Apuntes-lectura de La Ciudad Cautiva (cap. I, 1-5)

 

Anotaciones a comentarios de lectura entregados por los alumnos

al seminario 25.01.2011 de la asignatura “Ciudad, persona y civilización” en el Master de Iniciación a la Investigación en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas. Universidad Internacional de Cataluña.


 

 

Escribe Tatiana y añado yo palabras en rojo: “…todo ser humano que desee vivir bien busca, sin importarle espacio-tiempo, la Divinidad que ha fundado las ciudades”. Sobre todo la “ciudad que es el Cosmos-Universo” y la pequeña ciudad que es el ser de cada uno de nosotros…

Y siguiendo el texto del libro, añade: “El símbolo expresa lo que hay más allá de la lógica (lo ana-lógico) y de la percepción ordinaria. Hay cosas que no sólo no pueden, sinó que no deben expresarse con palabras. Ej.: un beso, una caricia, una flor.” …Genial! Excelente comprensión de lo que es el símbolo. En cuanto a la flor, por ejemplo, fue mostrándola en su mano, como el buda Shakyamuni despertó el intelecto (buddhi = inteligencia no-dual del “corazón”) a su discípulo Ananda, en un celebérrimo gesto que ha pasado a la historia.

Tal como Raquel apunta, la intuición pura (entendimiento) se relaciona efectivamente con lo que hoy llamamos “inteligencia emocional”, aunque no es lo mismo. Las emociones al ser transmutadas (siendo conscientes de ellas) son la puerta de entrada a los planos superiores de nosotros mismos. También el pensar positivamente (lo queRaquel  llama “identificación con la comunidad, con el bien común, la benevolencia, la fraternidad, la utilidad dentro de la comunidad) es la manera de empezar a trascender y superar la manera rutinaria y convencional de ver la vida (el “pensamiento único” o “políticamente correcto”). Pero, conste que hay una jerarquía ontológica entre el conocer y el hacer, y que lo primero siempre será lo primero. Una de las principales herejías de la modernidad es el pragmatismo (poner la acción por delante del conocimiento: de las formas internas de sentir y querer a Dios, al mundo y a nosotros mismos). La acción no es más que el resultado lúdico de nuestra vida (interior).

Cathérine introduce el tema del niño, su educación, su capacidad de asombro, que debemos fomentar. Como madre y como profesional ella adopta un punto de vista pedagógico. Ahora bien, lo que proyectamos en el niño, lo tenemos también los adultos. Una de las maneras tradicionales de designar el germen espiritual que todos llevamos dentro es el “niño interior” del que tanto ha hablado la psicología contemporánea: la parte evolutiva de cada uno de nosotros, cercana a la capacidad de empatía, de comprensión directa de las cosas, de sintonía con el lenguaje analógico, de espontaneidad, transparencia, inocencia, etc. El niño, en este curso de profundización en el pensamiento clásico-tradicional, es sobre todo nuestro Yo Superior, al que se refieren los mítos y símbolos del nacimiento del Niño Divino en tantas tradiciones espirituales de la humanidad. Para irlo recuperando y encarnando en nosotros mismos, nos ayuda siempre el contacto con los niños que conocemos, que están a nuestro cuidado, que siempre nos rodean, y para quienes deseamos siempre lo mejor. La educación, el desarrollo de la personalidad, el alumbramiento del Ser en los demás, depende directamente de el alumbramiento (o de la encarnación) del Mismo en cada uno de nosotros. Y ello es algo que se transmite directamente, por ósmosis (o empatía) y que no necesita de ningún proyecto pedagógico ni de ninguna política especial. Aunque, ciertamente, los proyectos pedagógicos y las políticas públicas o privadas son útiles y necesarias y beneficiosas, siempre que emanen del amor y la comprensión generados y reconocidos en nosotros mismos. Toda madre, todo padre, todo maestro, debe entender que para mejorar el estado de los que tiene a su cuidado debe antes mejorar el propio, y con ello todo lo demás fluye de manera natural. También en materia pedagógica hay que aprender a cambiar el punto de vista corriente.

*

Habiendo aprendido sobre la “ciuad antigua”, Raquel se pregunta que hacemos con la ciudad de hoy. Ahora bien, frente a la “ciudad antigua”, la de hoy, queda esbozada en lo que ya comentamos en clase sobre las problemáticas metrópolis actuales surgidas de la ruptura decimonónica de las murallas. Hoy no hay ciudad propiamente dicha en el plano material (urbanístico) ni en el plano institucional (histórico-sociológico concreto). Somos todos “ciudadanos del mundo” –como decía Tom Paine- y, hasta cierto punto, apátridas, según el hermoso simbolismo del “judío errante”, prototipo del “pueblo elegido”. En consecuencia hay que entender que la “ciudad sagrada” es ante todo (allende su materialización más o menos exitosa en la Antigüedad) para nosotros un modelo especulativo, un arquetipo que nos ayuda a comprender y vivenciar otros planos del ser, nuevas realidades y potencialidades individuales y colectivas que están latentes dentro – y también fuera, pero de un modo que ignoramos, y que ciertamente no será igual que el de sociedades pasadas u otros tiempos històricos, porque los mismos hechos nunca se repiten, por más que haya ciclos y continuos retornos a lo que ya considerábamos “superado”.

