Apuntes-lectura a La Ciudad Cautiva (cap. I, 6-8)

Anotaciones al seminario 08.02.2011 de la asignatura “Ciudad, persona y civilización” en el Master de Iniciación a la Investigación en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas. Universidad Internacional de Cataluña.

A raíz de las notas escritas por  los alumnos (I entrega):

Evaristo comienza dando “gracias por hacerme meditar sobre temas en los que habitualmente no lo hago. Han sido un gran descubrimiento, sobre todo el mandala, y todo lo relativo a la ciudad y el hombre, el sentido trascendente de su obra también me ha parecido del máximo interés en un mundo relativista y en que el religare no es valorado.” Escribe, entre otras, las siguientes tres notas, que no necesitan de comentario:

  • Me gusta ese “símbolo,  mito y rito son partes esenciales de la religión.” A mí el rito me eleva a la trascendencia y tiene ese sentido de curación y sintonía.
  • El rito político por excelencia es la “fundación de la ciudad”. Me asombra, así me deja boquiabierto el plano de la ciudad, esa mandala, ese diseño como una representación geométrica del orden cósmico que establece la divinidad. Me veo en la necesidad de conseguir yo mismo esa armonía, esa plenitud y totalidad de la mándala.
  • Siempre me ha admirado el “hombre cuadrado” en el círculo, su simetría; círculo y cuadrado, ciudad y hombre. Ahí está la centralidad inherente a la idea de lo urbano, de la creación. De ese ombligo-centro del que parte la simetría. Plano geométrico ortogonal de la ciudad, centro, aspas, puertas, que son también de mi vida.

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En cuanto a otro tema que ha llamado la atención a Evaristo, la antigüedad de la polis y la familia, mi argumento –crítico con Fustel de Coulanges- es que ambas forman parte de la humanidad desde siempre, es decir, que ambas corresponden a necesidades-capacidades naturales del ser humano, y que éste no puede existir sin esa doble pertenencia.

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La doctrina agustiniana de las “dos ciudades” (que en realidad son tres) que ha desprtado la curiosidad, entre otros, a Evaristo y Raquel, la traigo a colación por su valor simbólico; lo cual no excluye otras lecturas (literales y corrientes) de la misma, que a mi me parecen poco interesantes. Yendo pues al sentido espiritual, las tres ciudades se explayan en (o atienden a) tres niveles de nosotros mismos. Ante todo formamos parte, aun sin saberlo, de la más hermosa y perfecta de las ciudades (ciudad de Dios) donde nuestro espíritu se recompone cada día mediante los momentos del sueño profundo (llamado también “paradójico”), y cada vez que sintonizamos con la vivencia del amor, la belleza y todo los que nos gusta y nos pone bien. También, por tener un cuerpo y formar parte de la sociedad, participamos en una o varias modalidades de “ciudad inferior” (o “patria terrenal”) más o menos ensamblada, más o menos problemática y contrapuesta a otras “ciudades inferiores” en competencia o en liza. Pero por suerte existe una tercera ciudad, intermedia, simbolizada por el concepto “ekklesia”, hoy tan mal comprendido. Esta “Iglesia” o “ciudad tercera” es la que nos permite vivir en la tierra sabiendo que formamos parte de la belleza y la bondad del cielo y que –hasta cierto punto- eso lo podemos también compartir aquí abajo. Hablamos solamente de Iglesia en el sentido original, no en el sentido sociológico hoy corriente. Claro está que entender la idea de “ekklesia” (que en griego significa “reunión”, “convención”, “comunidad”,etc.) en este sentido, el más católico y, a la vez, simbólico-filosófico, implica comprender que el término és muy semejante, por no decir equivalente, a la idea judaica de la “synagogué”, a la idea antigua de la polis sagrada, que tanto comento en mi libro; a la idea musulmana de la “umma”, la comunidad de los fieles, copiada de la polis; y hasta a la idea budista de la sangha, la comunidad en el sentido monacal, el único sentido posible en una tradición espiritual que no ha sido aplicada al diseño de ningún sistema de civilización. En todos estos casos hay que saber distinguir entre el modelo ideal y las aplicaciones concretas, sabiendo que este tipo de “ciudad tercera” es ambiguo por su propia naturaleza ya que participa a la vez de lo superior (ciudad celestial, interior, invisible) y lo inferior (ciudad en sentido fáctico, instituida en el plano social, plano de la acción y las instituciones humanas).

