LAS HUMANIDADES IX: aproximación y revaloración del Homo Religiosus arcaico

Religions I

(Con el nuevo capítulo de J. Muñoz, que aquí ofrecemos, incluyo ese dibujo inédito donde muy esquemáticamente se grafica la idea de la unidad esencial de las grandes tradiciones sagradas de la humanidad, emanadas todas del mismo Dios, y bien distintas de las meras sectas, nacidas de la modernidad post-protestante)

La religión, por pertenecer a la esencia más profunda del ser humano y de la realidad toda no puede concebirse como se hace en la actualidad, como algo segregado, independiente…  Si la religión nos habla del centro de la realidad, de Dios, del modelo último de todo cuanto existe, todo tiene entonces que ver con la religión, todo puede ser motivo de religión…  Y muy especialmente las humanidades, en cuanto tienen que ver con el desarrollo ser humano, con que éste llegue a ser lo que debe ser, con que ocupe su lugar en el cosmos: “el último y primordial fin del hombre en la tierra es conocer a Dios, dándole honor y gloria”[1].   Este es uno de los principales mensajes que se desprende de la visión humanística clásico-tradicional: la hermenéutica simbólica despierta nuestra experiencia religiosa y nos permite descubrir al Todo en la parte, a Dios en su creación y en el interior de nosotros mismos, abriendo el alma –como si de un recipiente se tratara- a los efluvios divinos, a las influencias espirituales capaces de transformar la vida y de dotar a ésta del goce de participar en al amor divino[2].

 

A menudo se ha creído que esa visión mística de la creación, ese encontrar –y cohabitar- con Dios en cuanto existe, tan propia del homo religiosus arcaico, es una forma de panteísmo, naturalismo o animismo…  Cuando no de mera superstición.   Me parece muy acertada la puntualización que hace Olives al respecto cuando valora críticamente la metodología propia de los filólogos y antropólogos que imputan sistemáticamente a las religiones antiguas el politeísmo, el animismo o un carácter naturalista.

 

Con una argumentación llena de sentido común, Olives llama la atención sobre el hecho de que un «trabajo de campo» antropológico realizado en la España actual, sin otras fuentes que los vestigios arqueológicos de los santuarios marianos, la mera exterioridad de las formas de culto o las explicaciones que se pudiese obtener de la «gente de la calle»  llevarían, a cualquier investigador empirista extranjero que careciera de conocimientos previos sobre la religión cristiana, al convencimiento de que “los españoles tienen divinidades locales (la Virgen del Rocío, la de Montserrat, la de Begoña, la Macarena, la de Almudena, la de Fuensanta, etc.), a subrayar las diferencias entre ellas y a enfatizar «científicamente» la competencia entre los distintos cultos, de la misma manera que se hace con los «dioses domésticos» o las presuntas «divinidades locales» y los cultos de la Antigüedad”[3].

 

También alerta Olives sobre el riesgo de asumir acríticamente las valoraciones realizadas en las antiguas fuentes escritas sobre las ancestrales tradiciones espirituales.  Nos recuerda que las referencias a religiones ya desaparecidas suelen llegarnos a través de cronistas posteriores que suelen describir sus periodos terminales, sus fases de decadencia, de olvido del sentido original de sus contenidos, símbolos y prácticas, de caída en el literalismo, materialismo, la superstición y la magia.  En el caso concreto del paganismo –y de las críticas justas y legítimas  que contra él emitieron San Agustín y otros Padres de la Iglesia-, afirma que éstos “únicamente contemplaban las formas supersticiosas y materialistas (o idolátricas) que en aquel tiempo eran generales entre los pagani, los habitantes de los pagi, o pueblos”[4] y que conviene distinguir estas formas degradadas de las formas originales, “tal y como pueden leerse en las fuentes genuinas y concretamente en los simbolismos espirituales, los mitos y lo que conocemos de los ritos propios de cada una”.  Porque “una religión como sistema histórico llega a perder vigencia, pero su simbolismo no deja nunca de tenerla, aunque ya no sea aplicado en forma de religión”[5].

 

Olives nos propone superar las apariencias, trascender la mera superficialidad y recuperar ese simbolismo mediante la hermenéutica simbólica de las tradiciones espirituales.  De la mano de los grandes humanistas del Renacimiento (y siguiendo especialmente la estela de Tomás Moro en su “Utopía”), nos invita a redescubrir la estrecha relación que existe entre las humanitates y la religión entendida en el sentido superior que le otorgó el mártir de la Torre de Londres y, como él, los humanistas de la nueva Academia Platónica y sus discípulos…  Entre los que incluyo –al menos en este aspecto de sus enseñanzas- al propio Olives.

