RENACER EN EL HUEVO PARA LA PASCUA, y otros simbolismos

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El renacimiento es el “pasaje” (la Pascua) a otra dimensión de nosotros mismos, hasta ahora ignorada, oída de referencias, medio intuída por muchos, visitada por algunos, pero real, existiendo desde siempre aquí y ahora, aunque no nos demos cuenta. Los símbolos, las imágenes, las historias sagradas, los mitos y las liturgias, son instrumentos que nos sirven para atraer la conciencia hacia esa realidad. Esa Realidad, el Ser, nuestro nuevo ser es tan grande rico, bueno y completo, que las palabras y las formas nunca podrán abarcarlo, ya que son nada más que emanaciones que proceden de él. Sin embargo, son muy valiosas, porque nos conectan cuando estamos distraídos. Son un efectivo recordatorio de nuestra identidad verdadera.

Entonces no debemos buscar la lógica de los simbolismos en el plano corriente donde estamos habituados a pensar. La lógica de los símbolos que manejamos (renacer, caverna, niño, pascua, tumba, pesebre, comunión, etc) es la efectividad que tienen para despertar el recuerdo, la memoria, la reminiscencia (anamnesis) de lo que somos en realidad. No es de extrañar pues, que en plano de la lógica corriente los simbolismos se fundan unos con otros, se relacionen de modo aparentemente delirante, se solapen en sus significaciones. Eso ocurre precisamente al referirnos a este acontecimiento prodigioso que es nuestro propio renacer a otra dimensión de nosotros mismos.

Lo que en el contexto de Belén es la cueva, en el contexto de la Resurrección es la tumba (el sepulcro), al que nos hemos referido en el capítulo anterior, a propósito de la función que llamamos “José”. Cueva y tumba coinciden por su significado con el antiguo antro de Porfirio, con la caverna platónica, lugares virtuales (utópicos) donde se produce la “iniciación a los misterios”, el nacimiento de los «dioses» mitológicos, la entrada al conocimiento de nosotros mismos y el pasaje (Pascua) a la nueva dimensión expandida de nuestro ser, cuando nos hacemos conscientes del cuerpo de gloria, el «cuerpo de Cristo.”

El simbolismo  subterráneo evoca inmediatamente la presencia de lo que está “sobre la tierra”, “en el exterior”, “a la plena luz del día”, nuestro ser expandido y consciente, que en el “encierro” habíamos olvidado. Es por lo tanto un simbolismo de pasaje, de transición, de transformación, de renacimiento. También evoca el simbolismo del Templo, que representa la “casa cósmica común”, y podemos reconocerlo en la imagen del actual Santo Sepulcro de Jerusalén, que aúna ambos simbolismos a los que nos referimos.

Lo que ese tipo de templo cristiano aporta es el valor de la cúpula, que representa el cielo y marca con la linterna el orificio de salida del cosmos, en la sumidad (que la tradición china llama T’ai-ki, y la asocia con la Estrella Polar, virtualmente situada por encima del ápice de nuestro cráneo). El Santo Sepulcro, se solapa entonces con la visión del cosmos como un templo-caverna cuya techumbre es el cielo y cuya base es la tierra. Y esa caverna es la que de hecho nos contiene a todos, es la matriz para nuestra resurrección, para el “segundo nacimiento”, el que ahora nos toca para completar la realidad humana y culminar la aventura de nuestra vida.

Observamos también que cueva, tumba y cúpula, nos remiten a la forma del huevo, símbolo por antonomasia del nacimiento. Y a la vez, tradicionalmente, se ha usado para simbolizar la totalidad del cosmos. El Huevo de Pascua añade el sentido de prosperidad, de abundancia. En las tradiciones centroeuropeas lo trae el conejo, el animal que encarna la fertilidad en grado sumo (asociado con la luna, en cuya faz lo vemos dibujado).

