Qué significa Arte de la Energía

Qué significa Arte de la Energía


Qué es la energía? …quizá la ponemos directamente en mayúscula: ¿qué es la Energía?

Es el Fuego.

Es el Agua.

Es el Aire.

Es la Tierra pariendo metales, brotando vegetales, vomitando volcanes.

…y es sobre todo la QuintaEsencia de esos Cuatro Elementos de la Materia: el Éter! …Invisible, pura esencia sutil. El alma de los Cuatro: el alma que fluye en toda la naturaleza, y especialmente en tu Corazón, que es el centro.

Puedes oir esa Energía que no cesa y que siempre te está dando la vida a ti y a todas las cosas?

Escucha. Siente el Éter en tu Corazón, fluyendo, latiendo, respirando.

Y en ese sentido quintaesencial todos los seres humanos somos parte de un solo Corazón, vivo, latente, exhalante, inhalante.

La Energía es Dios. Siempre siendo aquí-y-ahora. Siempre creando.

Y el arte, qué es? …quizá también lo ponemos directamente en mayúscula: ¿Qué es el Arte?

…No son (solamente) las obras (objetos, happenings, espectáculos).

Tampoco es solamente la técnica del artista-artesano (bailador, cantante, pintor, florista, escritor, cocinero, etc.).

El verdadero Arte es la transformación del artista. Una transformación que se experimenta en el alma: que eres tú junto con los demás (la totalidad de tu prójimo).

La Energía es el poder transformante, y con el Arte aprendemos a entregarnos a Ella.

El Arte de la Energía es alquimia. Los antiguos lo llaman la Gran Obra.

TAICHIKUNG: Salud, Belleza, Diversión

Encapçalament 8 Nov 13Permítete disfrutar aprendiendo en grupo, con prácticas y juegos importados de las “artes marciales” de Oriente, junto con otras “medicinas” del cuerpo y el alma.

Tu salud viene principalmente del libre flujo energético que irriga todas tus células, y eso depende principalmente del goce, del juego, de la alegría.

Sabías que lo más serio es en realidad jocoso? Dios es más bien “cachondo”.

El Espíritu está vivo y todo lo penetra. Es Vida. Y Tu eres Eso.

Permítete gozar del Flujo Bioenergético rompiendo esquemas mentales y preconcepciones que te han “grabado” en la mente sobre el sentido de todo eso.

Descubre, experimenta por ti mismo, reconoce la Verdad en la mirada, los gestos y las palabras de quienes te rodean y te acompañan.

El Ser Humano es un diseño de tipo grupal. La Paz y el Amor no admiten individualismos.

Tu belleza y bondad son la aportación que puedes hacer a nuestro grupo con tu presencia este próximo VIERNES EN ÁRNICA de la Seo de Urgel. Aprovecha la montaña y la inmersión en la naturaleza.Ver cartel.

No más “política”: RENACER A LA METAPOLÍTICA

 

Díptico XI EncuentroLas tierras de Avila, las Arenas de San Pedro, en el corazón de España, nos acojen este próximo fin de semana para hablar de política, o más exactamente, de METAPOLÍTICA. Eso es lo que más nos interesa a los amigos del Amor y la Vida. El Renacimiento al verdadero Ser de Uno Mismo, es a la vez el Renacimiento a la auténtica Vida Comunitaria.

Acercaos a disfrutar bebiendo de fuentes tradicionales (que son las más nuevas y modernas!)…Incluyo aquí el Programa de ese XI encuentro del Círculo de Estudios Espirituales Comparados, encabezado por la Imagen de Abraham (pastor de camellos y pueblos…) pagando el diezmo a MelkiTsedek, el Rey de Justicia… Yendo directos al simbolismo, eso significa que nuestro liderazgo es correcto cuando en la “balanza” de la Justicia (y de nuestra vida) equilibramos los dos “platos”. En uno está nuestra pasión por “hacer” . En el otro, la dedicación a “Conocer”… eso es: escuchar a nuestro Corazón: a lo que estamos sintiendo en todo momento, Aquí y Ahora… He aquí la clave del liderazgo, del buen gobierno, de la auténtica realeza que como Hijos de Dios nos ha sido dada al nacer.

RENACIMIENTO Y METAPOLÍTICA: Renacemos a nuestro Estado Natural

cor octubre ( 2 ) (Foto Daniel Sunyer: en el último encuentro, 16 Oct., del COR = Cercle Obert de Renaixedors-Montseny/Maresme en casa de Goretti a la falda del Montserrat)

Sin experimentar nuestro “segundo nacimiento” no podemos acceder a la verdadera política. Porque sin él no podemos gozar de felicidad junto a nuestros semejantes, ni ser con ellos creativos.

La auténtica comunidad está compuesta por los “dos veces nacidos”, y generalmente estamos fuera de ella sufriendo y luchando unos contra otros en la “ciudad cautiva”…eso que hoy llamamos “sociedad”. Nacer por segunda vez es algo que –si queremos- podemos realizar en vida. Es para eso que hemos venido a este mundo. Pero parece que primero los seres humanos hemos de agotar nuestras esperanzas de futuro en la desesperación: luchando y sufriendo por ese “mundo mejor” que nunca llega, dando crédito al “mundo peor” que consideramos “real”.

El Renacimiento se produce de modo natural haciendo como marcha atrás. Porque en gran parte se trata de recuperar la vivencia de cosas que antes por error hemos desechado: la Memoria, el Amor, a nuestros padres, los “órdenes familiares”, nuestra vulnerabilidad intrínseca (la parte doliente y “no-realizada”), la docta ignorancia (el No-Saber), el Corazón rendido a la Fuente del Agua de la Vida, etc.

El segundo nacimiento es el RETORNO A TU ESTADO NATURAL, y con él recuperas la condición de verdadero ciudadano. Porque vas descubriendo tu función: lo que tú puedes aportar; lo que de ti se espera: tu “proyecto de vida”. Y eso poco tiene que ver con tus trabajosos deseos-afanes, heredados, la mayoría de veces,  como programas proyectados por quienes en la tierra nos engendraron, de acuerdo a programaciones que ellos y sus ancestros a su vez sufrieron, a través de generaciones y generaciones, desde el tiempo inmemorial en que la separación se produjo.

El estado natural del ser humano se caracteriza por ser Nuevo. Vida Nueva. Nueva forma de respirar y ser. Nueva forma de estar en el mundo, donde los viejos programas y proyecciones ya no sirven. La Vida es siempre nueva, y sólo por error eso lo teníamos olvidado. Nacemos y morimos en pelotas. Eso también lo teníamos olvidado. Somos inocentes y poderosos porque cada uno de nosotros es el “Hijo Unigénito de Dios”. Desde ahí -pero solamente desde ahí- todos somos hermanos y podemos colaborar en la verdadera política.

(De todo eso hablaremos a partir del próximo jeves, 31 Octubre, en las Arenas de San Pedro – Ávila, dónde seréis muy bienvenidos. Hallaréis el programa del XI encuentro del Círculo de Estudios Espirituales Comparados en Díptico XI Encuentro pdf )

RENACIMIENTO: SALIR DE LA CIUDAD CAUTIVA

botticelli_birth_venus(Resumen de la conferencia que voy a dar próximamente en Arenas de San Pedro (Ávila) con ocasión del XI encuentro del Círculo de Estudios Espirituales comparados, días 1 y 2 de Noviembre <http://www.circulodeestudiosespiritualescomparados.org/> )

La política está hoy reducida a la lucha por el poder entre individuos, grupos, partidos, naciones, estados y coaliciones. Pero en realidad la POLÍTICA es para el Amor y la Vida. Esa es la política real, y no la otra. En realidad ya se está produciendo (si no, no existiríamos ninguno de nosotros, ni nuestras familias ni los colectivos de los que formamos parte). Sólo debemos aprender a reconocerla y practicarla conscientemente.

