Descreer para volver a ver

Descreer para volver a ver

En el momento actual a mí y a muchos nos duele la política. Nos duele sobre todo porque es difícil ubicarse en ella con amor e inteligencia. El escenario político actual en Cataluña, en España, en Europa y más allá es demasiado complicado para poderse gobernar con las antiguas fórmulas. Por primera vez en nuestro recuerdo los dirigentes en general –al menos los más conscientes- reconocen no saber a dónde va todo eso, ni cómo gestionar las problemáticas que se plantean. Prima entonces la inhibición ante el reto local y mundial. Y en vez de dar el paso al frente que las dramáticas situaciones parecen exigir, se tiende a dar un paso atrás volviendo a las fórmulas políticas más rutinarias y aún exagerándolas: no viendo más que el corto plazo y procurando todos el poder a la manera “maquiavélica” sin lealtad, sin escrúpulos, usando de la mentira.

Un paso al frente: he aquí la solución, cuando las cosas van mal dadas. Pero conste que ese avance no es el cambio que nos propone el escenario político aquí y allá. Hoy todos hacen campaña propugnando un cambio, que solamente significa desbancar al otro, principio del mal. Eso es más de lo mismo. Lo que importa hoy es volver a comprender que el quid de la política es el reconocimiento de la unidad, o mejor, de la no-dualidad, de toda comunidad humana, de toda nación, de todo estado o entidad globalizada. Porque es en ese cambio que el género humano reconocemos la cosa común: y es eso lo que constituye la “polis”, toda polis, sea al nivel que sea dónde queramos reconocerla.

Eso comporta un cambio de conciencia. Las complicadas situaciones de la escena política hoy lo exigen. Porque de otro modo ya no hay soluciones, y todo nos aboca a acabar de destruir el viejo cadáver de nuestra vida comunitaria peleando estúpidamente unos contra otros, todos en nombre de la razón y el derecho, desde el egoísmo. Así no se consigue ninguna patria ni sociedad que sea viable. Con la división y el odioso dualismo no puede jamás reconocerse lo común, base de la comunidad, esencia de lo humano. El bien común es tan importante y tan grande que no podemos volver a reconocerlo en la política más que a través de una conversión de la mirada. Dirigiendo la atención, en medio de los fregados, en otra dirección.

Intuimos que en la situación actual de nuestros países y del mundo no hay más solución verdadera que ese cambio de punto de vista. Y lo podemos llamar “cambio de conciencia” porque no se trata ya de inventar y aplicar ninguna nueva fórmula en el plano de la acción. De todo eso ya hay mucho: jamás había habido en el orden político tanta herramienta y habilidad de regimiento, gobierno y gestión como la hay hoy día, ayudando la ciencia, la informática, la comunicación de masas…Poner la mirada en otra dirección es lo que se hace cuando después de tantas vueltas uno reconoce que no es capaz de hallar solución en el laberinto. La salida es por el centro: nuestra consciencia de ser humano en el presente, aquí y ahora, puesto que en ella podemos reconocer de nuevo el bien común…siempre pre-existente en todo tipo de problema.

Hay que tener en cuenta para ello, que ese cambio de conciencia, ese paso al frente es en cierto modo un paso atrás. Porque significa atender a lo que aparece como lo más pequeño. Ver que el ser humano que somos cada uno de nosotros es necesariamente el centro de la polis, tal como el mundo está diseñado. No somos, desde luego, el centro de la sociedad y la política desde nuestro ego. Pero sí lo somos en tanto que nos percatamos de esa preexistencia del bien común. Cuando la reconocemos en lo concreto, más acá de todo conflicto, discrepancia o impasse en la relación. En verdad se trata de un cambio de conciencia. Y no es difícil porque la madurez de los tiempos está a favor para que podamos llevarlo a cabo.

En este caso la “marcha atrás” es salir de la arrogancia que genera en nosotros el haber accedido a tener opinión en temas difíciles que en el fondo ignoramos. Por eso es fácil, en el sentido que únicamente se pide el amor a la verdad. Es decir, reconocer que las opiniones no son más que sistemas de creencias, pensamiento condicionado, pero que la verdad, inefable, es siempre anterior y preexiste a todo ese batiburrillo de saberes, a veces útiles, pero que hoy en la política usamos principalmente para pelearnos y estúpidamente intentar medrar.

Entonces ¿cómo reconocer eso previo, que nos hace humanos, conscientes del bien común: de eso tan principal, que compartimos con nuestros contemporáneos y semejantes? …si no es cambiando el punto de vista, apeándonos de la opinión, de las fes, de las supuestas certezas, aunque a nuestro ego eso le parezca imposible. Es fácil. Tiene que ver con la verdadera sabiduría, la de Sócrates y los sabios. Se la puede llamar ignorancia previa a toda opinión. Se la puede llamar humanidad por encima de razón. O también, ignorancia superior a nuestros saberes, habilidades y competencias. Es saludable, hay que probarlo, funciona y da frutos. Eso sí: no como ideología, antes como experiencia en el aquí-y-ahora.

