Simbología del belén o pesebre para celebrar la Pascua de Navidad renaciendo

Nacimiento de Jesús

“Oyeron los pastores a los ángeles cantando la presencia de Cristo encarnado; y corriendo hacia él, como a su pastor, le contemplan como un cordero inmaculado, lactando del pecho de María y le cantan este himno: (etc)”

4

“Oh! Gloriós de la Florida Vara,
dau-nos ajut en tot moment”

No olvidemos la Navidad en esta “cuesta de Enero” magnificada hoy por la llamada “crisis”! La liturgia y el calendario tradicional nos ayudan, recordando que el ciclo navideño y la exposición hogareña del Belén duran hasta la fiesta de la Candelaria (2 de Febrero), cuando el Niño ya crecidito es presentado al Templo. Sólo evocando esas cosas divinas ya se despiertan en nuestro interior los arquetipos (energéticos, vivientes) pulsando por ser reconocidos y escuchados: la dinámica interna del ser humano se puede ver como una permanente ebullición en aras de renacer: una “economía de salvación” que ya funciona siempre de por sí cuando nosotros no interferimos oponiendo resistencia. Apostemos, pues, de entrada, por la naturalidad y la espontaneidad de esta dinámica humana interior que llamamos “natividad” (“segundo nacimiento” o renacimiento, rebirthing, etc.). El Pesebre, del cual estamos dando las claves, es un precioso mapa (mándala) utilísimo para esa tarea.

Hoy se nos aparece San José, el “glorioso de la divina vara”, el “carpintero”, el “padre” que no es el verdadero Padre, en suma: el comadrón, el obstetra. Él nos orienta y nos guía en todo este proceso. Se encarga de proteger la gestación de la “Virgen”, de proteger al Nasciturus, y a ambos después de realizado el parto. Él es maestro porque sabe escuchar los consejos del cielo, canalizados por Gabriel, el arcángel. Así Dios salva la “Sagrada Familia” de las dudas del propio José frente al peliagudo tema de la virginidad, la salv de la matanza de Herodes, y la conduce a Egipto (a donde van todos los sabios –Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón, Plutarco- a iniciarse en los divinos misterios. Toda la historia de este nuestro patrón (o guía interno) es muy orientativa…y mágica! hasta la actualidad (véase su presencia y autoría en el patronazgo de Josep Gaudí, y de su reconocida obra barcelonesa, la basílica de la Sagrada Familia, un prodigio de devoción, arquitectura y máketing urbano, de cuyo simbolismo ya he escrito anteriormente.

Hay un aspecto de este santo que repele en general y, particularmente, a la mentalidad moderna. Es por su respeto a la “virginidad de la mujer” (con la que sin embargo se casa). También resulta chocante su famosa castidad, puesta siempre en primera línea por la mentalidad religiosa corriente. Ambas cosas deben ser bien comprendidas desde el enfoque espiritual y simbólico en que aquí nos situamos, donde la sexualidad no se excluye, antes todo lo contrario, tal como lo atestigua la ya comentada presencia de la “mula” (o asno) dando vida y aliento al Niño en el pesebre.

El obstetra tiene una función sacerdotal. No posee a la Virgen en sentido genital. Ella es sólo poseída por el Padre (el macho divino que la fecunda mediante su Espíritu Santo). San José, por lo tanto solamente cuida y protege a la Virgen (que es nuestra alma receptiva y hermosa). Le consigue y adereza el habitáculo prenatal, la “cueva”. La orienta dándole consejo, ideas heredadas de la tradición ancestral que él (como descendiente del rey David, y como maestro de oficio) representa. Además del conocimiento teórico, además de orientarla (léase nuestra alma enterándose de lo que está ocurriendo con todo este proceso, que tiene aspectos traumáticos- aporta el conocimiento práctico sobre la fecundación por el “Espíritu”, es decir: sobre la respiración en sentido profundo, sagrado y trascendente. Ya que todo nacimiento, si lo pensamos bien, tiene el proceso de la respiración como eje y centro. No en vano subrayamos una y otra vez la importancia de conocer y practicar el que hemos optado por llamar Arte de la Energía (del “aliento”, “hálito” o “espíritu”…el arte de sintonizarnos con la “respiración cósmica”) traduciendo a nuestra lengua y comprensión  moderna, los términos chi-kung y/o prana-yama, que son entre los muchos otros existentes, los más relativamente reconocidos en ciertos ambientes de la modernidad.

