La Palabra es Vida

He aquí el último vídeo del Círculo de Humanidades en el Espai Vital de Cardedeu -diciembre 2018- donde se explica, entre otras cosas, el simbolismode la Navidad:

 

Círculo de Humanidades: Símbolos, mitos y ritos

Vídeo de la charla del pasado Diciembre en el Teatrillo Baurier de Barcelona.

Simbolismo iniciático de la caverna (o cueva)

La cueva se halla en el interior de la tierra: es oscura. Entrar en ella implica abandonar la claridad de la vida corriente (de la mente habitual) para adentrarnos en lo desconocido de nosotros mismos (inconsciente, emociones latentes o reprimidas, pensamiento automático, traumas, energías internas que generalmente pasamos por alto, temores, etc). Nos importa ante todo el simbolismo, y desde este punto de vista no es de extrañar que las iniciaciones antiguas (prehistóricas y/o mitológicas) se realicen en el interior de cuevas, cavernas o antros. Entrar en la cueva equivale simbólicamente a entrar en la parte oscura de uno mismo, o incluso darse cuenta (siguiendo a Platón) que hasta ahora uno en realidad ha vivido de manera bastante caótica en un mundo de sombras.

En la isla de Menorca abundan tanto las cuevas naturales como las artificiales (salas hipóstilas troglodíticas, abrigos y cuevas excavados o semiexcavados en los barrancos y acantilados) dando testimonio de un pasado glorioso, cuando la Isla parece que fue un importante centro iniciático del Mediterráneo. La riqueza y belleza de los monumentos arqueológicos, y otros datos que no vienen al caso, parecen corroborarlo y nos permiten barruntar que la isla misma en su totalidad fue un centro sagrado, una isla-templo (isla “druídica”, sacerdotal…) punto de referencia para las élites espirituales del Mare Nostrum en épocas remotas de difícil e irrelevante datación.

El simbolismo de la cueva está en el centro de todo ello y la Isla misma parece mostrarlo materialmente con una caverna extraordinaria, tamaño catedral y frondosa boca (véanse las fotos), que hasta hoy la gente más sensible sigue visitando con fervor y respeto. La caverna simbólicamente se halla relacionada con la montaña formando ambas un par de opuestos (elevación al cielo y descenso a las profundidades) que Guénon tan bien ha comentado en los Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. La Isla de Menorca posee como centro, eje y columna de su peculiar geografía, el Monte Toro, con el precioso templo dedicado a la Virgen María, patrona de la isla, no sólo en la modernidad católica, sino desde los tiempos prehistóricos y mucho antes del cristianismo, aunque en aquel entonces ella fuera llamada con otros nosmbres y representada con otras variantes iconográficas.

La Virgen es la iniciadora en los misterios y la caverna representa esta su dimensión interior, “uterina”, renacedora, gestante, oscura, misteriosa, pero altamente fructífera, ya que de ese nuestro interior desconocido que ella representa y gestiona, aparentemente oscuro y a menudo temible, saldrá como una estrella la luz resplandeciente, la gloria y la victoria de nuestro Niño Interior, el Yo Verdadero, que transmuta todas las penas y oscuridades en amor, bondad y belleza.

En la leyenda del Monte Toro, se relata que la Virgen, antes de ser encontrada, es vislumbrada por un contemplativo desde su encierro conventual, y que luego es hallada en una santa cueva dentro de la montaña, con ayuda del Toro, que rompe la roca para facilitar el paso y con el teson de sus pezuñas escala el monte hasta la cúspide abriendo camino a las alturas, donde finalmente es colocada la imagen de María, dentro del templo, irradiando la luz virginal sobre toda la isla y la tierra en general, es decir, sobre el “valle de lágrimas”.  El templo mismo (todo templo en general, y el templo cristiano en particular) reproduce en su estructura el simbolismo de la caverna. El templo en la cima de la montaña santa corrobora a asociación simbólica entre cueva y monte más arriba señalada.

No hay contradicción pues entre el descenso a las desconocidas profundidades de nuestra psiqué y la elevación de nuestra mente a la claridad del cielo y a la visión de las luces varias que contiene. Captar el simbolismo implica saber superar las aparentes contradicciones reconociendo el sentido, o mejor, encarnándolo en nuestro ser,…en nuestras tripas.La cueva o caverna es un arquetipo universal directamente relacionado con el nuevo nacimiento (o “renacimiento”) del ser humano en esta vida, y por lo tanto es un símbolo iniciático de primer orden. Zeus, Hércules, Orfeo, Mahoma y tantísimos otros son iniciados en cavernas por maestros y escuelas que las tienen como lugar de encuentro, enseñanza, meditación y ceremonia. También en Oriente la cueva aparece vinculada al simbolismo de la iniciación a los msiterios y al renacimiento en sentido espiritual. En la alquimia taoista, aparece por ejemplo vinculada al nombre de uno de los grandes tratadistas, el Viejo Liu llamado “habitante de la caverna” y probable transmisor del “Secreto de la Flor de Oro”. Comentando su lugar de origen, el Chen-si de la China, escribe Pierre Grison que esta región <<…cuenta con innumerables habitaciones troglodíticas excavadas en los acantilados de loess. Pero es también conveniente señalar que la caverna es tradicionalmente en la China como en todas partes, un “pasaje” hacia el mundo de los Inmortales <léase, los plenamente iniciados>. El mismo carácter tong tiene el doble sentido de “caverna” y de “penetrar, comuniciar, comprender (las cosas escondidas)”. Homologada al crisol de los alquimistas, la caverna es el lugar del “nuevo nacimiento” iniciático>>.<<El Chen-si -sigue comentando Grison- es la región donde se retira Lao-tse tras haber franqueado el “pasaje”, y donde los ancestros de los Cheu habían vivido en las cuevas.  Llamar pues al referido sabio taoista  Liu Yen “el huésped de la caverna”, no está exento de intenciones simbólicas.>> (cf. Le traité de la Fleur d’Or du Suprème Un, p.11)El simbolismo iniciático de la cueva ha estado presente este verano en los cursos de Menorca, y no solamente por algunas visitas a esta hermosa y conocida cueva del centro de la isla (que aparece en las fotos), antes por el hecho de haber compartido valiosos descubrimientos profundizando en el sentido espiritual del Kung-fu/ Tai-chi/Chi-kung, tal como lo practicamos en el Arte de la Energía, en relación directa con la alquimia interna y el renacimiento, que los sabios taoístas denominan “la endogenia del Inmortal” en cada uno de nosotros.