Escribe más abajo: “El progreso o el estancamiento espiritual individual (valga la contradicción entre ambos términos) afecta al de la comunidad. <Existe la> responsabilidad de fomentar el progreso desde el modelo de ciudad moderno.” Creo que no hay “modelo de ciudad moderno”. Lo que hay es una pérdida (o un olvido, o una inconsciencia) del “modelo de la ciudad” en el mundo moderno. Este modelo precioso nos conecta con el ser, con el amor, con la energía, con la belleza y con lo que en realidad somos, pero debemos comprender que en la modernidad no lo hallaremos nunca externamente manifestado (ni, menos, institucionalizado), porque eso fue lo característico de otras épocas, remotas… Hoy, sin embargo, podemos descubrirlo en lo invisible, en el alma, que nos contiene a todos y, al reconocerlo, sentirlo, cultivarlo, e identificarnos con él: lo cual, ciertamente, es algo que tiene efectos positivos en nosotros y en la gente que nos rodea, mejora nuestros proyectos y nuestras obras. El modelo de la ciudad en la modernidad es sólo virtual, lo cual no significa que siga siento lo más real de la vida en común, y un valioso mapa para “religarnos” continuamente con el Ser. Constantes en ese tipo de trabajo, y Dios mediante, podemos llegar a gustar cada vez de manera más consistente la “ciudad sagrada”, tal como algunos santos y seres realizados dicen haber gustado el paraíso ya en la tierra. Pero, seguiremos sobre este tema.

Raquel continúa: “Sin comprensión y amor no puede haber vida social. <Hacen falta> líneas de actuación que fomenten ambos aspectos.” Sí, pero debemos recordar que la “antigua política” (que con este curso estamos reaprendiendo) empieza siempre desde dentro, desde el corazón, la mente y la emoción de cada ciudadano. No empieza desde fuera (sin cambiar antes, o a la vez, lo de dentro) tal como lo pretende el maquiavelismo moderno. Y se pregunta:”¿Cuál es hoy la primera necesidad pública?” Es reconocer de nuevo el bien común, que es el bien del alma, siempre compartida… tal como nos lo recuerdan Eiximenis y todos los clásicos, que iremos repasando en los capítulos que vienen.  Entonces es cierta la última respuesta que apunta: “Fe en el valor de lo que se comparte (el alma, el espíritu, la vida, etc), origen de las virtudes cívicas, sentimiento de pertenencia y sacrificio.” Todo correcto, dejando bien claro que importa el sentido simbólico, no el literal.

María José escribe: “ <Despojarse> de todo progreso tecnológico, superstición y crueldad, para volver al modelo de sociedad de la ciudad antigua”. Ante esa reflexión, cuidemos de no entender las cosas literalmente, de no caer en visiones tradicionalistas (nostálgicas del ayer). Nada de lo que estamos tratando tiene que ver con un retorno a formas de organización de sociedades y momentos históricos ya pasados. Los modelos arquetípicos como el mandala (la “ciudad sagrada”, su plano geométrico, las historias y mitos de pueblos y sociedades bien integrados y cohesionados, que iremos estudiando…) nos sirven como símbolos para comprender otros niveles de nosotros mismos, que el decurso de la historia y el endurecimiento de las conciencias han ido tapando (relegando a lo inconsciente). Son modelos para la especulación filosófica, la reforma del pensamiento y el “trabajo interior”, que es de lo que trata nuestro curso. La manera como todo ese trabajo de cada uno consigo mismo (con su mente, con sus emociones, con su intuición) se pueda traducir en el futuro profesional en forma de propuestas concretas, de obras, de acciones benéficas (políticas, programas de acción, diseños, propuestas, proyectos, realizaciones, etc) eso es cosa que cada una ya irá viendo o, mejor, recibiendo en forma de nuevas intuiciones y “revelaciones”. No hay, por tanto, que precipitarse: nada de lo que tratamos en este curso es aplicable inmediata y mecánicamente en el plano de la acción social exterior. Todo es para la maduración interna, la reforma del pensamiento y el desarrollo de nuevas potencialidades, hasta ahora latentes, y que se resumen en una ampliación del campo de conciencia y en un aporte energético a la propia vida de cada uno.

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Añado a las ideas que Gemma encuentra sugerentes aclaracionesen color rojo: “Un nuevo (antiguo) paradigma sociopolítico (y antropológico) en el cual la religión se convierte en una parte fundamental de la esencia de las distintas civilizaciones primitivas y actuales, donde lo público y la privado no están separados como en nuestra civilización contemporánea de carácter liberal.”

