LAS HUMANIDADES VII: La Autoridad entendida como sintonía con la verdad

556864_369603479796049_157195212_n(Krishna en la función de Autoridad espiritual se presenta como el Divino Cochero que guía al Poder temporal, representado por el príncipe Arjuna en el mito del Mahabharata expuesto en la forma del célebre diálogo entre ambos contenido en la Bhagavad-Gità. La imagen, aunque popular y dulzona, dice mucho. Presentamos a continuación un nuevo capítulo de Joaquín Muñoz)

De acuerdo con las especulaciones que compartimos –el viernes pasado- alrededor de la iconografía de las Tres Gracias, podemos concluir que sólo puede enseñar el sabio, aquel que ha adquirido previamente un conocimiento y lo ha hecho suyo; aquel que ha investigado y contemplado; aquel que ha recorrido el camino que va del sombrío mundo de la caverna platónica al hermoso y soleado mundo de la superficie…  No puede por tanto educar, desde el punto de vista clásico-tradicional, aquel que carece de lo que Olives denomina «Autoridad» (Auctoritas).

Define a ésta como “sintonía con la verdad”[1], recordándonos que es más que la mera posesión de la verdad: es la interiorización de ésta, el ajuste vibracional con ella, su encarnación en la propia persona y vida.  La sintonía con la verdad implica acercarse a ella con el intelecto, no sólo con la razón.

De hecho, la contraposición polarizada entre estos dos órganos cognoscitivos[2] suele utilizarse para meditar en torno a la relación analógica que existe entre Autoridad y Potestad, entre contemplación y acción.  Afirma Olives que “el intelecto se halla al lado de la función de autoridad, mientras que la razón, al estar enfocada hacia la comprensión de lo exterior (sea lo sensible, sea lo discursivo), utilizando el análisis separador, el «etiquetaje» conceptual, y vinculada por leyes duales de la lógica, es el instrumento principal de la acción humana. [Por ello] la razón está estrechamente ligada a las cuestiones de poder, a la «política» en sentido corriente, y a la capacidad de organizar lo pragmático [a la Potestas]”[3].

Sin embargo, no debe olvidarse que este dualismo entre Autoridad y potestad, entre intelecto y razón, no es más que un recurso didáctico-especulativo.  Una vez más, Olives propone la complementariedad frente a la dualidad: “Autoridad tiene quien conoce la naturaleza y las leyes que afectan una cosa o un proceso.  La autoridad legitima el ejercicio de cualquier actividad y es condición de su eficacia”[4], es una condición previa necesaria para que la acción (el hacer propio de la Potestas) esté encaminado hacia el éxito.

Para profundizar en la relación entre estas dos facultades y funciones, nos remite a la analogía desarrollada por Coomaraswamy[5] en torno al simbolismo de la relación entre Atena y Hefesto: “Este último es el divino artesano, forjador de todas las armas de los dioses olímpicos y prototipo del artífice, el técnico, el especialista, el «hombre procedimental».  Es, sin embargo, cojo: no le funciona una pierna.  Su hermana, «la de ojos garzos», diosa de la visión arquetípica, nacida de la mente divina, es la que concibe y dicta las ideas que el herrero cojo plasmará en la materia con pragmática eficacia. (…)  Ella es autoridad para su hermano Hefesto, quien ejecuta, y quien por sí solo, faltado de inspiración y guía, no podría hacer nada eficaz ni valioso[6].

Una enseñanza similar –y con una imagen, en mi opinión, más sugerente- es la que se transmite en una antigua fábula china, “El ciego y el cojo”, normalmente atribuida a Huai Nan Zi en la que se narra como dos hombres, de por sí desvalidos (un ciego y un cojo), deciden unir sus facultades para iniciar el camino de un largo viaje que les salvará la vida, alejándoles de los feroces enemigos que están conquistando su reino.  Por separado, ninguno de los dos habría podido alcanzar su destino…  Pero, al colaborar, sus aptitudes de complementan y sus carencias o defectos quedan superados por la aportación del otro.

El intelecto dispone de la capacidad de “ver” y, por tanto, está facultado para guiar: está dotado de autoridad…  Pero es cojo, es estático, carece de arte, de “saber hacer”.  En cambio, la razón tiende a avanzar por el camino, puede dar muchos pasos, es tremendamente activa pero está ciega, desconoce a dónde ir: así es el poder.  Intelecto y razón, por sí solos, son insuficientes pero, cuando colaboran, cuando ocupa cada uno su lugar, cuando Autoridad y potestad conviven en armonía, guiando el uno y ejecutando el otro, entonces –y sólo entonces- posibilitan el auténtico desarrollo del potencial humano a nivel personal y comunitario que da lugar a la eudaimonia.