La caverna: obrar mediante la sabiduría

La caverna: obrar mediante la sabiduría

Ser macho consiste en saberse débil y en hacerse germen para descender adentro de una nueva Tierra inferior, a fin de germinar allí una luz nueva y todavía mayor.
Aquí está la sabiduría.
“¡Cuántas son tus obras, Señor! ¡Todas las hiciste con sabiduría! Está llena la Tierra de tu riqueza”(Salmo CIV).
A imagen de la Sabiduría divina el ser humano no puede construir el cosmos interior más que haciéndose débil y estando lleno de misericordia (Hesed) para con la debilidad de los demás. No puede hacerse débil frente a la nueva Tierra adonde va, mas que sabiéndose fuerte por la que acaba de conquistar.
Sólo puede hacerse germen en tanto que ha conocido la Grandeza (Guedulah).
(A. deSouzenelle, Le symbolisme du corps…,p.72)

10.- Invitados a renacer en la Natividad perenne…

La tradición popular afirma que el Niño Jesús nace cada día. Eso lo podemos vivenciar en nuestro ser mediante el rito cotidiano de la meditación. Esa es un práctica que nos da vida y nos conecta con lo real. Muy recomendable para los principiantes que desean iniciarse. Indispensable para los ya iniciados…Porque es en el pesebre de nuestro corazón donde hallamos el “pan de vida” que nos alimenta. La única comida que a partir de cierto grado nos puede satisfacer.

 

Visitamos a diario el belén. Beth-lehem, la “casa del pan”, donde podemos saciarnos, porque el Niño Divino sobreabunda en cuerpo y sangre, y se nos entrega  bajo las especies del “pan y el vino” para que comiéndolas y bebiéndolas nos identifiquemos con él. Y transitemos gloriosamente más allá de los esquemas y planteamientos de la vida corriente. Transformándonos en nuestro ser inmortal.

 

Es así como el Espíritu y todas las criaturas celestes y terrestres acuden a celebrar semejante prodigio. La Natividad es importante porque es un arquetipo universal, redivivo, perenne, que funciona en nuestro corazón cuando nos ponemos a activarlo. Es la primera parte de la Buena Nueva, la Buena Noticia (eso es lo que significa Ev-Angelio, palabra griega). Nace hoy, y cada día, en la caverna de nuestras entrañas, el germen, el embrión de inmortalidad. Cuando lo percibimos se produce el amor y podemos oír el canto de los ángeles (gloria!, gloria!) y vivenciar la interacción energética y luminosa con todos los demás seres colaboradores, desde la “Virgen” que nos pare y luego nos da su “leche”, hasta San José, el divino obstetra, pasando por los dos animales que dentro de uno respiran, y la miríada de visitantes (reyes, pastores, hilanderas, rebaños, pájaros, etc) que gozosamente participan atraídos, cada uno con su energía y función propia.

 

Todo ello lo vivenciamos en meditación, a modo de rito sagrado. Entrando en nosotros mismos. Atendiendo a lo que sentimos. Llevándolo todo a la cueva de nuestro corazón, donde se produce la alquimia transformante por obra de Dios. Es Él quien desea engendrar en nosotros el “Hijo Unigénito”. Solamente hemos de prestarnos a ello. Escuchar el latido del Espíritu, la respiración cósmica que todo lo penetra. Sentir la fecundación y el embarazo de la Matriz Cósmica que nos con-tiene. Colaborar respirando, con el tesón concentrado del buey y el densísimo aliento caliente del burro.

 

Todos estos símbolos sagrados, ya comentados anteriormente, se reconocen como lo que son: energías internas. El mandala del Belén es riquísimo, y para activarlo traemos a colación todos nuestros recuerdos, conocimientos iconográficos (los pesebres, las natividades en las láminas de libros y los museos, los diccionarios de símbolos, donde podemos buscar cada cosa, etc.). Pero es también necesaria la iniciación, transmitida de viva voz y no solamente por escrito.

 

Por esta iniciación al Conocimiento (con mayúscula) accedemos a vivenciar los “misterios”, tal como los llamaban los antiguos. En los tiempos arcaicos y prehistóricos, se celebraban en el interior de cuevas, dólmenes de galería, templos hipóstilos, como los innumerables que todavía podemos reconocer en la literatura y en el paisaje en forma de vestigios arqueológicos o monumentos turísticos. Los antros arcaicos simbolizan la caverna cósmica. Y también la simboliza el templo cristiano (con su estructura antropomórfica orientada).

 

Todo ello son símbolos que nos ayudan a reconocer los “misterios” de nosotros mismos en el antro de nuestro pecho (tronco o cuerpo entero), en lo más íntimo de la caverna del corazón. Es en este centro donde brilla el Ser. Es allí donde crece el Embrión de inmortalidad, donde se gesta nuestra vida eterna. La iniciación es aprender un cambio de piel, al estilo de las serpientes, en las profundidades de la tierra, para salir a la luz regenerados, con un nuevo “cuerpo.”

 

Nuestra mente informada colabora con este proceso, pensando bien, operando en el plano organizativo. Encontrando el tiempo, el lugar, el maestro, los libros, métodos y técnicas. Pero la Gran Obra no la realiza la mente. Ni tan sólo puede producirse si la mente (individual) no aprende a estar callada. La natividad se produce en lo más oscuro de la noche, bajo las estrellas, en el silencio profundo de la cueva.

 

La mente, nuestra mente, prepara como sirvienta esta gran fiesta. Lo hace comprendiendo, pensando bien, revisando los prejuicios y los viejos esquemas aprendidos que ya no sirven (sobre el sentido infantil o vulgar de la natividad, la religión, los símbolos, las técnicas respiratorias, los métodos espirituales, los ritos, las liturgias, los dogmas, las teologías, el arte, etc.). La mente al servicio de nuestra libertad es la que colabora con su apertura y su coraje a desprendernos de las cadenas que hacen a la “ciudad cautiva”.

 

No es fácil al principio entrar en la libertad asociativa que nos brinda el lenguaje del simbolismo. La religión convencional, depositaria de los simbolismos sagrados, no nos enseña generalmente esa libertad, porque su función en el mundo es precisamente la de transmitir a las masas esquemas relativamente fijos que las acerquen lo más posible a la luz y a la buena vida. Pero los esquemas fijos no valen para los iniciados que entran en la caverna.

 

Los simbolismos sagrados siempre se solapan y complementan. A menudo nos sorprenden, ya que desde el punto de vista de las convenciones y la lógica pueden aparecer como irreverentes o irracionales. No es de extrañar y, puesto que nos conectan con la supra-lógica y con el verdadero intelecto (el “sentir”, la intuición intelectual pura, a mil leguas de la razón).