Desde esa marcha atrás, que es despertar y cambio de conciencia en las situaciones concretas, se transforma el escenario de toda política. Desde aquí vislumbramos la manera de sanar nuestra dolencia comunitaria. Desde aquí todos los medios de gestión, habilidades de comunicación y creatividad sociopolítica, se van poniendo a favor para bien. Descubrir la verdad no implica perder opiniones, creencias ni saberes, antes sí, ponerlos en su sitio, admitir que se rectifiquen y dejar de usarlos para generar más dolor.

Si hoy a muchos nos duele la política en sus planteamientos dualistas, conflictivos, en sus problemáticas insolubles, es ciertamente para invitarnos a ese gran cambio que los tiempos están urgiendo. En tanta crisis podemos hallar la energía para una gran transformación en el sentido evolutivo de la humanidad. Y todo cambio en ese sentido nunca puede ser de tipo mecánico, inconsciente, guiado desde fuera por alguien otro. Si como nos recuerda la física cuántica el mundo es ante todo consciencia, el cambio se produce desde esa misma consciencia cuando vamos siendo capaces de reconocernos en ella poniéndonos al servicio, escuchándola y fluyendo con ella. Eso es lo natural: lo más ecológico. Nos resitúa directamente en la visión del bien común, eso preexistente que hace nuevas todas las cosas. Paradójicamente parece que se nos invita a descreer para volver a ver, ignorar para verdaderamente conocer. Y desde aquí, todo lo que ya sabemos se va volviendo útil y se pone al servicio.

 

José Olives Puig

Cardedeu, 17.04.19

 

 

Conferencia en Sant Cugat: Cosmología y simbolismo en el urbanismo clásico

Conferencia en Sant Cugat: Cosmología y simbolismo en el urbanismo clásico

El modelo fundacional de las ciudades arcaicas, en todos los pueblos civilizados (así como el de los campamentos y poblados entre los nómadas y selváticos), responde a un mismo esquema arquetípico que viene dado por la estructura del cosmos. Concretamente, por la relación entre Cielo y Tierra. Asi mismo, los ritos que acompañan la implantación territorial de las urbes y asentamientos humanos en general. Conocer ese tipo de simbolismo nos permite hablar del alma (individual, colectiva, universal) y profundizar en el conocimiento de uno mismo.

Compartiremos la especulación con ese tipo de materiales, en mi próxima conferencia, el jueves 12 de Mayo a las 20 h. en la sala del museo del claustro del monasterio de Sant Cugat del Vallès (Barcelona), organizada por la Associació Astronòmica de Sant Cugat – Valld’oreig (www.astronomia.cat).

En mi libro La Ciudad Cautiva: ensayos de teoría sociopolítica fundamental; Madrid, Eds. Siruela 2006, he desarrollado este tema por escrito con cierta amplitud.

9788478449378

 

 

Entrevista en Radio N. Andorra sobre Renacimiento y “La Ciudad Cautiva”

http://www.andorradifusio.ad/Programes/paradis-terrenal/paradis-terrenal-20-de-febrer-del-2016/lisette-babler-josep-olives#.VshiMUN11HR.facebook

Ampliar la política

Ampliar la política

Con este título aparece hoy un artículo mío en el diario “Avui”, donde estaría bien colaborar en la línea anunciada por dicho título. El propósito es recordar que la política empieza en uno mismo, y que Uno Mismo es el lugar preferente de todos los planteamientos y soluciones. Entendiendo, claro está la diferencia entre uno mismo y Uno Mismo. Entre el ego y la Persona.

En La Ciudad Cautiva (Ed. Siruela 2006) he expuesto amplia y cultamente esa “ampliación de la política” con referencia al pensamiento clásico-tradicional de Oriente y Occidente. Ojalá sus ideas-energéticas lleguen al alma de un buen número de ciudadanos, para lo cual pedimos luz y amor al Espíritu y a los ángeles que nos guían.

En todo caso me parece creativo, original, vincular política y “crecimiento personal”. Porque hoy día parece que hay una exclusión recíproca entre esos dos polos de interés. O te interesa la política, o los temas  del alma individual y colectiva. Y sin embargo ambas polaridades van juntas, porque la ordenación de la vida en común, que es la política, no va sin tener en cuenta la economía del alma. Y viceversa, el crecimiento espiritual de todos nosotros repercute inmediatamente en el buen vivir común y en la calidad de las relaciones en todos los niveles del poder.

Hay mucho que decir. Principalmente recordar. Traduciendo antiguos conceptos a unas nuevas formas de decir. Propiciando meditación (alimentando a los rumiantes con buena hierba) y las acciones benevolentes que de ella surgen. Hermosa tarea! Hermoso mundo y hermoso tiempo que a voces la solicitan!