El reconocimiento de esa gran y primera POLÍTICA y la praxis que conlleva, nos hacen renacer a otra dimensión del mundo y de nosotros mismos donde rigen el amor, el bienestar, la prosperidad, la inocencia, el placer y la paz. El final de toda lucha es una rendición a la Vida, al Ser que ya somos, y que por error (en parte heredado) hemos relegado a lo inconsciente. Sin darnos cuenta vivimos como víctimas (culpables, esclavos) en una “ciudad cautiva”, sumidos en la desaprobación, el temor, la rabia y la violencia.

Abandonar ese “síndrome dualista” propio de la “pequeña política” – salir de la ciudad cautiva – es nuestro Segundo Nacimiento. Con él accedemos a la verdadera talla expandida de nuestra respiración cósmica. Y a la vez, podemos reconocer nuestro propósito de vida, asumir el liderazgo natural que a cada uno nos toca, e identificarnos con lo que desde siempre hemos sido y nunca dejaremos de ser. Renaciendo de ese modo trascendemos la visión dualista de las cosas y de nosotros. Dejamos de ver al otro solamente como un peligro y un enemigo potencial (recuperamos la fraternidad…inseparable de la libertad y la igualdad) transformando la visión dualista/competitiva, que es el sistema de pensamiento de los egos (individuales y colectivos).

Al renacer como hijos de Dios recuperamos el arraigo en nuestra inocencia original y podemos reconocerla en los demás, ayudándolos a que también ellos la reconozcan y la compartan. Esa Bondad-y-Belleza se produce cuando aprendemos a abrazar la parte oscura (doliente, inconsciente) dejando de proyectarla afuera (al otro, a los otros…). He aquí el auténtico Pacto de Alianza fundacional de toda comunidad verdadera, de toda polis. Ese acto divino se produce mediante nuestra rendición en el Aquí-y-Ahora.

LAS HUMANIDADES XII: La Ciudad Sagrada: la polis como símbolo y templo

apocalipsis-jerusalen-celestial(Colgamos a continuación otro texto de Joaquín Muñoz Traver, adaptación del capítulo 5a de su inédito Las Humanidades como método de desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico,  tal como lo ha publicado en su blog Meditaciones del Día.WordPress, al cual remitimos por su renovado interés)

La hermenéutica simbólica de la ciudad implica acercarnos a ésta como symbolon, como modelo simbólico.  Este planteamiento supone recuperar un punto de vista propio de las sociedades arcaicas o tradicionales, del homo religiosus sobre el que hemos tratado anteriormente.

Aunque los prejuicios modernos y contemporáneos tiendan a asociar el término arcaico, primitivo o, incluso, tradicional, a una carencia de inteligencia, progreso o evolución (motivo por el que se pierde la posibilidad de aprender del pasado remoto), Olives asegura que “la gente antigua y primitiva es en cierto modo diferente de los modernos, pero no es intelectualmente subdesarrollada, a pesar de las diferencias de información entre ellos y nosotros.  Conoce menos algunas cosas, pero también mucho mejor algunas otras”[1].

Por tanto, el investigador que pretenda adentrarse en la idea arcaica[2] de ciudad para descubrir su enseñanza analógica, debe tratar de estudiar sin prejuicios la cosmovisión teofánica de la que las sociedades primitivas participan y que asume “la dimensión sagrada de todas las cosas y reconoce en la Deidad la razón última de todo cuanto existe y conoce”[3], así como el carácter revelatorio del cosmos.

Con esta premisa, y partiendo de la noción de símbolo que hemos expuesto en el capítulo 4.c, podremos comprender adecuadamente la afirmación que hace Olives de que la ciudad antigua –“que los antiguos llamaron polis y que los modernos hemos designado vulgarmente como «ciudad-estado»”[4]– es, desde el punto de vista clásico-tradicional, “un modelo de proyección territorial de ideas filosóficas polivalentes”[5], un mandala que facilita el acceso al Todo a través de la parte.

La propia etimología de polis nos remonta a la raíz indoeuropea pl, que implica el sentido de plenitud, lo que nos puede ayudar a adivinar qué se entiende, originariamente, por ciudad[6].  Olives elabora un sintético pero completo cuadro sobre el origen de algunas palabras referentes a la idea de «ciudad» que sirven de apoyo a sus planteamientos:

cuadro etimologia polisOlives:2006, 17

 Si asumimos estas premisas, deberemos atender a la ciudad como símbolo de plenitud, como soporte de meditación y contemplación, tratando de acceder –a través de su disposición y formas- a la oculta estructura común de cuanto nos rodea, al mensaje e influencias que la Divinidad trata de transmitir en cada una de de sus creaturas a través de su obra y que la ciudad tradicional o sagrada trata también de representar y comunicar (para beneficio de sus habitantes) mediante la plasmación sobre el plano de la estructura y los ritmos de la naturaleza.

Mediante la adecuación a ese modelo revelado, se pone orden donde antes había caos (ordo ab chao)[7] y se identifican las relaciones y el ritmo común oculto que hacen posible encontrar la unidad que subyace en la diversidad de lo creado, en el Anima Mundi[8].

Esta proyección sobre la tierra de la unidad, el orden y la armonía celestes que implica la visión del plano de la ciudad como imago mundi, como reflejo arquetípico de la estructura del mundo[9] y del hombre, vehicula -como todo símbolo tradicional- el descenso de las «influencias espirituales» correspondientes.  Por este motivo, puede afirmarse que, gracias a la analogía que une las formas cósmicas con las creaciones arquitectónicas, la ciudad antigua es más que un lugar donde albergar y proteger al hombre.

Mediante la edificación de la ciudad siguiendo el modelo simbólico revelado –y su posterior contemplación- se logra la anamnesis o recuerdo de la «ciudad divina»[10], el reconocimiento y activación de ideas arquetípicas[11] que dotan a aquélla de un valor operativo, alquímico o transformador, en el sentido de que puede ser el soporte simbólico para promover una realización interior, una metanoia personal, un desarrollo del potencial humano, convirtiendo el urbanismo en un instrumento de comunicación con lo invisible, que permite el descenso de influencias del cielo hacia el hombre y que hace posible que el hombre recupere el camino del cielo[12], realizando así su destino. 

En una plástica imagen, Olives llega a hablar de un “eslabón simbólico entre  lo de Arriba y lo de Abajo, un potente generador de revelaciones, asociaciones especulativas y referencias significativas, de las cuales pueden beneficiarse los ciudadanos que forman comunidad a su amparo, y que con dicha ciudad se identifican”[13] mediante su contemplación.

La concepción de la ciudad antigua como templo para ser con-templado es tratado por Olives en el capítulo IV de “La ciudad cautiva”, mediante la referencia al simbolismo apocalíptico de la Jerusalén Celestial.

Conforme a la etimología original del término latín templum, podemos entender el templo como un recinto sagrado destinado a la contemplación del cosmos.  Así, si es cierto que la naturaleza es un libro abierto que nos habla de su Creador -y, analógicamente, de nosotros mismos- no tendrá tanta importancia dónde se pone la vista sino cómo se mira, cómo se con-templa. La validez simbólica de la ciudad arcaica tiene su fundamento en cuanto esquematiza la estructura común, metafísica, que subyace tras toda la creación, que se revela mediante una adecuada hermenéutica simbólica y que se fundamenta en la adecuación de la estructura de la ciudad sagrada al esquema propio de los cielos. Ésta no es un capricho estético sino una forma simbólico-ritual de procurar la fecunda hierogamia entre los dos mundos (el sagrado y el profano, representados por lo alto –los cielos- y lo bajo –lo terrestre), abriendo una brecha, una puerta, una escalera, que permita transitar entre ellos mediante la sacralización del espacio y tiempo profanos que se produce a través de su «cosmificación».

