Respuesta sobre la potestad natural del hombre sobre la mujer

El pasado Diciembre recibí un amable y sustancioso correo de un alumno que entre otras cosas preguntaba si podría explicar algo más sobre aquel pasaje de La Ciudad Cautiva (V,1) donde se habla de las tres clases de poder temporal que distingue Eiximenis en su doctrina política de raigambre tradicional. De la segunda clase de poder, que el llama “natural”, pone como ejemplo la potestad que naturalmente tiene el hermano mayor sobre el menor, o la que tiene el hombre sobre la mujer. El alumno pedía que yo fundamentase la afirmación del franciscano, pues le parecía asunto importante y digno de atención. ¿Acaso yin y yang -añadía- no son iguales en importancia?

…Quedó pendiente la respuesta por pereza mía a entrar en tan espinoso tema, y tan políticamente incorrecto, que corría el riesgo de ser directamente decapitado si me metía en tamaño berenjenal. Pensaba escribirle tan sólo que si se trata de un “poder natural” no debemos preocuparnos por su verdad o falsedas, antes solamente observar su funcionamiento tal como se produce en el día a día. Y sigo pensando lo mismo, ya que si es “natural” significa que funciona independientemente de la voluntad (o peor, de la ideología) de los hombres y las mujeres. Entonces, en consecuencia no debemos preocuparnos por ese tipo de poder, y menos promoverlo o tratar de imponerlo, ya que entonces estaríamos tratándolo como si fuera artificial, lo cual es contradictorio.

Pensaba escribir también como respuesta -y lo hago ahora- que la igualdad absoluta entre yin y yang es un absurdo, porque como toda pareja de opuestos que se complementan son iguales en cierto sentido y diferentes en otro sentido, ya que de lo contrario no podrían complementarse. Entonces la desigualdad en el poder natural puede considerarse como una mera diferencia entre iguales… a no ser que la moderna Religión del Poder (oficial en la modernidad drechista/izquierdista, tal como se explica en La Ciudad Cautiva) lo magnifique tanto en nuestra mente que ya no comprendamos ese tipo de colaboración complementaria coexistiendo con otros tipos de diferencias y complementaciones de todo tipo.

En términos generales este asunto es mejor no tocarlo (o soslayarlo, tal como lo hacen por lo general los encargados del magisterio tradicional) si uno desea no escandalizar y mantener la influencia. También es preciso reconocer sin problemas que la tradición espiritual descendiente de Moisés es relativamente machista, mientras que la de Orfeo y Pitágoras (surgida del mismo tronco egipcio) acepta más los aspectos dulces y eróticos de la feminidad. También las tradiciones sagradas se complementan unas a otras y nos recuerdan que la verdad sexual se halla en el simbolismo del AndróGino. No podían tener la misma forma de expresar las verdades los rudos camelleros del desierto que los jonios, quienes embellecieron con las formas femeninas el arte y la poesía de la Antigüedad helénica…

Así las cosas en mi mente al respecto, la Segunda Lectura del domingo 26 Agosto (Carta de San Pablo a los efesios hablando de la relación entre marido y mujer) fue de nuevo motivo para volver a comunicarnos sobre el asunto suscitado por la lectura de Eiximenis y escribí sobre ello:

“Qué bueno que el texto de San Pablo, tan incorrecto “políticamente”… al escucharlo noté en las tripas la reacción negativa de la mentalidad corriente de nuestro tiempo. El cura en el sermón soslayó diplomáticamente el tema en nombre de la falta de tiempo remitiendo a la necesidad de interpretarlo solamente en sentido espiritual. Luego, conversando con él, me confió que social y moralmente ese tipo de planteamientos ya no valen para el tipo de sociedad en que vivimos. Es cierto, opino casi lo mismo, con la salvedad de que, sin embargo, creo que (sin ánimo de obligar ni juzgar a nadie) sigue habiendo EN EL PLANO DEL PODER NATURAL -Y NO EN LOS OTROS PLANOS QUE EIXIMENIS RECONOCE EN EL PODER-  una preeminencia del marido sobre la mujer o, más en general, del hombre sobre la mujer, como se haría evidente para todos si nos halláramos de nuevo en situación de mayor proximidad a la naturaleza, desprovistos de todos los inventos tecnológicos que han cambiado los modos de vida (contraceptivos, cirugía, internet, electricidad, transportes, telecomunicación, metrópolis, incluyendo el Estado de Derecho, el Estado de Bienestar, etc.) y conectados de nuevo a la visión espiritual de las cosas, que implica la ausencia total de ego y de toda pugna por prevalecer sobre el otro.
En la actual situación esa realidad existe sólo de modo latente, como punto de referencia doctrinal que podemos constatar una y otra vez en alguna situación concreta, pero que no podemos formula ni defender, porque no es comprendido por la mente del Leviathán, que nos impregna en la visión general de las cosas. Lo mismo ocurre con otras grandes mentiras que hoy se toman oficialmente como dogmas indiscutibles del Estado y la “cultura” modernos.
En todo caso, al mundo, a la sociedad, no los vamos a cambiar con la razón y la razón (incluso cuando la tenemos) nos aleja de esa necesidad mucho más urgente que es “amar a la esposa” como Cristo ama a la Iglesia. (se entiende que la Iglesia no es el clero, o el alto clero, tal como hoy se presupone vulgarmente, incluso entre los clérigcos). La Ekklesia, que es la comunidad en que vivimos (con sus familias cuarteadas, sus ideas equivocadas, sus formas perversas, etc.) hay que quererla para poder salvarnos a nosotros mismos junto con ella. Él y ella, esposo y esposa, ánimus y ánima, yo y la sociedad (así comunitaria o eclesialmente entendida) “formamos una sola familia -dice San Pablo y añade-: Es un misterio muy grande: lo digo de Cristo y de la Iglesia”. En este plano primero y primordial, que consiste en volver a ver nuestra sociedad como ekklesia, como comunidad, las creencias ni las ideologías no importan: solamente el amor y la conducta que de él emana…
La segunda lectura de ese pasado domingo (Ef V,21-23) empieza con la clave principal para entender todo este asunto, que sin comprenderla y encarnarla totalmente no puede ser comprendido: “Hermanos, someteos los unos a los otros por reverencia a Cristo”.
Otra clave que también hoy resulta incomprensible y pasamos por alto en ese tipo de planteamientos es la que escribe más abajo: “…maridos, amad a vuestras esposas tal como Cristo ama a la Iglesia. La ama tanto, que se ha entregado a la muerte por ella…igualmente los maridos han de amar a la esposa como a su propio cuerpo”…

Y así concluyen estos apuntes, para no demorar más la debida respuesta a la pregunta recibida.

José Olives Puig

Bini Ali 27.08.12

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