LAS HUMANIDADES I: potencial humano y crecimiento personal

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[Este capítulo y los siguientes que iremos ofreciendo bajo el título LAS HUMANIDADES son fruto del trabajo de investigación inédito, realizado por Joaquín Muñoz Travé, que lleva por título “Las Humanidades como método para el desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico”. Recogemos dichos capítulos  del blog de J.Muñoz meditacionesdeldia.wordpress.com,  donde están siendo publicados desde el pasado Octubre. Remitimos también a la publicación original a quien quiera consultar las referencias bibliográficas y las citas]

Las Humanidades (los estudios sobre lo más propio del ser humano) están en crisis…  Y tal vez por ese motivo estemos sufriendo una crisis cultural y económica como la que nos azota.  Pero pocas voces se oyen que reclamen atención para ellas.  Una de las voces que sí lo hace es la de mi maestro y amigo José Olives Puig.  Hace unos años, tuve la dicha de coincidir con él en la Universitat Internacional de Catalunya: él como catedrático, yo como alumno.  Esta coincidencia ha sido uno de los hitos que ha marcado mi vida porque, a través de su enseñanza y ejemplo descubrí que otro mundo era posible…  Gracias a las Humanidades.

Hablar de Humanismo -en el sentido en que lo hace Olives y la Academia Florentina- significa establecer al hombre como “idea clave, como lugar de concreción de todo el saber y, sobre todo, como su campo de cultivo prioritario”.  Este antropocentrismo -bien entendido- resulta un eficaz medio para no perderse en una situación histórica de rápidos y profundos cambios…  Ya que permite enraizarse en lo más profundo de uno mismo.  El pensamiento clásico-tradicional descubre en el antrophos la imagen arquetípica de todo lo demás, el locus por donde se establece el contacto con lo universal, y explota este hallazgo como nexo y fuente de nuevos saberes, en sintonía con el lema délfico de “conócete a ti mismo y conocerás el mundo y a los dioses”.

Esta visión del hombre supone reconocerlo como sujeto y objeto de conocimiento al mismo tiempo, lo que posibilita su transformación por medio del conocimiento que adquiere de sí mismo.  En este sentido, la finalidad de las humanidades es “la investigación de la naturaleza humana en aras de saberla reconocer y ayudar a desarrollarla”.  Es éste el mismo objetivo que tenía la filosofía para los antiguos, como tan bien ha estudiado y explicado Pierre Hadot.  Para ellos -y para nosotros- todo conocimiento, toda ciencia y todo saber “deben estar al servicio del hombre, y no a la inversa, tal y como ocurre cuando se cae en la barbarie del especialismo”.

Puede decirse por tanto que es propio de las humanidades el tomar al hombre como centro y contemplarlo “desde el punto de vista de su posible perfeccionamiento mediante el conocimiento, la cultura y el refinamiento de sus formas de pensar y de sentir”.

Toma así un nuevo significado la expresión “cultivo de las humanidades”…  Más bien habría que decir “el cultivo de la persona humana mediante las humanidades, las cuales -en este sentido y siguiendo con la metáfora agrícola- son comparables al abono necesario para el crecimiento personal”.  Comparto plenamente con Olives el convencimiento de que la cultura es un modo de cultivo de la personalidad, tendente al crecimiento, desarrollo y perfeccionamiento de la naturaleza humana.

Porque, mal que nos pese, la mayoría de nosotros no somos más que seres humanos en bruto, en germen, en potencia…  Meras sombras de lo que podemos realmente llegar a ser.  ¡Qué razón tenía Pico de la Mirándola al escribir su “Discurso sobre la dignidad del hombre”!  El ser humano ha sido dotado por su creador de la capacidad de vivir olvidado de su propia naturaleza -incluso de vivir en contra de ella-, cayendo en formas degradadas de existencia que le sitúan, incluso, por debajo de los animales…  O puede arraigarse en su propia esencia, viviendo una vida buena, realmente digna, conforme a su naturaleza y al modelo divino con que ha sido creado…  Elevándose a las más altas cimas, despertando la chispa divina que reside en su interior, iluminando y transmitiendo su calor a su vida y a la de quienes le rodean.

