¿Existe el mal?

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Esa cuestión ha mareado a más de un filósofo. Incluso es uno de los temas preferidos en ese debate a lo largo de los siglos que llamamos “historia del pensamiento”. La respuesta es sencilla cuando la comprendemos desde la verdad, pero se complica al tener que expresarla conceptualmente… Comenzamos afirmando que el mal existe y no existe. Todo depende del punto de vista en que nos situamos. Su realidad o irrealidad dependen del estado del ser desde dónde hablamos. En el simbolismo bíblico eso se representa con los dos árboles del Paraíso: el árbol de la “ciencia del bien y del mal” y el árbol de la Vida. En ese último el mal, desde luego, no existe. Pero vayamos por partes.

El mal existe obviamente en el plano de la existencia, donde corrientemente transcurre la vida en el sentido más general y convencional. Se relaciona con todo lo que percibimos como desagradable, incómodo, doloroso, injusto, tanto individualmente como en la sociedad que nos rodea. Incluso, es el asunto principal de la existencia, si reconocemos directamente el mal como todo lo que nos ocasiona sufrimiento, rabia contra el sufrimiento, y ganas de crear más sufrimiento. Pero he aquí que si decimos que todo eso ocurre en el plano de la existencia, estamos vislumbrando ya que hay otro plano donde el mal no existe.

El mal no existe en el plano de la esencia: el ámbito del Ser, allí donde realmente somos, unidos a nuestra naturaleza real y primera, latente aquí y ahora, más allá de todas las proyecciones de pensamientos, más allá de las emociones que sentimos y de las imágenes que vienen a nuestra mente; más allá también de ese cuerpo que percibimos con los cinco sentidos…Podemos reconocer ese otro plano de nosotros mismos y el mundo?…el Ser que somos? Podemos sentir la Esencia? Podemos sentir aquí, en la intimidad del corazón, esa Vida que nos viene dada en todo momento, independiente de todas las vicisitudes, planteamientos y ocurrencias que son el tema inexcusable de nuestro ego existencial, de nuestra vida corriente?

Si no podemos reconocer ese otro plano, no tenemos más remedio que seguir creyendo en el mal como una realidad contrapuesta al bien. Algo que simplemente siempre nos está dando la lata, como una especie de fatalidad inevitable, de la que pretendemos huir y contra la que luchamos. Creyendo en esas dos realidades, el bien y el mal, hacemos de ellas algo absoluto y auto-existente, y la lucha aparece como la cosa misma de de la vida: como la única manera de subsistir en un encierro (una “ciudad cautiva”) cuya salida nos está vedada por la simple creencia en esa dualidad, que realmente no existe.

Hay por lo tanto en nosotros dos puntos de vista, que coexisten en planos distintos: la esencia y la existencia. Para los que no son capaces de reconocer esos dos planos, no hay solución ni salida del encierro: luchar, apechugar, más luchar, y punto. Eso es lo que hay, y de eso va la existencia. No hace falta subrayar que ese es el enfoque existencialista (común a todas las filosofías, ciencias y religiones de la modernidad), cuya única solución lógica es el suicidio, tal como lo declaran en su extremo delirio los pensadores que se encierran en ese callejón sin salida.

El verbo latino ex-sistere, indica un movimiento hacia afuera de nosotros mismos: un vuelco de la conciencia hacia el objeto que tenemos delante y que percibimos como algo distinto de nosotros. Esa forma de ver nos afecta a todos en distinto grado, siempre que nos situamos en el “estado de caída”: eso es cuando creemos realmente que hemos sido expulsados del “Paraíso”, pensando que ya no lo tenemos ni lo merecemos. Cuando identificados con la culpa y con el papel de víctima creemos en nuestra impotencia y en nuestra separación, como si ese estamento fuera lo más propio de nosotros, como si la alternancia víctima/verdugo fuera nuestra verdadera identidad.

Semejantes planteamientos necesitan de meditación, porque la “expulsión” implica también la caída en lo “inconsciente” (tal como lo han llamado los psicólogos del siglo pasado) y las falsas creencias de culpabilidad, rabia, separación, indignidad, inadecuación, insuficiencia, etc., de entrada ni las vemos ni nos las creemos, porque antes deben rescatadas a nuestra conciencia, mediante un “descenso a los infiernos”.

La existencia se contrapone a la esencia, que no entiende de divisiones y sólo se da cuenta de la Unidad subyacente a todos los fenómenos. Reconocer la esencia empieza descreyendo de nuestra separación: separación de la Unidad, que todo lo vincula; separación o fragmentación del Ser; separación del Amor… Porque la separación es una falsa creencia. Haber perdido la “intimidad con Dios” (simbolizada por el Paraíso) es algo que nunca ha ocurrido ni en realidad se ha dado. Lo único que puede ocurrir es que nuestra flaca memoria y nuestro habitual ajetreo nos lo hayan hecho olvidar. Porque, en realidad, nunca hemos dejado de Ser. Nunca, ni en los peores momentos, dejamos de estar anclados en el bien y la verdad de la Vida, que es Amor.