Solicita:“Aclaración sobre el proceso que desarrollan las distintas sociedades a partir de una religión monoteísta, convirtiendo la religión en politeísta a la vez que el poder político y económico de la sociedad se incrementa hasta convertirse en imperio.” Podemos aclarar que si bien hay un proceso de decadencia a lo largo del tiempo (que afecta a todas las formas de la naturaleza y la creación –no sólo a las religiones), es más interesante ver que hay siempre y en todo momento distintos modos y niveles de profunidad en nuestra comprensión-vivencia de la religión. O sea, que cada ciudadano “religa” más o menos según su nivel de comprensión de las cosas y su capacidad de amor. En eso es en lo que podemos “progresar” cada uno de nosotros.

El ejemplo de Roma (su república, su imperio) que apuntas, me parece excelente y en la línea de lo ya comentado en clase sobre la polaridad espiritualidad-poderío, que afecta el desarrollo evolutivo de todas las civilizaciones. Te sugiero ir directamente al libro de Fustel de Coulanges, cuyo enfoque  critico, y cuya erudición, desde un punto de vista descriptivo, es perfectamente válida y me sirve de apoyo en el capítulo que estamos comentando.

La sorpresa de Natalie ante la dualidad que establecen las murallas y las puertas separando lo de dentro y lo de fuera, se resuelve meditando con el mandala la diferencia entre el espacio ordenado-“urbanizado” (equivalente al “orden”, la belleza, el equilibrio, la proporción, la bondad, el goce, etc) y el espacio desordenado (el “caos”, nuestra vida en bruto, desgobernada por el desconocimiento de nuestras pasiones, automatismos, irreflexiones y temores). Eso se refiere directamente al alma de cada uno (que no es tan individual como parece aprimera vista, y…), que al irse transformando y refinando transforma y refina simultáneamente el alma de quienes nos rodean, nuestro prójimo, que siempre nos acompaña, y que en su conjunto configura la “verdadera ciudad-polis” de la que cada uno de nosotros (en tanto que amor y consciencia) es el centro. Meditando la “separación” en ese sentido el dualismo sociológico entre religiones, que compiten/pugnan unas con/contra otras, queda superado, porque dentro de la “ciudad sagrada” se combinan armónicamente todos los pares de opuestos y solamente existen estados de paz.

Y cuando see pregunta :”¿hasta qué punto la religión actúa como el eje que ordena la vida al rededeor de ella o de hecho aleja a uno de la búsquea íntima huyendo y separando lo uno de lo otro (de los otros)?”) conviene recordar que los dos sentidos reconocidos a la palabra “religión” (“religación” y “sistema religioso”) nos permiten comprender la ambigüedad de la misma en la sociedad y en la historia. Ora apareciendo como lo más esencial y conveniente (cuando hay espiritualidad) ora como un peligroso instrumento de poder, violencia y manipulación de la gente (cuando no hay espiritualidad o “religación”: usando el “sistema” de símbolos, mitos y ritos de forma “invertida” o “perversa”). De todo eso seguiremos hablando. Es parte importante de ese curso de “sociopolítica”. Digamos de momento, que en Europa, afectada gravemente por ese funcionamiento negativo de la “religión” en los violentos siglos de la modernidad (sobre todo desde el s.XVI a nuestros días), inventamos como antídoto y salvaguarda de la libertad cívica la “laicidad”, que bien entendida debe combinarse con la religión y no contraponerse a ella! ya que es su complemento.

Hay que entender, pues, que si bien los simbolismos distintos pueden separar las religiones unas de otras, el símbolo en sí no tiene una función separadora, porque lo suyo es precisamente ayudar a conectarnos con el Ser, con Dios, con nuestra Esencia: lo Bello y lo Bueno, como diría Platón.

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En cuanto al apartado tercero del libro (“Dios y los dioses”) hay que tener en cuenta que entre Dios, “el Uno sin segundo”, y la multiplicidad de cosas que componen el universo visible y tangible, hay el “mundo intermedio” de las realidades interiores, donde se hallan, además de nuestras imágenes y pensamientos, las formas superiores del ser, en innumerables escalas y gradaciones, que van desde las formas imaginales de nuestro plano onírico “inconsciente”, hasta las energías (inteligencias amorosas) superiores que “utiliza” Dios –o, mejor, el Espíritu divino- para crear el mundo y transformarlo continuamente. Sí, en la cosmología judeocristiana tales energías son llamadas “ángeles”, y representadas de aquella manera antropomórfica tan característica; en la tradición greco-romana son los “dioses”, también iconográficamente “antropomorfizados”; y en otras tradiciones, otras maneras similares. Volveremos sobre ello.

José Olives Puig

Cardedeu, 26.01.11

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