LAS HUMANIDADES IX: aproximación y revaloración del Homo Religiosus arcaico

Religions I

(Con el nuevo capítulo de J. Muñoz, que aquí ofrecemos, incluyo ese dibujo inédito donde muy esquemáticamente se grafica la idea de la unidad esencial de las grandes tradiciones sagradas de la humanidad, emanadas todas del mismo Dios, y bien distintas de las meras sectas, nacidas de la modernidad post-protestante)

La religión, por pertenecer a la esencia más profunda del ser humano y de la realidad toda no puede concebirse como se hace en la actualidad, como algo segregado, independiente…  Si la religión nos habla del centro de la realidad, de Dios, del modelo último de todo cuanto existe, todo tiene entonces que ver con la religión, todo puede ser motivo de religión…  Y muy especialmente las humanidades, en cuanto tienen que ver con el desarrollo ser humano, con que éste llegue a ser lo que debe ser, con que ocupe su lugar en el cosmos: “el último y primordial fin del hombre en la tierra es conocer a Dios, dándole honor y gloria”[1].   Este es uno de los principales mensajes que se desprende de la visión humanística clásico-tradicional: la hermenéutica simbólica despierta nuestra experiencia religiosa y nos permite descubrir al Todo en la parte, a Dios en su creación y en el interior de nosotros mismos, abriendo el alma –como si de un recipiente se tratara- a los efluvios divinos, a las influencias espirituales capaces de transformar la vida y de dotar a ésta del goce de participar en al amor divino[2].

 

A menudo se ha creído que esa visión mística de la creación, ese encontrar –y cohabitar- con Dios en cuanto existe, tan propia del homo religiosus arcaico, es una forma de panteísmo, naturalismo o animismo…  Cuando no de mera superstición.   Me parece muy acertada la puntualización que hace Olives al respecto cuando valora críticamente la metodología propia de los filólogos y antropólogos que imputan sistemáticamente a las religiones antiguas el politeísmo, el animismo o un carácter naturalista.

 

Con una argumentación llena de sentido común, Olives llama la atención sobre el hecho de que un «trabajo de campo» antropológico realizado en la España actual, sin otras fuentes que los vestigios arqueológicos de los santuarios marianos, la mera exterioridad de las formas de culto o las explicaciones que se pudiese obtener de la «gente de la calle»  llevarían, a cualquier investigador empirista extranjero que careciera de conocimientos previos sobre la religión cristiana, al convencimiento de que “los españoles tienen divinidades locales (la Virgen del Rocío, la de Montserrat, la de Begoña, la Macarena, la de Almudena, la de Fuensanta, etc.), a subrayar las diferencias entre ellas y a enfatizar «científicamente» la competencia entre los distintos cultos, de la misma manera que se hace con los «dioses domésticos» o las presuntas «divinidades locales» y los cultos de la Antigüedad”[3].

 

También alerta Olives sobre el riesgo de asumir acríticamente las valoraciones realizadas en las antiguas fuentes escritas sobre las ancestrales tradiciones espirituales.  Nos recuerda que las referencias a religiones ya desaparecidas suelen llegarnos a través de cronistas posteriores que suelen describir sus periodos terminales, sus fases de decadencia, de olvido del sentido original de sus contenidos, símbolos y prácticas, de caída en el literalismo, materialismo, la superstición y la magia.  En el caso concreto del paganismo –y de las críticas justas y legítimas  que contra él emitieron San Agustín y otros Padres de la Iglesia-, afirma que éstos “únicamente contemplaban las formas supersticiosas y materialistas (o idolátricas) que en aquel tiempo eran generales entre los pagani, los habitantes de los pagi, o pueblos”[4] y que conviene distinguir estas formas degradadas de las formas originales, “tal y como pueden leerse en las fuentes genuinas y concretamente en los simbolismos espirituales, los mitos y lo que conocemos de los ritos propios de cada una”.  Porque “una religión como sistema histórico llega a perder vigencia, pero su simbolismo no deja nunca de tenerla, aunque ya no sea aplicado en forma de religión”[5].