Respecto al vínculo existente entre «cosmificación» y sacralización del espacio resulta imprescindible remitirse a la explicación ofrecida por Eliade y que sirve de introducción a las aportaciones de Olives: “La cosmogonía es el modelo ejemplar de toda especie de «hacer»: no sólo porque el Cosmos es el arquetipo ideal a la vez de toda situación creadora y de toda creación, sino también porque el cosmos es una obra divina; está, pues, santificado en su propia estructura.  Por extensión, todo lo que es perfecto, «pleno», armonioso, fértil; en una palabra: todo lo que está «cosmificado», todo lo que se parece al Cosmos, es sagrado. (…)  Pues el Cosmos, volveremos a decir, es la obra ejemplar de los Dioses, es su obra maestra”[14]

Olives demuestra conocer y compartir esta relación –que trasciende a la referencia astronómica- a tenor de su elección de una conocida cita de Hermes Trismegisto para dar inicio a “La ciudad cautiva”: “¿Ignoras pues, Asclepio, que Egipto es la copia del cielo o, mejor dicho, el lugar donde se transfieren y proyectan aquí abajo todas las operaciones que gobiernan y ponen en acción las fuerzas celestiales?  Más aún, si hay que decir toda la verdad, nuestra tierra es el templo del mundo entero”[15].

No es raro que nuestro autor haya escogido esta cita como antesala de su escrito si atendemos a la coincidencia y complementariedad de ésta con su propia visión de la ciudad como proyección del templo, de  origen sagrado, que hace –de la ciudad misma- un nuevo templo[16] en el que es posible descubrir el Todo en la parte.

El propio Sócrates, o Platón poniéndolo en boca de Sócrates, refuerza esta idea de la analogía hermenéutico simbólica (en este caso de correspondencia entre la ciudad y el hombre), así como la pertinencia de estudiar en profundidad la polis para, especulando, descubrir los secretos entresijos del ser humano.

Tan aclarador resulta el texto, que Olives realiza una extensa cita (práctica poco habitual en él) que, por lo excepcional de la misma, vamos a transcribir íntegramente.  Comienza así: “Si algunas personas cortas de vista al tener que leer de lejos unas letras escritas en pequeños caracteres, se dieran cuenta de que esas mismas letras están escritas en otra parte con caracteres grandes sobre una amplia superficie, les resultaría, creo yo, muy ventajoso ir a leer primero las letras grandes, y acto seguido confrontarlas con las pequeñas para ver si son las mismas”[17].  Y, por si no resultara suficientemente clara la relación analógica con la ciudad, más adelante continúa:

”(…) ¿No se encuentra acaso la justicia en una persona y en una ciudad?

– Sí.

– Pero, ¿no es una ciudad más grande que una persona humana?

– Sin duda.

– Por consiguiente la justicia podría hallarse en ella escrita con caracteres más grandes y más fáciles de discernir.  Así indagaremos primero, si te parece bien, cuál es la naturaleza de la justicia en las ciudades; luego la estudiaremos en cada hombre, y podremos reconocer en pequeño tamaño lo que hemos visto en gran tamaño”[18].

Pero esta relación de analogía no se limita al ámbito antropológico sino que, como ya hemos tratado anteriormente, va mucho más allá e incluye también a la teología, a la cosmología y al resto de ciencias particulares que estudian compartimentos estancos de la creación teofánica.   Sin embargo, la principal de las analogías será siempre la antropológica puesto que el método hermenéutico simbólico exige atender en primer lugar a esta correspondencia para encarnar, interiorizar y vivenciar el conocimiento que, tras meditarlo y hacerlo propio, permite descubrir la misma estructura en el resto de la realidad.  Este reconocimiento permite experimentar la realidad al modo místico, unitivo, relacional, de un modo más cercano y propio que se basa en la interdependencia y que permite descubrir nuevas analogías y enseñanzas entre los distintos estratos de la realidad.

Una de las primeras consecuencias de partir de la consideración de la ciudad como sagrado templo de diseño celeste (cuyo modelo debe ser respetado para garantizar su efectividad) es que este hecho restringe la inspiración o creatividad personal del fundador, el equista[19], el arquitecto o el urbanista.

En el pensamiento tradicional se entiende que la inspiración y dirección del proyecto debe venir –como en el acto creador original- de Dios mismo.  De hecho, es ésta la característica que strictu sensu permite hablar de ciudad tradicional.  Porque atendiendo a la etimología de este término (tradere, traditio), éste describe la cualidad del objeto que ha sido recibido por alguien que, a su vez, lo entrega de nuevo.

Atendiendo a la dignidad del primer transmisor, ese modelo propio de la ciudad sagrada es comunicado de generación en generación procurando la absoluta fidelidad a la revelación original.  Olives apoya esta tesis en un dato histórico significativo: en los anales, la crónica propia de cada ciudad antigua dotaba a ésta, invariablemente, de un origen sobrenatural, como idea especulativa (o representación geométrica del orden cósmico[20]) revelada por la Divinidad al fundador o fundadores[21], hecho que justifica la denominación de “ciudad sagrada”[22] y la conceptualización de la fundación de la ciudad como un rito, del que trataremos en un próximo capítulo…


[1] Olives:2006, 23

[2] Como recuerda Olives, la palabra «arcaico» procede del griego y significa «principio» u «origen» (Olives:2006, 429), y es en este sentido gaudiniano de vinculación con la fuente que voy a emplear el término.

[3] Olives:2006, 20

[4] Olives:2006, 16.  Sobre la matización de la adecuación del símil entre polis y «ciudad-Estado», ver Olives:2006, 17

[5] Olives:2006, 18

[6] Olives:2006, 67

[7] En un artículo titulado “Del caos al orden y viceversa” afirma Olives que todo proceso creacional es, en cierto modo, un salto del caos al cosmos, del desorden a la organización, de lo informal e impreciso al orden.  Este hecho explica la denominación que se otorga a las narraciones que relatan la creación del mundo y del hombre: relatos cosmogónicos.

[8] Olives:2006-II, 60

[9] Olives:2006, 69 y 71

[10] Olives:2006, 243

[11] Olives:2006, 236

[12] Este «valor biunívoco» del simbolismo (permite la “presencia” de lo inteligible en lo sensible y viceversa, la elevación de lo sensible hasta los arquetipos o Ideas) es tratado por Josep M. Gràcia –antiguo alumno de Olives- en su Tesis Doctoral (“Simbólica Arquitectónica”), quien lo relaciona con el doble movimiento de solve et coagula, aspir y expir, subir y bajar…  Gracia:2001, 52, 80 y ss.

[13] Olives:2006, 71

[14] Eliade:1992, 39

[15] Hermes:OC, Asclepio, 24, citado en Olives:2006, 15

[16] Olives:2006, 47

[17] Platón:Rep, 368d

[18] Platón:Rep, 368e -369a

[19] De oikos, casa.

[20] Cfr. Olives:2006,57

[21] Cfr. Olives:2006, 18

[22] Olives:2006, 24 y 28

LAS HUMANIDADES XI: Equivalencia de filosofía y religión cuando son auténticas

platon-raphael(Siguiendo la ocurrencia de Joaquín Muñoz, encabezamos ese nuevo capítulo de su obra, con la imagen de Platón inventada por Rafael. Es hermosa y dice mucho, como las restantes de este gran filósofo del Renacimiento, que realizó su obra nada más que con pinceles y pinturas…Releyendo estos capítulos, procedentes de su tesina, me enorgullezco de haberla dirigido, y sigo admirando su producción, tal como de momento la va ofreciendo en sus Meditaciones del Día)

En base a lo expuesto en los últimos capítulos publicados en este blog, puede inferirse que, desde la visión clásico-tradicional de la filosofía y las humanidades, resulta muy difícil diferenciar entre éstas y la religión propiamente dicha.