Esa realidad esencial, a la que nos referimos, no es abstracta ni se halla alejada de nosotros en una imaginada y “trascendente” lejanía. El Espíritu nos otorga ese bien, generosa y gratuitamente, mediante la Respiración: “respiración cósmica” y no simplemente pulmonar. Y podríamos añadir: respiración directamente vinculada al latir del corazón… ¿Sabemos reconocerla? Respiramos todavía? ¿No es eso la Vida?…más allá de todos los constructos mentales, ideologías y cúmulos de experiencia? No es el ser la pura y simple Presencia respirante?

En esa intimidad donde el Ser es reconocido, no hay mal que por bien no venga. Porque toda vivencia reconocida y aceptada es inmediatamente procesada por el Espíritu, dador y transformador de vida. Como bien lo expresa el Curso de Milagros, tenemos dos opciones frente a los dolores y aparentes desgracias que conlleva el juego existencial: la del ego y la del Hijo de Dios. Ya sabemos que el ego siempre elige el papel de la víctima, que es a la vez el papel del agresor, porque va unido a la rabia y al deseo de venganza…todo ese mejunje o maraña que siguiendo a Séneca hemos llamado “la ciudad cautiva”.

El Hijo de Dios, que somos, no elige el papel de víctima. No se regodea en el placer de sentirse agredido, postergado o desfavorecido, ni en la consiguiente negatividad contra los demás. La filiación implica la realeza y la benignidad ante las desventuras. El Hijo de Dios elige antes de nacer las experiencias de su vida. Son las experiencias que necesitamos para crecer; para acceder al “segundo nacimiento” y a la “vida nueva” que es el cometido del ser humano en esa existencia terrenal. Desde ese punto de vista no hay mal. Todo es para bien. No hay voluntad alguna que se oponga a la Voluntad, expresada siempre perfectamente en lo que está sucediendo aquí y ahora.

Esa idea de elegir la propia vida, con las distintas experiencias (incluyendo las que de entrada calificamos como “malas”) como el programa de estudios más conveniente para la evolución de nuestra alma, es una idea salvadora. Se trata de nuestra capacidad de elegir, que nos saca directamente del papel de víctima.

Incluso el que no creyera en esa elección primera de nuestra vida (padres, raza, país, familia, vicisitudes, experiencias, etc.) antes de nacer (cuando el alma desciende al coito parental para tomar un cuerpo). Ese incrédulo, pongamos, podría perfectamente reconocer en el aquí y ahora de la experiencia, como el hecho de decidir elegir lo que hay, nuestro presente, nuestro ahora, sea el que sea, esa elección es un gesto que nos saca inmediatamente del papel de víctima, base del ego, y nos pone en vías de obtener la salvación. Porque detrás de este gesto libre y noble –el de elegir nuestro “ahora”- hay la recuperación del estado de inocencia, la re-entrada en el Paraíso. E inmediatamente el Espíritu de Dios, acude a rescatarnos del dolor y del no-saber, soplando sobre nuestro corazón el “hálito de vida” que es el lenguaje De dios y la energía que nos salva.

El Paraíso es un estado del ser. Es cuando volvemos a ser conformes a nuestra naturaleza. En ese “retorno a casa” el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, que provocó la “expulsión” y la “caída”, queda reintegrado al “Arbol de la Vida” en el centro del “jardín”, que es nuestro estado original de inocencia, donde, junto con el tiempo son abolidas todas las formas de dualidad. Entonces, cuando sentimos la realidad de estar hechos “a imagen y semejanza”, nos sumamos espontáneamente a la obra creativa, haciendo cada uno lo que nos toca. Haciéndolo según ”Su Voluntad”. Eso es para nosotros la expansión de nuestro ser a otro estadio de amor, belleza y bondad.

Aquí se abre otro tema, que es descubrir nuestro propósito de vida, aquello por lo que hemos venido a la existencia. Algunos han tenido desde pequeños la claridad para verlo. Los más, lo vamos descubriendo a lo largo de la vida, con los obstáculos y revelaciones que esa nos otorga. En todo caso ese propósito tiene poco que ver con los proyectos de acción diseñados por el ego. Es mucho menos de lo que al principio creíamos, pero también mucho más de lo que podíamos imaginar. Se refiere a esa recuperación del estado de inocencia y a la expansión del mismo en el mundo. De eso trataremos en otro capítulo.

2 pensamientos en “¿Existe el mal?

  1. Muy buenos tus comentarios, una profundidad difícil de alcanzar de un solo intento, salvo para aquellos cuya Alma ha evolucionado lo suficiente como para situarse mas allá de la dualidad… para ver “que la UNIDAD en la variedad es el plan de la Creación”.

    Estimado Josep me agradaría tomar contacto por e-mail contigo, dentro de tus posibilidades.
    Recibe un afectuoso saludo,
    Hugo

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