 

Olives nos propone superar las apariencias, trascender la mera superficialidad y recuperar ese simbolismo mediante la hermenéutica simbólica de las tradiciones espirituales.  De la mano de los grandes humanistas del Renacimiento (y siguiendo especialmente la estela de Tomás Moro en su “Utopía”), nos invita a redescubrir la estrecha relación que existe entre las humanitates y la religión entendida en el sentido superior que le otorgó el mártir de la Torre de Londres y, como él, los humanistas de la nueva Academia Platónica y sus discípulos…  Entre los que incluyo –al menos en este aspecto de sus enseñanzas- al propio Olives.

 

 

 


[1] Olives:2006, 234

[2] Cfr. Olives:Gaudí, 12

[3] Olives:2006, 34

[4] Olives:2006, 31

[5] Olives:2006, 32

LAS HUMANIDADES VI: El simbolismo metafísico de las Tres Gracias

las-tres-gracias-en-la-primavera-de-botticelli

(Añadimos un capítulo más de los que Joaquín Muñoz Traver va colgando en su citado blog, fruto de la investigación por él realizada sobre el método de las humanidades tal como yo lo he aplicado al mundo académico de hoy)

Una vez clarificado –en el anterior capítulo- el vínculo existente entre aprendizaje y docencia en el ámbito de las humanidades, podemos enriquecer esta visión con las aportaciones propias de la teoría de las Tres Gracias al respecto.

Comenzaremos nuestra aproximación al tema simbólico de las Tres Gracias, al que se han referido muchos pensadores y artistas destacados (siendo la principal vía utilizada por el pensamiento clásico para transmitir la teoría sobre la liberalidad o los beneficios, sobre el arte de dar, recibir y devolver[1]) con una introducción general al mismo para, posteriormente, y pese a su riqueza simbólica y a la multitud de lecturas y enseñanzas que de ella se pueden obtener, ceñir nuestra aproximación a su valor arquetípico en el terreno del aprendizaje y la enseñanza, en el campo de la pedagogía humanística.

Dada la importancia que otorga Olives a los soportes imaginales para facilitar la meditación hermenéutico simbólica, así como atendiendo a la profusión de imágenes que  sobre este tema encontramos en La ciudad cautiva[2], incluyo la interpretación que de las mismas realizó  Botticelli, pintor-filósofo platonizante, perteneciente a la Academia florentina de Marsilio Ficino, cuya obra “cargada de conocimiento, vehicula un potencial iluminativo de gran calado, hecha como está para la contemplación meditativa, que no niega el valor estético, antes lo culmina”[3].

Botticelli nos muestra tres hermosas mujeres, con sedosos, vaporosos y transparentes vestidos, con sus manos entrelazadas en una circular y sensual danza mediante la cual parecen establecer un callado diálogo que las une.  Matices a un lado[4], se trata del modelo iconográfico clásico de las Cárites.

Al contemplar la imagen podemos preguntarnos, como hizo Séneca (en cuyos planteamientos bebe Olives para configurar, desarrollar y comunicar su teoría de los beneficios[5]) quiénes son estas mujeres y por qué son tres.

Nuestro autor, como es habitual en él, comienza introduciéndonos en el sentido etimológico y simbólico del término «gracia»: nos habla de la relación existente entre su raíz indoeuropea jr y las letras griegas XP del Crismón, de sus paralelismos sánscritos y de su vinculación con la idea de transmisión de influencias espirituales.  Por último, y en un sentido más común, lo asimila a la idea de goce, favor, don o beneficio[6].

Tras esta primera aproximación, se nos muestra con mayor claridad que el contenido «filosófico-humanístico» de esta iconografía tiene que ver con el hecho de que “hay gracia en dar, gracia en aceptar o recibir, y gracia en devolver”[7].  La desnudez (o semi-desnudez) de las Gracias expresa la naturalidad de los beneficios[8] que circulan según esta estructura ternaria, en la que cada uno de los elementos hace de mediador entre los otros dos, dando lugar a un dinamismo de intercambios mutuos que se simboliza pictóricamente con las manos entrelazadas y la feliz danza en que participan[9].  Un baile que nos remite no sólo a la alegría de regalar y ser regalado sino que, a través de su circularidad, nos comunica el retorno del don al donante.