Los santos, como José “esposo de la Virgen”, están para ser invocados. Lo hacemos con la incantación de  su nombre, repetido con la máxima intención y profundo sentimiento desde nuestro corazón iluminado. Ellos acuden siempre gustosos en ayuda aportando imágenes y/o palabras y/o/ sensaciones en forma de energías y/o “consejos” con la libertad de poder tomarlos en cuenta y seguirlos. Podemos, como hoy se diría, “canalizar” su mensaje, encarnando su presencia. Los santos cristianos -el santoral del calendario- son aspectos o energías de Dios (así como en el budismo se dice que los bodhi-sattvas son los distintos aspectos de Buda). Están de la parte de Dios: eso significa de lo bueno, de lo hermoso, de lo creativo y luminoso. Son, por tanto, parte inextricable de nosotros mismos, de nuestra alma superior, haciendo de intermediarios en este canal de luz, belleza y alegría que somos cada uno de nosotros interiormente conectando lo de arriba con lo de abajo (el Cielo con la Tierra y la Tierra con el Cielo). Las enseñanzas que, siguiendo la tradición, impartimos de una generación a otra, sólo sirven para despertar en nosotros el proceso de la transformación interna, para conectarnos con estas inteligencias energéticas realmente presentes en lo invisible. Entre ellas, San José ocupa un rango destacado junto a la caterva de los que ya en vida realizaron una sólida conexión con lo superior y divino (la Iglesia Triunfante).

Ya podemos ir comprendiedo que el belén o pesebre, como todo dispositivo simbólico vinculado a la religión y a la tradición popular, cumple funciones ambiguas que operan en distintos rangos. Todo depende de nuestra capacidad y nuestra actitud ante el mensaje tradicional que nos presenta. Aquí nos interesa la aplicación directa a la realización en sentido espiritual: la efectividad transformadora de estos simbolismos en la economía interna de cada uno. Las otras significaciones más corrientes y reduccionistas están también presentes, pero debemos aprender a trascenderlas.

El pesebre no es solamente un juego religioso infantil, una escenografía ficticia para mentes retardadas o perezosas. No es solamente un dispositivo sentimental, que hace vibrar buenas emociones. Tampoco es la escenografía –más o menos documentada y aproximada- de un hecho histórico acaecido en la antigua Palestina…Todos estos puntos de vista son reflejos de la verdad que contiene, pero solamente reflejos indirectos, que nos remiten a la verdad interior de nosotros mismos, de las energía vivientes que bullen en el fuero interno y pugnan por armonizarse, gozar y nacer realmente en un plano superior del cosmos y de nosotros mismos. Nuestro punto di vista no niega, antes trasciende y realiza de moso efectivos los contenidos que nos ofrecen la liturgia cristiana y la religiosidad popular. Los contenidos de la tradición religiosa, a pesar de los defectos que puedan acarrear, y de lecturas literales (o materializadas) que siempre los acompañan, deben ser respetadísimos, por el gran papel que tiene en la transmisión a través de las generaciones y los siglos.

Frente al legado tradicional se sitúa la soberbia de la mentalidad moderna (que impregna nuestra educación recibida). Ya nos hemos referido anteriormente a ese tipo de actitud mental representada por el novedoso “caganer” recientemente introducido en el belén… Ahora bien, ya que el simbolismo todo lo integra –y el mandala todo lo contiene- la negación de todo eso debemos aprovecharla para ayudarnos a trascender el sentido literal de las cosas. accediendo a la otra lectura superior (espiritual, simbólica) de este tipo de realidades a las que nos estamos refiriendo. Por la cincidentia oppositorum ocurre que aparentes contradicciones y negatividades tienen también su papel positivo en la evolución de nuestro ser. El pesebre no es lo que parece a primera vista, ni nosotros tampoco.