 

La natividad es un pasaje a otra dimensión de nosotros mismos. Y este pasaje no se puede separar de la segunda parte, que la liturgia nos presenta como Pascua de Resurrección. Ambos simbolismos, natividad y pascua, vibran simultáneos cuando activamos el sentido dentro de nosotros. Y también lo que parece lógicamente lo primero, aparece de pronto como lo segundo…Nacer gloriosamente en la cueva de Belén, implica para nosotros la mayoría de veces, haber lidiado antes con las amarguras y agonías de la pasión. Haber reconocido antes en nosotros la “víctima”, la parte oscura, postergada y temerosa de nuestra personalidad.

 

Esta parte “fea”, que todos los seres humanos tenemos, es eso que en el cristianismo se llama “pecado” y que a la modernidad tanto repugna. Pero la alquimia interna nos enseña a verlo como un tesoro. Como la materia prima de la obra. Como el “mercurio de los filósofos”, sin el cual la transmutación en el nuevo ser no sería posible.

 

He aquí pues que el poder renacer conlleva el coraje de contemplar la parte no realizada de nosotros mismos. La que no nos gusta y siempre tratamos de ocultar. Es en ella que se oculta también el Niño Divino…No olvidemos que nace en humilde y oscuro lugar. En el máximo rechazo de él y sus padres en la noche más fría y negra como es la del solsticio de invierno. Es en esa desazón, en ese sinsentido, en ese dolor y culpa y temor tan arraigados en lo más hondo que se produce como un auténtico misterio el prodigio de la natividad perenne, vibrando entonces al unísono el mandala del Pesebre muy a favor nuestro.

 

La vibración mandálica del Pesebre fusiona este arquetipo y todas sus figuras, con la realidad histórica de nuestro ser. La vivencia de nuestro ego no es anulada, antes trascendida. Pero conste que la historia real de cada uno, con los recuerdos y dolores del propio nacimiento, el útero que nos acogió, los sentimientos de la madre, la manipulación del obstetra,  la presencia/ausencia del padre, de la familia, etc….todo ello lo vivenciamos de nuevo (hasta cierto punto) en ese “segundo nacimiento” que es la natividad.

 

Una doble naturaleza, divina y humana, coexiste entonces en el nuevo ser, que somos a partir de ese momento. Somos el antiguo ego y el antiguo cuerpo, pero transmutados por la presencia del “Hijo del Hombre”, viviente inmortal en el viviente mortal. La culpa, el temor y el “pecado” son trascendidos por el Amor que todo lo cura y que junta los fragmentos dispersos de lo que antes teníamos por mundo. El nacimiento nos redime de la antigua servidumbre, cuando ciegamente competíamos atrapados en la “ciudad cautiva”.

 

Queda desde ahora abierta la via de la creatividad, a la que vamos a sumarnos, gozosos, fluyendo con el Espíritu dador de Vida.

 

8.- Nación/Re-nacimiento: en la vivencia real de la nación se resuelven la crisis actual y el berenjenal bélico.

Porque la nación significa la comunidad de nacimiento (lat. Natio, nativo, natividad, etc.), y el nacimiento del ser humano es el acto más importante de la vida, junto con la muerte.

Hemos explicado anteriormente que en realidad los seres humanos venimos al mundo para renacer. Adquiriendo una nueva dimensión expandida de nosotros mismos. No ya física, antes metafísica…Un nuevo cuerpo: cuerpo de Luz, cuerpo de gloria, energético, invisible, “interior”, cósmico. Esto es así, y solamente hay que repasar los anteriores capítulos para ver que todos los grandes sabios y maestros del género humano se han centrado en este tema, que podemos denominar “el segundo nacimiento del hombre” o simplemente, el “renacimiento” a una “vida nueva”.

Este nuevo ser lo conseguimos por identificación, mediante un trabajo que empieza por la rectificación de las ideas/sentimientos en los que hemos sido programados. Una programación que se remonta, como mínimo, al momento de la concepción de nuestra madre; y no solamente a la incompleta (o distorsionada) educación durante la infancia. Los expertos y también otras tradiciones sagradas (antiguas, orientales, etc.) hacen remontar el proceso a los genes de nuestros padres (embebidos ya de “pecado original”) o a “vidas anteriores” plagadas de confusión y experiencias ensayo/error.

Sea como fuere, a esa programación primera de todos nosotros pertenece inevitablemente la idea de nación en el sentido moderno, vulgar y corriente. Ese sentido que fue exaltado en Europa con la revolución francesa: la idea de la nation entendida territorial, lingüística, “histórica” y/o “culturalmente”, como si esa fuera la identidad principal de todos nosotros. Identidad material ligada al cuerpo sensible (“cuerpo físico” o “grosero”), y a la programación sociocultural vigente en aquel espacio/tiempo donde se produjo el primer nacimiento.

Los líderes de la revolución moderna, contando con el endurecimiento general de la sensibilidad y las mentalidades, han grabado esta confusión en el disco duro de nuestra mente. Y funcionamos mecánicamente a partir de ese tipo de identidad “natal.”   Vislumbramos a veces destellos de la bondad original de la patria (o “nación”), pero generalmente estamos alejados de la vivencia comunitaria y la buena vida que todo nacimiento a un nuevo espacio (fuera del claustro materno) ha de implicar. Ya que de lo contrario, mejor no nacer!

En esta confusión (“ciudad cautiva” de sus errores) hemos olvidado que nuestro primer nacimiento fue solamente provisional. Y que para ser verdaderamente humanos (personas) debemos nacer de nuevo y “morir antes de morir” (internamente, claro!) tal como lo explica San Pablo entre la miríada de sabios de Oriente y Occidente.

Entonces reconocemos, además de esa nación primera (étnica, territorial, lingüística, idiosincrática, etc) otra nación virtual, interior, hermosísima, felicísima, a la cual también pertenecemos por nacimiento, aunque de momento no nos hayamos dado verdadera cuenta. En ese sentido hay un trabajo interior (estudio, meditación, etc.) que realizar, como una “asignatura pendiente”.

Percibir, sentir, esa “doble nacionalidad” nos aclara las ideas y pone todas las cosas en su sitio. Hay la verdadera Nación de todos nosotros, llámese como se quiera (Ciudad Celeste, Jerusalén, Utopía, Ecclesia, Umma, Campos Elisios, Reino de Dios, Nirvana, Islas Afortunadas, etc.) y hay la pequeña nación de cada uno (China, Cataluña, Palestina, España, Francia, etc.). Esa última, en el mejor de los casos es símbolo (figura, imagen) de la Primera. En el peor de los casos es motivo de constante pelea, porque al ser material, se ve afectada por la inevitable fragmentación y contraposición de todos los objetos materiales (incluidos los mentales y senti-mentales).