Los nombres, atributos y posición de las Tres Gracias nos permiten dar un paso más en su correcta comprensión: a la izquierda, la sensual y provocativa Eufrósine-Voluptas (el Goce o el Placer); en el centro, la cariñosa, sencilla y prudente Talía-Amor-Castitas (el Amor altruista, iluminado o compasivo) y, a la derecha, la sofisticada, elegante y radiante Aglaia-Pulchritudo (la Belleza o Hermosura)…  La iniciadora o impulsora de todo el dinamismo[10].  Y, con esta última afirmación, retomamos el platónico mito de la caverna que nos está sirviendo de hilo de Ariadna para llegar al núcleo central de las humanidades entendidas como proyecto pedagógico, como imbricado nudo entre aprendizaje, desarrollo personal y docencia; entre recibir, disfrutar y dar.

Decíamos anteriormente que es la belleza (Pulchritudo) del nuevo mundo que se ha abierto ante sus ojos lo que, junto al recuerdo de su anterior y triste vida de sombras, mueve al cautivo liberado a descender de nuevo a la caverna para, llevado por la compasión (Castitas), tratar de conducir a sus antiguos compañeros, que siguen cautivos, a la nueva realidad que él ha descubierto, que ya está gozando (Voluptas) y cuyo disfrute se verá incrementado al ser compartido[11] (pues el colmo del placer se basa en una actitud de natural entrega altruista[12], de dar gratuitamente lo que como regalo se ha recibido).

Pero las Tres Gracias no sólo ilustran la naturaleza o razón de ser de este dinamismo, también nos aportan rastros –que sigue atentamente Séneca- sobre cómo debe desarrollarse esa danza de dar, recibir y devolver.  El sabio, docente o pedagogo que comunica su conocimiento a los demás, les está haciendo un regalo, un beneficio, se está donando, entregando a sí mismo en su acción[13].  Y esa entrega, nos recuerda Olives, debe regirse por la adecuación y proporción para que el beneficio pase de mano en mano hasta volver a su causante y no se pierda la reciprocidad (simbolizada por los dedos entrelazados y la forma circular de la danza) como sucedería si se rompiera algún eslabón de la cadena.

Nos recuerda además nuestro autor que, tanto en la versión iconográfica que de las Tres Gracias hace Rafael en su fresco, como en la que aparece en el ex-libris de Johannes Cuspinianus, “las tres doncellas aparecen involucradas en un juego de pelota”[14] que nos permite especular  sobre “las disfunciones de la economía del don, [que] son tanto la mezquindad como la prodigalidad.  Pues bien, observaremos que si la pelota cae al suelo es culpa de quien la da, de quien la recibe o bien de ambos: esto puede venir de tirarla demasiado fuerte, o con poco impulso, o bien de la misma naturaleza de la pelota (que sea demasiado grande o pequeña, demasiado pesada o ligera… etc.).  El comentario advierte que tiene que haber adecuación, o proporción, entre el donante, el receptor y lo dado.  Peca tanto quien se pasa en la medida como quien se queda corto”[15].

¿Cómo aplicar esta enseñanza a la educación?  Teniendo en cuenta, en primer lugar, que el objetivo de ésta es sacar afuera lo que uno tiene en su interior[16], dar a luz el conocimiento embrionario, motivar a uno para que inicie su particular travesía hacia el exterior de la caverna…  Para ello, nos recuerda esta iconografía, el sabio debe atender a las características y necesidades del oyente debe dosificar el conocimiento que le entrega atendiendo a sus capacidades, a su cultura y a su lenguaje, de modo que le resulte comprensible y útil para el desarrollo de su personalidad, cumpliendo así su función[17] desde el punto de vista de la hermenéutica simbólica clásico-tradicional.

Mediante una cita de la Hieroglyphica de Valeriano, nuestro autor nos ofrece unas claras directrices sobre cual debe ser el talante propio del benefactor y del beneficiado, del maestro y del discípulo: “No debiéramos seguir adelante sin indicar que una de las gracias está con el rostro vuelto y oculto para indicar que aquél que hace un regalo debe hacerlo sin ostentación.  La otra muestra su rostro abiertamente porque quien recibe un bien debe mostrarlo y declararlo públicamente; y la tercera gracia muestra un lado de su rostro y oculta el otro significando que al devolver los beneficios debiéramos ocultar la restitución, pero mostrar lo que nos ha sido dado”[18].  El maestro debe por tanto ser discreto y humilde, centrando la importancia y atención en aquello que transmite.  El discípulo, sin embargo, debe mostrar su agradecimiento dando a conocer la fuente por la que ha llegado a él el saber, alabando y haciendo públicas las virtudes de su benefactor.  Por último, el discípulo no debe guardar el conocimiento para sí sino que, en su recién alcanzada maestría, debe dejarlo fluir, compartirlo (humilde y discretamente) con los demás…  Incluso con su propio maestro, que también se verá beneficiado por esta reciprocidad.