RENACIMIENTO Y METAPOLÍTICA: Renacemos a nuestro Estado Natural

cor octubre ( 2 ) (Foto Daniel Sunyer: en el último encuentro, 16 Oct., del COR = Cercle Obert de Renaixedors-Montseny/Maresme en casa de Goretti a la falda del Montserrat)

Sin experimentar nuestro “segundo nacimiento” no podemos acceder a la verdadera política. Porque sin él no podemos gozar de felicidad junto a nuestros semejantes, ni ser con ellos creativos.

La auténtica comunidad está compuesta por los “dos veces nacidos”, y generalmente estamos fuera de ella sufriendo y luchando unos contra otros en la “ciudad cautiva”…eso que hoy llamamos “sociedad”. Nacer por segunda vez es algo que –si queremos- podemos realizar en vida. Es para eso que hemos venido a este mundo. Pero parece que primero los seres humanos hemos de agotar nuestras esperanzas de futuro en la desesperación: luchando y sufriendo por ese “mundo mejor” que nunca llega, dando crédito al “mundo peor” que consideramos “real”.

El Renacimiento se produce de modo natural haciendo como marcha atrás. Porque en gran parte se trata de recuperar la vivencia de cosas que antes por error hemos desechado: la Memoria, el Amor, a nuestros padres, los “órdenes familiares”, nuestra vulnerabilidad intrínseca (la parte doliente y “no-realizada”), la docta ignorancia (el No-Saber), el Corazón rendido a la Fuente del Agua de la Vida, etc.

El segundo nacimiento es el RETORNO A TU ESTADO NATURAL, y con él recuperas la condición de verdadero ciudadano. Porque vas descubriendo tu función: lo que tú puedes aportar; lo que de ti se espera: tu “proyecto de vida”. Y eso poco tiene que ver con tus trabajosos deseos-afanes, heredados, la mayoría de veces,  como programas proyectados por quienes en la tierra nos engendraron, de acuerdo a programaciones que ellos y sus ancestros a su vez sufrieron, a través de generaciones y generaciones, desde el tiempo inmemorial en que la separación se produjo.

El estado natural del ser humano se caracteriza por ser Nuevo. Vida Nueva. Nueva forma de respirar y ser. Nueva forma de estar en el mundo, donde los viejos programas y proyecciones ya no sirven. La Vida es siempre nueva, y sólo por error eso lo teníamos olvidado. Nacemos y morimos en pelotas. Eso también lo teníamos olvidado. Somos inocentes y poderosos porque cada uno de nosotros es el “Hijo Unigénito de Dios”. Desde ahí -pero solamente desde ahí- todos somos hermanos y podemos colaborar en la verdadera política.

(De todo eso hablaremos a partir del próximo jeves, 31 Octubre, en las Arenas de San Pedro – Ávila, dónde seréis muy bienvenidos. Hallaréis el programa del XI encuentro del Círculo de Estudios Espirituales Comparados en Díptico XI Encuentro pdf )

RENACIMIENTO: SALIR DE LA CIUDAD CAUTIVA

botticelli_birth_venus(Resumen de la conferencia que voy a dar próximamente en Arenas de San Pedro (Ávila) con ocasión del XI encuentro del Círculo de Estudios Espirituales comparados, días 1 y 2 de Noviembre <http://www.circulodeestudiosespiritualescomparados.org/> )

La política está hoy reducida a la lucha por el poder entre individuos, grupos, partidos, naciones, estados y coaliciones. Pero en realidad la POLÍTICA es para el Amor y la Vida. Esa es la política real, y no la otra. En realidad ya se está produciendo (si no, no existiríamos ninguno de nosotros, ni nuestras familias ni los colectivos de los que formamos parte). Sólo debemos aprender a reconocerla y practicarla conscientemente.

El reconocimiento de esa gran y primera POLÍTICA y la praxis que conlleva, nos hacen renacer a otra dimensión del mundo y de nosotros mismos donde rigen el amor, el bienestar, la prosperidad, la inocencia, el placer y la paz. El final de toda lucha es una rendición a la Vida, al Ser que ya somos, y que por error (en parte heredado) hemos relegado a lo inconsciente. Sin darnos cuenta vivimos como víctimas (culpables, esclavos) en una “ciudad cautiva”, sumidos en la desaprobación, el temor, la rabia y la violencia.

Abandonar ese “síndrome dualista” propio de la “pequeña política” – salir de la ciudad cautiva – es nuestro Segundo Nacimiento. Con él accedemos a la verdadera talla expandida de nuestra respiración cósmica. Y a la vez, podemos reconocer nuestro propósito de vida, asumir el liderazgo natural que a cada uno nos toca, e identificarnos con lo que desde siempre hemos sido y nunca dejaremos de ser. Renaciendo de ese modo trascendemos la visión dualista de las cosas y de nosotros. Dejamos de ver al otro solamente como un peligro y un enemigo potencial (recuperamos la fraternidad…inseparable de la libertad y la igualdad) transformando la visión dualista/competitiva, que es el sistema de pensamiento de los egos (individuales y colectivos).