Los grandes poetas y artistas de los siglos modernos que aquí y allá han consolidado en los corazones de la gente las identidades nacionales, han hablado siempre de la patria terrestre en relación directa con la patria celeste. El amor de la una depende del amor a la Otra. La nación terrenal y todas las identidades y acciones que genera, sólo son de verdad cuando vibran en consonancia con el Modelo Virtual, a la vez siempre real, siempre presente, siempre vibrante en el alma. Jacinto Verdaguer, entre algunos otros, realiza ese tipo de labor poética respecto de Cataluña…y cada nación o semi-nación tiene sus vates y promotores, que la presentan como imagen del paraíso.

El problema viene de desconectar la identidad terrestre de su Causa, de su Verdad, de su Sentido. Perdemos el recuerdo de la verdadera patria. Israel (el “pueblo elegido”, cuyo nombre significa Isra-El = ”directamente enfocado al Creador”) deja de ser un símbolo sagrado (destinado a la comprensión de la condición humana entera) para volverse instrumento de opresión y guerra en manos de los herejes estatalistas, o “sionistas”, que pretenden verlo sólo en lo material, en lo étnico, “cultural” o “religioso”. Convirtiéndolo en una realidad histórico-sociológica. En este plano sólo hay las “naciones en guerra” (the state of warre, como decía Hobbes), buenos contra malos, blancos contra negros y viceversa, ricos contra pobres, moros contra cristianos, judíos contra palestinos, “Cataluña contra España” y Mahón contra Ciudadela en la isla de Menorca. Se pierde el sentido la belleza, y la energía vital de la Unidad, inherente a la genuina bondad del ser humano.

El recuerdo del sentido profundo de la Nación nos reconduce a la necesidad del renacimiento y a los saludables trabajos internos para propiciarlo: esa es la solución del berenjenal “nacional” e “inter-nacional” que tanto nos afecta materialmente. El Soplo de Vida, la “respiración cósmica” (Espíritu Santo, o como queramos llamarlo) está siempre disponible para todos los que queramos ya re-encontrarnos y participar en la verdadera nación de la humanidad, siempre viva y presente aquí y ahora.

José Olives Puig

Cardedeu, 5 Mayo 2012

7. Renacemos vivenciando triunfalmente el sacrificio de la víctima en la propia carne

Las circunstancias actuales del mundo nos invitan a poner en primer plano la necesidad del renacimiento. Eso, en todos los niveles: económico, político, cultural, histórico, y sobre todo en ese nivel primero que somos cada uno de nosotros interactuando con nuestro prójimo. “Yo y mi circunstancia”.

También todas las tradiciones sagradas de la humanidad y las altas filosofías coinciden desde siempre en este punto clave de la vida: la necesidad, la urgencia, de renacer. Los seres humanos venimos al mundo para poder renacer. No hay otro sentido de la vida. Y tal renacimiento se realiza individual y colectivamente al mismo tiempo, porque no existe (no ha existido nunca) el ser humano aislado de los demás.

Hay individual y colectivamente un obstáculo primero que se interpone. Es la víctima. Sentirnos víctima, en nuestra vida personal y en la identidad colectiva (nación, etc.) a la que pertenecemos…o las identidades…Identificándonos con el ser víctima generamos ese síndrome perverso que llamamos “ego”. Una falsa identidad (individual y colectiva) que produce dolor para adentro y para afuera. Está contra todo. Sólo le interesa aumentar y compartir el “cuerpo de dolor” y mantenerlo todo encerrado en la “ciudad cautiva”.

El victimismo es el complot del ego para instaurar el “estado de guerra” (de unos contra otros y de las “naciones” entre ellas). Eso lo hacemos automáticamente en el día a día viviendo la vida desde el error colectivo que nos han transmitido desde la infancia. Esa programación atávica, ese “pecado original” que no es culpa nuestra, pero que nos sirve para regodearnos y quejarnos, añadiendo todavía más leña al fuego con el “pecado actual” perpetrado por nosotros.

Lo contrario del victimismo es el sacrificio, que nos enseña a tratar la víctima de modo radical. Para curarla y transmutarla. No para seguir usándola para hacer daño a los demás y a nosotros mismos.

En el sacrificio (al estilo del que se realiza sobre los altares, tanto los prehistóricos como los más modernos) la víctima es llevada directamente al fuego y a este punto central que el altar mismo simboliza: a ese “corazón” del templo, del cosmos, que late en lo más íntimo de nuestro pecho. Eso significa que, abandonando por un momento el regodeo en las negatividades en torno a los ultrajes recibidos, las desgracias y las posibles venganzas, identifiquemos la víctima como un aspecto de nuestro ser más íntimo, más tierno. Un corderito degollado que a la vez es un hermoso niño que nace en un pesebre. Lo acercamos al fuego de la luz y del amor de nuestro corazón, donde va a ser transmutado.

Por esta visión, mantenida con la tenacidad de un buey y acompañada con todos los alientos superiores e inferiores que infunden la vida, se desencadena todo el prodigio del Belén, a la vez que se celebra simultáneamente la Pascua. El niño que nace, paradójicamente, es a la vez una víctima que deja de serlo porque la damos a luz. Está claro que todo eso se hace con el Amor. Ese que la Virgen demuestra con su actitud y sus gestos. Así como ella, nuestra alma superior aprende a cuidar de la víctima que internamente somos. A abrazarla y quererla. A consolarla y animarla, con besos y bonitas palabras y sentimientos proferidos hacia dentro, como mantras o incantaciones.

En este proceso tan hermoso somos transformados realmente en un nuevo ser: un ser original, un auténtico unigénito. Y no tenemos que hacer nada más que contemplar el prodigio sin distraernos, ya que la voluntad del Padre es engendrar y la voluntad de Ella es concebir. Se produce de manera natural en el silencio de la caverna del corazón, donde no entran los pensamientos negativos o torcidos (los diablos de marras). Y se produce “desde arriba” tal como lo señala el Evangelio de Juan.

El sacrificio comienza pues reconociendo la suerte que tenemos de sentirnos víctimas, individual y colectivamente. Porque la “víctima” (el sufrimiento) es materia prima, energía concentrada que nos manda el Creador para la gran obra alquímica: la transmutación de nosotros mismos en un nuevo ser. Un ser maravilloso, insospechadamente feliz y expandido, respirando con esta nueva Jerusalén, más al alcance que nunca. El triunfo está garantizado para todos los que quieran apuntarse…

RENACER EN EL HUEVO PARA LA PASCUA, y otros simbolismos

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El renacimiento es el “pasaje” (la Pascua) a otra dimensión de nosotros mismos, hasta ahora ignorada, oída de referencias, medio intuída por muchos, visitada por algunos, pero real, existiendo desde siempre aquí y ahora, aunque no nos demos cuenta. Los símbolos, las imágenes, las historias sagradas, los mitos y las liturgias, son instrumentos que nos sirven para atraer la conciencia hacia esa realidad. Esa Realidad, el Ser, nuestro nuevo ser es tan grande rico, bueno y completo, que las palabras y las formas nunca podrán abarcarlo, ya que son nada más que emanaciones que proceden de él. Sin embargo, son muy valiosas, porque nos conectan cuando estamos distraídos. Son un efectivo recordatorio de nuestra identidad verdadera.