Olives se remite, en este sentido, a Dión Crisóstomo para propugnar una filosofía entendida como camino hacia la asimilación a Dios, una filosofía dotada de una dimensión espiritual y religiosa, un auténtico sacerdocio que implica la recepción, vivencia, cuidado y transmisión de los conocimientos y energías espirituales que se derivan de su práctica[1].

El  filósofo, como seguidor y amante de la Sabiduría, de la Verdad, de lo Bello y de lo Bueno es –al fin y al cabo- un seguidor y amante de su causa última y primera, de su fuente y origen:  Dios.  Un Dios que, en un acto de desbordamiento de Amor crea al hombre para que disfrute de una existencia gozosa y feliz al descubrirle y religarse con Él[2]; un Dios que modela toda la creación como revelación natural, como teofanía, para que su principal obra (el ser humano) sea capaz de reencontrarle a través de lo visible, mediante una hermenéutica simbólica que supone el método propio de las humanidades tal y como nos son propuestas por Olives.

Sin embargo, parece lógico preguntarse: ¿son las humanidades –o la filosofía antigua- una religión propiamente dicha? ¿Es suficiente la práctica de la hermenéutica simbólica para lograr esa plena religación con Dios, el cosmos, el prójimo y uno mismo?

Olives responde escueta y tangencialmente a esta cuestión, aunque en su contestación nos ofrece el núcleo esencial de su opinión.  Basándose en la hermenéutica dantesca plasmada en “La Divina Comedia”, se detiene en la explicación de por qué los grandes filósofos de la antigüedad (Séneca, Homero, Platón… etc) son situados en el limbo, un lugar en el que “no se grita de dolor, sólo se oyen suspiros”[3], los suspiros del que se encuentra en el camino de la buena vida (eudaimonia) pero que no es capaz de alcanzar su meta por carecer de la teoría completa y de los medios de realización necesarios.  Viéndolos como hijos del moralismo y del racionalismo, Dante considera incapaces -a los filósofos de la antigüedad- de obtener la Weltanschauung o cosmovisión religadora, al no disponer de los medios de realización espiritual que ofrece una tradición espiritual cuando se halla viva y activada[4].

Siendo esto cierto, Olives aclara algo sobre lo que ya hemos tratado anteriormente: no puede entenderse el pensamiento antiguo (y clásico en general) como la suma de rígidas estructuras sistemáticas, más propias de la filosofía contemporánea[5].  Existe una solidaridad entre los autores[6], que participan de la comprensión de un mismo modelo del mundo, de la sociedad y del hombre, el cual les viene dado de antemano, y con cuya ayuda especulan y trabajan[7].  A modo de consejo, nos recomienda nuestro autor: “si se quiere sacar el mayor provecho del estudio de los autores clásicos y filosofar con ellos, conviene precaverse contra la exageración de los planteamientos sistemáticos.  Frente a ellos es oportuno recuperar la noción típicamente humanista de «punto de vista»[8].  Éste, implica que las distintas escuelas desarrollan un aspecto determinado de un marco tradicional más amplio (en el cual se incluyen) y que ellos, implícitamente, también ayudan a transmitir.  En tanto que «punto de vista», la visión de cada escuela es sesgada, parcial, incompleta… Una parte del todo al que sólo se puede acceder por vía de síntesis, superando las aparentes contradicciones entre escuelas y remitiéndonos a la tradición que subyace tras ellas y las fundamenta.  Una tradición espiritual de la que participan la mayoría de los representantes del pensamiento clásico-tradicional: “Séneca, al igual que Sócrates, Platón y la mayoría de los filósofos de la Antigüedad, es una persona religiosa; además, piadosa: eso quiere decir que cumple con los ritos, que conoce los simbolismos y las mitologías, y que da por entendido el valor superior de las ideas y medios de gracia que vehiculan.  Que su labor como filósofo la acometa desde un plano que es propio del discurso racional no niega la vigencia de otros planos del discurso y del desarrollo teórico, sin los cuales la propia filosofía se hallaría desprovista de sentido”[9].

De hecho, el propio Platón es una interesante fuente para lograr acceder a antiguas tradiciones órficas, pitagóricas, egipcias, caldeas y persas que el tiempo ha borrado y que él se encargó de transmitir en su filosofía mística[10].  Entiendo este hecho como una indirecta indicación de la importancia que tiene anclar la filosofía (las humanidades) en una tradición espiritual que vivifique y complete el sentido de sus contenidos, de modo que aquélla pueda producir la metanoia personal que le religue a uno con Dios y su creación.

Como conclusión, podemos afirmar que la hermenéutica simbólica propia de las humanidades clásico-tradicionales es una metodología necesaria para descubrir y vivenciar la filosofía, la religión y la realidad en toda su profundidad…  Sin ella, no pueden comprenderse adecuadamente los contenidos religiosos ni filosóficos.  Pero, al mismo tiempo, la hermenéutica simbólica precisa de la participación en una tradición espiritual para hacer posible la recepción de las influencias que dan lugar a la experiencia personal de gozo espiritual y religación (más allá de los límites de la mera intelectualidad) con todo cuanto rodea al ser humano.

La hermenéutica espiritual, así entendida, es el nexo metodológico que permite relacionar los diversos estratos de la realidad a través de la analogía, descubriendo estructuras comunes que hacen posible el conocimiento de lo aparentemente ajeno a través del autoconocimiento y permitiendo intuir la unidad  e interdependencia entre todo lo existente: entre Dios y la naturaleza, entre la naturaleza y la ciudad, entre la ciudad y el hombre…  Entre la teología o metafísica, la cosmología, la política y la antropología…  Una nueva mirada que nos ofrece una nueva percepción de nosotros mismos y de cuanto nos rodea.  Una experiencia de la realidad que nos conduce al Paraíso Perdido, a la felicidad que –en nuestro interior- todos anhelamos…  Un gozo y una dicha que, digan lo que digan, está a nuestro alcance.  El Reino de Dios está muy cerca…  En nosotros mismos.

 


[1] Olives:2006, 162

[2] Cfr. Olives:2006, 370

[3] Dante:DC, Purgatorio VII, 28-30

[4] Olives:2006, 111

[5] Olives:2006, 105

[6] Olives:2006, 104

[7] Olives:2006, 105

[8] Olives:2006, 108

[9] Olives:2006, 113

[10] Olives:2006, 408

LAS HUMANIDADES IX: aproximación y revaloración del Homo Religiosus arcaico

Religions I

(Con el nuevo capítulo de J. Muñoz, que aquí ofrecemos, incluyo ese dibujo inédito donde muy esquemáticamente se grafica la idea de la unidad esencial de las grandes tradiciones sagradas de la humanidad, emanadas todas del mismo Dios, y bien distintas de las meras sectas, nacidas de la modernidad post-protestante)

La religión, por pertenecer a la esencia más profunda del ser humano y de la realidad toda no puede concebirse como se hace en la actualidad, como algo segregado, independiente…  Si la religión nos habla del centro de la realidad, de Dios, del modelo último de todo cuanto existe, todo tiene entonces que ver con la religión, todo puede ser motivo de religión…  Y muy especialmente las humanidades, en cuanto tienen que ver con el desarrollo ser humano, con que éste llegue a ser lo que debe ser, con que ocupe su lugar en el cosmos: “el último y primordial fin del hombre en la tierra es conocer a Dios, dándole honor y gloria”[1].   Este es uno de los principales mensajes que se desprende de la visión humanística clásico-tradicional: la hermenéutica simbólica despierta nuestra experiencia religiosa y nos permite descubrir al Todo en la parte, a Dios en su creación y en el interior de nosotros mismos, abriendo el alma –como si de un recipiente se tratara- a los efluvios divinos, a las influencias espirituales capaces de transformar la vida y de dotar a ésta del goce de participar en al amor divino[2].

