RENACIMIENTO: VOLVER A NACER (Natividad y Resurrección)

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La celebración de San José, 19 de Marzo, nos reconduce a escribir sobre el renacimiento en sentido espiritual. Este gran santo, este gran arquetipo, esta enorme energía viviente y eficiente en nosotros…La que nos asiste en todo parto, la que nos ayuda a nacer. Es el santo obstetra, el divino comadrón. Su nombre lo indica, ya que Joseph significa en hebreo “añada Dios un nuevo nacimiento”.

Libres ya de literalidad, y de entender solamente los símbolos en el plano concreto, histórico, cosificado…podemos corroborar la idea recordando toda la vida y las andanzas junto a la Virgen y el Niño. Cómo los defiende y protege. Cómo los guía a lugar seguro. Sobre todo, cómo consigue el cobijo de la cueva, el lugar de nacer. La cueva, que nos recuerda tanto la de Platón, y todos los antros y cavernas de los mitos y los lugares prehistóricos, donde se produce la revelación de los misterios.

A esa cueva, que es nuestro espacio interior, accedemos ahora con la ayuda de todas estas ideas tradicionales, aprovechando la resonancia que tienen en nuestra mente. Dentro de nosotros, entrando, cerrando los ojos, sintiendo, aceptando la oscuridad y nuestra ignorancia de casi todo lo que tiene que ver con el espíritu y la vida nueva: así es como empezamos a renacer.

En la caverna, cada vez más profunda, hallamos el latido y la ternura de nuestro corazón. Sintiéndolo, respirando con él, se va ampliando e iluminando aquel espacio que al principio parecía tan negro y espeso. No se trata de comprender. Es sólo sintiendo que el verdadero intelecto es recuperado. Arde en el núcleo más íntimo la hoguera central. Puro fuego que nos conecta con el cielo, tal como a su manera lo describe el mito platónico.

En todo caso la cueva es a la vez tumba. Porque no podemos renacer sin experimentar una verdadera transmutación de nuestro cuerpo. Como si fuéramos la serpiente cambiando de piel. Dejando lo viejo, lo más externo e identificándonos con lo interior, lo más sutil y etéreo. La muerte no es más que este cambio de piel. Con ella abandonamos también los viejos esquemas de lo que es la vida, “nuestra vida” y lo que nos habían convencido ser nuestra identidad.

Aquí aparece de nuevo José, el de Arimatea. Es otro aspecto o matiz del mismo símbolo. Discípulo destacado y muy especial de Jesús, él es quien se ocupa de comprarle la tumba, la matriz de resurrección, para transformar su cuerpo mortal en cuerpo de gloria; para ascender a los cielos y dejar pasmados a los guardias y a las Tres Marías cuando acuden la mañana siguiente. El sepulcro de Jesús es en verdad otra versión de la caverna y nos recalca ese interesante matiz del simbolismo, que debemos solapar con el de la cueva de Belén.

Henos pues de lleno en el berenjenal de los encadenamientos simbólicos. Manejando asociaciones que nos vienen, y que un Dalí podría llamar “delirantes”, aunque para nosotros, además de serlo, tienen la fiabilidad de estar conformes con la voz de la tradición universal y católica de Oriente y Occidente. El renacimiento incluye la muerte, y por tanto es natural que el simbolismo de la Natividad nos remita inmediatamente al de la Pascua de Resurrección. Ambas fiestas son pascuas, que significa “pasajes”, ya que la cueva-tumba es un lugar de paso.

Todo eso lo comprendemos inmediatamente con la mitad derecha de nuestro cerebro, y vamos aprendiendo a fiarnos de esta nuestra parte intuitiva, dejando que la mitad izquierda (la parte lógica-racional) quede más bien en silencio, como ancilla que es en ese tipo de menesteres. El simbolismo tiene su lógica, una supra-lógica asociativa, que el Niño interior de cada uno comprende perfectamente. No hay temor: la iniciación en los misterios es como una locura (para el saber del mundo ignorante) pero una locura controlada. La controla la enseñanza tradicional, que siempre seguimos, estudiamos y meditamos. La controla, sobre todo nuestro amor y nuestra radical bondad conforme a la esencia que es nuestro ser y que cada vez vamos conociendo de más cerca.

En esta fase en que nos hallamos, en esta estación del alma interior, ya dentro, en el corazón, respirando pausadamente con los alientos de buey y mula, vamos sintiendo cada vez más el hálito divino que desciende sobre nosotros. La respiración cósmica, el Espíritu de Dios es el que desde arriba baja a fecundar a la virginal apertura de nuestra alma cuando se entrega y se deja ayudar por ese flujo que la fecunda. Tiene una forma análoga a la respiración, con sus dos tiempos, aspir y expir. Ambos tiempos del incesante ritmo circular, son el Spiritus, el aliento, el prana, el Ruah Elohim, el chi, o como queramos llamarlo. Lo recibimos como el semen del Padre que nos hace renacer aquí y ahora “desde arriba”.