Al renacer como hijos de Dios recuperamos el arraigo en nuestra inocencia original y podemos reconocerla en los demás, ayudándolos a que también ellos la reconozcan y la compartan. Esa Bondad-y-Belleza se produce cuando aprendemos a abrazar la parte oscura (doliente, inconsciente) dejando de proyectarla afuera (al otro, a los otros…). He aquí el auténtico Pacto de Alianza fundacional de toda comunidad verdadera, de toda polis. Ese acto divino se produce mediante nuestra rendición en el Aquí-y-Ahora.

LAS HUMANIDADES XII: La Ciudad Sagrada: la polis como símbolo y templo

apocalipsis-jerusalen-celestial(Colgamos a continuación otro texto de Joaquín Muñoz Traver, adaptación del capítulo 5a de su inédito Las Humanidades como método de desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico,  tal como lo ha publicado en su blog Meditaciones del Día.WordPress, al cual remitimos por su renovado interés)

La hermenéutica simbólica de la ciudad implica acercarnos a ésta como symbolon, como modelo simbólico.  Este planteamiento supone recuperar un punto de vista propio de las sociedades arcaicas o tradicionales, del homo religiosus sobre el que hemos tratado anteriormente.

Aunque los prejuicios modernos y contemporáneos tiendan a asociar el término arcaico, primitivo o, incluso, tradicional, a una carencia de inteligencia, progreso o evolución (motivo por el que se pierde la posibilidad de aprender del pasado remoto), Olives asegura que “la gente antigua y primitiva es en cierto modo diferente de los modernos, pero no es intelectualmente subdesarrollada, a pesar de las diferencias de información entre ellos y nosotros.  Conoce menos algunas cosas, pero también mucho mejor algunas otras”[1].

Por tanto, el investigador que pretenda adentrarse en la idea arcaica[2] de ciudad para descubrir su enseñanza analógica, debe tratar de estudiar sin prejuicios la cosmovisión teofánica de la que las sociedades primitivas participan y que asume “la dimensión sagrada de todas las cosas y reconoce en la Deidad la razón última de todo cuanto existe y conoce”[3], así como el carácter revelatorio del cosmos.

Con esta premisa, y partiendo de la noción de símbolo que hemos expuesto en el capítulo 4.c, podremos comprender adecuadamente la afirmación que hace Olives de que la ciudad antigua –“que los antiguos llamaron polis y que los modernos hemos designado vulgarmente como «ciudad-estado»”[4]– es, desde el punto de vista clásico-tradicional, “un modelo de proyección territorial de ideas filosóficas polivalentes”[5], un mandala que facilita el acceso al Todo a través de la parte.

La propia etimología de polis nos remonta a la raíz indoeuropea pl, que implica el sentido de plenitud, lo que nos puede ayudar a adivinar qué se entiende, originariamente, por ciudad[6].  Olives elabora un sintético pero completo cuadro sobre el origen de algunas palabras referentes a la idea de «ciudad» que sirven de apoyo a sus planteamientos:

cuadro etimologia polisOlives:2006, 17

 Si asumimos estas premisas, deberemos atender a la ciudad como símbolo de plenitud, como soporte de meditación y contemplación, tratando de acceder –a través de su disposición y formas- a la oculta estructura común de cuanto nos rodea, al mensaje e influencias que la Divinidad trata de transmitir en cada una de de sus creaturas a través de su obra y que la ciudad tradicional o sagrada trata también de representar y comunicar (para beneficio de sus habitantes) mediante la plasmación sobre el plano de la estructura y los ritmos de la naturaleza.

Mediante la adecuación a ese modelo revelado, se pone orden donde antes había caos (ordo ab chao)[7] y se identifican las relaciones y el ritmo común oculto que hacen posible encontrar la unidad que subyace en la diversidad de lo creado, en el Anima Mundi[8].

Esta proyección sobre la tierra de la unidad, el orden y la armonía celestes que implica la visión del plano de la ciudad como imago mundi, como reflejo arquetípico de la estructura del mundo[9] y del hombre, vehicula -como todo símbolo tradicional- el descenso de las «influencias espirituales» correspondientes.  Por este motivo, puede afirmarse que, gracias a la analogía que une las formas cósmicas con las creaciones arquitectónicas, la ciudad antigua es más que un lugar donde albergar y proteger al hombre.

Mediante la edificación de la ciudad siguiendo el modelo simbólico revelado –y su posterior contemplación- se logra la anamnesis o recuerdo de la «ciudad divina»[10], el reconocimiento y activación de ideas arquetípicas[11] que dotan a aquélla de un valor operativo, alquímico o transformador, en el sentido de que puede ser el soporte simbólico para promover una realización interior, una metanoia personal, un desarrollo del potencial humano, convirtiendo el urbanismo en un instrumento de comunicación con lo invisible, que permite el descenso de influencias del cielo hacia el hombre y que hace posible que el hombre recupere el camino del cielo[12], realizando así su destino. 

