EL CAMINO DEL HÉROE

Ofrecemos con su título original el texto que Bernardo nos ha mandado como reseña de su reciente experiencia como peregrino de a pie a Santiago de Compostela y Finisterre:

Cruzando la meseta

Primera paso: no saber.

Segundo paso: abrir el corazón.

Tercer paso: abrazar el amor.

El día 28 de Noviembre de 2010 fui en autobús hasta Jaca, donde empecé a andar el Camino de Santiago. Anduve solo durante cinco días.

Los primeros cinco días fueron duros. Estaba solo y el acto que abría mis pasos era alejarme de casa, de mi nido familiar; y sí, fue doloroso. Despegarte de las comodidades y de las rutinas de una etapa de la vida que necesitaba dejar atrás para poder seguir avanzando y creciendo. Al mismo tiempo no solo dejé la casa física sino que en cierto modo aprendí a romper un poco las ramas del árbol en el que nací, para cogerlas y plantarlas en nuevo terreno, en nueva tierra fértil. Éste proceso no lo concluí en el Camino de Santiago, pero empecé a bajar del árbol, que es lo que realmente importa. Porque hasta que uno no toca tierra no alcanza a plantar sus semillas. Como decía, bajar del árbol, con lo bien que se está allí, es casi como un suicidio; o almenos eso le puede parecer a uno. Da vértigo solo de observar lo lejos que se encuentra uno del suelo. Por suerte mis pies se encontraban en Jaca y aunque los primeros días mi mente aún revoloteaba por donde quería, empezar mi “marcha de la vida” en El Camino fue una gran ayuda.

En Jaca, en la iglesia de Santiago me “coronaron” peregrino. En una misa de lunes, con la gente del pueblo, obtuve allí la primera muestra de lo que uno aprende realmente en El Camino:

Aún estando en el lugar más inhóspito, en el sitio en que no querría estar, con las condiciones adversas o hasta con el cuerpo que desfallece cuando uno menos se lo espera, lo que uno recibe es amor. No es un amor distinto al que tenemos cotidianamente, lo que cambia en el camino es que el peregrino camina para abrir su corazón al mundo. Y cada día andado es una muestra más de esto que estoy contando. Y haberlo sentido en toda su plenitud me permite ahora ver todos los actos que en su día me ayudaron y que ahora resalto, porque son cada uno de ellos las verdaderas etapas del camino.

Como he dicho, el inicio es duro. Cada uno viene por causas distintas y distintas son las causas con que se encuentra. Algunos empiezan sin saber por qué, ni cómo, ni tan solo, dónde se encuentran. Otros creen saberlo. Más de uno acaba su camino solo empezar,a veces con la muerte, y otros renacen de formas insólitas y milagrosas. Yo empecé conmigo para encontrarme, valga la redundancia. Pero el caso es que al ser humano le gusta complicarse. Y después de andar, habiéndome ya encontrado en Santiago de Compostela -que era mi primera idea- el regalo que obtuve fue amor.

El amor que sentí en Santiago de Compostela:

Hablo del amor como una fuerza que invade el cuerpo y que otorga un estado de satisfacción permanente. No se desvanece al cabo de un rato, al contrario, es un estado que se prolonga tanto como uno esté dispuesto a mantener el corazón abierto al mundo. Ahora entiendo lo de “el amor es la mayor fuerza del mundo” o “el amor mueve montañas”. De poco sirve tratar de entenderlo si uno no tiene el corazón abierto, porque no es algo que se cuente con la mente o con la razón, es algo que brota directamente del fuego de nuestro corazón.

Precisamente la dureza de los primeros días se debe a las ataduras que tiene el hombre con la mente. Uno llega al Camino con todas sus construcciones mentales, con sus “peros”, con sus “porques” y con todo lo que uno quiere o tiene. El Camino se inicia rompiendo todo eso. De un modo u otro cada peregrino se encarga de desnudarse de todo lo que tenía aprendido. Y consciente o inconscientemente este es un proceso que puede dilatarse durante el camino, pero que corresponde al inicio, al primer paso. Desnudando el cuerpo y el alma hasta que uno pasa del estado de “hacer o pensar cosas” al de “no saber”. Primer paso del camino del héroe: no saber.

Se podría decir que los primeros días andados son una transición de la vida que cada uno lleva cotidianamente dentro de la sociedad hacia una limpieza y una entrada en la inocencia, la rica sencillez y el compartir, la fraternidad. Hay quien siente de forma interna esta purgación o consciencia del camino y hay quien la vive de forma externa o física.

La primera etapa concluye en el momento en que el peregrino se ha quitado de encima varias capas. La forma de andar se transforma, la forma de pensar también, aunque yo diría que más bien se empieza a dejar de pensar. Las dificultades se desvanecen, porque lo que uno está haciendo es abrir el corazón al mundo, entonces se empieza a recibir la misma moneda de cambio. Es simplemente una complementación entre el individuo y el mundo. En ese instante en que se empieza a “notar”; no es “el mundo en sí”, no es una cosa intangible: es el árbol que se observa o el sol que calienta, porque ¡el sol calienta! Pero no olvidemos que no es: “sé que el sol me calienta” sino “siento que me calienta el sol”. El “sé” pierde protagonismo… y no sólo calienta la piel o la ropa: calienta todas las capas que hemos dejado al descubierto. Éste paso, el segundo paso del héroe, es abrir el corazón. Dejar pasar los rayos de sol y todas las sensaciones entrantes todo lo cerca de nosotros mismos que podamos y que nos permitamos.

Con estos dos primeros pasos de éste camino de la vida llegamos al tercero, que consiste en abrazar la fuerza del amor. Llega de forma inesperada y es una fuerza poderosa. Te llena y se extiende a tus compañeros peregrinos y se comparte y se regala y recibe, porque uno se da cuenta de que es gratuita e infinita.

Bernat Olives

Cardedeu, 22.01.2011

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