Entonces no debemos buscar la lógica de los simbolismos en el plano corriente donde estamos habituados a pensar. La lógica de los símbolos que manejamos (renacer, caverna, niño, pascua, tumba, pesebre, comunión, etc) es la efectividad que tienen para despertar el recuerdo, la memoria, la reminiscencia (anamnesis) de lo que somos en realidad. No es de extrañar pues, que en plano de la lógica corriente los simbolismos se fundan unos con otros, se relacionen de modo aparentemente delirante, se solapen en sus significaciones. Eso ocurre precisamente al referirnos a este acontecimiento prodigioso que es nuestro propio renacer a otra dimensión de nosotros mismos.

Lo que en el contexto de Belén es la cueva, en el contexto de la Resurrección es la tumba (el sepulcro), al que nos hemos referido en el capítulo anterior, a propósito de la función que llamamos “José”. Cueva y tumba coinciden por su significado con el antiguo antro de Porfirio, con la caverna platónica, lugares virtuales (utópicos) donde se produce la “iniciación a los misterios”, el nacimiento de los “dioses” mitológicos, la entrada al conocimiento de nosotros mismos y el pasaje (Pascua) a la nueva dimensión expandida de nuestro ser, cuando nos hacemos conscientes del cuerpo de gloria, el “cuerpo de Cristo.”

El simbolismo  subterráneo evoca inmediatamente la presencia de lo que está “sobre la tierra”, “en el exterior”, “a la plena luz del día”, nuestro ser expandido y consciente, que en el “encierro” habíamos olvidado. Es por lo tanto un simbolismo de pasaje, de transición, de transformación, de renacimiento. También evoca el simbolismo del Templo, que representa la “casa cósmica común”, y podemos reconocerlo en la imagen del actual Santo Sepulcro de Jerusalén, que aúna ambos simbolismos a los que nos referimos.

Lo que ese tipo de templo cristiano aporta es el valor de la cúpula, que representa el cielo y marca con la linterna el orificio de salida del cosmos, en la sumidad (que la tradición china llama T’ai-ki, y la asocia con la Estrella Polar, virtualmente situada por encima del ápice de nuestro cráneo). El Santo Sepulcro, se solapa entonces con la visión del cosmos como un templo-caverna cuya techumbre es el cielo y cuya base es la tierra. Y esa caverna es la que de hecho nos contiene a todos, es la matriz para nuestra resurrección, para el “segundo nacimiento”, el que ahora nos toca para completar la realidad humana y culminar la aventura de nuestra vida.

Observamos también que cueva, tumba y cúpula, nos remiten a la forma del huevo, símbolo por antonomasia del nacimiento. Y a la vez, tradicionalmente, se ha usado para simbolizar la totalidad del cosmos. El Huevo de Pascua añade el sentido de prosperidad, de abundancia. En las tradiciones centroeuropeas lo trae el conejo, el animal que encarna la fertilidad en grado sumo (asociado con la luna, en cuya faz lo vemos dibujado).

La forma ovoide (o esférica) es pues una herramienta para ayudarnos a percibir, a sentir nuestro ser interior, el nuevo ser que late en nosotros y que la respiración consciente siempre nos patentiza. La forma ovoide de nuestro ser interior, a diferencia de la esfera que también lo simboliza, tiene la ventaja de enfatizar los dos polos -el de arriba y el de abajo- entre los cuales se sitúa nuestro cuerpo físico, nuestro eje o columna. Ambas formas, huevo y esfera, además de evocar el espacio interior e intangible, también nos sirven para meditar la unidad de todo lo que nos rodea (dentro y fuera), la unicidad del ser manifestado. En la visión unitaria del ser hay trascendencia, nueva vida, liberación de toda matriz y “salida del cosmos”.

Los encadenamientos simbólicos que atrae la forma del huevo, son tan ricos e interesantes, que vamos a abordarlos en otro capítulo. Quedamos aquí asombrados por la presencia de la matriz cósmica, del útero universal, de este “huevo”  en el cual somos germen, para descubrir inmediatamente, respirando conscientemente, las infinitas posibilidades de liberación y expansión que nos vienen regaladas con el renacimiento.

José Olives Puig

Cardedeu, 23 Marzo 2012

Simbología del belén o pesebre para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

Nacimiento de Jesús

“Oyeron los pastores a los ángeles cantando la presencia de Cristo encarnado; y corriendo hacia él, como a su pastor, le contemplan como un cordero inmaculado, lactando del pecho de María y le cantan este himno: (etc)”

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“Oh! Gloriós de la Florida Vara,
dau-nos ajut en tot moment”

No olvidemos la Navidad en esta “cuesta de Enero” magnificada hoy por la llamada “crisis”! La liturgia y el calendario tradicional nos ayudan, recordando que el ciclo navideño y la exposición hogareña del Belén duran hasta la fiesta de la Candelaria (2 de Febrero), cuando el Niño ya crecidito es presentado al Templo. Sólo evocando esas cosas divinas ya se despiertan en nuestro interior los arquetipos (energéticos, vivientes) pulsando por ser reconocidos y escuchados: la dinámica interna del ser humano se puede ver como una permanente ebullición en aras de renacer: una “economía de salvación” que ya funciona siempre de por sí cuando nosotros no interferimos oponiendo resistencia. Apostemos, pues, de entrada, por la naturalidad y la espontaneidad de esta dinámica humana interior que llamamos “natividad” (“segundo nacimiento” o renacimiento, rebirthing, etc.). El Pesebre, del cual estamos dando las claves, es un precioso mapa (mándala) utilísimo para esa tarea.