 

A menudo se ha creído que esa visión mística de la creación, ese encontrar –y cohabitar- con Dios en cuanto existe, tan propia del homo religiosus arcaico, es una forma de panteísmo, naturalismo o animismo…  Cuando no de mera superstición.   Me parece muy acertada la puntualización que hace Olives al respecto cuando valora críticamente la metodología propia de los filólogos y antropólogos que imputan sistemáticamente a las religiones antiguas el politeísmo, el animismo o un carácter naturalista.

 

Con una argumentación llena de sentido común, Olives llama la atención sobre el hecho de que un «trabajo de campo» antropológico realizado en la España actual, sin otras fuentes que los vestigios arqueológicos de los santuarios marianos, la mera exterioridad de las formas de culto o las explicaciones que se pudiese obtener de la «gente de la calle»  llevarían, a cualquier investigador empirista extranjero que careciera de conocimientos previos sobre la religión cristiana, al convencimiento de que “los españoles tienen divinidades locales (la Virgen del Rocío, la de Montserrat, la de Begoña, la Macarena, la de Almudena, la de Fuensanta, etc.), a subrayar las diferencias entre ellas y a enfatizar «científicamente» la competencia entre los distintos cultos, de la misma manera que se hace con los «dioses domésticos» o las presuntas «divinidades locales» y los cultos de la Antigüedad”[3].

 

También alerta Olives sobre el riesgo de asumir acríticamente las valoraciones realizadas en las antiguas fuentes escritas sobre las ancestrales tradiciones espirituales.  Nos recuerda que las referencias a religiones ya desaparecidas suelen llegarnos a través de cronistas posteriores que suelen describir sus periodos terminales, sus fases de decadencia, de olvido del sentido original de sus contenidos, símbolos y prácticas, de caída en el literalismo, materialismo, la superstición y la magia.  En el caso concreto del paganismo –y de las críticas justas y legítimas  que contra él emitieron San Agustín y otros Padres de la Iglesia-, afirma que éstos “únicamente contemplaban las formas supersticiosas y materialistas (o idolátricas) que en aquel tiempo eran generales entre los pagani, los habitantes de los pagi, o pueblos”[4] y que conviene distinguir estas formas degradadas de las formas originales, “tal y como pueden leerse en las fuentes genuinas y concretamente en los simbolismos espirituales, los mitos y lo que conocemos de los ritos propios de cada una”.  Porque “una religión como sistema histórico llega a perder vigencia, pero su simbolismo no deja nunca de tenerla, aunque ya no sea aplicado en forma de religión”[5].

 

Olives nos propone superar las apariencias, trascender la mera superficialidad y recuperar ese simbolismo mediante la hermenéutica simbólica de las tradiciones espirituales.  De la mano de los grandes humanistas del Renacimiento (y siguiendo especialmente la estela de Tomás Moro en su “Utopía”), nos invita a redescubrir la estrecha relación que existe entre las humanitates y la religión entendida en el sentido superior que le otorgó el mártir de la Torre de Londres y, como él, los humanistas de la nueva Academia Platónica y sus discípulos…  Entre los que incluyo –al menos en este aspecto de sus enseñanzas- al propio Olives.

 

 

 


[1] Olives:2006, 234

[2] Cfr. Olives:Gaudí, 12

[3] Olives:2006, 34

[4] Olives:2006, 31

[5] Olives:2006, 32

LAS HUMANIDADES VIII: filosofía mística y religión metafísica

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(Ofrecemos aquí otro capítulo de Joaquín Muñoz, importado de su blog Meditaciones del Día, donde se explaya sobre el sentido de la religión, en base a mis planteamientos humanísticos de la misma, pero también motu proprio siguiendo otros derroteros, y aportando otros puntos de vista)

Hablar de “filosofía mística” supone un amor (philia) por la sabiduría (sophia) que supera toda dualidad, “copulación en sentido espiritual”[1] que no distingue entre sujeto y objeto, que los religa, que hace de ellos un solo ser fundido en el amoroso abrazo del intellectus[2].

Esta religación (a la que da lugar la hermenéutica-simbólica propia del conocimiento intuitivo) es el argumento que emplea Olives para defender el valor religioso de las humanidades y la necesidad de estudiar (y meditar) en torno al propio concepto de religión[3] como elemento imprescindible para una correcta comprensión de lo divino, del cosmos, de la sociedad, del prójimo y de uno mismo.

Para evitar incomprensiones en torno a esta noción clásico-tradicional de religión –de marcado talante humanístico- que nos propone nuestro autor, la concretaremos y definiremos (como él mismo hace) a partir de su etimología.

Aunque él la da por sabida y no profundiza en ella, comenzaré con una breve introducción a la misma porque ésta servirá de hilo argumental a este epígrafe.  Debe saberse que la etimología de «religión» es una cuestión controvertida desde hace siglos.   De hecho, suelen citarse cuatro étimos distintos para esta palabra de origen latino[4]:

1. RELIGARE: «religar, volver a unir, atar más estrechamente», fue propuesta por Lactancio en el s. III-IV d.C (Diuinae institutiones 4,28)

2. RELIGERE (re-eligere): «volver a elegir, elegir con más firmeza», defendida por S. Agustín en el s. IV-V d.C (Retractationes, 1,13,9; Civitas Dei, 10,2,2)

3. RELINQUERE, en cuanto lo religioso, lo sagrado, se deja como alejado, separado de nosotros, los hombres comunes, de su uso profano.  Esta etimología que incide en la diferenciación sagrado vs. profano fue compartida por Servio Sulpicio (según apunta Macrobio -s. IV d.C- en lasSaturnalia, 3,3,8) y Masurio Sabino en el s.II d.C (según lo refiere Aulo Gelo en las Noctes Atticae 4,9, s.II d.C)

4. RELEGERE: «volver a leer, leer con atención u observar escrupulosamente», tal como expuso Cicerón en el s.II a.C (De natura deorum 2, 28, 72)

A partir de estas raíces etimológicas podemos tratar de entresacar la definición real de religión propia del pensamiento clásico-tradicional que nos es transmitido por Olives.

Aunque es cierto que éste afirma expresamente que “lo más importante es el acto de la religación”[5] y que sólo cita la primera de las etimologías que hemos expuesto[6], no es menos cierto que a lo largo de su obra, en la plasmación escrita, verbal y vital de su pensamiento, demuestra una visión integradora del concepto, propia del humanismo renacentista.

Respecto a la religación, nos recuerda que “la religión para los antiguos es una permanente liturgia que enlaza el cielo y la tierra”[7], al hombre con Dios y a la civilización misma con la dimensión espiritual[8].  Esta religación, la intelección y trato con lo divino, pone al hombre en sintonía con lo trascendente, con la Verdad (recordemos la definición de Auctoritas) y mueve su voluntad a actuar de un modo coherente con los ritmos propios de la dimensión invisible[9], con los arquetipos que transmite la realidad toda que, en el pensamiento clásico-tradicional, se vivencia como teofanía[10].

Esta transformación de la percepción supone, lógicamente, la necesidad de una reelección: la de fijar la atención en el centro en lugar de en la periferia, la de buscar lo sagrado que se oculta tras lo profano y le da sustento, la de atender al arquetipo, al simbolismo, participando así –de forma efectiva y voluntaria- en otras dimensiones de la realidad[11].  Porque “el hombre tiene una voluntad relativamente autónoma que le permite asentir a las razones y a la evidencia, pero también hacerles caso omiso”[12], por lo que también puede decidir permanecer en la dimensión más externa y fragmentaria de la realidad, en una visión del mundo en la que la parte carece de sentido respecto al Todo.