La imagen de las Tres Gracias, con todas las especulaciones que puede suscitar y que aquí sólo hemos esbozado, muestra –en cierto modo- una correspondencia con las tres fases en que hemos estructurado el proceso pedagógico: Voluptas, el goce o placer del estudio, de recibir, de ser regalado o beneficiado; Pulchritudo, la belleza o hermosura de la meditación, de aceptar, disfrutar y hacer propio lo recibido; y Amor-Castitas, el amor altruista que conlleva el deseo de transmitir y compartir lo que se ha recibido, el deseo de transmitir y compartir la felicidad que se ha obtenido mediante el conocimiento transformador de uno mismo, mediante el arraigo en la propia naturaleza.


[1] Cfr. Olives:2006, 138

[2] En Olives:2006 se incluye, además de la imagen de las Tres Gracias de Botticelli (pág.143), las de un fresco de Pompeya (pág. 139), las de Rafael (pág. 141), las de Correggio (pág. 146), las del ex-libris de Johannes Cuspinianus (pág. 147), una versión popular en mosaico procedente del pavimento de una casa en la antigua colonia Julia Augusta Paterna Barcino, núcleo fundacional de Barcelona (pág. 148),  la fuente de las Tres Gracias en la Hypnerotomachia Poliphili de Francisco Colonna (pág. 151),  las del cuadro de Rubens (pág. 153) y las de la Hieroglyphica del humanista Pedro Valeriano (pág. 155).

[3] Olives:2006, 142

[4] En otras representaciones aparecen desnudas, o jugando con una pelota, o en posiciones algo distintas…

[5] Cfr. Olives:2006, 103

[6] Cfr. Olives:2006, 438

[7] Olives:2006, 144

[8] Cfr. Olives:2006, 149

[9] Cfr. Olives:2006, 144 y 155

[10] Cfr. Olives:2006, 142

[11] Cfr. Olives:2006, 120

[12] Cfr. Olives:2006, 141

[13] Cfr. Olives:2006,  118-120

[14] Olives:2006,  145

[15] Olives:2006,  145

[16] Cfr. Olives:Gaudí, 13

[17] Cfr. Olives:2006, 145

[18] Wind:1972,  41, citado en Olives:2006

LAS HUMANIDADES IV: el simbolismo metafísico del mito platónico de la Caverna

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(Ofrecemos a continuación otro capítulo de Joaquín Muñoz Travé, colgado en su blog Meditaciones del Día <http://meditacionesdeldia.wordpress.com/&gt;, procedente de su obra inédita Las Humanidades como método para el desarrollo del potencial humano en base a la aportación de José Olives Puig al mundo académico)

Para algunos, no basta con saber que el mundo está formado por símbolos y que éstos pueden ponernos en relación con unas realidades distintas a las visibles.

No, mediante la hermenéutica simbólica clásico tradicional, se pretende dar a conocer un método teórico-práctico[1] de desarrollo del potencial humano a través de los símbolos que es característico de las humanidades y que pretende utilizar a éstos como instrumentos de retorno a “la inmutable fuente oscura de donde surge toda luz y toda palabra”[2], como medios de realización espiritual, de desvelamiento de la verdad absoluta y de acceso a la visión de la realidad última cara a cara[3].

Este viaje iniciático[4], de liberación de una visión incompleta del mundo  y de uno mismo (basada en la exterioridad de las cosas)[5], es tratado por Olives mediante la remisión al mito de la caverna de Platón[6].

Para comprenderlo adecuadamente, propone transformar el habitual dibujo rectangular de aquélla en una imagen circular de la misma (que la asimila estructuralmente al mandala) y recordar que la caverna, tradicionalmente, “es el lugar de iniciación en los antiguos misterios”[7].  De este modo percibiremos con mayor facilidad el simbolismo antropo-socio-cosmológico de la misma[8].