El pesebre o belén, heredado de San Francisco de Asís y también de los monjes del Templo de Jerusalén, es un genial diseño que ha transitado en el cristianismo popular hasta hoy, para exhibir contenidos de alta significación espiritual (transformadora, alquímica), utilísimos para todos los despiertos con ganas de aprender, practicar y renacer a otro cuerpo y a otra vida. Un “cuerpo de gloria”, “cuerpo de luz”, “cuerpo de Cristo”…Una vida eterna, siempre siendo en el aquí y ahora, en la Presencia (sin pasado ni futuro), expandida, real, viviente, respirante…Mucho más cercano todo ello que nuestra yugular.

El tipo de enseñanzas transmitidas por San José quedan hoy en general para la clerecía cristiana circunscritas a lo que dicen los cuatro evangelios canónicos (que ya es mucho) y a los comentarios de los padres y seguidores. No recogen los “secretos del oficio”, que seguro conocía y enseñaba el Maestro Carpintero. Recordemos simplemente que los “carpinteros” en los contextos de sociedades arcaicas, son los arquitectos o “maestros de azuela” (mestres d’aixa). Sus productos van desde el vaciado de un tronco para hacer una canoa, la construcción de una cabaña, hasta la construcción del Caballo de Troya, el Arca de Noé, el Palacio de David, o el Templo de Salomón, pasando por la de una balsa, un bote, una carabela, o por la admirable arquitectura de troncos, tablones y llatas, que es la suiza o la nórdica, entre muchas otras. Si nos fijamos en todo ese tipo de productos constructivos que se realizan con el hacha de carpintero (la azuela y otras herramientas más sofisticadas) veremos que el objeto es siempre fabricar un contenedor para el cuerpo humano, o para una colectividad de individuos (familia, felgresía, partida, equipo, parroquia, pueblo, grupo, etc). No es de extrañar, pues, que simbólicamente hablando, la “carpintería”sagrada trate precisamente de obtener, vigilar, conservar el claustro materno (útero, vientre, cueva, tumba) donde se produce el nacimiento del ser humano.

Los “secretos del oficio” que el simbolismo de José evoca, se nos hacen presentes en otra clave con el segundo José de la historia sagrada, que es el de Arimatea. Este importante personaje es el que se encarga de comprar la tumba de Jesucristo, es decir, simbólicamente, el claustro materno (excavado en la roca en forma de silo, tal como ha sido documentado arqueológicamente) para el “segundo nacimiento”, simbolizado en este caso por el Sepulcro Vacío, la Resurrección y la Ascensión a los cielos. Juntando el simbolismo de los dos Josés comprendemos que su “oficio” es también la cosmología. Ya que el cosmos es en realidad el útero que debemos aprender a reconocer para el “segundo nacimiento”. Aprender la cosmología es reconocer y vivenciar el modelo del universo, en el cual hemos sido ya dados a luz por el primer nacimiento, y del cual estamos aprendiendo a liberarnos con ayuda del belén que, ni más ni menos, es un cosmograma para el segundo nacimiento. Las diferentes matrices son siempre artefactos para ser trascendidos: para nacer a otra dimensión.  La cosmología (la arquitectura sagrada y la ciencia de los antiguos constructores) nos enseña una nueva manera de ubicarnos con respecto a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Una manera que convierte a todo ello en algo inteligible, interesante, energético, lleno de posiblilidades creativas: lleno de amor, en suma. En La ciudad cautiva hallará el lector estudioso abundante referencia a este tema.

Terminamos el capítulo recordando que Joseph, en hebreo significa “añada Dios un nuevo Nacimiento”, tal como lo leemos en el Diccionario de la Biblia de Herder (que escribió habitando en el desván de dicha editorial, el padre capuchino e ilustre hebraísta Serafín de Ausejo). San José es, pues, el obstetra y su arte constructiva lo podemos seguir aprendiendo hoy de las tradiciones sagradas de Oriente (desde los hesicastas del Monte Athos en Tesalia, hasta la obstetricia sagrada del Extremoriente a la que ya nos hemos referido, pasando por el pranayama y los yogas tántricos de Asia) y Occidente (la geometría pitagórica, el platonismo, y la arquitectura simbólica de los “constructores del templo de Jerusalén”).