 

 

 


[1] Olives:2006, 234

[2] Cfr. Olives:Gaudí, 12

[3] Olives:2006, 34

[4] Olives:2006, 31

[5] Olives:2006, 32

LAS HUMANIDADES I: potencial humano y crecimiento personal

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[Este capítulo y los siguientes que iremos ofreciendo bajo el título LAS HUMANIDADES son fruto del trabajo de investigación inédito, realizado por Joaquín Muñoz Travé, que lleva por título “Las Humanidades como método para el desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico”. Recogemos dichos capítulos  del blog de J.Muñoz meditacionesdeldia.wordpress.com,  donde están siendo publicados desde el pasado Octubre. Remitimos también a la publicación original a quien quiera consultar las referencias bibliográficas y las citas]

Las Humanidades (los estudios sobre lo más propio del ser humano) están en crisis…  Y tal vez por ese motivo estemos sufriendo una crisis cultural y económica como la que nos azota.  Pero pocas voces se oyen que reclamen atención para ellas.  Una de las voces que sí lo hace es la de mi maestro y amigo José Olives Puig.  Hace unos años, tuve la dicha de coincidir con él en la Universitat Internacional de Catalunya: él como catedrático, yo como alumno.  Esta coincidencia ha sido uno de los hitos que ha marcado mi vida porque, a través de su enseñanza y ejemplo descubrí que otro mundo era posible…  Gracias a las Humanidades.

Hablar de Humanismo -en el sentido en que lo hace Olives y la Academia Florentina- significa establecer al hombre como “idea clave, como lugar de concreción de todo el saber y, sobre todo, como su campo de cultivo prioritario”.  Este antropocentrismo -bien entendido- resulta un eficaz medio para no perderse en una situación histórica de rápidos y profundos cambios…  Ya que permite enraizarse en lo más profundo de uno mismo.  El pensamiento clásico-tradicional descubre en el antrophos la imagen arquetípica de todo lo demás, el locus por donde se establece el contacto con lo universal, y explota este hallazgo como nexo y fuente de nuevos saberes, en sintonía con el lema délfico de “conócete a ti mismo y conocerás el mundo y a los dioses”.

Esta visión del hombre supone reconocerlo como sujeto y objeto de conocimiento al mismo tiempo, lo que posibilita su transformación por medio del conocimiento que adquiere de sí mismo.  En este sentido, la finalidad de las humanidades es “la investigación de la naturaleza humana en aras de saberla reconocer y ayudar a desarrollarla”.  Es éste el mismo objetivo que tenía la filosofía para los antiguos, como tan bien ha estudiado y explicado Pierre Hadot.  Para ellos -y para nosotros- todo conocimiento, toda ciencia y todo saber “deben estar al servicio del hombre, y no a la inversa, tal y como ocurre cuando se cae en la barbarie del especialismo”.

Puede decirse por tanto que es propio de las humanidades el tomar al hombre como centro y contemplarlo “desde el punto de vista de su posible perfeccionamiento mediante el conocimiento, la cultura y el refinamiento de sus formas de pensar y de sentir”.

Toma así un nuevo significado la expresión “cultivo de las humanidades”…  Más bien habría que decir “el cultivo de la persona humana mediante las humanidades, las cuales -en este sentido y siguiendo con la metáfora agrícola- son comparables al abono necesario para el crecimiento personal”.  Comparto plenamente con Olives el convencimiento de que la cultura es un modo de cultivo de la personalidad, tendente al crecimiento, desarrollo y perfeccionamiento de la naturaleza humana.

Porque, mal que nos pese, la mayoría de nosotros no somos más que seres humanos en bruto, en germen, en potencia…  Meras sombras de lo que podemos realmente llegar a ser.  ¡Qué razón tenía Pico de la Mirándola al escribir su “Discurso sobre la dignidad del hombre”!  El ser humano ha sido dotado por su creador de la capacidad de vivir olvidado de su propia naturaleza -incluso de vivir en contra de ella-, cayendo en formas degradadas de existencia que le sitúan, incluso, por debajo de los animales…  O puede arraigarse en su propia esencia, viviendo una vida buena, realmente digna, conforme a su naturaleza y al modelo divino con que ha sido creado…  Elevándose a las más altas cimas, despertando la chispa divina que reside en su interior, iluminando y transmitiendo su calor a su vida y a la de quienes le rodean.