Figura 66

Olives:2006, 411

Al comienzo de la narración del mito dice Platón: “Imagínate, pues, a unos hombres en un abrigo subterráneo en forma de caverna, cuya entrada, abierta a la luz, se extiende a todo lo largo de la fachada; están allí desde su infancia y, encadenados de piernas y cuello, no pueden cambiar de sitio ni ver en otra dirección que hacia delante, porque las ligaduras les impiden volver la cabeza; el resplandor del fuego encendido lejos, sobre una altura, reverbera tras ellos; entre el fuego y los prisioneros hay una vereda ascendente; a lo largo de esta vereda figúrate un pequeño muro parecido a los pequeños tabiques que los que hacen farsas con marionetas ponen entre ellos y el público y por encima del cual lucen sus habilidades. (…) Entonces, figúrate a lo largo de ese pequeño muro a unos hombres que llevan utensilios de todas clases que sobresalen en la altura del muro, figuras de hombres y de animales, de toda clase de formas, talladas en piedra y en madera, y, como es natural, de entre los que las llevan, unos hablan, otros están callados. (…) ¿Piensas que en esa situación pueden ver de sí mismos y de sus compañeros otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que da frente a ellos? (…) ¿No piensas que creerían nombrar como objetos reales al nombrar las cosas [=las sombras] que verían? (…)  ¿No crees que cada vez que uno de los que pasaban se pusiese a hablar, pensarían que esa voz era emitida por la sombra que desfilaba? (…) Que a los ojos de esas gentes la realidad no podría ser otra cosa que las sombras de los objetos confeccionados?”[9].

Figura 67

Este punto de partida, gráficamente sintetizado por el dibujo de nuestro autor (Olives:2006, 413) describe -para Platón y para Olives- la situación de aquel ser humano que sólo percibe la exterioridad del símbolo, sin descubrir ni vivenciar lo simbolizado; el hombre que vive en el interior de la caverna sin plantearse que existe un maravilloso mundo fuera de ella; el hombre que no se pregunta por el origen ni el por qué de sí mismo ni de cuanto le rodea; el ser humano narcotizado que disfruta de un teatro de sombras y nunca se pregunta qué las causa ni por qué él es capaz de percibirlas.

En consecuencia, la primera fase del proceso de liberación de esta estrecha visión de la realidad consiste “en romper las cadenas y los grilletes para darse la vuelta y mirar hacia el interior de la caverna”[10], inversión de la mirada que recuerda a la raíz etimológica de intuición (intueor) que ya hemos citado anteriormente[11] y nos remite al órgano cognoscitivo que nos permitirá realizar ese viaje hacia la luz, esa recuperación de la memoria o recuerdo de lo primordial perdido pero latente en el fondo del ser, esa reminiscencia o anamnesis, ese despertar o iluminación: el acceso al intellectus[12].

Este desarrollo que, como iremos comprobando, es gradual o evolutivo, comienza por la toma de conciencia –en ocasiones espontánea, en ocasiones inducida- de que uno se encuentra preso de su propia mente, el principal enemigo de cada uno (según afirma Olives citando el diálogo entre Diógenes y Alejandro Magno que narra Dión de Prusa), auténtica cadena o grillete que le ata a uno a una visión muy sesgada de la realidad:  “¡Tú eres el peor enemigo de ti mismo: el más irreconciliable y el más temible, mientras seas tan vicioso y tan necio!  He aquí el hombre a quien menos conoces.  Porque no existe necio ni malvado alguno que se conozca a sí mismo”[13] .  Queda patente en esta cita la directa relación que se establece entre conocimiento y virtud en el pensamiento tradicional y, más concretamente, en su vertiente platónica:  el recto actuar se fundamenta en el recto pensar, por lo que el pecado –o el errar en el actuar, la decisión o acción que perjudica a nuestra naturaleza- es el fruto de nuestra ignorancia, de un conocimiento deficiente, de una apariencia que tomamos por real cuando no es más que una sombra del auténtico Bien.