La forma ovoide (o esférica) es pues una herramienta para ayudarnos a percibir, a sentir nuestro ser interior, el nuevo ser que late en nosotros y que la respiración consciente siempre nos patentiza. La forma ovoide de nuestro ser interior, a diferencia de la esfera que también lo simboliza, tiene la ventaja de enfatizar los dos polos -el de arriba y el de abajo- entre los cuales se sitúa nuestro cuerpo físico, nuestro eje o columna. Ambas formas, huevo y esfera, además de evocar el espacio interior e intangible, también nos sirven para meditar la unidad de todo lo que nos rodea (dentro y fuera), la unicidad del ser manifestado. En la visión unitaria del ser hay trascendencia, nueva vida, liberación de toda matriz y «salida del cosmos».

Los encadenamientos simbólicos que atrae la forma del huevo, son tan ricos e interesantes, que vamos a abordarlos en otro capítulo. Quedamos aquí asombrados por la presencia de la matriz cósmica, del útero universal, de este “huevo”  en el cual somos germen, para descubrir inmediatamente, respirando conscientemente, las infinitas posibilidades de liberación y expansión que nos vienen regaladas con el renacimiento.

José Olives Puig

Cardedeu, 23 Marzo 2012

Séneca, el Crismón y el «Arte de la Energía»(II entrega comentarios a LCC, cap.II)

Las glosas de Naiara al capítulo segundo de La Ciudad Cautiva, colgadas ayer en el blog, motivan ahora este comentario sobre los distintos niveles del cosmos en que se manifiesta el flujo de la energía divina: la gracia de su Espíritu, que todo lo penetra.

En este blog hemos tomado como lema “Arte de la Energía” que es la traducción literal del chino Chi-kung, y también casi del sánscrito Prana-yama. Anunciamos continuamente cursos y enseñanzas sobre los “yogas” y prácticas meditativo-dinámicas, que tradicionalmente han servido para aprender este gran arte. También hemos dado indicios y explicaciones en carteles, programas y escritos, sobre la naturaleza misteriosa de ese hálito, chi, respiración cósmica, espíritu santo y divino, dador de vida, médico prodigioso que todo lo cura, restaurador e instigador de todas las formas vivas que crecen y se transforman en la naturaleza. Es un arte interna que hoy al ponerse de moda (como hace dos o tres décadas el hatha-yoga) se vulgariza y se convierte en una práctica cada vez más externa, desvirtuada. Nosotros hemos tenido la suerte de recibirla y poderla transmitir en una pureza original que se demuestra en la eficacia que tiene: eficacia en la recuperación y el mantenimiento del estado de salud; eficacia en la aplicación al movimiento de la danza y las artes marciales; y sobre todo, eficacia en el cultivo espiritual, que es el conocimiento cada vez más entero y profundo del ser valiosísimo que somos y de las posibilidades verdaderamente ilimitadas que yacen divinamente enterradas en el corazón de toda humana criatura.

Explicar este tipo de cosas comporta siempre una ruptura de esquemas y estereotipos (y prejuicios) que todos llevamos pegados y dificultan el arte a que nos referimos. En este caso, una dificultad es la tendencia a reducir estas artes aplicadas, venidas de Oriente, a lo “físico”, o “corporal”. Es cierto que, con ellas, eso también se hace, y nos permiten gozar de un cuerpo sano… El “arte de la energía” incluye posturas (asana), movimientos, gestos (mudra),desplazamientos en el espacio, e incluso formas de contacto interactivo en pareja (llamadas “series”, “secuencias” o simplemente “formas”, cuando lo aplicamos al Tai-chi-chuan y al K’ung-fu -las dos grandes escuelas surgidas en torno al templo de Shaolín, emblemáticas de las artes marciales del Extremo Oriente, hoy vulgarizadas por el cine). Pero, conste, que estas artes incluyen en esencia y en origen el cultivo espiritual. La “energía vital”, el chi, es el “hálito” divino, es el soplo de vida con que Dios crea el mundo: no solamente en la Biblia, sino ahora, aquí mismo, manteniendo todo cuanto existe en el Ser, en la Vida, en el Movimiento. Con el pensamiento cerebral, con los esquemas ideológicos y con las inevitables teorías filosóficas que los seres humanos continuamente elaboramos, no podemos conectar directamente con el hálito de vida. Pero sí podemos hacerlo sintiéndolo dentro, escuchando nuestra respiración, la cual –hay que decirlo claramente- tiene relación directa con el espíritu, ya que su doble movimiente “aspir” (o “inspir”) y “expir” lo incluye en su raíz etimológica. In-spir, es el espíritu dador de vida cuando invade nuestro cuerpo entero (no solamente los pulmones), alimentando la sangre y animando todos los procesos internos; dando extrema felicidad y curación a todos los problemas a todos los niveles, si somos plenamente conscientes de Él. Ex -spir es cuando lo devolvemos, entregándolo todo, devolviéndolo a la fuente de donde mana, librándonos de paso de nuestros bloqueos, enfermedades, problemas, ideas fijas, prejuicios y formas racionalísticas de pensamiento, quedéndonos libres y vacíos de todo, a punto de ser llenados otra vez por esa generosa fluidez “cósmica” que nunca cesa y nos viene regalada. A ese doble movimiento (expansión/implosión, yang/yin, etc) se refería acertada y hermosamente Natalie con relación al yoga en la anterior entrega de comentarios.