En este sentido, “el desarrollo de la personalidad humana aparece como la principal exigencia y como el fin último de la vida”.  No es sólo un derecho, es el deber que corresponde a la gran suerte y oportunidad que supone haber nacido.  Un deber que, libremente, cada ser humano decide -o no- asumir.  Decisión que le llevará por el camino de la felicidad mediante el desarrollo del potencial humano, o por el de la involución e indignidad -o, incluso, indignación- personal.

Las humanidades, por tanto, ya no se sitúan sólo en la dimensión del conocimiento más o menos erudito sino en la del yo y el ser: consisten en un proceso de metamorfosis que aumenta nuestro ser y nos hace mejores, actualizando las potencialidades de nuestra personalidad mediante un cambio de conciencia que Olives -atendiendo a su etimología- ha dado en llamar metanoia.  Ésta implica una reconstrucción de uno mismo que conlleva “el progresivo reconocimiento de la propia alma, o ser interior del hombre”.

La base del enfoque humanístico consiste, pues, en convertir todo conocimiento en una fuente de crecimiento personal, no meramente intelectual; en el compromiso y la práctica del conocimiento de sí mismo al más puro estilo socrático.  Resulta reseñable la similitud de este planteamiento con la noción germana de Bildung o con la de paideia griega, tan propias del pensamiento clásico-tradicional.

Por paideia se entendía -en la Grecia clásica- aquella educación que le otorgaba a uno un carácter verdaderamente humano, haciéndole apto para ejercer sus deberes y derechos cívicos, al dotarlo de un conocimiento y control sobre sí mismo y sus pasiones “al estilo de las antiguas iniciaciones y misterios”.  Se trataba de una educación fiel a su sentido etimológico (del latín ex-ducere, “conducir hacia fuera” o “hacer salir”).  Esto es, hacer explícito lo que se encontraba dentro, escondido, latente…  Se trata de “hacer germinar y crecer la semilla divina que el hombre lleva dentro, reconociendo a lo que hay detrás de la máscara que es la persona, desvelando el ser.  Así desarrolla la auténtica personalidad, la cual, con el trabajo, va siendo cultivada y compartida.  Es en este sentido que Sócrates compara el arte del filósofo con la mayéutica , que es el arte de la comadrona, el del alumbramiento del discípulo deseoso de aprender”.

Esta noción -que se transmitió a los romanos a través, esencialmente, de la escuela de los estoicos- es la razón de ser que dio lugar a las Humanitates, esto es, a las humanidades entendidas en su sentido clásico-tradicional…  Como arte de vivir o -como gusta llamarlas Pierre Hadot- como “ejercicio espiritual”.
Hadot afirma que la filosofía antigua -que forma parte de las humanidades tal y como aquí las estamos proponiendo- implica unos ejercicios que suponen un cambio de la visión del mundo y una metamorfosis de la personalidad que son producto, no sólo del pensamiento, sino de la totalidad psíquica del individuo.  Una metanoia que sitúa al hombre en la perspectiva del Todo.

Olives es, en mi opinión, menos académico y más divulgativo al aclarar: “es característico de las humanidades el combinar el cultivo de las formas más elevadas de conocimiento con el ejercicio de la virtud práctica, de acuerdo con el viejo lema de las letras y las armas en boda simbólica. (…) Las humanidades hacen referencia a ciertas formas de pensamiento y práctica orientadas al desarrollo de la felicidad y la conciencia del hombre, en aras del bienestar de las comunidades humanas.  Este tipo de tarea tiene por tanto que ver con lo intelectual y, al mismo tiempo, con la espiritualidad”, con la indagación, conocimiento y adecuación a los ritmos del universo, del cuerpo y del alma.

Este modo de entender las humanidades implica considerarlas un arte de vivir, un arte que -como tal- supone acción además de contemplación.  Primero aprender a pensar bien; después, aprender a vivir en consonancia con lo que se ha aprendido.  Nos encontramos, por tanto, en el terreno de la Virtud, ante el arte de regirse a uno mismo y a los demás, ante el Arte Regia.

Podemos concluir afirmando que las humanidades nos ayudan a ser persona, a conocer el propio talento y a desarrollarlo, mostrándonos que es ésta la principal manera de ayudar a los demás y ser felices al mismo tiempo.