Pero, insiste Olives, para que el hombre y la sociedad (micro y macrocosmos) funcionen correctamente la relación entre Autoridad y potestad, entre contemplación y acción, debe ser de armonía funcional, no de absoluto sometimiento: “la única fuerza que en realidad incluye la autoridad es (…) la fuerza de la verdad, la fuerza que tiene mostrar una conexión con lo real, con lo objetivo. (…)  La autoridad no exige obediencia, no manda”[7]. Y, aludiendo a Mommsen, sentencia:  “La autoridad es más que consejo y menos que orden: consejo que no es prudente desdeñar”[8] porque ese compromiso con la verdad es una fiel guía hacia la felicidad humana[9].

Recurriendo a la etimología de Autoridad, nuestro autor se reafirma en su tesis: “la palabra auctoritas viene del verbo latino augeo, que significa «guiar», y también «hacer aumentar» o «acrecentar».  En efecto, por su papel de guía el sabio hace aumentar el conocimiento de uno y los demás, haciendo aumentar la riqueza individual y colectivamente en cuanto al goce de la buena vida, la paz y la felicidad”[10].

Sin embargo, es importante recordar que la inversión de lo excelso supone la aparición de lo perverso y que, por tanto, cuando la potestad quiere guiar o la autoridad decide actuar, reinar, transformando la Autoridad en autoritarismo, se están poniendo los pilares del desastre.  A este tipo de inmixión o confusión de funciones es a lo que Olives denomina «la rebelión de los reyes» o «el síndrome absolutista»[11] y considera, a ambos, como el inicio de una etapa de fundamentalismo y violencia[12].

Para evitarlo, propone una visión clásico-tradicional del gobierno en la que se toma, como modelo hermenéutico-simbólico a seguir, el gobierno del universo, ejercido en todo momento por su Autor, y que –como pauta divina- debe ser imitado en el microcosmos que es el ser humano y proyectado hacia la dimensión colectiva que es toda comunidad[13].  Este gobierno, que podemos adjetivar como «natural», fue descrito en los antiguos mitos cosmogónicos para que pudiera ser trascendido, interiorizado y aplicado a cada ser humano, promoviendo así la realización espiritual-personal[14].

La natural relación entre Autoridad y potestad se encuentra inscrita, por tanto, en lo más profundo del universo y de nosotros mismos.  Basta con detenerse un instante y auto-contemplarse: ¿qué es previo, el «hacer» o el meditar, evaluar y decidir «qué hacer»?  Primero decidimos, nos fijamos un objetivo, una meta, guiamos nuestra acción y, sólo después, iniciamos el movimiento y nos planteamos el modo más eficaz de realizarlo.  La mayoría hemos adquirido la experiencia de que actuar sin meditar previamente no suele dar buenos resultados…

Por eso mismo, debería sernos sencillo comprender  -por correspondencia o analogía- que el buen gobierno dependerá de la sumisión del poder temporal a la autoridad espiritual, de la razón al intelecto, de la acción a la contemplación, así como de la consiguiente fluidez y armonía entre ambas funciones[15].

Transmitir estos conocimientos, guiar al hombre hacia la comprensión del mundo que le rodea y de sí mismo, velar por el conocimiento y ordenación de las partes, promover el buen gobierno de uno mismo y de los demás dentro de los condicionamientos de tiempo y lugar en que se encuentren inmersos… Esas son las tareas que corresponden a quienes detentan la Autoridad, auténticos maestros del  humanismo porque –conscientes de que no todos los deseos del hombre traen la felicidad- se preocupan de transmitir la escala de valores que conduce a estados de dicha y plenitud duraderos y provechosos para el prójimo[16].  Ellos son los depositarios de la tradición, de los símbolos, mitos y ritos, de los medios de conocimiento y realización espiritual propios de una civilización, una comunidad o un pueblo[17], que llevan a su destinatario a religarse consigo mismo, con quienes le rodean, con el universo y con su creador al descubrir esas estructuras o ritmos comunes a todo lo creado que hacen posible el conocimiento analógico.

Es esta religación –que nos hace más humanos- lo que nos permite calificar a la hermenéutica simbólica como filosofía mística, así como destacar el valor religioso de las humanidades entendidas en su sentido clásico-tradicional.


[1] Olives:2006, 393

[2] Hemos tratado sobre ellos en el cap. 4.c.iii

[3] Olives:2006, 419

[4] Olives:2006, 393

[5] Cfr. Coomaraswamy:1983, 45-50

[6] Olives:2006, 393-394

[7] Olives:2006, 394

[8] Olives:2006, 398

[9] Cfr. Olives:2006, 417

[10] Olives:2006, 417

[11] Olives:2006, 395

[12] Cfr. Olives:2006, 397

[13] Cfr. Olives:2006, 160

[14] Cfr. Olives:2006, 409

[15] Cfr. Olives:2006, 401

[16] Cfr. Olives:2006, 401-402

[17] Cfr. Olives:2006, 425

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