Sin embargo, en el pensamiento clásico-tradicional se entiende que es éste un camino de doble sentido y que también la virtud (la fuerza interior que conduce al recto actuar[14]) es un requisito indispensable para alcanzar la sabiduría (el recto pensar o el conocimiento adecuado).  Ortodoxia y ortopraxis se precisan, la una a la otra, como causa y como efecto al mismo tiempo.

De hecho, parte de esta ortopraxis consiste en la exigencia humanística –hermenéutico simbólica- de volver la mirada hacia uno mismo como exigía Sócrates, de autoconocerse, de descubrir lo simbolizado en el interior de cada uno.  Esto sólo puede lograrse trascendiendo el pensamiento (no renunciando a él)[15],  poniendo la mente al servicio del ser humano entendido como unidad, sin caer en un sometimiento esclavo a la razón (en base a que el haz de luz jamás podrá iluminar a la linterna que lo produce[16]).  Por tanto, habrá que autodescubrirse (o re-conocerse) explorando la propia conciencia (nuestros pensamientos, sentimientos y reacciones[17]), pero superando la mera introspección psicológica para así introducirse en el ámbito de conciencia que Olives denomina “persona”.

A ésta “nunca podremos conocerla en el sentido que conocemos las cosas, los seres distintos de nosotros mismos, ni como conocemos los  rasgos de nuestra psicología o nuestra conducta.  En este sentido, nuestro ser, el «si mismo» es «incognoscible», pero, claro está, es perfectamente vivenciable, puesto que no somos otra cosa que él, y siempre lo hemos sido”[18].  El ser persona radica en esta vivencia de contemplarnos como espectadores de nosotros mismos, tomando conciencia de quiénes somos más allá de nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones y demás elementos cambiantes de nuestra identidad; consiste en disfrutar de encontrarnos en ese centro inmutable, en gozar de esa presencia que siempre hemos sido y que es el sustrato que permanece más allá de los cambios propios de la edad, del paso del tiempo y de la evolución personal.  Tomar consciencia de esa parte de nosotros mismos que permanece inalterable y presente es a lo que impropiamente llamamos el «desarrollo de la personalidad», y es el fundamento último de la buena vida[19], de la eudaimonia, de la vida feliz, digna y libre.

Para acceder a este nivel de conciencia que hemos denominado “persona” es preciso liberarse de los grilletes que le mantienen a uno con la mirada puesta en las sombras, en la apariencia, en lo cambiante, en lo que parece pero no es.  Esta liberación supone intuir que el mundo sensible no es el único existente, sino que es el reflejo de otro mundo arquetípico y dotado de mayor realidad; implica descubrir la dimensión simbólica de cuanto nos rodea y de nosotros mismos[20], acceder –a través de lo visible- a las ideas fuerza que se encuentran grabadas en el alma humana y en el Anima Mundi[21], superar la visión dualista, materialista o empirista del mundo que sólo otorga realidad a lo sensible-ilusorio y no se la reconoce a lo supra-sensible, que es ontológicamente más real y duradero[22]

Si prestamos atención, observaremos que es a partir del fuego -y de ese simbólico teatro de sombras- que el prisionero puede intuir el mundo intermediario que es representado, en la alegoría platónica, por la pasarela por donde desfilan los individuos portando los objetos que dan forma a las sombras que aparecen proyectadas en las paredes de la caverna.[23]

Es bajo la guía del intelecto –ayudado por la razón[24]– y mediante una serie de encadenamientos asociativos que no son arbitrarios pese a escapar a la lógica del pensamiento discursivo-dualista[25], que uno puede descubrir las sombras como símbolo,  accediendo de este modo a los arquetipos que le facilitarán una mejor comprensión de la estructura y dinámica del mundo y de sí mismo[26].

Cuando hablamos de la hermenéutica simbólica que propone Olives nos encontramos, por tanto, ante un proceso de talante plenamente humanístico, que exige conocer mínimamente las claves interpretativas y las referencias transmitidas tradicionalmente, pasar todo lo comprendido racionalmente por la criba del autoconocimiento[27] e identificarse con el símbolo, empatizar con él como el actor de teatro con su papel, hasta llegar a reconocer el arquetipo en uno mismo[28].  Sólo por esta vía puede accederse a todos sus beneficios, a su contenido y a su potencial gnoseológico y transformador de la personalidad.