La misma fluidez y continuo intercambio de vida y bondad, que es la trama interna del cosmos y del ser humano. Naiara, en las admirables glosas que ha “trovado”, nos enseña a reconocerla en el “flujo de los beneficios”, cuyos tiempos son: el dar, el aceptar y el devolver, tal como lo estamos leyendo, estudiando y comentando, en el segundo capítulo de La Ciudad Cautiva. Allí, guiados por Séneca (ese gran compatriota y ancestro de todos nosotros, hispanos…) aprendemos que el arte de la energía no sólo se refiere al movimiento corporal, sino también a la vida social y comunitaria. Es la raíz y el núcleo de esta. Toda comunidad humana que merezca ese nombre, todas las familias –núcleo de toda comunidad- que merezcan ese nombre, están cohesionadas por este tipo de vínculo energético que Séneca y los antiguos llaman “beneficio”. Una buena vida en común, que sea satisfactoria y nos llene de gozo (en casa, en la escuela, el taller, el partido, la universidad, la profesión, el parlamento), es la que se halla continuamente regada por el flujo energético de los beneficios. También la amistad, tiene que ver con ello, tal como se explica en el referido capítulo… Y toda esta dinámica del alma (individual y colectiva) se sintetiza en la iconografía de las Tres Gracias y el riquísimo simbolismo de la danza y la fluidez cósmica que las acompaña, que es el tema principal que entre todos estamos comentando.

Por su parte, y mutatis mutandis, las artes-corporales-aplicadas del Extremoriente nos enseñan a “ritualizar” y contemplar ese mismo flujo de vida y de bondad en otro plano energético. Para enlazar los distintos planos, remitimos a la imagen de la Fuente de las Tres Gracias (figura 35, página 151 de LCC), para comprender que el flujo energético (el Espíritu de Dios), “Amor” que continuamente está animando y vivificando el mundo, se explaya en distintos planos o niveles de la “materia” cósmica. La fuente con sus distintas tazas y chorros de agua en distintos niveles, manando de distintos tipos de caño, nos permite meditar en la variedad de modalidades en que el espíritu se manifiesta en nosotros y alrededor. De esta manera podemos aprender a reconocer la energía corporalmente, pero también emocionalmente, y hasta en planos superiores, como gracia, goce por la felicidad que acompaña los regalos, los buenos servicios, la atenta generosidad, el tiempo concedido a escuchar, atender, contemplar, compartir. El “arte de la energía” significa aprender a conectar con la magia, la bondad y la belleza del flujo de gracia que constituye el mundo. Séneca y los filósofos antiguos enseñan eso, que ellos llaman un “enderezamiento social”, un “refuerzo del ánimo”. Primero, destruyendo las ideas equivocadas que se nos han pegado como costras en la mente, y que son obstáculo a reconocerlo. Luego, invitándonos a reconocer esta nueva/antigua forma de la “economía graciosa”: el “beneficio” que estamos intercambiando con la gente que nos rodea. Observándolo, recordándolo, surge en nosotros el agradecimiento, la gratitud, que cura todos los males sociales y nos hace vivenciar desde dentro la “verdadera ciudad” a la que pertenecemos, esa “Jerusalén Celestial” que, para quitarle rimbombancia, Naiara llama “Ciudad Kósmika”, y las tradiciones espirituales de la humanidad han llamado con otros nombres.

