2013. Viva el Trece: Nuevo Año, Nueva Vida.

Copia de Tretze 4Las Doce Uvas de la Noche Vieja, su simbolismo, nos ha llevado a especular sobre el número Doce y el número Trece, eso es, sobre el tiempo y la Eternidad. Ahora nos fijaremos más en el numero Trece, porque las doce uvas ya están consumidas, y porque el nuevo año, el año Trece del segundo milenio de nuestra era, parece invitarnos a ello.

El Trece tiene vulgarmente mala fama , pero es sólo porque se ignora el verdadero sentido. Puede haber contribuido a ello el Treceavo arcano del Tarot, que algunos llaman “la muerte”, porque en él aparece un esqueleto andante con una guadaña. Pero estos puntos de vista son insuficientes, porque el Trece simboliza mucho más y despierta en nosotros la energía de la super-vida.

El Trece representa la superación del doce, así como la Eternidad supera el tiempo. No hay parangón entre ambas dimensiones, como no lo hay entre nuestro ego corriente y la verdadera Personalidad que somos. El Trece la representa, porque se sitúa más allá de las evoluciones cíclicas, más allá de los años, días y momentos de nuestra vida, simbolizados por el ciclo de los Doce Signos del Sol en el transcurso del año. El Doce es el arquetipo de todo ciclo completo, de todo fragmento de tiempo que se quiera considerar, abstrayéndolo de los demás. Es el prototipo del tiempo sucesivo, que no para de transcurrir, marcado por momentos y cualidades que regularmente se suceden y se reiteran. Los Doce Soles representan doce cualidades principales, arquetípicas, que se pueden simplificar en Tres o en Cuatro (3×4=12), o se pueden multiplicar en muchas más, como lo hacemos para medir el tiempo convencional de nuestros días o nuestras horas. El Trece, en cambio se halla más allá del ciclo, de todo ciclo, de todo fragmento de tiempo sucesivo. Es el Tiempo que no transcurre, también llamado No-Tiempo, Presencia Divina, o Eternidad. Los sabios de Grecia llamaban Cronos al tiempo sucesivo, al tiempo de los ciclos, que todo lo consume, modifica y acaba. El otro Tiempo, el permanente, divino o verdadero, lo llamaban Aion; Heraclito lo visualiza como un Niño que siempre está jugando con el Antes y el Después, mientras él está siempre presente.

A la vez el Trece, nos ayuda a trascender la otra dimensión cósmica; el espacio. Viene después del Doce. Lo culmina y lo supera. En materia de espacio el Doce también nos sirve para ordenar las distintas partes, contarlas e identificarlas, así como ocurre en la aplicación al tiempo, que acabamos de comentar. El Doce nos sirve para cualificar las distintas regiones del espacio que nos rodea. Lo podemos aplicar a distintos niveles de percepción del mismo. En el Zodíaco lo aplicamos a la división del espacio sideral que rodea la tierra, en el urbanismo tradicional se usa para ordenar el espacio urbano (mediante el modelo de la Polis Dodecápilos, que hemos explicado en La Ciudad Cautiva), el imperio chino y los celtas lo usaron para la división territorial a partir del Centro del territorio. Más cerca de nuestra experiencia, lo podemos aplicar a visualizar el entorno espacial que siempre acompaña la ubicación de nuestro cuerpo en el mundo. En este caso los cuatro puntos cardinales son Delante, Detrás, Izquierda y Derecha. El doce, como desarrollo del cuatro, permite ampliar esta división, añadiendo a cada dirección dos cualidades (izquierda/derecha, siniestra/diestra, negativa/positiva, activa/pasiva, etc.) , de modo que simboliza para cada uno de nosotros la totalidad del mundo circundante, que siempre acompaña la percepción de los cinco sentidos corporales. Más allá de esta percepción espacial completa, el Trece representa la “percepción” de lo interior. Ocurre cuando nos percatamos de que esencialmente nuestra vida transcurre más allá del espacio y de que, en esencia, ella poco depende de que nos hallemos aquí o allá. El Trece nos recuerda que la esencia, el Ser de todos nosotros está siempre siendo más allá de las condiciones espacio-temporales que afectan a nuestra dimensión individual, a nuestro ego, en sentido corriente.

El Trece marca por tanto la entrada en un nuevo ciclo, un “Nuevo Año”, que para ser bien entendido debemos distinguir del “año viejo”, de todos loa años viejos que han precedido esa nueva forma salvadora de vernos a nosotros y al mundo. En el simbolismo geométrico el Trece aparece como el punto central del círculo de los Doce. Y este punto se puede figurar como un Sol central que da luz a todos los soles sucesivos en la carrera del tiempo cíclico. Él no transcurre, porque es la fuente de todo movimiento y de toda mutación. Asimismo, en el Centro del espacio de las Doce Regiones, el Trece representa las dimensiones supra-espaciales, las que no podemos percibir, pero sí sentir, e identificarnos con ellas, porque es allí donde fluye incesante nuestro Ser.

El Trece representa la liberación, la salida del “útero”cósmico, donde vivíamos encerrados por la visión egótica, dualista. Por ello, la figura del sol central dibujada más arriba en nuestro grafismo, puede representarse elevada por encima del plano de los Doce. Indica entonces otro punto de vista, una superación, una trascendencia, un ascenso en el progreso de la conciencia y en la comprensión de lo que somos. Es el contacto con el origen, con la fuente, con el Verbo, el Creador de todas las cosas. En la simbólica cristiana es la figura de Jesucristo presidiendo el colegio de los Doce apóstoles, sus enviados. Para nosotros todos, es la conciencia “crística”, la que nos reune de nuevo con nuestro prójimo, del que creíamos ilusoriamente haber sido separados por el nacimiento a nuestro cuerpo individual; la que nos otorga la paz, la certeza de nuestra bondad e inocencia, más allá de los errores y dolores de la visión egótica.

Es a la vez número trinitario, porque nos recuerda que los Tres son en realidad Uno solo. Padre, Hijo y Espíritu no son más que tres distingos para poder reconocer y encarnar nuestro Ser verdadero. Para compartirlo, gozarlo e identificarnos con Él. Pero es uno sólo y Ese soy yo. Desde tal punto de vista, la visión de lo que trascendemos o superamos puede verse como un cúmulo de pensamientos y visiones de caos y dolor, que abandonamos, porque ya no son vigentes, porque ya no rigen nuestra vida. Y a ese abandono de viejos esquemas y creencias se lo puede llamar “muerte” desde un punto de vista que no reconoce la dimensión renovadora y salvífica de este número que representa en nosotros lo Renacido e imperecedero.

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