El final de la historia

Ese título feliz lo aplicó Fukuyama hace unas décadas, para comprender la nueva situación internacional tras la caída del Muro de Berlín, cuando se desmoronó la división en dos bloques antagónicos en permanente disputa por acaparar la riqueza de las naciones. Hoy, con esta crisis que estamos viviendo, tenemos la oportunidad de aplicarlo de una manera mucho más profunda. Porque se trata realmente del final de la historia, como la gran oportunidad realmente salvadora, que se presenta al hombre de nuestros días. El mundo aprieta con dolores de parto, cambiando la circunstancia que nos toca vivir, por fuera y por dentro, borrando creencias, prejuicios y también perspectivas de futuro en el sentido que era corriente.

Hay una visión del mundo y de nosotros mismos que está dejando de ser válida. Políticamente podemos reconocerla en el espectáculo lamentable de los Estados actuales, que aparecen como barcos a la deriva, con dirigentes totalmente desorientados, o creyendo en sus propias mentiras y estereotipos del pasado, que viene a ser lo mismo. En la economía no hay más que de-construcción de todo cuanto se había estado construyendo en los últimos siglos, como si se tratara de un retorno directo a la prehistoria. En el fuero interno de la ciudadanía, desorientación, rabia, temor ante todo lo que de pronto se desmorona, pero también vislumbre de una nueva-antigua forma de estar en el mundo más acorde con la inocencia de nuestra verdadera naturaleza. Algunos podrían llamarla reconocimiento del verdadero Valor, o de la realidad primera del Ser, esa que con distintos lenguajes y simbolismos late en las grandes tradiciones y ciencias sagradas del género humano.

Se trata de dar sentido a ese gran cambio, que nos conduce a nuestro Estado Natural, tal como lo llamaron los ilustrados europeos hace tres o cuatro siglos: un estado de inocencia (libre, igual y fraternal) que sólo en apariencia habíamos perdido de vista, ofuscados como estábamos por la pseudo-religión del progreso.  Claro! es que el progreso del ser humano es otra cosa muy distinta, mucho más gratificante, fiable, permanente, indestructible! Es, ni más ni menos el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza innata, hecha “a imagen y semejanza”. No ha dejado nunca de estar ahí, para quien desee verdaderamente reconocerla, en libertad, para bien propio y de cuantos nos rodean. Ya que, en efecto, otra cosa que el “progreso” nos hizo olvidar, es que “yo soy yo y mi circunstancia”, según frase lapidaria de Ortega y Gasset. Es el sumo bien, el verdadero bien común, la fuente compartida.

El ciclo de humanidad que ahora termina, llamado con distintos nombres por las tradiciones antiguas de Oriente y Occidente, comporta un cambio mucho más grande de lo que el raquitismo intelectual de los últimos siglos nos permite vislumbrar. Su naturaleza ha sido descrita y explicada, con harto detalle, por grandes sabios de aquí y allá, cuyas obras han sido incluso publicadas, pero están lejos del alcance de lo que hoy llamamos intelectualidad, por su propia profundidad y amplitud de miras sobre el mundo y el hombre. En nuestra cultura más al alcance hay las referencias escuetas, en clave simbólica, de Hesíodo, Virgilio y Ovidio, cuando se refieren al las cuatro (o cinco) etapas. Aquí lo importante es comprender que el pasaje de una edad oscura a una nueva edad de oro se produce con un solapamiento de la una con la otra. De modo que todo aquello viejo que por corrupción se está auto-destruyendo y terminando, coexiste con los albores de la nueva etapa el amanecer de la Luz, que sólo en apariencia había estado ocultada para la mayoría.

Esa Luz de consciencia, proximidad, bondad y confianza que la gracia está hoy derramando a raudales en nuestros corazones, acabará disolviendo y neutralizando todas las viejas creencias, mentiras y prejuicios sobre lo que no somos y tanto dolor nos da, individual y colectivamente. El final de la historia comporta simplemente el final de las creencias en falsedades que no aportaron felicidad: una historia heredada, un “pecado original” que nosotros, inocentes no cometimos, unas faltas cometidas por ignorancia. De la comprensión de nuestro corazón iluminado (no de la mente cerebral) viene el perdón, a uno mismo y al prójimo. Perdonar es reconocer la bondad natural: una bondad que no es de beatería, antes de ver la calidad superior de todos nosotros y el mundo, esencialmente anclados en la Consciencia Cuántica que aquí y ahora está generando todo eso. El final de la historia es ese tipo de reconocimiento, hoy puesto tan al alcance.

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