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En cuanto al Crismón (figura 33, página 140 de LCC) por el que Juan pregunta, diciendo que no lo acaba de entender… debemos tener en cuenta (entre muchas otras cosas imbricadas en este fundamental símbolo de Jesucristo, presente en los tímpanos de templos “románicos” y por doquier en el arte cristiano) que se trata geométricamente de la cruz tridimensional (la de tres palos, o de seis brazos… la que tanto aparece en la arquitectura gaudiniana). Y cuando hablamos de geometría sagrada y regular (la geometría platónica y pitagórica, la de los “filósofos”, la que nos sirve como principalísimo vehículo para comprender el”arte de la energía”) estamos hablando desde el  punto de vista cosmológico. Por lo tanto nos hemos de “situar” en el centro del mundo que nos rodea, totalmente identificados con el axis mundi, este eje que nos trasciende, pero que nuestro cuerpo erecto simboliza. Desde esta posición axial que en chikung llamamos “posición del árbol” o también “postura Wu-chi, se hacen evidentes las seis direcciones del espacio, simbolizadas por los seis brazos de la cruz tridimensional: arriba, abajo, izquierda, derecha, detrás delante. Es por tanto una imagen, un truco, un símbolo, para aprender a conectar con nuestra dimensión humana expandida, nuestro ser cósmico, nuestra “alma”. Y lo hacemos identificándonos con este símbolo de Jesucristo, el “Hombre Cósmico” y arquetípico del que todos formamos parte cuando somos verdaderamente conscientes y conformes a nuestra esencia.

Observamos también que el crismón se explaya y complementa en la forma cúbica, el cubo, (la quba musulmana, prototipo de la casa-templo; ver figuras 3 y 4 de LCC) que representa la creación entera: las seis caras-direcciones simbolizando los “seis días” y el centro interior representando el “septimo día”, cuando el Creador “descansa”, y podemos gozar con Él en el “tálamo” de nuestro corazón. Las figuras 6, 9 y 12 de La Ciudad Cautiva, nos ayudan a meditar este tema, y añado acontinuación dos más para complementarlas:

Observamos también como la geometría regular, resumida en el símbolo del mandala, nada tiene que ver con una visión estática o fija del mundo y de nosotros mismos (tal como lo habéis pensado algunos de vosotros al principio, chocados por la crasa simplicidad de los volúmenes geométricos, y por lo burdo que puede resultar a primera vista este tipo de lenguaje analógico). En realidad, el crismón con sus seis direcciones, y el círculo en el que se halla inscrito nos remiten a la idea de la esfera: esfera viviente, moviente, respirante, cósmica, energética…de la que somos el eje (o centro). Entonces, si ella en el pensamiento puede aparecer como una forma estática, cerrada, o fija; cuando la sentimos y vivenciamos “internamente”, como la “forma” de nuestra alma y la pauta principal de todas las energías que la componen y la mueven, entonces se nos aparece como una esfera dinámica y energética, en constante movimiento, ordenado por la presencia del eje, del centro, de los dos polos. Estos representan lo inmutable en medio de toda la dinámica global. Esta esfera dinámica es llamada en geometría “vórtice isótropo”. Pongo a continuaión algunas imágenes para representarlo:

imágenes que sugieren la pauta de todos los movimientos energéticos internos y externos; y, por lo tanto, la pauta de de todos los movimientos de las gimnasias del “arte de la energía”, que aprendemos a visualizar, sentir, e incluso “utilizar” en los ejercicios de Chi-kung, T’ai-chi y K’ung-fu.

La dialéctica en sentido platónico –como estudiaremos en el próximo capítulo- nos enseña a transitar continuamente, de lo fijo a lo movible, de la geometría a la dinámica, del símbolo a lo simbolizado, de la forma a la No-forma… a lo que está “más allá”.

José Olives Puig

Cardedeu, 24.02.11