El respeto que muestra San José ante la Virgen, nos reafirma en la sacralidad y belleza natural de nuestra alma de luz. La proverbial castidad, entendida en sentido superior (más allá de la literalidad, no siempre negativa, con que lo entienden los clérigos cristianos de la modernidad occidental) la entendemos como la no-interferencia de la mente-pensamiento, que obstaculiza, contamina e incluso llega a impedir el acto de renacer en un sentido espiritual. Cuidemos pues de la virginidad de nuestra alma y confiemos en la ayuda que siempre está recibiendo del cielo.

José Olives Puig
Cardedeu, 26 de Enero 2012

Apuntes-lectura a La Ciudad Cautiva (cap. I, 6-8)

Anotaciones al seminario 08.02.2011 de la asignatura “Ciudad, persona y civilización” en el Master de Iniciación a la Investigación en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas. Universidad Internacional de Cataluña.

A raíz de comentarios escritos por  los alumnos (II entrega):

Gemma y a Pablo, entre otras muchas cosas que señalan tras la lectura, les ha interesado mucho profundizar en la idea de revelación. Intuyo que comprenden la amplitud de la misma (“las leyes y los ritos, los símbolos, los mitos han sido revelados por los dioses a los hombres”), y también que ya son capaces de interpretar el simbolismo: los “dioses” son las energías divinas latentes en cada uno de nosotros y el mundo que nos rodea; la revelación se produce con la lectura, la meditación, la asistencia atenta a los ritos, la contemplación, la verdadera dialéctica (de la que pronto hablaremos, etc). No es solamente un acontecimiento que se produjo en un pasado histórico cuando la Buena Nueva fue dicha por vez primera y puesta por escrito en el cánon neotestamentario. Aunque eso, por supuesto, también fue revelación.

Que “el fundador de la ciudad es el que recibe la inspiración divina de dónde, cómo y cuándo deber ser fundada la ciudad” significa que cualquier creación que salga de nosotros debe fluir desde esta conexión vertical que llamamos “religión” o “revelación”, lluvia de gracia que siempre se nos está derramando desde los cielos. Por lo tanto, hay que estar atentos; no, distraídos.

Que “los ritos anuales sirven para dar a conocer las leyes fundamentales de la sociedad” significa la importancia litúrgico-ritual del calendario sagrado, con el cual toda civilización sacraliza los ciclos temporales, dando ocasión a los ciudadanos a conectarse una i otra vez, cada tanto, con Dios, con el Ser, y con todas las luces, energías, seres superiores, ángeles, etc que nos hacen de mediadores, que Él nos envía…Cada vez que realizamos correctamente el rito (tanto si estamos solos como si estamos acompañados) estamos “refundando la ciudad”. No os quepa de ello la menor duda.

“Los planos urbanos, con un centro político y religioso, reflejan la estructura del mundo comprendida mediante el movimiento de las estrellas celestes, proyectando en la Tierra el orden y la Armonía del cielo”. Efectivamente…”lo de abajo es como lo de arriba y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los misterios de una sola cosa”…Así comienza la Tabla de Esmeralda, precioso poema antiguo (hermético), que os recomiendo leer y aprender. Contiene claves para la conexión entre planos distintos de nosotros mismos, esa conexión que deseamos propiciar con el aprendizaje del lenguaje analógico.

*

Catherine no acaba de entender bien que “el derecho y la política son en la ciudad antigua acciones rituales: son religión”( La ciudad Cautiva,p.57).

Si la religión es el acto de religar “lo de arriba con lo de abajo”, cualquier tipo de acción humana puede convertirse en un acto sagrado y ritual, siempre y cuando esté sirviendo paraconectarnos con el Amor, con el Bien, con la Belleza, con Dios, con el Prójimo… El derecho es en las sociedades antiguas y tradicionales una actividad sagrada por excelencia, entendiendo que el conocimiento de las leyes más esenciales para el ser humano es un asunto sapiencial y sacerdotal en sumo grado. También la política (la buena organización y administración de la polis) es un asunto que atañe directamente lo sagrado si de verdad se quiere propiciar la felicidad común. Una política que no esté arraigada en el profundo conocimiento de las verdaderas necesidades de la naturaleza humana, no merece propiamente el nombre de “política”. En este sentido lo que hoy llamamos con ese nombre se reduce cada vez más a un aspecto menor (muy incompleto) de lo que es la verdadera política en el sentido clásico-tradicional, que tratamos de recuperar. Los ejemplos de algunas civilizaciones antiguas (como la china, la japonesa o la romana, y hasta la egipcia antigua, en algunos aspectos), donde el sacerdocio toma forma burocrática, cumpliendo funciones que a nosotros nos parecen no-religiosas, es muy interesante y da que pensar.  Un residuo de esa concepción és el rigor que observamos en la manera como el Japón controla hasta hoy el comportamiento ético de los funcionarios públicos, que pueden ser penalizados o incluso destituidos del cargo por faltas  o delitos de tráfico, u otros asuntos que la “política” moderna considera al margen de la religión.