Menos evidente resulta encontrar el nexo entre el pensamiento de nuestro autor y la idea de relectura.  Y más aun cuando parece que ésta se encuentra en contradicción con la siguiente cita de Olives: “el sentido alternativo «relegere», que algunos quieren introducir, parece rebuscado y carente de fundamento, añadiendo solamente, en el mejor de los casos, una significación derivada y menor”[13].

Pese a la dureza de la afirmación, que se fundamenta en la oposición de Olives a los postulados de los sociólogos constructivistas[14], en ella encontramos la clave de la visión integradora del autor: si bien puede aceptarse la idea de «relectura» como rasgo definitorio de religión, aquélla es una consecuencia de la religación, de lo que constituye la esencia de la misma. 

Sin embargo, considero pertinente mencionar que la importancia de la idea de relectura –si no la circunscribimos a su interpretación constructivista- no es tan menor como sugiere.  Lo característico de la hermenéutica simbólica que nos propone como metodología propia de lo humanístico y de lo religioso en sentido amplio (si es que puede diferenciarse entre ambos) es la revisión de cuanto nos rodea, una reinterpretación de la apariencia a la luz que se obtiene mediante la religación con su causa primera y última, mediante la vivencia del símbolo.  Basta, en este sentido, atender a las aportaciones de Olives sobre el valor simbólico de la naturaleza, entendida como Liber Mundi, como un libro que puede ser leído o, mejor, releído[15].

Por último, también Olives hace mención a la distinción entre lo sagrado y lo profano, a su plasmación en el simbolismo de la ciudad (sobre el que trataremos, someramente, en otra ocasión), a la jerarquía ontológica que se manifiesta en la relación entre el centro y la periferia… etc.  Con ello, nos remite a la idea de lo sacro que subyace tras el étimo relinquere.

En concordancia con esta visión (que parece indicar que los cuatro étimos son cuatro ideas complementarias que, en cuanto tales, no deberían haberse separado jamás) podemos tratar de redactar una definición de religión que pondremos en relación con la propuesta humanística y hermenéutico-simbólica de nuestro autor, que él no propone directamente, pero que en este trabajo queremos ayudar a explicitar y que parece perfectamente coherente con lo hasta aquí expuesto.

Como ya he advertido con anterioridad, considero que una de las principales aportaciones de Olives es la de llamar la atención sobre el hecho de que, mediante la hermenéutica simbólica, se produce una aproximación entre humanidades, filosofía y religión que dificulta su diferenciación y más bien las configura como tres puntos de vista, tres modos de aproximación a la realidad percibida como un todo.  Por tanto, aunque el próximo epígrafe esté dedicado a la definición de religión, debe entenderse que introduce y hace referencia –también- a la «filosofía mística» y a las humanidades en sentido clásico-tradicional.

La definición de religión.

Hay que tener en cuenta que religión es un término empleado con muy distintos matices, lo que exige una definición previa del mismo para no caer en interpretaciones erróneas del pensamiento de un autor debidas a una incorrecta comprensión de los vocablos de su discurso.  De hecho, como afirma Guerra[16], la definición de religión es algo muy discutido que, por ese mismo motivo, se ha convertido en un clásico en las introducciones a la historia de las religiones.

Al hilo de las asistemáticas aportaciones que hace Olives[17], vamos a tratar de proponer una personal definición que, sin ánimo de ser definitiva ni de ser atribuida a nuestro autor, procura al menos sintetizar su punto de vista: “Entenderemos por religión el conjunto de creencias, mitos, ritos y símbolos que hacen posible la religación más consciente del hombre con Dios, con el cosmos, con el prójimo y consigo mismo al promover una relectura –ordenada y jerárquica- de los distintos estratos de la realidad, que le lleva a descubrir su valor ejemplar, analógico, y su sacralidad, así como a dar a todo el tratamiento que se merece, eligiendo un modo de vida coherente con ese saber, amparado en el gozo, la firmeza y la paz que ofrece el conocimiento vivido de la fe.

Vamos, a continuación, a analizar esta definición para –profundizando en ella- tratar de encontrar sus rasgos característicos y la relación de éstos con las humanidades y su método propio, la hermenéutica simbólica:

1. Conjunto de creencias, mitos, ritos y símbolos: aunque Olives considere que “lo importante en materia de religión es la comunión empática e identificante con las realidades divinas y trascendentes”[18] (sentido fuerte o jerárquicamente superior que él otorga al término[19]) no por ello olvida que esta comunión se logra a través de los tres órdenes analógicos principales -símbolos, ritos y mitos- que son «interpretados» por la hermenéutica simbólica[20] y que ayudan a conformar el conjunto de creencias en torno a las cuales se constituye, en ocasiones, una organización o institución depositaria, protectora y transmisora de las mismas. Es éste el segundo sentido que Olives otorga al término religión; el que se corresponde con su uso habitual en ambientes extra-académicos y que, en ocasiones (y dejando de lado lo que hemos denominado su sentido fuerte), se identifica con la fe: la identificación con una institución de carácter religioso.

A este respecto, nuestro autor prefiere distinguir entre la Fe entendida como virtud teologal (como contacto directo con la bondad y excelencia de lo divino), y la fe en su sentido corriente (como creencia en algo que no se comprende).

En el primer sentido, Olives reconoce que la Fe “ya no es mera creencia: es plenitud de religión y participación directa en la no-dualidad del conocimiento divino”[21] y, como tal, resulta indispensable en la vida religiosa[22] al tratarse de una premisa necesaria para la vivencia y encarnación de las energías espirituales que pretende transmitir toda religión[23].

Respecto a la noción de fe como creencia, personalmente interpreto que no se extiende en su explicación al considerar que sus postulados no se alejan de los propios de la doctrina cristiana corriente (marco cultural, religioso e ideológico propio del grueso de sus lectores y oyentes).  Sin embargo, en una investigación como ésta se hace precisa una aclaración que permita seguir, sin saltos ni confusiones, todas sus explicaciones.

La fe es –en este sentido- un acto voluntario de adhesión cuyo objeto formal es lo que no se ve, lo que no es alcanzable por la intuición inmediata ni demostrable por el pensamiento discursivo. 

Pero su contenido no es irracional sino razonable, su contenido objetivo no repele absolutamente al entendimiento humano (aunque pueda superar su capacidad de comprensión).

En compensación por esa dificultad, la fe ofrece un testimonio que garantiza la veracidad de la proposición, un testigo cualificado que en cuestiones relativas a la religión es –directa o indirectamente- el propio Dios que se revela.

Por tanto, la fe consiste en creer algo a alguien, lo que exige un doble asentimiento y una doble seguridad: la propia del contenido y la de la persona que lo comunica.  Ese acto de voluntad, de confianza en la palabra del Otro, pone en contacto al hombre con el saber del mismo Dios, permitiéndole percibir lo que nunca podría alcanzar con su propia mirada.  Pues no cabe –al menos para el filósofo- creer en aquello que puede ser conocido.

Cuando uno transita por el camino del intento de comprensión de Dios y sus obras, del mundo, del prójimo y de sí mismo, encuentra acantilados que la inteligencia humana parece que no puede superar.  En esos momentos solo caben tres opciones: quedarse varado en el camino (abandonar la búsqueda de la inteligencia divina), saltar al abismo (renunciar totalmente al uso de la razón y del intelecto) o recurrir a ese puente (la fe) que Alguien puso allí para permitirnos superar ese “hueco de comprensión”, ese espacio destinado a una verdad que va más allá de la capacidad racional de conocer y ante la que sólo cabe la aproximación a-dual por medio de la virtud teologal de la Fe que permite gustar la Verdad y, de este modo, llegar a otro camino que podremos seguir recorriendo por nuestros propios medios.

