8.- Nación/Re-nacimiento: en la vivencia real de la nación se resuelven la crisis actual y el berenjenal bélico.

Porque la nación significa la comunidad de nacimiento (lat. Natio, nativo, natividad, etc.), y el nacimiento del ser humano es el acto más importante de la vida, junto con la muerte.

Hemos explicado anteriormente que en realidad los seres humanos venimos al mundo para renacer. Adquiriendo una nueva dimensión expandida de nosotros mismos. No ya física, antes metafísica…Un nuevo cuerpo: cuerpo de Luz, cuerpo de gloria, energético, invisible, “interior”, cósmico. Esto es así, y solamente hay que repasar los anteriores capítulos para ver que todos los grandes sabios y maestros del género humano se han centrado en este tema, que podemos denominar “el segundo nacimiento del hombre” o simplemente, el “renacimiento” a una “vida nueva”.

Este nuevo ser lo conseguimos por identificación, mediante un trabajo que empieza por la rectificación de las ideas/sentimientos en los que hemos sido programados. Una programación que se remonta, como mínimo, al momento de la concepción de nuestra madre; y no solamente a la incompleta (o distorsionada) educación durante la infancia. Los expertos y también otras tradiciones sagradas (antiguas, orientales, etc.) hacen remontar el proceso a los genes de nuestros padres (embebidos ya de “pecado original”) o a “vidas anteriores” plagadas de confusión y experiencias ensayo/error.

Sea como fuere, a esa programación primera de todos nosotros pertenece inevitablemente la idea de nación en el sentido moderno, vulgar y corriente. Ese sentido que fue exaltado en Europa con la revolución francesa: la idea de la nation entendida territorial, lingüística, “histórica” y/o “culturalmente”, como si esa fuera la identidad principal de todos nosotros. Identidad material ligada al cuerpo sensible (“cuerpo físico” o “grosero”), y a la programación sociocultural vigente en aquel espacio/tiempo donde se produjo el primer nacimiento.

Los líderes de la revolución moderna, contando con el endurecimiento general de la sensibilidad y las mentalidades, han grabado esta confusión en el disco duro de nuestra mente. Y funcionamos mecánicamente a partir de ese tipo de identidad “natal.”   Vislumbramos a veces destellos de la bondad original de la patria (o “nación”), pero generalmente estamos alejados de la vivencia comunitaria y la buena vida que todo nacimiento a un nuevo espacio (fuera del claustro materno) ha de implicar. Ya que de lo contrario, mejor no nacer!

En esta confusión (“ciudad cautiva” de sus errores) hemos olvidado que nuestro primer nacimiento fue solamente provisional. Y que para ser verdaderamente humanos (personas) debemos nacer de nuevo y “morir antes de morir” (internamente, claro!) tal como lo explica San Pablo entre la miríada de sabios de Oriente y Occidente.

Entonces reconocemos, además de esa nación primera (étnica, territorial, lingüística, idiosincrática, etc) otra nación virtual, interior, hermosísima, felicísima, a la cual también pertenecemos por nacimiento, aunque de momento no nos hayamos dado verdadera cuenta. En ese sentido hay un trabajo interior (estudio, meditación, etc.) que realizar, como una “asignatura pendiente”.

Percibir, sentir, esa “doble nacionalidad” nos aclara las ideas y pone todas las cosas en su sitio. Hay la verdadera Nación de todos nosotros, llámese como se quiera (Ciudad Celeste, Jerusalén, Utopía, Ecclesia, Umma, Campos Elisios, Reino de Dios, Nirvana, Islas Afortunadas, etc.) y hay la pequeña nación de cada uno (China, Cataluña, Palestina, España, Francia, etc.). Esa última, en el mejor de los casos es símbolo (figura, imagen) de la Primera. En el peor de los casos es motivo de constante pelea, porque al ser material, se ve afectada por la inevitable fragmentación y contraposición de todos los objetos materiales (incluidos los mentales y senti-mentales).

Los grandes poetas y artistas de los siglos modernos que aquí y allá han consolidado en los corazones de la gente las identidades nacionales, han hablado siempre de la patria terrestre en relación directa con la patria celeste. El amor de la una depende del amor a la Otra. La nación terrenal y todas las identidades y acciones que genera, sólo son de verdad cuando vibran en consonancia con el Modelo Virtual, a la vez siempre real, siempre presente, siempre vibrante en el alma. Jacinto Verdaguer, entre algunos otros, realiza ese tipo de labor poética respecto de Cataluña…y cada nación o semi-nación tiene sus vates y promotores, que la presentan como imagen del paraíso.

El problema viene de desconectar la identidad terrestre de su Causa, de su Verdad, de su Sentido. Perdemos el recuerdo de la verdadera patria. Israel (el “pueblo elegido”, cuyo nombre significa Isra-El = ”directamente enfocado al Creador”) deja de ser un símbolo sagrado (destinado a la comprensión de la condición humana entera) para volverse instrumento de opresión y guerra en manos de los herejes estatalistas, o “sionistas”, que pretenden verlo sólo en lo material, en lo étnico, “cultural” o “religioso”. Convirtiéndolo en una realidad histórico-sociológica. En este plano sólo hay las “naciones en guerra” (the state of warre, como decía Hobbes), buenos contra malos, blancos contra negros y viceversa, ricos contra pobres, moros contra cristianos, judíos contra palestinos, “Cataluña contra España” y Mahón contra Ciudadela en la isla de Menorca. Se pierde el sentido la belleza, y la energía vital de la Unidad, inherente a la genuina bondad del ser humano.

El recuerdo del sentido profundo de la Nación nos reconduce a la necesidad del renacimiento y a los saludables trabajos internos para propiciarlo: esa es la solución del berenjenal “nacional” e “inter-nacional” que tanto nos afecta materialmente. El Soplo de Vida, la “respiración cósmica” (Espíritu Santo, o como queramos llamarlo) está siempre disponible para todos los que queramos ya re-encontrarnos y participar en la verdadera nación de la humanidad, siempre viva y presente aquí y ahora.

José Olives Puig

Cardedeu, 5 Mayo 2012

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