En una plástica imagen, Olives llega a hablar de un “eslabón simbólico entre  lo de Arriba y lo de Abajo, un potente generador de revelaciones, asociaciones especulativas y referencias significativas, de las cuales pueden beneficiarse los ciudadanos que forman comunidad a su amparo, y que con dicha ciudad se identifican”[13] mediante su contemplación.

La concepción de la ciudad antigua como templo para ser con-templado es tratado por Olives en el capítulo IV de “La ciudad cautiva”, mediante la referencia al simbolismo apocalíptico de la Jerusalén Celestial.

Conforme a la etimología original del término latín templum, podemos entender el templo como un recinto sagrado destinado a la contemplación del cosmos.  Así, si es cierto que la naturaleza es un libro abierto que nos habla de su Creador -y, analógicamente, de nosotros mismos- no tendrá tanta importancia dónde se pone la vista sino cómo se mira, cómo se con-templa. La validez simbólica de la ciudad arcaica tiene su fundamento en cuanto esquematiza la estructura común, metafísica, que subyace tras toda la creación, que se revela mediante una adecuada hermenéutica simbólica y que se fundamenta en la adecuación de la estructura de la ciudad sagrada al esquema propio de los cielos. Ésta no es un capricho estético sino una forma simbólico-ritual de procurar la fecunda hierogamia entre los dos mundos (el sagrado y el profano, representados por lo alto –los cielos- y lo bajo –lo terrestre), abriendo una brecha, una puerta, una escalera, que permita transitar entre ellos mediante la sacralización del espacio y tiempo profanos que se produce a través de su «cosmificación».

Respecto al vínculo existente entre «cosmificación» y sacralización del espacio resulta imprescindible remitirse a la explicación ofrecida por Eliade y que sirve de introducción a las aportaciones de Olives: “La cosmogonía es el modelo ejemplar de toda especie de «hacer»: no sólo porque el Cosmos es el arquetipo ideal a la vez de toda situación creadora y de toda creación, sino también porque el cosmos es una obra divina; está, pues, santificado en su propia estructura.  Por extensión, todo lo que es perfecto, «pleno», armonioso, fértil; en una palabra: todo lo que está «cosmificado», todo lo que se parece al Cosmos, es sagrado. (…)  Pues el Cosmos, volveremos a decir, es la obra ejemplar de los Dioses, es su obra maestra”[14]

Olives demuestra conocer y compartir esta relación –que trasciende a la referencia astronómica- a tenor de su elección de una conocida cita de Hermes Trismegisto para dar inicio a “La ciudad cautiva”: “¿Ignoras pues, Asclepio, que Egipto es la copia del cielo o, mejor dicho, el lugar donde se transfieren y proyectan aquí abajo todas las operaciones que gobiernan y ponen en acción las fuerzas celestiales?  Más aún, si hay que decir toda la verdad, nuestra tierra es el templo del mundo entero”[15].

No es raro que nuestro autor haya escogido esta cita como antesala de su escrito si atendemos a la coincidencia y complementariedad de ésta con su propia visión de la ciudad como proyección del templo, de  origen sagrado, que hace –de la ciudad misma- un nuevo templo[16] en el que es posible descubrir el Todo en la parte.

El propio Sócrates, o Platón poniéndolo en boca de Sócrates, refuerza esta idea de la analogía hermenéutico simbólica (en este caso de correspondencia entre la ciudad y el hombre), así como la pertinencia de estudiar en profundidad la polis para, especulando, descubrir los secretos entresijos del ser humano.

Tan aclarador resulta el texto, que Olives realiza una extensa cita (práctica poco habitual en él) que, por lo excepcional de la misma, vamos a transcribir íntegramente.  Comienza así: “Si algunas personas cortas de vista al tener que leer de lejos unas letras escritas en pequeños caracteres, se dieran cuenta de que esas mismas letras están escritas en otra parte con caracteres grandes sobre una amplia superficie, les resultaría, creo yo, muy ventajoso ir a leer primero las letras grandes, y acto seguido confrontarlas con las pequeñas para ver si son las mismas”[17].  Y, por si no resultara suficientemente clara la relación analógica con la ciudad, más adelante continúa:

”(…) ¿No se encuentra acaso la justicia en una persona y en una ciudad?

– Sí.

– Pero, ¿no es una ciudad más grande que una persona humana?

– Sin duda.

– Por consiguiente la justicia podría hallarse en ella escrita con caracteres más grandes y más fáciles de discernir.  Así indagaremos primero, si te parece bien, cuál es la naturaleza de la justicia en las ciudades; luego la estudiaremos en cada hombre, y podremos reconocer en pequeño tamaño lo que hemos visto en gran tamaño”[18].