Olives llama la atención sobre el hecho de que, cuando el prisionero vuelve la vista hacia el interior de la caverna y descubre la pasarela que hemos identificado con el mundo intermediario de los arquetipos, toma consciencia de que ha accedido a éstos partiendo de las sombras, y que éstas sólo son visibles y operativas como símbolo gracias al fuego central que él identifica con el entendimiento o intelecto[29].  Pero –nos recuerda- este “mirar hacia adentro” y descubrir el fuego no es un proceso sencillo. Quien inicia este viaje debe estar preparado para no sucumbir ante todas las dificultades y tropiezos que aparecerán a lo largo del camino, muchos de ellos procedentes de la propia mente, que ya se encontraba cómoda en su mundo de sombras.  Platón lo explica así: imagina “que uno de los prisioneros fuera liberado, que se le obligara a levantarse de pronto, a volver la cabeza, a andar, a levantar los ojos hacia la luz que le causarían dolor y, deslumbrándole, le impedirían mirar los objetos cuyas sombras veía poco antes. (…) ¿No crees tú que se vería muy en apuros y que los contornos que antes veía le parecerían mucho más verdaderos que los objetos que se le mostraban ahora?  Y si se le obligase a mirar la misma luz, ¿[no crees] que le dolerían los ojos y que rehuiría y los volvería hacia las cosas que puede mirar y que considera a éstas más visibles en realidad que las que ahora se le muestran?” [30].

Aunque intelecto y razón deberían ir de la mano para obtener una imagen fiel y completa de la realidad, a menudo ésta ocupa el lugar de la primera exigiendo una primacía o exclusividad que supone seguir con la mirada puesta en las sombras proyectadas sobre la pared.  Se trata de la opción más sencilla, más cómoda, pues supone mantener el status quo, no hacer cambios, dejarlo todo tal y como está, evitando así el esfuerzo de poner en marcha un sentido –el sexto sentido- que hasta entonces estaba dormido: el intellectus.

Superar esta tendencia es lo que se procura mediante la dialéctica, el método filosófico por excelencia que –a través de los símbolos, interior-exteriormente contemplados- nos pone en contacto directo con la verdad mediante una experiencia a-dual del mundo y de uno mismo propia de la intelección (noética) que gusta de la realidad al modo místico, empático, unitivo[31], que promueve el mejoramiento y transformación del ser humano[32], su autoconocimiento, la recuperación de su dignidad original[33], pero que debe saberse que –como todo nacimiento o renacimiento- puede producir “dolores de parto” (hecho que demuestra lo acertado de la expresión socrática “mayéutica” y lo recomendable, como veremos más adelante, de disponer de una “comadrona” en el “alumbramiento”; de un maestro que nos guíe en el camino de salida de la caverna[34]).

En mi opinión, es el valor que supone enfrentarse a estos “dolores de parto” –propios del tránsito de un mundo a otro, de un estado de ser a otro- lo que justifica suficientemente que se haya denominado a la dialéctica “la vía del héroe”[35]Ésta supone un ascético camino teórico-práctico de perfeccionamiento humano a través del conocimiento de uno mismo y del mundo que puede obtenerse de los símbolos y de una modalidad suprarracional de pensamiento que implica “pensar en imágenes”[36].  Este “pensamiento imaginal” permite superar las limitaciones de la ratio, órgano cognoscitivo discursivo que, como tal,  se encuentra constreñido a las fronteras conceptuales propias de cada idioma o lengua.

Olives, al tratar sobre esta heroica vía, sobre la dialéctica platónica (a la que a lo largo de su obra asimila a la hermenéutica simbólica que él propone), la define –siguiendo literalmente a Platón- como “la operación especulativa de «leer a través», es decir: ver-más-allá de los conceptos, las imágenes, las palabras o los símbolos, para alcanzar –o mejor, vivenciar- el auténtico sentido, que siempre es una experiencia directa que va más allá de las formas y nos hace trascender el racionalismo y la mera lógica formal, superándolos.  Significa, como dice el griego, transitar gnoseológicamente de lo sensible (o visible) a lo inteligible (invisible), del mundo de las formas a la verdad en sí, la cual está más allá de toda forma”[37]; ir de la sombra al arquetipo y del arquetipo al astro rey, a la causa última de todas las cosas que el prisionero y sus compañeros veían en la caverna[38]

Llegados a este punto, resulta más sencillo retomar y comprender la idea principal del simbolismo del héroe: éste, como «semi-dios» que es, tiene una naturaleza humana pero goza también de la filiación divina y trascendente y, por tanto, está abierto a la participación consciente en el ser universal[39], le es posible acceder al sol, a la fuente de toda luz, al origen último de todas las sombras.