Cambiaremos el mundo cambiándonos a nosotros mismos…  Y, para ello, es necesario recuperar las humanidades.

Prácticas Master UIC con DICCIONARIOS DE SIMBOLOS (III) simultáneas con la lectura de La Ciudad Cautiva, cap.II

Pido excusas a los alumnos del Master por no dar abasto a responderlo todo, a la vez que agradezco vuestros comentarios y notas, que incluyo aquí algo resumidos. Conviene recordar que son dos los diccionarios con los que recomiendo trabajar (el de Herder, más completo que el de Cirlot, conviene saberlo manejar y conocerlo, de cara al futuro). También interesa completar vuestro comentario general con los descubrimientos de símbolos y encadenamientos concretos que a uno le llaman la atención y le orientan. Algunos ya lo habéis hecho así. Animo a los demás a irse incorporando a este tipo de aprendizaje directo del lenguaje analógico y la cosmología, que ciertmante irá dando frutos “cada vez más sazonados”.
Cordialmente,
J.O.P.

Gemma

Escribe: “Me gustaría una ampliación sobre los símbolos fundamentales. Simbolismos que están en todas las religiones: aquellos símbolos que hablan del alma, de lo invisible, de nuestro interior…”

J. O.: Todo es símbolo. El símbolo evoca la dimensión interior del mundo, de uno mismo ( la vivencia interior, el significado profundo, otro plano del ser y de la vida). Reconocer el simbolismo es reconocer nuestra alma y el “alma del mundo”; nos facilita salir del “encierro” que es la visión horizontal de la vida, la permanente “distracción” unilateral con la materialidad de las cosas, la rutinaria historia, el pensamiento . El simbolismo  (cada símbolo ) nos invita a la forma analógica de pensar, o mejor, de sentir, ya que se trata de una forma de pensamiento empática, identificante, no-dual. Este mátodo es la hermenéutica tradicional (o simbólica), aplicada igualmente a los ritos, a los mitos, a la historia sagrada. Es una metodología de trabajo espiritual, meditativo, contemplativo. Poco a poco se va entrando en esa nueva/vieja forma de ver. Para la etapa de este Master, en la que nos hallamos, yo recomiendo el la preciosa herramienta que son los diccionarios y los consiguientes ejercicios –que hay que hacer- (junto con la enseñanza oral y escrita que estamos compartiendo).

Además, las grandes religiones tienen cada una su propia “paleta” de símbolos, con los “colores” que la caracterizan, formando un sistema analógico, que comprende también los ritos y las historias sagradas (mitos).

Las grandes religiones coinciden esencialmente en los grandes rasgos del simbolismo, como no podría ser de otro modo, ya que el mundo siempre es el mundo, el ser humano es siempre el ser humano y Dios es siempre El que Es. Hay una coincidencia total en las formas más directas y escuetas del simbolismo, como son los números, la geometría regular, el movimiento de los cuerpos celestes, y el comportamiento del sonido en la escala musical. Esos cuatro puntos forman el “quadrivium” que es el “programa” de la ciencia universal y superior de los ritmos del ser humano y el universo, ciencia (escolástica) compartida por todas las grandes civilizaciones y tradiciones sagradas de la humanidad. En esta asignatura la introducimos con el modelo de la ciudad y la geometría del mandala. Allende estas formas tan escuetas y directas de simbolismo, está la iconografía, muy adecuada a la enseñanza en el contexto académico. Con ella hemos empezado a trabajar especulando con las Tres Gracias.

Tatiana

La FLOR, que aprecio y que siempre me llama la atención(…en elDiccionario de símbolos):…belleza con la fugacidad del tiempo (…). <También> imagen arquetípica del alma, un centro –al igual que el mandala– del que derivan las demás cosas y que siempre guarda una relación directa con lo que nace de su interior (de la flor, los pétalos y el olor que se desprenden; del alma, el cuerpo y nuestras acciones, etc…).