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En cuanto a esa máxima del libro, que ha impactado a Raquel tanto como a Evaristo (“conocer y cambiar la sociedad significa conocer y cambiar al hombre”), hay que comprenderla bien. En realidad “hombre” y “sociedad” no son realidades separadas, tal como lo pueden aparentar cuando sólo tomamos en consideración el plano material (o exterior) de nosotros mismos. Esa unidad esencial entre el ser humano individual y colectivo, la teorizamos con la idea de Persona, la cual, pensando bien la cosa, nos engloba siempre a cada uno de nosotros con el prójimo. Entonces podemos afirmar de nuevo que la Persona (ontológicamente) es más que la sociedad. Sobre todo porque en ella residen la conciencia, la libertad y la voluntad, con una plenitud y una capacidad transformadora, que la sociedad no tiene. La sociedad sólo tiene conciencia y voluntad en sentido metafórico, porque se mueve según las ondas de lo colectivo (redes y entramados psico-mentales); y tal como bien lo han explicado los psicólogos y sociólogos del siglo pasado, las formas de “conciencia colectiva”, vibran con los estratos más primitivos, oscuros y pasionales del ser humano y, tanto más, cuanto que las formas colectivas se masifican. El ser humano es el único que (en principio) está dotado de la luz, el amor, y el poder transformador; y cuando cada uno de nosotros nos transformamos por sintonía con la gracia, la bondad y la belleza que siempre nos viene regalada desde arriba, entonces se transforma y cambia también la sociedad (ese prójimo que siempre nos rodea, que siempre nos acompaña y ayuda, y con el cual formamos espiritualmente una unidad).

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Evaristo anota: “Importancia del espíritu, de la trascendencia. Queda patente a lo largo de toda su obra. Pero me ayuda a reflexionar una frase de su libro: No existe un mundo llanamente material desgajado del espíritu, tal como tiende a creer la mentalidad moderna”. Y añade Tatiana “el mundo está compuesto de lo material y lo espiritual. Es un todo. La religión antigua pretende “enlazar” todo, la ciudad (materia) con el amor, el fuego, el altar, los símbolos (lo espiritual). De ese modo, lo espiritual impregna y vivifica todo lo material, llenándolo de sentido; mientras que en la actualidad vemos cómo la pérdida de lo fundamental nos conduce a la situación del hombre y la ciudad moderna, donde todo está desconectado, vive sin orden, ni ser fiel a su propia naturaleza.”

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Raquel contrasta acertadamente “La religión antigua y su visión sagrada de todo, frente a la laicidad y el laicismo de hoy”. Lo bonito es darse cuenta que así como formamos parte de la sociedad laica de hoy, también, en cierto modo formamos parte de la “ciudad antigua”, como de una dimensión más interior y esencial de nosotros mismos, que podemos reconocer gracias al rito de la lectura meditativa, y al rito en general. Formamos parte de todo ello, y debemos entender que esas partes se hallan jerarquizadas, ocupando distintos rangos en nuestra “economía” personal. También importa distinguir –como iremos viendo más adelante- entre “laicidad” y “laicismo”. La primera es un diseño cristiano-europeo que se aplica a partir de la revolución moderna para evitar la caída en el fundamentalismo religioso. ¡Bienvenida para todos nosotros la “laicidad” en este sentido, que todos apreciamos, como una salvaguarda de nuestra libertad y dignidad como ciudadanos y seres humanos! Otra cosa es el “laicismo” (nótese la terminación “ismo”), error muy frecuente en toda la modernidad. Considera la religión algo obsoleto, que debe combatirse y suprimirse como si de una enfermedad se tratara. El error está en que la religión (las grandes religiones civilizatorias de la humanidad, …no las sectas!) es inprescindible, ya que la sociedad proviene de ella: “es la religión (en su sentido propio y esencial) la que ha creado los pueblos y las comunidades, y no al revés”, tal como se explica en LCC siguiendo a Fustel de Coulanges, y tal como hemos comentado repetidamente de palabra. El laicismo es imposible porque sin religión no hay sociedad.

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Cuando siguiendo a Fustel hablamos del “contenido inalterable de las tradiciones”, entendemos las tradiciones urbanas (o “políticas”) arcaicas y las grandes tradiciones sagradas (o “religiones”) de la humanidad. Las variaciones que experimentan todas ellas para adaptarse a los tiempos y a los cambios de mentalidad, son alteraciones en cuanto a la forma, no en cuanto a los contenidos; y aun, en cuanto a ciertas formas que no son fundamentales, ni amenazan con la pérdida del sentido y la eficacia espiritual de dicha tradición sagrada. No hay en ello autoritarismo alguno. Sí lo habría, en cambio, si quisieramos considerar inalterables las “tradiciones” de humana factura, que son los diseños e instituciones políticos, costumbre, ceremonias y símbolos que utilizamos en las naciones-Estado de la modernidad y sus ramificaciones “internacionales”. Todo eso, que nada tiene que ver con las tradiciones sagradas (en sentido espiritual y trascendente), sí es alterable, según las circunstancias de tiempo y lugar. Aunque, claro está, toda política moderna responsable, también debe ser razonablemente conservadora y pensar bien cuándo es oportuno y prudente cambiar las constituciones y toda la parafernalia institucional que las acompaña. En general, cuanto menos se cambie mejor, ya que el proceso evolutivo del Estado-nación es de caída, y generalmente los cambios son a peor (con todas las excepciones que hacen al caso).

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La concepción de las partes de la ciudad como las partes del alma:  racional (sabios); irascible (guerreros); concupiscible (artesanos y mercaderes), es efectivamente muy útil y actual si vamos adentrándonos en el sentido simbólico. Se trata ni más ni menos de la estructura jerarquizada entre las partes de la “ciudad”. Volveremos sobre ello.

José Olives Puig

Viella, 14.02.11

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