Ese es el objetivo final de las humanidades y de su metodología hermenéutico-simbólica y, para alcanzarlo, es preciso recurrir al estudio, a la contemplación y a la docencia.  Tres fases complementarias que integran lo que denominaremos “el proyecto pedagógico de las humanidades”; el camino hacia el centro de nosotros mismos; hacia el desarrollo de nuestra natural dignidad; hacia el despertar de la chispa divina que guardamos en nuestro interior y que nos convierte en templos vivientes, en sujeto y objeto de estudio, meditación y enseñanza.



[1] Cfr. Olives:2006-II, 23

[2] Chevalier:1995, 10

[3] Cfr. Olives:2006, 409  Este hecho justifica que podamos hablar, como veremos más adelante, de filosofía mística o del valor religioso de las humanidades (ver cáp. 4.f)

[4] Cfr. Olives:2006, 409

[5] Cfr. Olives:2006, 414.  En Olives:LD, 7 encontramos un texto mucho más explícito: “El hombre en su estado corriente vive esclavo del pensamiento-emoción, como encerrado en una caverna hecha de representaciones y proyecciones creadas por la mente individual y colectiva y, en consecuencia, relativamente ilusorias”.

[6] Nos recuerda nuestro autor que este mito es “casi imposible de comprender sin contar con las enseñanzas sobre el modelo tradicional del mundo y del hombre que en la Academia se transmitían de forma oral, al igual que las han transmitido las demás tradiciones sapienciales de todas las civilizaciones”.  Los escritos platónicos –nos recuerda- no son más que una incompleta tradición escrita que recoge valiosos fragmentos de antiguas enseñanzas tradicionales que proceden de múltiples fuentes (orfismo, pitagorismo, el legado sacerdotal egipcio, elementos caldeos y persas… etc.) y que no deben ser interpretados como un intento de construir un sistema filosófico al estilo moderno, sino como una profundización en aspectos concretos de un cuadro mucho más amplio que se da por conocido y asumido (Olives:2006, 408-409)

[7] Olives:2006, 414

[8] Cfr. Olives:2006, 410

[9] Platón:Rep, 514a-515c

[10] Olives:2006, 414

[11] Ver nota 200

[12] Olives:2006, 414

[13] Dión:Dis, 135-249

[14] Cfr. Olives:2006, 135 y 178

[15] Cfr. Olives:LD, 5

[16] Cfr. Olives:LD, 26

[17] Cfr. Olives:LD, 23

[18] Olives:LD, 26

[19] Cfr. Olives:LD, 26

[20] Cfr. Olives:2006, 415

[21] Cfr. Olives:2006-II, 60

[22] Cfr. Olives:2006, 415

[23] Cfr. Olives:2006, 415

[24] Cfr. Olives:2006-II, 60

[25] Cfr. Olives:2006-II, 120

[26] Cfr. Olives:2006-II, 60 y 121

[27] Cfr. Olives:2006-II, 120

[28] Cfr. Olives:2006-II, 121

[29] Cfr. Olives:2006, 416

[30] Platón:Rep, 515d-515e

[31] Cfr. Olives:2006, 195

[32] Cfr. Olives:2006, 432

[33] Cfr. Olives:2006, 196

[34] Sin embargo resulta muy interesante la puntualización que realiza el propio Olives al respecto: “En el «camino hacia la luz» uno cuenta con la ayuda de todos los que lo han recorrido antes (en distintos grados y niveles): maestros, escrituras, escuelas, enseñanzas, revelaciones…  Pero cada uno es quien debe realizar directamente el camino de conocerse a sí mismo, porque la luz principal y la guía máxima que podemos encontrar yace en cada uno de nosotros” (Olives:LD, 8)

[35] Olives:2006, 196

[36] Olives:2006-II, 123

[37] Olives:2006, 194

[38] Cfr. Platón:Rep, 514a – 518c

[39] Cfr. Olives:2006, 202