Hoy se nos aparece San José, el “glorioso de la divina vara”, el “carpintero”, el “padre” que no es el verdadero Padre, en suma: el comadrón, el obstetra. Él nos orienta y nos guía en todo este proceso. Se encarga de proteger la gestación de la “Virgen”, de proteger al Nasciturus, y a ambos después de realizado el parto. Él es maestro porque sabe escuchar los consejos del cielo, canalizados por Gabriel, el arcángel. Así Dios salva la “Sagrada Familia” de las dudas del propio José frente al peliagudo tema de la virginidad, la salv de la matanza de Herodes, y la conduce a Egipto (a donde van todos los sabios –Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón, Plutarco- a iniciarse en los divinos misterios. Toda la historia de este nuestro patrón (o guía interno) es muy orientativa…y mágica! hasta la actualidad (véase su presencia y autoría en el patronazgo de Josep Gaudí, y de su reconocida obra barcelonesa, la basílica de la Sagrada Familia, un prodigio de devoción, arquitectura y máketing urbano, de cuyo simbolismo ya he escrito anteriormente.

Hay un aspecto de este santo que repele en general y, particularmente, a la mentalidad moderna. Es por su respeto a la “virginidad de la mujer” (con la que sin embargo se casa). También resulta chocante su famosa castidad, puesta siempre en primera línea por la mentalidad religiosa corriente. Ambas cosas deben ser bien comprendidas desde el enfoque espiritual y simbólico en que aquí nos situamos, donde la sexualidad no se excluye, antes todo lo contrario, tal como lo atestigua la ya comentada presencia de la “mula” (o asno) dando vida y aliento al Niño en el pesebre.

El obstetra tiene una función sacerdotal. No posee a la Virgen en sentido genital. Ella es sólo poseída por el Padre (el macho divino que la fecunda mediante su Espíritu Santo). San José, por lo tanto solamente cuida y protege a la Virgen (que es nuestra alma receptiva y hermosa). Le consigue y adereza el habitáculo prenatal, la “cueva”. La orienta dándole consejo, ideas heredadas de la tradición ancestral que él (como descendiente del rey David, y como maestro de oficio) representa. Además del conocimiento teórico, además de orientarla (léase nuestra alma enterándose de lo que está ocurriendo con todo este proceso, que tiene aspectos traumáticos- aporta el conocimiento práctico sobre la fecundación por el “Espíritu”, es decir: sobre la respiración en sentido profundo, sagrado y trascendente. Ya que todo nacimiento, si lo pensamos bien, tiene el proceso de la respiración como eje y centro. No en vano subrayamos una y otra vez la importancia de conocer y practicar el que hemos optado por llamar Arte de la Energía (del “aliento”, “hálito” o “espíritu”…el arte de sintonizarnos con la “respiración cósmica”) traduciendo a nuestra lengua y comprensión  moderna, los términos chi-kung y/o prana-yama, que son entre los muchos otros existentes, los más relativamente reconocidos en ciertos ambientes de la modernidad.

Los santos, como José “esposo de la Virgen”, están para ser invocados. Lo hacemos con la incantación de  su nombre, repetido con la máxima intención y profundo sentimiento desde nuestro corazón iluminado. Ellos acuden siempre gustosos en ayuda aportando imágenes y/o palabras y/o/ sensaciones en forma de energías y/o “consejos” con la libertad de poder tomarlos en cuenta y seguirlos. Podemos, como hoy se diría, “canalizar” su mensaje, encarnando su presencia. Los santos cristianos -el santoral del calendario- son aspectos o energías de Dios (así como en el budismo se dice que los bodhi-sattvas son los distintos aspectos de Buda). Están de la parte de Dios: eso significa de lo bueno, de lo hermoso, de lo creativo y luminoso. Son, por tanto, parte inextricable de nosotros mismos, de nuestra alma superior, haciendo de intermediarios en este canal de luz, belleza y alegría que somos cada uno de nosotros interiormente conectando lo de arriba con lo de abajo (el Cielo con la Tierra y la Tierra con el Cielo). Las enseñanzas que, siguiendo la tradición, impartimos de una generación a otra, sólo sirven para despertar en nosotros el proceso de la transformación interna, para conectarnos con estas inteligencias energéticas realmente presentes en lo invisible. Entre ellas, San José ocupa un rango destacado junto a la caterva de los que ya en vida realizaron una sólida conexión con lo superior y divino (la Iglesia Triunfante).

Ya podemos ir comprendiedo que el belén o pesebre, como todo dispositivo simbólico vinculado a la religión y a la tradición popular, cumple funciones ambiguas que operan en distintos rangos. Todo depende de nuestra capacidad y nuestra actitud ante el mensaje tradicional que nos presenta. Aquí nos interesa la aplicación directa a la realización en sentido espiritual: la efectividad transformadora de estos simbolismos en la economía interna de cada uno. Las otras significaciones más corrientes y reduccionistas están también presentes, pero debemos aprender a trascenderlas.

El pesebre no es solamente un juego religioso infantil, una escenografía ficticia para mentes retardadas o perezosas. No es solamente un dispositivo sentimental, que hace vibrar buenas emociones. Tampoco es la escenografía –más o menos documentada y aproximada- de un hecho histórico acaecido en la antigua Palestina…Todos estos puntos de vista son reflejos de la verdad que contiene, pero solamente reflejos indirectos, que nos remiten a la verdad interior de nosotros mismos, de las energía vivientes que bullen en el fuero interno y pugnan por armonizarse, gozar y nacer realmente en un plano superior del cosmos y de nosotros mismos. Nuestro punto di vista no niega, antes trasciende y realiza de moso efectivos los contenidos que nos ofrecen la liturgia cristiana y la religiosidad popular. Los contenidos de la tradición religiosa, a pesar de los defectos que puedan acarrear, y de lecturas literales (o materializadas) que siempre los acompañan, deben ser respetadísimos, por el gran papel que tiene en la transmisión a través de las generaciones y los siglos.

Frente al legado tradicional se sitúa la soberbia de la mentalidad moderna (que impregna nuestra educación recibida). Ya nos hemos referido anteriormente a ese tipo de actitud mental representada por el novedoso “caganer” recientemente introducido en el belén… Ahora bien, ya que el simbolismo todo lo integra –y el mandala todo lo contiene- la negación de todo eso debemos aprovecharla para ayudarnos a trascender el sentido literal de las cosas. accediendo a la otra lectura superior (espiritual, simbólica) de este tipo de realidades a las que nos estamos refiriendo. Por la cincidentia oppositorum ocurre que aparentes contradicciones y negatividades tienen también su papel positivo en la evolución de nuestro ser. El pesebre no es lo que parece a primera vista, ni nosotros tampoco.

El pesebre o belén, heredado de San Francisco de Asís y también de los monjes del Templo de Jerusalén, es un genial diseño que ha transitado en el cristianismo popular hasta hoy, para exhibir contenidos de alta significación espiritual (transformadora, alquímica), utilísimos para todos los despiertos con ganas de aprender, practicar y renacer a otro cuerpo y a otra vida. Un “cuerpo de gloria”, “cuerpo de luz”, “cuerpo de Cristo”…Una vida eterna, siempre siendo en el aquí y ahora, en la Presencia (sin pasado ni futuro), expandida, real, viviente, respirante…Mucho más cercano todo ello que nuestra yugular.