Pero esta relación de analogía no se limita al ámbito antropológico sino que, como ya hemos tratado anteriormente, va mucho más allá e incluye también a la teología, a la cosmología y al resto de ciencias particulares que estudian compartimentos estancos de la creación teofánica.   Sin embargo, la principal de las analogías será siempre la antropológica puesto que el método hermenéutico simbólico exige atender en primer lugar a esta correspondencia para encarnar, interiorizar y vivenciar el conocimiento que, tras meditarlo y hacerlo propio, permite descubrir la misma estructura en el resto de la realidad.  Este reconocimiento permite experimentar la realidad al modo místico, unitivo, relacional, de un modo más cercano y propio que se basa en la interdependencia y que permite descubrir nuevas analogías y enseñanzas entre los distintos estratos de la realidad.

Una de las primeras consecuencias de partir de la consideración de la ciudad como sagrado templo de diseño celeste (cuyo modelo debe ser respetado para garantizar su efectividad) es que este hecho restringe la inspiración o creatividad personal del fundador, el equista[19], el arquitecto o el urbanista.

En el pensamiento tradicional se entiende que la inspiración y dirección del proyecto debe venir –como en el acto creador original- de Dios mismo.  De hecho, es ésta la característica que strictu sensu permite hablar de ciudad tradicional.  Porque atendiendo a la etimología de este término (tradere, traditio), éste describe la cualidad del objeto que ha sido recibido por alguien que, a su vez, lo entrega de nuevo.

Atendiendo a la dignidad del primer transmisor, ese modelo propio de la ciudad sagrada es comunicado de generación en generación procurando la absoluta fidelidad a la revelación original.  Olives apoya esta tesis en un dato histórico significativo: en los anales, la crónica propia de cada ciudad antigua dotaba a ésta, invariablemente, de un origen sobrenatural, como idea especulativa (o representación geométrica del orden cósmico[20]) revelada por la Divinidad al fundador o fundadores[21], hecho que justifica la denominación de “ciudad sagrada”[22] y la conceptualización de la fundación de la ciudad como un rito, del que trataremos en un próximo capítulo…


[1] Olives:2006, 23

[2] Como recuerda Olives, la palabra «arcaico» procede del griego y significa «principio» u «origen» (Olives:2006, 429), y es en este sentido gaudiniano de vinculación con la fuente que voy a emplear el término.

[3] Olives:2006, 20

[4] Olives:2006, 16.  Sobre la matización de la adecuación del símil entre polis y «ciudad-Estado», ver Olives:2006, 17

[5] Olives:2006, 18

[6] Olives:2006, 67

[7] En un artículo titulado “Del caos al orden y viceversa” afirma Olives que todo proceso creacional es, en cierto modo, un salto del caos al cosmos, del desorden a la organización, de lo informal e impreciso al orden.  Este hecho explica la denominación que se otorga a las narraciones que relatan la creación del mundo y del hombre: relatos cosmogónicos.

[8] Olives:2006-II, 60

[9] Olives:2006, 69 y 71

[10] Olives:2006, 243

[11] Olives:2006, 236

[12] Este «valor biunívoco» del simbolismo (permite la “presencia” de lo inteligible en lo sensible y viceversa, la elevación de lo sensible hasta los arquetipos o Ideas) es tratado por Josep M. Gràcia –antiguo alumno de Olives- en su Tesis Doctoral (“Simbólica Arquitectónica”), quien lo relaciona con el doble movimiento de solve et coagula, aspir y expir, subir y bajar…  Gracia:2001, 52, 80 y ss.

[13] Olives:2006, 71

[14] Eliade:1992, 39

[15] Hermes:OC, Asclepio, 24, citado en Olives:2006, 15

[16] Olives:2006, 47

[17] Platón:Rep, 368d

[18] Platón:Rep, 368e -369a

[19] De oikos, casa.

[20] Cfr. Olives:2006,57

[21] Cfr. Olives:2006, 18

[22] Olives:2006, 24 y 28

2013. Viva el Trece: Nuevo Año, Nueva Vida.

Copia de Tretze 4Las Doce Uvas de la Noche Vieja, su simbolismo, nos ha llevado a especular sobre el número Doce y el número Trece, eso es, sobre el tiempo y la Eternidad. Ahora nos fijaremos más en el numero Trece, porque las doce uvas ya están consumidas, y porque el nuevo año, el año Trece del segundo milenio de nuestra era, parece invitarnos a ello.

El Trece tiene vulgarmente mala fama , pero es sólo porque se ignora el verdadero sentido. Puede haber contribuido a ello el Treceavo arcano del Tarot, que algunos llaman “la muerte”, porque en él aparece un esqueleto andante con una guadaña. Pero estos puntos de vista son insuficientes, porque el Trece simboliza mucho más y despierta en nosotros la energía de la super-vida.