En este sentido, “el desarrollo de la personalidad humana aparece como la principal exigencia y como el fin último de la vida”.  No es sólo un derecho, es el deber que corresponde a la gran suerte y oportunidad que supone haber nacido.  Un deber que, libremente, cada ser humano decide -o no- asumir.  Decisión que le llevará por el camino de la felicidad mediante el desarrollo del potencial humano, o por el de la involución e indignidad -o, incluso, indignación- personal.

Las humanidades, por tanto, ya no se sitúan sólo en la dimensión del conocimiento más o menos erudito sino en la del yo y el ser: consisten en un proceso de metamorfosis que aumenta nuestro ser y nos hace mejores, actualizando las potencialidades de nuestra personalidad mediante un cambio de conciencia que Olives -atendiendo a su etimología- ha dado en llamar metanoia.  Ésta implica una reconstrucción de uno mismo que conlleva “el progresivo reconocimiento de la propia alma, o ser interior del hombre”.

La base del enfoque humanístico consiste, pues, en convertir todo conocimiento en una fuente de crecimiento personal, no meramente intelectual; en el compromiso y la práctica del conocimiento de sí mismo al más puro estilo socrático.  Resulta reseñable la similitud de este planteamiento con la noción germana de Bildung o con la de paideia griega, tan propias del pensamiento clásico-tradicional.

Por paideia se entendía -en la Grecia clásica- aquella educación que le otorgaba a uno un carácter verdaderamente humano, haciéndole apto para ejercer sus deberes y derechos cívicos, al dotarlo de un conocimiento y control sobre sí mismo y sus pasiones “al estilo de las antiguas iniciaciones y misterios”.  Se trataba de una educación fiel a su sentido etimológico (del latín ex-ducere, “conducir hacia fuera” o “hacer salir”).  Esto es, hacer explícito lo que se encontraba dentro, escondido, latente…  Se trata de “hacer germinar y crecer la semilla divina que el hombre lleva dentro, reconociendo a lo que hay detrás de la máscara que es la persona, desvelando el ser.  Así desarrolla la auténtica personalidad, la cual, con el trabajo, va siendo cultivada y compartida.  Es en este sentido que Sócrates compara el arte del filósofo con la mayéutica , que es el arte de la comadrona, el del alumbramiento del discípulo deseoso de aprender”.

Esta noción -que se transmitió a los romanos a través, esencialmente, de la escuela de los estoicos- es la razón de ser que dio lugar a las Humanitates, esto es, a las humanidades entendidas en su sentido clásico-tradicional…  Como arte de vivir o -como gusta llamarlas Pierre Hadot- como “ejercicio espiritual”.
Hadot afirma que la filosofía antigua -que forma parte de las humanidades tal y como aquí las estamos proponiendo- implica unos ejercicios que suponen un cambio de la visión del mundo y una metamorfosis de la personalidad que son producto, no sólo del pensamiento, sino de la totalidad psíquica del individuo.  Una metanoia que sitúa al hombre en la perspectiva del Todo.

Olives es, en mi opinión, menos académico y más divulgativo al aclarar: “es característico de las humanidades el combinar el cultivo de las formas más elevadas de conocimiento con el ejercicio de la virtud práctica, de acuerdo con el viejo lema de las letras y las armas en boda simbólica. (…) Las humanidades hacen referencia a ciertas formas de pensamiento y práctica orientadas al desarrollo de la felicidad y la conciencia del hombre, en aras del bienestar de las comunidades humanas.  Este tipo de tarea tiene por tanto que ver con lo intelectual y, al mismo tiempo, con la espiritualidad”, con la indagación, conocimiento y adecuación a los ritmos del universo, del cuerpo y del alma.

Este modo de entender las humanidades implica considerarlas un arte de vivir, un arte que -como tal- supone acción además de contemplación.  Primero aprender a pensar bien; después, aprender a vivir en consonancia con lo que se ha aprendido.  Nos encontramos, por tanto, en el terreno de la Virtud, ante el arte de regirse a uno mismo y a los demás, ante el Arte Regia.

Podemos concluir afirmando que las humanidades nos ayudan a ser persona, a conocer el propio talento y a desarrollarlo, mostrándonos que es ésta la principal manera de ayudar a los demás y ser felices al mismo tiempo.

Cambiaremos el mundo cambiándonos a nosotros mismos…  Y, para ello, es necesario recuperar las humanidades.

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