Esta idea concuerda con el aristotélico convencimiento de que “quien quiera saber, ha de creer”, idea que perpetuarán en el ámbito cristiano autores como San Agustín o Santo Tomás al recordar la necesidad de «creer para entender».

Pero hay que tomar en consideración que el creer es un medio para entender, no un fin en sí mismo[24]…  No es la creencia el objeto de la religión[25], aunque ésta tienda –como advierte Olives- a “ser vivenciada como un mero asunto de creencia y de moral, lo cual es un reduccionismo, que acaba creando un grave obstáculo a la hora de recuperar su auténtico sentido”[26].

Aunque toda actividad humana parte de unos principios apriorísticos, de unas creencias consciente o inconscientemente asumidas, que rigen –en cierto modo- la actuación del ser humano y demuestran la importancia de la Fe[27], lo más importante de la religión es, para nuestro autor, el acto de religación que pone a nuestro alcance sus contenidos a través de la hermenéutica simbólica.

2. Hace posible la religación consciente del hombre con Dios, el cosmos, el prójimo y consigo mismo: La religación es la idea principal, la piedra angular, de la visión de nuestro autor sobre la religión[28].  Él habla de la importancia de la «presencia de Dios», de su presencia vivencial y cognoscitiva[29].  Sin embargo, coherente con sus planteamientos humanístico-sintéticos y su voluntad de recuperar las aportaciones clásico-tradicionales, Olives aclara que la religión no se limita a poner en relación al hombre con Dios sino que, a través de la participación directa en la a-dualidad del conocimiento divino,  el hombre se religa con Dios y, a través de Él (y en Él[30]), con el resto de la creación de que forma parte.  Esto es: con el cosmos, con el prójimo y consigo mismo.

3. Promueve una relectura –ordenada y jerárquica- de los distintos estratos de la realidad[31]La religación del hombre con lo divino aumenta su comprensión de sí mismo y de cuanto le rodea, descubriendo –como trataremos en el siguiente apartado- la teofanía que la creación representa y la interdependencia que lo relaciona con ella: “la realidad tiene distintas capas, o distintos grados ontológicos.  No existe un mundo llanamente material desgajado del espíritu, tal como tiende a creer la mentalidad moderna.  Todos los fragmentos de la vida pueden ser mensajeros del más allá, estando como están ancorados directamente en la dimensión infinita, transmaterial: penetrados por el Espíritu”[32].  Esta religación del hombre con Dios y, a través de Él, con el resto de lo creado puede explicarse mediante el mandala, la imagen simbólica tradicional del centro y la circunferencia, que Olives –siguiendo a Platón- propone como base del simbolismo geométrico.  Personalmente, la considero muy clarificadora: si tomamos de forma aleatoria tres puntos de una circunferencia, resultará difícil encontrar una relación entre ellos sin recurrir al centro.  Ahora bien, si descubrimos el punto central que los relaciona (su origen ontológico y ordenador), no sólo comprenderemos que existe una relación entre ellos sino que sentiremos la vinculación, la unidad estructural con el resto de la puntos que, hasta ese momento, no habíamos tomado en consideración y que también forman parte de la figura geométrica.  El simbolismo geométrico nos permite también comprender que todos los puntos son imprescindibles pero que cada uno tiene su lugar, que cada uno debe mantener su posición para lograr una figura armónica como es el círculo.  Este hecho incrementará nuestra visión, conocimiento y sentimiento de interdependencia a través de una relectura de cuanto nos rodea, recuperando la inocencia y la consciencia de unidad propias del hombre primordial, del estado humano anterior a la «caída»[33], de la estancia en el Jardín del Edén (o Paraíso) donde el ser humano cohabita con Dios y está en contacto íntimo con la naturaleza[34] (entendida ésta como “un espejo en que se refleja la obra de Dios, su creador”[35]).  De acuerdo con este planteamiento, todo conocimiento que se pretenda universal, holista, humanístico o integrador deberá prestar especial atención a este nexo de unión y sentido de la realidad que llamamos Dios, y a la religión entendida –al menos- como el modo que tiene el ser humano de relacionarse con lo divino, con el principio ontológico, estructurante y ordenador, con el motor inmóvil, con el centro de la circunferencia que hace posible la existencia de ésta y da sentido a todo: hombre, sociedad y cosmos.

4. Descubre el valor ejemplar, analógico y la sacralidad de cuanto nos rodea:  como ya hemos apuntado en el apartado anterior, la religión (así vivida) facilita descubrir en cada cosa la imagen del creador, su carácter de teofanía, su estructura común, su simbolismo, transmutando lo profano[36] en sagrado mediante la transformación del que mira, al que se revela lo que está a la vista de todos, pero no todos ven.  Así lo expresa nuestro autor: “el progreso en la religión es por tanto un cambio de conciencia, una transformación del alma mediante la colaboración voluntaria del hombre.  Es un desarrollo consciente (o mejor, supra-consciente) de la personalidad”[37] que posibilita tomar contacto con la naturaleza, lo que “significa para el hombre entrar en una economía de salvación: a través de ella las realidades secretas e invisibles se hacen visibles y comprensibles, (…) partiendo de la consideración del universo creado, se puede elevar al conocimiento de las propiedades invisibles de Dios”[38]. El homo religiosus que dispone de las mínimas claves interpretativas propias de la hermenéutica simbólica, puede disfrutar de una especial aptitud para el ejercicio de ésta debido a las influencias espirituales que la religión se encarga de transmitir, haciendo de la naturaleza “un medio para el pleno desarrollo de la personalidad humana, el soporte de una operación intelectual que revela al hombre lo que está escondido en él mismo y en el universo que lo rodea[39].

5. Da a todo el tratamiento que se merece: como ya hemos expuesto al tratar sobre el simbolismo geométrico del centro y la circunferencia, y como repetiremos en otras muchas ocasiones, el centro supone un principio organizador, estructurante y dador de sentido.  “Para el hombre religioso el Creador del universo es la fuente de todo orden en la existencia de las criaturas”[40] y es la cercanía con ese divino centro la que establece una jerarquía, una diferencia de nivel ontológico, de estado de ser, que justifica la necesidad de un tratamiento distinto para distintas realidades, de un obrar prudente –ordenado, equilibrado y bello[41]– que se fundamente en el recto saber que transmite toda hierofania en cuanto manifestación de lo sagrado, de lo divino[42].

6. Exige la voluntad de una actuación coherente:  El contacto de la mente humana con la verdad da lugar a una fuerza interior (virtud) que empuja al hombre a realizar acciones buenas y hermosas[43]El conocimiento propio de la religión y de las humanidades es –por consiguiente- un saber prudente, directivo, práctico, ordenador del querer y del obrar.  “El hombre en el mismo contexto teórico en que nos estamos situando es considerado un microcosmos, hecho a imagen del macrocosmos, y por tanto también necesitado de un buen gobierno que ha de imitar la pauta divina”[44].  Así, la coherencia de quien vive la religión implica no sólo a su recto entender (re-legere) sino a su voluntad (re-eligere), que toma como medida de su obrar la nueva visión de la realidad que abre ante sus ojos la visión sagrada del cosmos (relinquere), nuevo modo de verlo, comprenderlo, vivirlo y experimentarlo que nos religa (religare) con cuanto nos rodea al poner de manifiesto  la unidad que se esconde tras la diversidad, al descubrir que somos una parte holográfica[45] del todo.  En este mismo sentido puede hablarse –como hace Olives- de los fractales, de esos objetos semigeométricos cuya estructura básica –fragmentada o irregular- se repite a distintas escalas, donde “la misma estructura del todo es reconocible en cada una de las partes”[46]. Esta cualidad de contener toto in parte, común al holograma y al fractal, justifica que utilicemos adjetivamente ambos términos de forma indistinta, pese al resto de diferencias conceptuales existentes entre ellos.