El Trece representa la superación del doce, así como la Eternidad supera el tiempo. No hay parangón entre ambas dimensiones, como no lo hay entre nuestro ego corriente y la verdadera Personalidad que somos. El Trece la representa, porque se sitúa más allá de las evoluciones cíclicas, más allá de los años, días y momentos de nuestra vida, simbolizados por el ciclo de los Doce Signos del Sol en el transcurso del año. El Doce es el arquetipo de todo ciclo completo, de todo fragmento de tiempo que se quiera considerar, abstrayéndolo de los demás. Es el prototipo del tiempo sucesivo, que no para de transcurrir, marcado por momentos y cualidades que regularmente se suceden y se reiteran. Los Doce Soles representan doce cualidades principales, arquetípicas, que se pueden simplificar en Tres o en Cuatro (3×4=12), o se pueden multiplicar en muchas más, como lo hacemos para medir el tiempo convencional de nuestros días o nuestras horas. El Trece, en cambio se halla más allá del ciclo, de todo ciclo, de todo fragmento de tiempo sucesivo. Es el Tiempo que no transcurre, también llamado No-Tiempo, Presencia Divina, o Eternidad. Los sabios de Grecia llamaban Cronos al tiempo sucesivo, al tiempo de los ciclos, que todo lo consume, modifica y acaba. El otro Tiempo, el permanente, divino o verdadero, lo llamaban Aion; Heraclito lo visualiza como un Niño que siempre está jugando con el Antes y el Después, mientras él está siempre presente.

A la vez el Trece, nos ayuda a trascender la otra dimensión cósmica; el espacio. Viene después del Doce. Lo culmina y lo supera. En materia de espacio el Doce también nos sirve para ordenar las distintas partes, contarlas e identificarlas, así como ocurre en la aplicación al tiempo, que acabamos de comentar. El Doce nos sirve para cualificar las distintas regiones del espacio que nos rodea. Lo podemos aplicar a distintos niveles de percepción del mismo. En el Zodíaco lo aplicamos a la división del espacio sideral que rodea la tierra, en el urbanismo tradicional se usa para ordenar el espacio urbano (mediante el modelo de la Polis Dodecápilos, que hemos explicado en La Ciudad Cautiva), el imperio chino y los celtas lo usaron para la división territorial a partir del Centro del territorio. Más cerca de nuestra experiencia, lo podemos aplicar a visualizar el entorno espacial que siempre acompaña la ubicación de nuestro cuerpo en el mundo. En este caso los cuatro puntos cardinales son Delante, Detrás, Izquierda y Derecha. El doce, como desarrollo del cuatro, permite ampliar esta división, añadiendo a cada dirección dos cualidades (izquierda/derecha, siniestra/diestra, negativa/positiva, activa/pasiva, etc.) , de modo que simboliza para cada uno de nosotros la totalidad del mundo circundante, que siempre acompaña la percepción de los cinco sentidos corporales. Más allá de esta percepción espacial completa, el Trece representa la “percepción” de lo interior. Ocurre cuando nos percatamos de que esencialmente nuestra vida transcurre más allá del espacio y de que, en esencia, ella poco depende de que nos hallemos aquí o allá. El Trece nos recuerda que la esencia, el Ser de todos nosotros está siempre siendo más allá de las condiciones espacio-temporales que afectan a nuestra dimensión individual, a nuestro ego, en sentido corriente.

El Trece marca por tanto la entrada en un nuevo ciclo, un “Nuevo Año”, que para ser bien entendido debemos distinguir del “año viejo”, de todos loa años viejos que han precedido esa nueva forma salvadora de vernos a nosotros y al mundo. En el simbolismo geométrico el Trece aparece como el punto central del círculo de los Doce. Y este punto se puede figurar como un Sol central que da luz a todos los soles sucesivos en la carrera del tiempo cíclico. Él no transcurre, porque es la fuente de todo movimiento y de toda mutación. Asimismo, en el Centro del espacio de las Doce Regiones, el Trece representa las dimensiones supra-espaciales, las que no podemos percibir, pero sí sentir, e identificarnos con ellas, porque es allí donde fluye incesante nuestro Ser.

El Trece representa la liberación, la salida del “útero”cósmico, donde vivíamos encerrados por la visión egótica, dualista. Por ello, la figura del sol central dibujada más arriba en nuestro grafismo, puede representarse elevada por encima del plano de los Doce. Indica entonces otro punto de vista, una superación, una trascendencia, un ascenso en el progreso de la conciencia y en la comprensión de lo que somos. Es el contacto con el origen, con la fuente, con el Verbo, el Creador de todas las cosas. En la simbólica cristiana es la figura de Jesucristo presidiendo el colegio de los Doce apóstoles, sus enviados. Para nosotros todos, es la conciencia “crística”, la que nos reune de nuevo con nuestro prójimo, del que creíamos ilusoriamente haber sido separados por el nacimiento a nuestro cuerpo individual; la que nos otorga la paz, la certeza de nuestra bondad e inocencia, más allá de los errores y dolores de la visión egótica.

