casa del Padre). El nombre “José” significa en hebreo “añada Dios un nuevo nacimiento”, lo cual corrobora el mismo sentido.

La devoción a San José es decisiva para Gaudí y para el templo de la Sagrada Familia, como lo es para toda España y el mundo cristiano, y particularmente en esa época, cuando Barcelona construye, precisamente junto a lo que será el Parque Güell,  el santuario de San José de la Montaña, importante punto de referencia para toda la ciudad. El templo de la Sagrada Familia es concebido y promovido por el librero de Barcelona José Mª Bocabella, quien funda la  Asociación Espiritual de Devotos de San José con la finalidad de que “despierte la tibieza de los corazones soñolientos, enaltezca la Fe, encienda la Caridad cristiana y contribuya a hacer que el Señor tenga piedad del país”. La obra es encargada al arquitecto Villar, quien traza los planos e inicia la construcción. Gaudí es miembro de la misma asociación josefina y gran devoto del glorioso santo de la vara florida. Es por ello, que recibe el encargo de dirigir la continuación de los trabajos. Su relación con la castidad, que Gaudí recibiera como don del cielo (PB 227), es altamente significativa y explica una fuerte identificación entre ambos, que podemos hasta observar en la escultura del santo dirigiendo la barca de la Iglesia sobre el portal de Levante. El altar de San José, situado en la cripta, cerca de la tumba de los fundadores, es significativamente la primera intervención de Gaudí en la obra del templo, y, siendo además consciente de que él no va a acabar la obra, afirma “este templo lo acabará San José” (PB 178).

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BIBLIOGRAFIA

 

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[*] Capítulo publicado en AA.VV.(J. Bassegoda, R. Pànikkar, M.A. Crippa, etc) Gaudí: Espais Sagrats, Ed. Lunwerg, Barcelona 2002 (preciosa edición ilustrada con fotografías de Marc Llimargas).