El tipo de enseñanzas transmitidas por San José quedan hoy en general para la clerecía cristiana circunscritas a lo que dicen los cuatro evangelios canónicos (que ya es mucho) y a los comentarios de los padres y seguidores. No recogen los “secretos del oficio”, que seguro conocía y enseñaba el Maestro Carpintero. Recordemos simplemente que los “carpinteros” en los contextos de sociedades arcaicas, son los arquitectos o “maestros de azuela” (mestres d’aixa). Sus productos van desde el vaciado de un tronco para hacer una canoa, la construcción de una cabaña, hasta la construcción del Caballo de Troya, el Arca de Noé, el Palacio de David, o el Templo de Salomón, pasando por la de una balsa, un bote, una carabela, o por la admirable arquitectura de troncos, tablones y llatas, que es la suiza o la nórdica, entre muchas otras. Si nos fijamos en todo ese tipo de productos constructivos que se realizan con el hacha de carpintero (la azuela y otras herramientas más sofisticadas) veremos que el objeto es siempre fabricar un contenedor para el cuerpo humano, o para una colectividad de individuos (familia, felgresía, partida, equipo, parroquia, pueblo, grupo, etc). No es de extrañar, pues, que simbólicamente hablando, la “carpintería”sagrada trate precisamente de obtener, vigilar, conservar el claustro materno (útero, vientre, cueva, tumba) donde se produce el nacimiento del ser humano.

Los “secretos del oficio” que el simbolismo de José evoca, se nos hacen presentes en otra clave con el segundo José de la historia sagrada, que es el de Arimatea. Este importante personaje es el que se encarga de comprar la tumba de Jesucristo, es decir, simbólicamente, el claustro materno (excavado en la roca en forma de silo, tal como ha sido documentado arqueológicamente) para el “segundo nacimiento”, simbolizado en este caso por el Sepulcro Vacío, la Resurrección y la Ascensión a los cielos. Juntando el simbolismo de los dos Josés comprendemos que su “oficio” es también la cosmología. Ya que el cosmos es en realidad el útero que debemos aprender a reconocer para el “segundo nacimiento”. Aprender la cosmología es reconocer y vivenciar el modelo del universo, en el cual hemos sido ya dados a luz por el primer nacimiento, y del cual estamos aprendiendo a liberarnos con ayuda del belén que, ni más ni menos, es un cosmograma para el segundo nacimiento. Las diferentes matrices son siempre artefactos para ser trascendidos: para nacer a otra dimensión.  La cosmología (la arquitectura sagrada y la ciencia de los antiguos constructores) nos enseña una nueva manera de ubicarnos con respecto a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Una manera que convierte a todo ello en algo inteligible, interesante, energético, lleno de posiblilidades creativas: lleno de amor, en suma. En La ciudad cautiva hallará el lector estudioso abundante referencia a este tema.

Terminamos el capítulo recordando que Joseph, en hebreo significa “añada Dios un nuevo Nacimiento”, tal como lo leemos en el Diccionario de la Biblia de Herder (que escribió habitando en el desván de dicha editorial, el padre capuchino e ilustre hebraísta Serafín de Ausejo). San José es, pues, el obstetra y su arte constructiva lo podemos seguir aprendiendo hoy de las tradiciones sagradas de Oriente (desde los hesicastas del Monte Athos en Tesalia, hasta la obstetricia sagrada del Extremoriente a la que ya nos hemos referido, pasando por el pranayama y los yogas tántricos de Asia) y Occidente (la geometría pitagórica, el platonismo, y la arquitectura simbólica de los “constructores del templo de Jerusalén”).

El respeto que muestra San José ante la Virgen, nos reafirma en la sacralidad y belleza natural de nuestra alma de luz. La proverbial castidad, entendida en sentido superior (más allá de la literalidad, no siempre negativa, con que lo entienden los clérigos cristianos de la modernidad occidental) la entendemos como la no-interferencia de la mente-pensamiento, que obstaculiza, contamina e incluso llega a impedir el acto de renacer en un sentido espiritual. Cuidemos pues de la virginidad de nuestra alma y confiemos en la ayuda que siempre está recibiendo del cielo.

José Olives Puig
Cardedeu, 26 de Enero 2012

Simbología dell Belén, o Pesebre, para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

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El nacimiento del Niño Jesús en la cueva de Belén, simbólicamente hablando, se refiere a un nacimiento que se produce en nosotros mismos. Pero “¿cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?” pregunta Nicodemo (Jn 3,4) y nosotros con él. Y al formular ese tipo de preguntas hallamos inmediatamente la respuesta. Se trata obviamente de un segundo nacimiento, un nacimiento en sentido espiritual, que es virtual pero real. El auténtico renacimiento (rebirthing) del ser humano. Lo recomiendan todas las religiones y escuelas de conocimiento desde la más remota antigüedad hasta hoy.

Pues bien, pero…¿qué significa nacer? También esta cuestión, que parece obvia, merece ser meditada. Hay distintos puntos de vista, todos interesantes. Para mí el primero es la idea de pasaje a través del túnel uterino. Un pasaje que nos lleva a otro espacio, otra dimensión de la vida, del mundo y de uno mismo. La Navidad es la primera Pascua (que significa “pasaje”). Ahí está involucrada toda la familia: la “sagrada familia” (el Padre, la Madre, el “padre putativo”, el Espíritu Santo, el buey, la mula, etc), una extensa familia que es la de uno mismo. La que hemos tenido en la tierra la simboliza (más o menos bien), pero la real es la familia interna de nuestros arquetipos y energías vivientes dentro de nosotros, que se suscitan y activan con el relato sagrado, cuando lo escuchamos, leemos y consideramos meditativamente; cuando comprendemos que el Pesebre es una radiografía del interior de nuestra psiqué. Pero recordemos de entrada que se trata de pasar a otro estado: en este caso, un estado fantástico, inconcebible desde los coordenadas de la mente humana! Este renacimiento es el que nos conduce al llamado “reino de los cielos”, “reino de Dios”, y aun con otros nombres, que para muchos ya empiezan ser habituales: “nirvana”, “shunyata”, “wu-chi”,  “campos del elixir” (o “campos elíseos”, “islas afortunadas”, o “de los bienaventurados”) etc.