Es a la vez número trinitario, porque nos recuerda que los Tres son en realidad Uno solo. Padre, Hijo y Espíritu no son más que tres distingos para poder reconocer y encarnar nuestro Ser verdadero. Para compartirlo, gozarlo e identificarnos con Él. Pero es uno sólo y Ese soy yo. Desde tal punto de vista, la visión de lo que trascendemos o superamos puede verse como un cúmulo de pensamientos y visiones de caos y dolor, que abandonamos, porque ya no son vigentes, porque ya no rigen nuestra vida. Y a ese abandono de viejos esquemas y creencias se lo puede llamar “muerte” desde un punto de vista que no reconoce la dimensión renovadora y salvífica de este número que representa en nosotros lo Renacido e imperecedero.

Doce Uvas para la Eternidad

1114-15
El simbolismo de las Doce Uvas, que se comen al pasar de uno a otro ciclo anual, merece comentario… Me lo suscita el de María Luisa Becerra en facebook, que considero muy acertado, cuando propone reformar eso que podríamos llamar el “rito profano-burgués” de la Noche Vieja. Su propuesta es “respirar las 12 campanadas”, y escribe al respecto: “… quiero explicaros la trascendencia que tiene. Hacemos muchas cosas en la vida sin conciencia, sin permitir a nuestros sentidos que vibren más allá. La costumbre de comerse las 12 uvas me parece un cómico reflejo de nuestro nacimiento doloroso, prisas por acabarlas, ahogo, ¡alguien llega y yo no!, rivalidad, no puedo, voy a ser insuficientemente bueno, lucha, lucha……los granos que se me atraviesan y la boca llena de la piel de las uvas….¡Lo conseguí, pero no! me siento culpable… y nadie está en el momento presente sino en el próximo grano a tragarse. ¿Alguien había hecho este paralelismo con el principio de nuestra vida terrena? Es por eso que lo vamos a cambiar por la dulzura, unión, Presencia, amor, vida, paz y en donde TODOS GANAMOS y no hay que luchar, sin pasado ni futuro. INSPIRANDO EXHALANDO. ¡Bienvenido 2013 con facilidad y placer!”
Yo, desde luego, me sumo a tan acertadas consideraciones sobre las Doce Uvas de de esta Noche, en espera de comerlas muy pronto. Quiero apuntar a propósito de lo que explica María Luisa, que yo siempre me las he comido a mi ritmo, tranquilamente, respirando, disfrutándolas una a una (sin tragarme la piel ni los huesos, que no me gustan!), y pasando de los comentarios y las prisas de los comensales. Pero ante todo merece comentario el simbolismo de esta singular manducación, que ¡no es moco de pavo! El sentido del “Año Nuevo” está implícito en este rito especial, que nos remite al simbolismo del Número Doce, ampliamente comentado en La Ciudad Cautiva, con referencia a la cosmología.
En el caso de la Noche Vieja, las Doce Uvas que nos comemos (asociadas SIMBÓLICAMENTE -no literalmente- a las Doce Campanadas) son símbolo de los Doce Soles (uno para cada mes del año, o para cada signo zodiacal). En el hinduismo son los “Doce Adityas”, doce “dioses”, “signos”, “apóstoles” o “energías vivientes”, que aparecen simultáneos al final de cada ciclo (año,anillo, etc), para recapitular el tiempo sucesivo (tiempo “profano”, como diría Mircea Eliade) en el “sagrado instante” de la Eternidad. La Eternidad, siempre Presente en el Aquí-y-Ahora, es el Tiempo que no transcurre, el que siempre está siendo y nosotros con él. Al comernos las Doce Uvas, nos identificamos con Ello, con la Eternidad que somos, representada por el número Trece. Usando de la geometría para poder comprenderlo, situamos el número Trece en el centro de la Rueda Zodiacal, compuesta de los Doce Signos o “soles”, que representan el movimiento sucesivo. Ese cíclico fluir de los años, las estaciones, los días, las horas, los sucesos, los pensamientos y las emociones, sólo se hace comprensible cuando lo contemplamos desde la quietud y la Paz, respirando nuestra Presencia en el Aquí-y-Ahora, que con nosotros siempre está siendo. Así podemos vivenciar en cualquier momento el verdadero Año Nuevo, que ya no tiene nada que ver con el tiempo sucesivo. Año Nuevo que, como un Divino Niño naciendo de un Año Viejo (“Papá Noel”, Cronos con la guadaña, Saturno devorador de sus hijos, etc), nos situa en el estado de tranquilidad y goce. Con él renacemos a nuestra Inocencia.
Los encadenamientos simbólicos no tienen fin. Entre los muchos que aquí quedan activados (y no podemos comentar ahora) debemos por lo menos mencionar el de Jesucristo (Niño Divino, Sol de Justicia, Yo Verdadero) presidiendo la Santa Cena de los Doce Apóstoles, donde él, que es Dios, se entrega para ser comido como “pan” y “vino” (alimentos de Vida) en doce porciones. “Quien no come de mi cuerpo y bebe de mi sangre no puede tener la Vida Eterna”.