9.Renacer a la verdadera Nación del ser humano: doliente, militante y triunfante

DONDE ESTÁ TU TESORO, ALLÍ ESTÁ EL CORAZÓN TUYO

Doliente, militante y triunfante…así es la verdadera polis, la auténtica y completa “ciudad” o comunidad humana a la cual pertenecemos. Con ella y en ella nacemos/morimos, sufrimos, laboramos y (si queremos) triunfamos…Claro que el triunfo no es tal como lo imaginábamos al principio. No es un triunfo desde el ego, desde las programaciones heredadas, nuestras proyecciones, ideologías y deseos. El que triunfa en nosotros es el Ser Universal, nuestro verdadero Ser, el que se esconde tras la persona.

A ese triunfo lo llamamos “renacer”…Y como todo pasaje implica dolor y “muerte” en un plano, para poder gozar sin límites renaciendo en otro plano. La escala de felicidades (o beatitudes) es lo que llamamos “cielos”. Están presentes en la tierra y funcionan siempre dentro de nosotros, aunque de momento no nos demos cuenta plenamente.

El trabajo de parto, el “renacer”, consiste principalmente en experimentar los estados de felicidad. Son perceptibles desde el “corazón”: ese intelecto verdadero, que nos conecta empáticamente con el aquí-y-ahora, sea lo que sea lo que esté ocurriendo. Sea lo que sea lo que sintamos, percibamos o pensemos.

El verdadero intelecto (bien distinto de la “mente pensante”) no juzga ni analiza. Tampoco intenta negar o mejorar lo que sentimos y nos afecta. Desde el intelecto sólo contemplamos: es la consciencia abierta, atenta, no-focalizante, no-analítica….se activa cuando sentimos el mundo y a nosotros mismos a través del cuerpo (no sólo a través de los sentidos y la mente). También, cuando nos hacemos conscientes de la respiración.

Los filósofos lo llaman “intelecto agente” porque es realmente activo allí donde la mente (el pensamiento) es pasivo. Es activo en mantener el estado de alerta. Es activo en contemplar los sentimientos, emociones y programaciones que corrientemente no queremos ver. Con él descubrimos y aceptamos nuestros miedos, desvelamos las pasiones (envidias, odios, resquemores, angustias, debilidades, etc.), realizamos el “conócete a ti mismo”…

Es la facultad superior de nuestra alma, que la mayoría ha perdido en estos últimos siglos de racionalismo y materialismo. La mente dual (razón, pensamiento discursivo, analítico, inteligencia sólo cerebral, etc.) lo ha enterrado, usurpando el protagonismo. Un protagonismo brillante en obras de “civilización”, “cultura”, “ciencia” y tecnología. Pero un protagonismo que es ilegítimo, ya que su dictadura es por otra parte la que nos ha conducido a la “ciudad cautiva”, a la “ciudad doliente”, al sufrimiento individual y colectivo, que hoy nos vemos obligados a compartir y remediar.

La mente por sí sola no lo puede remediar. Desde ella se generan los egos. Tanto los egos individuales como los egos colectivos, que son las naciones de la tierra. Lo “internacional”, por ejemplo, no tiene verdadera eficacia. No supera realmente los límites “soberanos” de los estados nacionales. Quizás lo hace de palabra, pero nunca a la hora de la verdad. Entonces las naciones, autolimitadas como los individuos a un solo plano de lo real (a una sola unilateral forma de ver), acaban siempre por pelearse unas contra otras (unos contra otros). Tratan de aniquilar al contrario, por no ver que en realidad es la otra parte de uno mismo.

Así las cosas, es importante volver a comprender la verdadera idea de la militancia. La que nos pone alerta frente el automatismo suicida (inconsciente) de nuestro ego individual y colectivo. Militar es abrir de verdad el “ojo del alma” (platónico), el “ojo del corazón”, el verdadero intelecto. Entonces el enemigo interior, reconocido, desvelado en la consciencia atenta, poco a poco se va disolviendo.

 Ahí se produce la alquimia interna. Los “metales viles” se transforman en “oro”: las pasiones en consciencia. Y ese mismo intelecto (que por ser universal ya no es nuestro –en el sentido individualista…) nos introduce a la experimentación, a la vivencia de los “estados superiores” del alma, hechos de paz, de verdadera fuerza y energía, de libertad de bondad. Allí nos reintegramos a la verdadera Nación del ser humano: el alma en sentido universal, que es nuestro ser y a la vez el “alma del mundo”.

Al vivenciar este nuestro Ser superior y verdadero experimentamos una expansión. La sentimos en nuestro cuerpo, físicamente. En Oriente la llaman tantra, y es por ella que “triunfamos”, al reconocer gozosamente nuestra realidad inmortal, la “vida nueva”. El triunfo está al alcance. Jamás se produce en el futuro, ya que el futuro en realidad no existe. La expansión, la entrada en el “reino de los cielos”, la recuperación del “cuerpo de gloria” es algo que se produce aquí y ahora, sólo con el intelecto, sintiendo, respirando, despertando la memoria…como dice Platón.

En este proceso está involucrada la parte consciente y amorosa de nuestro mundo actual. Cada uno desde su contexto local, ideológico, nacional, “parroquial”, comprende el simbolismo de la doble nacionalidad terrestre/celeste, que tan bien expresa el mandala geométrico del doble triángulo: los triángulos cruzados que nos recuerdan la conexión de lo de arriba con lo de abajo. Entonces la nación terrestre (todas las naciones) simboliza la Nación Verdadera. Todas las culturas, la Cultura. Todas las religiones, la Religión. Todas las iglesias la verdadera Ecclesia.

Así superamos los dualismos que separan; que cortan “lo de debajo” de la dimensión superior, olvidando la unidad, conduciendo las masas ignorantes a la guerra. Cuando falta la espiritualidad (en el sentido que la estamos entendiendo) la indignación y la guerra acaban viéndose por la mayoría como la única solución de los problemas.

Comprendiendo el sentido del “segundo nacimiento”, salvamos también la corrupción de los símbolos sagrados, que los egos colectivos (nacionales, “inter-nacionales” o religiosos) muchas veces pervierten para movilizar fanáticamente a las poblaciones: cruces, estrellas, crecientes, barras, doble triángulo, etc. Este último símbolo, que encabeza el presente capítulo, sintetiza visualmente el contenido. Los dos triángulos invertidos representan la unión de lo de abajo con lo de arriba, la analogía invertida entre ambos aspectos, y la unidad esencial de ambos cuando se complementan.

La geometría sagrada (platónico-pitagórica, mandálica) es un lenguaje divino que nos conecta con los ritmos internos de nosotros mismos y el universo, siempre y cuando dispongamos de las claves interpretativas… En éste y los anteriores capítulos las estamos ofreciendo al lector abierto a compartir tan noble “trabajo”.

José Olives Puig

Cardedeu, 8 Mayo 2012

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