*

Reproduzco el siguiente comentario de Catherine. Dice que le <<interesa especialmente la diferencia entre el intelecto y el pensamiento.  Es cierto que tendemos a considerar a nuestra cultura contemporánea como la “culminación de la inteligencia y las potencialidades humanas como resultado del racionalismo”.  (…)  No se permite a los niños “trascender la literalidad del sentido yendo más allá de la racionalidad y la mera lógica”.  Les tenemos anulados, con tanta estimulación.  Les anulamos el asombro, esta capacidad que… JPII decía “sin el asombro, la persona no sería capaz de vivir una existencia verderamente personal”.  Enlaza con la idea aristotélica de “intelecto agente” como “realizador del ser”.  También me gusta la idea de “total empatía e identificación con la cosa comprendida”. (…) el asombro (…) conectar profundamente con la realidad, versus quedarse ensimismado, encerrado en el propio “yo” desvinculado (…).  Sin esta “empatía” entre el sujeto y el objeto, no hay verdadero conocimiento de la realidad.  Sin esta “empatía” entre los seres humanos, no hay participación verdadera en la vida social, ligazón de la comunidad>>.

El tema de los símbolos apasiona a Catherine, y lo relaciona directamente con la educación infantil.  Escribe: <<Los niños aprenden a través de las historias, los sonidos, las imágenes, los gestos.  Hemos olvidado el lenguaje de la analogía (…) como la “unión de dos planos de la realidad: uno visible e inmediatamente perceptible, otro análogo pero misteriosos, interior, desconocido.  Los símbolos sirven para el desvelamiento de ese último. Atraen y expresan lo que está más allá de la mera lógica y la percepción ordinaria.  En la medida que comunican y dan a gustar algo de “más allá”, son reveladores; trasmiten la vivencia y la experiencia de otros planos de la realidad que en la vida ordinaria permanecen ocultos: aportan conocimientos suprasensibles y metafísicos, haciendo posible que el ser encarne lo que conoce haciéndose uno con ello.” (cf. La ciudad Cautiva, p. 25) >>

Catherine añade: <<Este tema se merece una buena reflexión.  Los niños están apasionados por el misterio, porque lo ven como una oportunidad infinita de conocer (que lo es).  Cuando les acercamos al misterio a través de los símbolos, les damos alas.  Esto no se está haciendo en el actual sistema de educación.  Les convertimos en máquinas para almacenar datos racionales.  Les hacemos preguntas cerradas y no nos gustan sus preguntas cuando no tenemos respuestas para ellas.>>

Coincido en las observaciones de Catherine. Simplemente le recordaria, que en el punto de vista de nuestra asignatura nos interesa recalcar el simbolismo de una manera radical. Tanto es así, que el propio Niño es uno de los principales símbolos de nuestro Ser interior y divino. Por lo tanto somos nosotros mismos los más necesitados de recuperar este tipo de conexiones con el “mas allá”, que el lenguaje analógico propicia. Debemos aprender a alimentar cada uno de nosotros a nuestro “niño interior”, capaz de asombro, ávido de aprender, jugar y amar… y desgraciadamente marginado la mayoría de veces en este desierto que es la cultura oficial de nuestro tiempo. El trabajo que aquí tenemos entre manos, consiste precisamente en una paideia, eso es: un redescubrimiento del Niño Interior, y la adquisición de las claves gnoseológicas para poder alimentarlo. Es un gran mérito lograr hacer eso en el seno del actual sistema universitario y, en ese sentido, estamos siendo pioneros en un nuevo estilo de docencia.

