7. Renacemos vivenciando triunfalmente el sacrificio de la víctima en la propia carne

Las circunstancias actuales del mundo nos invitan a poner en primer plano la necesidad del renacimiento. Eso, en todos los niveles: económico, político, cultural, histórico, y sobre todo en ese nivel primero que somos cada uno de nosotros interactuando con nuestro prójimo. “Yo y mi circunstancia”.

También todas las tradiciones sagradas de la humanidad y las altas filosofías coinciden desde siempre en este punto clave de la vida: la necesidad, la urgencia, de renacer. Los seres humanos venimos al mundo para poder renacer. No hay otro sentido de la vida. Y tal renacimiento se realiza individual y colectivamente al mismo tiempo, porque no existe (no ha existido nunca) el ser humano aislado de los demás.

Hay individual y colectivamente un obstáculo primero que se interpone. Es la víctima. Sentirnos víctima, en nuestra vida personal y en la identidad colectiva (nación, etc.) a la que pertenecemos…o las identidades…Identificándonos con el ser víctima generamos ese síndrome perverso que llamamos “ego”. Una falsa identidad (individual y colectiva) que produce dolor para adentro y para afuera. Está contra todo. Sólo le interesa aumentar y compartir el “cuerpo de dolor” y mantenerlo todo encerrado en la “ciudad cautiva”.

El victimismo es el complot del ego para instaurar el “estado de guerra” (de unos contra otros y de las “naciones” entre ellas). Eso lo hacemos automáticamente en el día a día viviendo la vida desde el error colectivo que nos han transmitido desde la infancia. Esa programación atávica, ese “pecado original” que no es culpa nuestra, pero que nos sirve para regodearnos y quejarnos, añadiendo todavía más leña al fuego con el “pecado actual” perpetrado por nosotros.

Lo contrario del victimismo es el sacrificio, que nos enseña a tratar la víctima de modo radical. Para curarla y transmutarla. No para seguir usándola para hacer daño a los demás y a nosotros mismos.

En el sacrificio (al estilo del que se realiza sobre los altares, tanto los prehistóricos como los más modernos) la víctima es llevada directamente al fuego y a este punto central que el altar mismo simboliza: a ese “corazón” del templo, del cosmos, que late en lo más íntimo de nuestro pecho. Eso significa que, abandonando por un momento el regodeo en las negatividades en torno a los ultrajes recibidos, las desgracias y las posibles venganzas, identifiquemos la víctima como un aspecto de nuestro ser más íntimo, más tierno. Un corderito degollado que a la vez es un hermoso niño que nace en un pesebre. Lo acercamos al fuego de la luz y del amor de nuestro corazón, donde va a ser transmutado.

Por esta visión, mantenida con la tenacidad de un buey y acompañada con todos los alientos superiores e inferiores que infunden la vida, se desencadena todo el prodigio del Belén, a la vez que se celebra simultáneamente la Pascua. El niño que nace, paradójicamente, es a la vez una víctima que deja de serlo porque la damos a luz. Está claro que todo eso se hace con el Amor. Ese que la Virgen demuestra con su actitud y sus gestos. Así como ella, nuestra alma superior aprende a cuidar de la víctima que internamente somos. A abrazarla y quererla. A consolarla y animarla, con besos y bonitas palabras y sentimientos proferidos hacia dentro, como mantras o incantaciones.

En este proceso tan hermoso somos transformados realmente en un nuevo ser: un ser original, un auténtico unigénito. Y no tenemos que hacer nada más que contemplar el prodigio sin distraernos, ya que la voluntad del Padre es engendrar y la voluntad de Ella es concebir. Se produce de manera natural en el silencio de la caverna del corazón, donde no entran los pensamientos negativos o torcidos (los diablos de marras). Y se produce “desde arriba” tal como lo señala el Evangelio de Juan.

El sacrificio comienza pues reconociendo la suerte que tenemos de sentirnos víctimas, individual y colectivamente. Porque la “víctima” (el sufrimiento) es materia prima, energía concentrada que nos manda el Creador para la gran obra alquímica: la transmutación de nosotros mismos en un nuevo ser. Un ser maravilloso, insospechadamente feliz y expandido, respirando con esta nueva Jerusalén, más al alcance que nunca. El triunfo está garantizado para todos los que quieran apuntarse…

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