7. Produce paz y firmezael re-descubrimiento y religación con Dios, con el cosmos y con uno mismo que supone para el hombre la vivencia de una existencia religiosa dota a éste de sentido, de gozo y de una serenidad, paz y firmeza propias del axis mundi en el que él mismo se ha convertido, punto de encuentro e intersección de cuanto existe, nuevo centro, altar o templo de cohabitación con la inmanencia de un Dios que le trasciende[47].

Esta visión humanística de la religión que descubre al hombre como templo de lo divino, como altar -lugar elevado (altum)- en el que lo profano se vuelve sagrado mediante el sacrificio (sacrum facere), nos permite comprender que, en el mundo antiguo –y para la mentalidad mágico-ritualista o mítico-simbólica que configura a sus habitantes como homo religiosus-, la religión lo impregna todo porque, como ya hemos expuesto anteriormente, todavía experimentan la dimensión sagrada de cada cosa y reconocen en la Deidad la razón última  y el modelo de sí mismos, de cuanto existe y de cuanto descubren[48].  Algo que, tal vez, debiéramos recuperar de los antiguos…  Porque, a la vista de nuestro presente, está claro que no todo ha sido progreso.

Mañana comienza el cónclave de la Iglesia Católica, oremos para que los cardenales electores sean inspirados por el Espíritu Santo para dotar a la Iglesia de un Santo Padre capaz de vivir y transmitir una religión auténtica, mística, metafísica, humanística y religadora con Dios, con el cosmos, con nosotros mismos y con nuestro prójimo… Especialmente, con el más necesitado.


[1]  Olives:2006, 360

[2] Cfr. Olives:2006, 25.  En consecuencia, el conocimiento sin amor (es importante recordarlo porque es la modalidad propia de la ratio) no produce la religación del cognoscente con lo conocido.

[3] Cfr. Olives:2006-II, 132.  Una de las aportaciones en mi opinión más ilustradoras de Olives es que, a través de la hermenéutica simbólica, uno descubre que las humanidades, la filosofía y la religión son tres caminos paralelos que, a medida que se aproximan a su destino, confluyen más y más…  Hasta fundirse en uno solo cuando se alcanza la Sabiduría.  Llegados a ese punto es muy difícil distinguir entre estos tres conceptos, motivo por el cual los utilizo indistintamente a lo largo de este trabajo, pudiendo resultar perfectamente intercambiables en la mayoría de ocasiones.

[4] Puesto que Olives no tiene una remisión expresa a esta cuestión, para realizar esta breve aproximación etimológica, me he basado en Guerra:2002, 24-25; Coromines:2008, 474 y Ferrater:1998, 3062-3063.  Resulta, en mi opinión, relevante la puntualización que realiza Guerra al llamar la atención sobre el hecho de que el prefijo RE- (común a las cuatro propuestas etimológicas) “puede tener valor intensivo (aquí «bueno/rebueno», etc)”  pero también iterativo, esto es, de repetición.  Este recordatorio enriquece la noción del término dotando a éste de interesantes matices.

[5] Olives:2006, 24

[6] Si bien es cierto que también cita (para criticarla) la etimología de “relegere”, no es menos cierto que no lo hace en el propio texto sino en nota, hecho que interpreto como una muestra de la inferior importancia que otorga a la misma.

[7] Olives:2006, 24

[8] Cfr. Olives:2006, 38

[9] Cfr. Olives:2006, 28-30

[10] Cfr. Olives:2006, 20

[11] Cfr. Olives:2006, 30

[12] Olives:2006, 395

[13] Olives:2006, 25

[14] De acuerdo con las notas tomadas en la conversación privada mantenida con el autor el 11-05-2011, Olives me aclaró que: “Lo que no me gusta de la idea de «relegere» es que algunos sociólogos constructivistas que la han defendido frente a la clásica «religare» (como, por ejemplo, Juan Estruch o Peter Berger) enfatizan demasiado la idea de la religión como sistema ideológico para la «donación de sentido», siempre incompleto, defectuoso y sujeto a revisión (o relectura).  Aunque este sentido no es falso, es incompleto y olvida lo fundamental: lo propio de la religión se encuentra en la experiencia, en el gustar directamente la presencia divina en todo momento y lugar, religándose con ella”.

[15] Ver cáp. 4.c.iv

[16] Cfr. Guerra:2002, 25

[17] De acuerdo con las notas de la conversación mantenida con el autor el 11-05-11, éste quiso darme una sintética definición de religión y me aclaró que: “Posteriormente a La Ciudad Cautiva, en el ámbito académico (en aras de una mayor claridad) he distinguido dos sentidos de la palabra religión, debidamente jerarquizados:

1º La religación efectiva con lo sagrado (Dios), hic et nunc.

2º Los sistemas de medios (símbolos, mitos, ritos, doctrinas, organizaciones…etc) que sirven como instrumentos para la religación en un lugar y tiempo determinados”.

[18] Olives:2006, 27

[19] Ver nota 361

[20] Cfr. Olives:2006, 28

[21] Olives:2006, 27

[22] Cfr. Olives:2006, 24

[23] Cfr. Olives:2006, 26

[24] Olives:2006, 26

[25] Probablemente sea ésta la causa por el que Olives no desarrolla este concepto.

[26] Olives:2006, 24

[27] Cfr. Olives:2006, 430

[28] Cfr. Olives:2006, 24

[29] Cfr. Olives:2006, 25

[30] “(…) Porque en Él  vivimos y nos movemos y existimos” (Hch 17, 28), recuerdo de lo que el cristianismo denomina “la inmanencia divina”.  Concepto esencial en la visión clásico-tradicional de la religión que, como veremos más adelante, es importante estudiar en relación con su opuesto aparente: “la trascendencia de Dios”.

[31] Esta relectura –como trataremos en el epígrafe siguiente- resulta inseparable de la hermenéutica simbólica, del simbolismo, de la lectura analógica del mundo y de la vida.

[32] Olives:2006, 55

[33] Cfr. Olives:2006, 292

[34] Cfr. Olives:2006, 311

[35] Olives:2006, 312

[36] Utilizo este término en el habitual sentido que le da Eliade, como contrapuesto a sagrado, y no en el que es propio de Guénon y sus discípulos, que lo contraponen a iniciado.

[37] Olives:2006, 37

[38] Olives:2006, 313

[39] Olives:2006, 315

[40] Olives:2006, 214

[41] Cfr. Olives:2006, 246

[42] Cfr. Olives:2006, 28

[43] Cfr. Olives:2006, 422

[44] Olives:2006, 160

[45] Realizo esta mención adjetiva al holograma atendiendo a su etimología –del griego holós (entero) y gramma (escrito o letra)- y al hecho de que una de las propiedades de esta modalidad de imágenes tridimensionales es que en cada parte de la imagen se encuentra la totalidad de la misma, que la imagen que uno observa está formada por la repetición de la misma imagen a distintas escalas, que en cada parte encontramos el todo…  Éste es uno de los pilares fundamentales del “paradigma holográfico” de David Bohm, de la interdependencia de los elementos constitutivos del cosmos y de algunas medicinas tradicionales (como la reflexología o la iridología) que, a través de la observación de una parte del cuerpo (el pie, la mano, el iris… etc), son capaces de descubrir  el estado global del mismo.

[46] Olives:2006, 259

[47] Cfr. Olives:2006, 215

[48] Cfr. Olives:2006, 20