*

A propósito de la idea de “religión” como la función “religadora” Natalie alude al <<yoga, que refiere a la unión de los fragmentos, teniendo en cuenta el sentido que pueden tener los gestos y los actos mas naturales. Por ejemplo, la espiración de uno mismo como acto de entrega, de aceptación, de silencio; y desde ella, la inspiración, hecha a través de uno, …una memoria del acto de vivificar el ser con el aliento divino – cada vez de nuevo – que puede significar una nueva oportunidad de discurrir la vida. ”..El rito es sintonía con el aliento cósmico que penetra todas las cosas, tiene valor como rectificación, corrección, curación..”(La Ciudad Cautiva, p.56)

Y sigue escribiendo <<entiendo y siento que encontramos una división dentro de nosotros mismos, una ruptura, un alejamiento  del origen (que a lo mejor esta simbolizado en la Biblia con el pecado original y el rechazo  desde Gan-Edén) y se puede decir que vivimos en el mundo de puras ideas y manifestaciones limitadas. Los ritos hechos con intención, nos sirven para despertar y volver a encender el fuego del altar del corazón. Pregunto el por qué de esta división ( en lo corporal, emocional, mental y personal…). Intuyo que la respuesta esta en el camino mismo, al actuar en coherencia y harmonía entre las diferentes partes de uno, como en la ciudad misma. Y soy consciente que es una  pregunta primaria, (…)casi infantil… Somos chispas de luz. Por naturaleza hemos de estar presentes y manifestarlo; sin embargo la mayoría vivimos dormidos y los privilegiados deberían pasar por  el infierno, como Dante, para llegar a despertar. Me pregunto si este pecado simbólico es de cada individuo en su camino, si surge de la psique de uno o, paralelamente, es un pecado, una división y un camino colectivos (de la humanidad), de la misma manera que la ciudad antigua representa al ser humano y la sociedad, ambos a la vez.>>

Me parece un comentario bello y admirable, del cual todos podemos aprender.

*

A María José le <<disgusta pensar que por apatía, olvido y falta de espiritualidad, se vayan perdiendo las prácticas rituales, como parte de la religión, de la “fundación de la ciudad”, utilizadas anteriormente como medio de autoconocimiento. Autoconocimiento que entiendo no solo como personas (individuales) sino como “ciudad”, como pueblo(…)>> También José María lamenta la pérdida moderna de la visión sagrada del mundo, el prejuicio occidentalista frente a las valiosísimas doctrinas de Oriente, y que toda la filosofía haya quedado reducida al eje Platón – Tomás de Aquino – Hegel…

Es verdad! Es una lástima tal proceso de endurecimiento en las conciencias, producido en el mundo a lo largo de los últimos siglos. Pero lo importante es que todo aquello tan bueno que hoy tiende a ser olvidado, si es algo realmente bueno, es precisamente porque se trata de algo perenne, siempre al alcance de la mano. La ciudad sagrada, el rito fundacional, las tradiciones sagradas de Oriente y Occidente, la incomensurable reserva underground de la cultura occidental europea… todo eso se halla presente, sólo hace falta reconocerlo, aceptarlo, y cultivarnos a nosotros mismos por medio de este gran patrimonio humanístico legado a las gentes de hoy.

*

Mª José apunta también el siguiente comentario: <<Asistiendo a la presentación de uno de los prototipos propuestos en el Taller Vertical, 2010 de la EsArq (UIC), he visto un paralelismo claro entre lo que es una construcción para arquitecturas de emergencia y el concepto de la ciudad antigua. En situaciones desprovistas de todo lo material, los constructores  tienden a proporcionar al individuo un entorno que le dirija al centro de sí mismo, a lo más íntimo de sus relaciones interpersonales y familiares y en cierto modo con el Creador. El espacio fluye circular, equidistante, unas veces hacia el interior y otras hacia el exterior, pero con un punto central de referencia que en el proyecto toma la máxima altura. Ahí es donde la persona se refugia y donde establece sus nuevas coordenadas.>>

José Olives Puig

Cardedeu, 15.02.11