Lo que parecía complicado se vuelve sencillo. Los simbolismos ancestrales, magnificados por la visión infantil y la religión popular, se nos revelan en el verdadero sentido, como procesos de flujo, cocción y transformación en el matraz de nuestra alma, en ese “horno” o atanor encendido, que somos los seres humanos cuando nos entregamos a la visión interior con el ojo del corazón y cuando nos guía la llama encendida del interés evolutivo, de la fe, del amor.

Percibimos entonces, poco a poco, un nuevo “cuerpo”, un espacio interior, que la respiración sutil va abriendo cada vez más amplio. Un cuerpo que se apoya en la estructura del cuerpo físico-sensible, pero que ya no está condicionado ni limitado por ella. Se caracteriza por la paz, la expansión, la alegría, la salud, la energía. Pitágoras y los antiguos lo consideran un “cuerpo esférico”. Todo ello, una sola cosa, es el cuerpo de gloria, cuerpo de resurrección, ser de luz. Lo vemos, lo sentimos como un gran regalo. Es nuestro ser y aprendemos a identificarnos con él.

El cuerpo de resurrección y de gloria aparece al principio como un Niño. Atrae atención, cariño y cuidado, pero bien pronto se nos revela como el verdadero cuidador, como el hermano mayor que nos guía. Es más, es el cuerpo que Dios mismo nos entrega para ser compartido y manducado. El banquete eucarístico, la comunión cristiana, es el rito de comerse a esa bondad que se nos da como comida a los hambrientos. Recibirlo es no sólo admirarlo y gozarlo. Hay que comerlo, porque en el acto de manducar se produce la transmutación del ser. Nos convertimos en eso tan bueno que tanto nos gusta.

La comunión es activa, transformante, eficaz. No es quedarse quieto admirando y gozando la belleza y la bondad de lo que interiormente sentimos. Es comérselo. Está riquísimo! La manducación es la manera más directa de transformarnos en(de llegar a ser) aquello que de entrada parecía distinto de nosotros. La eucaristía (o comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo) es según el cristianismo la manera más directa para la realización espiritual.

El simbolismo de la comunión está implícito en el Belén y el Pesebre. Beth-lehem en hebreo significa “la casa del pan”, porque el que allí nace es “pan de vida” y el “pan” debe ser obviamente tomado como el arquetipo de todo alimento corporal y todo cuerpo que con él se forma -Recordemos que en el pan están presentes los cuatro elementos de la materia. Y el pesebre es aquel tipo de mueble rústico para poner la comida de los domésticos herbívoros, donde es colocado el Recién Nacido, sobre la paja, dorada y luminosa como el oro (pura luz). Se lo pone en el pesebre para que comprendamos que Él es el alimento, el “pan” que debemos comer, tragar y digerir con nuestro corazón para asimilárnosle, para transformarnos en él. La verdadera adoración no es una simple admiración, ni siquiera una contemplación en sentido dualista (yo y el otro) antes una fusión-transformación identificante, al modo de las que nos muestran en clave budista las célebres aventuras de la serie televisiva Bola de Dragón, cuando dos personajes tocándose las puntas de los dedos se fusionan en uno sólo.

Análogamente la sangre es para ser bebida. Es el líquido de la vida, otro nombre, otro símbolo del elixir, del amrita, del néctar, del haoma de los “dioses”. El que nos redime de toda culpa nos la regala a raudales, toda, para que nos la bebamos entera, hasta el límite, ya que el también la entrega entera para nuestra salud y nuestra vida. La Sangre de Cristo es real, la sentimos en nuestro cuerpo como el flujo de la nueva vida que nos viene dada. Por transubstanciación el vino se le equipara. Es para emborracharnos con ella, y fluir, olvidados de todos los esquemas, como Dionysos, otro arquetipo ancestral del Niño Divino, danzando coronado de hiedra y de racimos con su cortejo de ménades y bacantes, desmelenadas, sueltas, ebrias de vida y amor, sin respeto alguno por lo que no sea divino.

Entrar en el antro de los misterios y experimentar la redención transformante, implica el abandono de muchos estereotipos espirituales, que han sido útiles hasta un cierto momento, pero que debemos abandonar para poder renacer a otros sentidos más dinámicos y profundos. Se trata del Ser, de la identidad verdadera, y las palabras, los símbolos, las imágenes, los sacramentos, los mandalas, no son más que formas (incompletas, torpes) que nos pueden tanto confundir como ayudar, acompañar y orientar en el proceso del renacimiento, que se inicia en la cueva, reconociendo y recibiendo todos estos prodigios. San José, escuchando a Gabriel, nos guía y ayuda en este parto de nosotros mismos.

José Olives Puig

Cardedeu, 20 de Marzo 2012

5 pensamientos en “RENACIMIENTO: VOLVER A NACER (Natividad y Resurrección)

  1. Ja fa un cert temps que vaig seguint els vostres escrits. Interessantíssims.
    Rebeu, amb tot el cor, un sincer reconeixement i un entranyable agraïment.
    Jordi Carcasó Xarrié

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