Aquí, la miríada de denominaciones y simbolismos tradicionales, heredados de aquí y allá, no deben confundirnos. Todo ello se trata de un pasaje al interior más profundo de nosotros mismos, representable como el Centro, o el Corazón. En el Belén se nos aparece como una cueva en la que nace el Niño, el nuevo ser divino que es engendrado en las profundidades de uno, y por eso es llamado también “el Hijo del hombre”… Son tantas cosas las que están involucradas en ello! Solamente unas pocas (aun siendo muchas) quedan reflejadas en las palabras, los relatos, los iconos. El simbolismo es un lenguaje torpe, escueto, insuficiente, para designar el contenido al que nos remite, tan vasto y rico como es este Reino al que estamos invitados. La principal idea del pesebre es, por lo tanto, que el renacimiento es posible en vida para todos nosotros (ya nacidos) y que este pasaje es la tarea principal que nos está encomendada en esta vida. El Evangelio y la predicación de Jesucristo y los apóstoles (junto con los restantes mensajes sagrados de la tradición sagrada universal) son para transmitirnos esta auténtica noticia, esta Buena Nueva.

Cantamos de nueva en la misa perenne (o diaria) que celebramos en nuestro corazón: “De ti nacerá, oh María! El Hijo Eterno de Dios”. Y, por lo escrito anteriormente, ya comprendemos que este pasaje se produce siempre en el Tiempo Presente, aquí y ahora, mediante nuestra Presencia consciente, sintiente y viviente.

Empezando por lo más bajo o terrestre, fijémonos ahora en el buey, en nuestro buey o toro interior, usando del simbolismo. Éste es el animal interno que sabe concentrarse, realizar un trabajo sin distraerse, arando recto, penetrando la “tierra” con las potentes pezuñas o con la reja del arado que él arrastra. Se refiere a nuestra capacidad de concentración, de penetrar en la tierra de nuestro cuerpo y nuestra individualidad (psique, energías y sensaciones internas, etc.) para ahondar en ella y fecundarla dejando que penetre la luz por las brechas y surcos que mentalmente vamos abriendo hacia lo más interior del antro de nosotros mismos. En la leyenda mariana (monte Toro de Menorca, Nuria en Cataluña, etc.), él aparece como el guardián de la montaña/cueva, el que guía hacia la luz que irradia dentro de la caverna/vientre de la Virgen. Sin concentración ni esfuerzo ningún trabajo en sentido espiritual e interno es posible. Hemos de adquirirla con el ejercicio, y tanto más cuanto que las formas educativas oficiales nunca nos la enseñan (sólo enseñan la concentración en objetos externos).

El buey y su contraparte, la mula (que simbólicamente hay que identificar más bien como un asno, o burro) se sitúan junto al recién nacido, calentándolo con su aliento regular y ritmado en la noche más fría de todas las noches (solsticio de invierno). El nacimiento tiene que ver con la respiración (nuestra respiración, prana-yama, chi-kung) y con la presencia de estos “animales” internos. El burro, si lo observamos bien, por su forma, sus costumbres, su rebuzno y sus andanzas en la historia sagrada y otros mitos, representa la energía sexual y el color rojo de la sangre (color que etimológicamente se le relaciona en el bestiario sagrado, tal como Guénon bien lo explica). Todo ello confluye en el corazón. Los dos animales asistiendo al Niño nos evocan los tres elementos clásicos del Arte de la Energía extremoriental, que son los tres aspectos principales del trabajo que nos interesa:  la concentración atenta (shen), la respiración (chi), y la energía sexual (ching). Ninguno de los tres puede faltar en este pasaje que es el nacimiento a un nuevo estado del ser, a un nuevo “cuerpo” (cuerpo de Cristo, cuerpo de gloria, cuerpo inmortal, etc), que poco a poco iremos reconociendo, alimentando, y a la vez “comiendo” para transformarnos totalmente identificados y fundidos con el. En la alquimia interna del taoísmo chino llamamos a este proceso “la endogenia del Inmortal”…o de “lo Inmortal”, ya que por ser Dios en Nosotros (Em-manu-El) es tanto Niño como Niña (Ser total, completo, perfecto, andrógino). Atentos pues a nuestra respiración, a nuestro corazón, estamos activando al buey y la mula que dan calor al Niño, al que prodigiosamente siempre está naciendo, viviente, tan frágil como autosuficiente, “así venido” (Tathágata).

Ahora bien, lo más importante es que este “segundo nacimiento” se produce “desde arriba”. Es milagroso, prodigioso! No es obra humana. No lo engendra San José. Lo engendra el Padre mediante su Espíritu viviente. A éste último lo representamos como una paloma que en la sumidad de la cueva manda luminoso semen fecundante al vientre de la Virgen, sentada a plomo debajo de él, en el centro del antro (si queremos ser fieles al protocolo del pesebre). Porque “quién no naciere de arriba no podrá entrar en el reino de Dios” (Jn 3,3). El Espíritu y la Virgen (Cielo y Tierra) forman tríada con el Hijo que nace. Y no se escandalice nadie por la asimilación de la Virgen a la Tierra, porque en esta divina copulación la tierra es “tierra de luz” y nada tiene que ver con el concepto corriente. Y celebrando el nacimiento (que es a laa vez hierogamia) los ángeles, volando por los alrededores de la cueva, cantan “gloria a Dios en las Alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”.

La historia sagrada no tiene desperdicio. No hay ni una sola palabra que no merezca meditación, ni una sola imagen o forma que no sea vehículo de la energía, de la luz, del amor del nuevo ser que se engendra y nace dentro de cada uno de nosotros. A la vez debemos familiarizarnos con el lenguaje simbólico, comprendiendo que los mitos, las escenas del calendario en la realidad se solapan unos con otros. Se trata de algo que las distintas formas, imágenes y palabras (los símbolos, mitos y ritos) solo imperfectamente y desde muy lejos pueden aludir. De modo que no debemos sorprendernos cuando de pronto el Nacimiento nos remite a la otra Pascua, que es la de Pasión y Resurrección…O cuando todo ello se produce ya en la Anunciación de Gabriel a María, cuando ella concibe respondiendo al saludo: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38). La transformación de nosotros mediante la alquimia interna se produce en la simultaneidad del eterno presente, donde el antes y el después se hacen actuales aquí y ahora. Casamiento, concepción, nacimiento, pasaje, muerte/resurrección, nuevo cuerpo, nueva vida…nos hallamos en plena intelección, a años luz del racionalismo, funcionando con el “cerebro derecho” (la intuición intelectual pura) y aprendiendo la humildad de “no saber” ante la belleza y grandeza de esa posibilidad real de transformación que late en nosotros y pugna por ser dada a luz.

Trovado por José Olives Puig
En Cardedeu el 21.01.12, día de Santa Inés,
la que acude en ayuda de todos los partos.
(continuará)