Josep Mª:

A comienzos de febrero tuve la oportunidad de pescar unos días en el interior de Lleida el río Segre, donde todas las jornadas nos acompañó una densa niebla, característica de esta zona. Si ya uno se siente pequeño ante la grandiosidad de la naturaleza y de sus ríos, con este fenómeno te sientes también perdido… Dice Cirlot en el Diccionario de símbolos: “La NIEBLA simboliza lo indeterminado, la fusión de los elementos aire y agua, el oscurecimiento necesario entre cada aspecto delimitado y cada fase concreta de una evolución…”Yo  no me había parado a pensar en el tema del “oscurecimiento necesario”…los elementos no cambian ni son de un modo absoluto, sino que también tienen fases de transición, del mismo modo que sucede con todo aquello que ronda nuestro corazón, y que se va transformando y creciendo. Quizá por esto la próxima vez tenga un motivo para admirar la niebla –en vez de quejarme, que de nada sirve- y pensar en algún instante sobre estos temas.

 

Mª José haanotado y buscado sobre las siguientes entradas, entre otras cosas:

El SANTUARIO, según Filón, designa la penetración de los misterios divinos

El TEMPLO …“el propio universo está concebido como un templo, y los místicos convierten el alma humana en el templo del Espíritu Santo. El templo es el lugar de habitación de Dios sobre la tierra, el lugar de la presencia real. Está hecho según el modelo divino; su plano es revelado. Los templos budistas tienen la estructura horizontal del maandala: símbolo horizontal de Purusha, la presencia divina en el mundo. El templo que el rey Salomón construye a Yahvé es un modelo de simbólica.

La CHIMENEA es un canal por donde pasa el soplo que anima el hogar, excita el fuego, conserva la vida de familia o del grupo. Participa del simbolismo del fuego y del calor.

El CALOR es una potencia cósmica que le permite a uno nacer del caos primordial. Hace madurar biológica y espiritualmente. Su acción es más rápida y eficaz cuanto mejores son las disposiciones del sujeto.

El FUEGO es la representación más cierta de Dios (Agni, Indra, Surya <son algunas de sus denominaciones en el hinduismo>)

 

Evaristo:

Dos símbolos que me han llamado la atención por su importancia en los capítulos de La Ciudad Cautiva, símbolos para mí muy especiales desde que comenzamos los seminarios:

 

CIUDAD

Leyendo el diccionario de los Símbolos he entendido más la ciudad como símbolo en  La ciudad cautiva. Veo como las ciudadesreflejan el orden celestial y reciben sus influencias. Son imágenes de centros espirituales.

Las ciudades son cuadradas y están orientadas. En la antigüedad y aún hoy día en la India o en China las dos vías perpendiculares unen las cuatro puertas cardinales y hacen que el plano de la ciudad se asemeje al mandala cuaternario simple de Shiva en las ciudades.

Pero sobre todo me llama la atención que el centro de la ciudad es igual para cualquier religión. En el centro de Ayodhya está el Brahmaputra; en el centro del mandala, el Brahmasthana; en el centro de la Jerusalén celestial está el Cordero. En el centro del hombre está en corazón y el fuego, la luz el conocimiento.

FUEGO

De los distintos símbolos es el que más me ha llamado la atención porque el fuego está en el centro de la ciudad en su fundación, el fuego está en el altar, el fuego está en el interior del hombre. El apartado 3 dedicado al fuego, del diccionario de Jean Chevalier  me ha llamado especialmente la atención. En él se dice que Budddha sustituye el fuego sacrificial del hinduismo por el fuego interior, que es a la vez conocimiento penetrante, iluminación y destrucción de la envoltura “Mi corazón es el hogar, la llama es el yo domado…”

Raquel

”…me ha interesado especialmente (…) la definición de Schneider del simbolismo: el arte de pensar en imágenes, perdido por el hombre civilizado en los últimos 300 años, a consecuencia de las catastróficas teorías de Descartes. Esto unido a que “en las ideas siempre hay algo de las creencias” me ha llevado a meditar sobre el deber-necesidad-naturaleza  del hombre de integrarnos como individuos en unidades más amplias (M.Eliade), sociedad, cultura, universo.

La vuelta a los arquetipos tradicionales (imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo) puede ayudarnos a recuperar los valores perdidos, aunque su presentación tendría que tener una apariencia diferente. Planteamientos nuevos de pautas de comportamiento tradicionales, basadas en el bien común. Me ocupan de manera especial los símbolos relacionados con la ciudad y su medida humana, al mismo tiempo que la trascendencia de ese ser humano manifestada en la sociedad. El hombre es un ser social por naturaleza y no puede desarrollarse fuera de ella. Resumiría mi incursión en el diccionario con una frase de Pío XI en Divinis redemptoris: “Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”.