LAS HUMANIDADES V: meditación y docencia

Confuci al temple de Shanghai(Foto que tomé en el templo de Shanghai hace nueve años. Vemos la estatua de Confucio, prototipo del humanista, entre adamios, en medio de un mundo en pleno ajetreo. Su actitud lo dice todo. Los templos confucianos han sido desde siempre escuelas de funcionarios públicos, formados en las ciencias y artes sagradas y tradicionales, equivalentes a las de Occidente. Como la paideía europea-cristiana, tenían como principal cometido la formación del carácter.

Ofrecemos a continuación un nuevo capítulo de J. Muñoz Traver, procedente de su ya citado blog “Meditaciones del Día”, en base a la investigación inédita que él ha realizado sobre Las Humanidades como método para el desarrollo del potencial humano, en base a la aportación de J. Olives Puig al mundo académico. )

 

Venimos definiendo las humanidades, si bien indirectamente, como proyecto pedagógico en su sentido etimológico.  Esto es, como el método de desarrollo del potencial humano que consiste en la conducción del niño a la madurez, en el acompañamiento desde la ignorancia hasta la sabiduría, de la potencia al acto, desde la semilla encerrada en sí misma hasta el estado de máximo esplendor del brote.  Y todo ello, a través de la educación integral del ser humano (cuerpo, alma y espíritu) que los griegos denominaron paideia.

Aunque ya hemos expuesto cuáles son las principales características y metodologías propias de este modo pedagógico de entender las humanitates; aunque ya hemos tratado sobre la visión sintético-interdisciplinar, sobre el comparatismo intercultural y sobre la hermenéutica simbólica; aunque ya hemos introducido la noción de símbolo y la necesidad de recurrir tanto a la ratio como al intellectus para proceder a su interpretación (entendida ésta en el sentido en que interpreta un actor, esto es, haciendo suyo el símbolo y descubriéndolo en su interior); aunque ya disponemos de elementos suficientes para tener una visión de conjunto sobre la propuesta humanística de José Olives, considero que puede resultar muy útil explicitar la distinción existente no sólo entre los órganos gnoseológicos implicados en esta hermenéutica simbólica sino entre las acciones cognoscitivas que desarrolla cada uno de ellos.

Por este motivo (y siguiendo a nuestro autor), he clasificado las acciones que constituyen el proceso pedagógico en tres grandes fases que, una vez más, se reclaman mutuamente: estudio, meditación y docencia.

El estudio hace referencia al conocimiento sensitivo o racional, a lo que percibimos mediante nuestros sentidos o a través del ejercicio lógico-discursivo de la ratio.  Como ya hemos comentado en otras ocasiones, el estudio tiene como objeto de conocimiento algo distinto del sujeto cognoscente, algo que está fuera, separado, disociado de quien conoce.

Olives nos introduce en la segunda fase cuando nos indica que la hermenéutica espiritual o simbólica exige complementar el estudio con la meditación.  Y aclara: “los conocimientos sobre el hombre y el mundo (el micro y el macrocosmos) que se comprenden racionalmente, deben pasar siempre por la criba del autoconocimiento”[1].  En otro lugar, identifica la meditación con la escolástica contemplación[2] y, también,  con lo que Nietszche –al final del prólogo a su Genealogía de la Moral- denomina «rumiación»[3].

Se trata, en mi opinión, de una acertada elección de términos (tomados de otros autores) que nos ofrecen las claves interpretativas necesarias para comprender adecuadamente lo que Olives pretende transmitir, evitándonos así caer “en las ideas vulgares de la misma” contra las que nos previene[4].

Respecto a su relación con la contemplación, podemos acudir directamente al Aquinate para sintetizar en una sentencia (“la contemplación pertenece a la simple intuición de la verdad”[5]) aquello que Olives expresa –de modo más extenso- en un lenguaje que, en mi opinión, resulta más cercano y actual: “[la meditación] no es un tipo de reflexión que se haga manejando conceptos, imágenes o sensaciones.  No es discursiva.  No se entretiene con los contenidos de la mente: los deja correr.  Más que observar los pensamientos y los sucesos que continuamente están ocurriendo, lo que hace es darse cuenta directamente de la conciencia que todo lo contiene.  Ese tipo de práctica consciente se realiza con una facultad casi olvidada que es el verdadero entendimiento o intelecto. (…)  Frente a las formas corrientes de trabajo mental, que comportan el trabajo con ideas y la acumulación de conocimientos, la meditación, realizada con un «intelecto vacío», es la que nos permite empezar a descubrir algo nuevo de nosotros mismos y establecer contacto con la misteriosa esencia”[6].  Profundizando más en este sentido, añade en una nota a pie de página que, en el contexto religioso, la contemplación es entendida como una forma superior de oración en la que el intelecto entra en contacto directo con Dios, trasciende toda dualidad y conoce empáticamente, amorosamente[7].

Con respecto a la rumiación nietzschiana, la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española a este término dice así: “del latín rumigare, [significa] masticar por segunda vez, volviéndolo a la boca, el alimento que ya estuvo en el depósito que a este efecto tienen algunos animales”.  Encuentro que se trata de una ilustrativa imagen que nos aleja de la instrumentalización pragmática del conocimiento:  partimos de la intuición de una verdad, la analizamos o masticamos racionalmente, volvemos a contemplarla con el intellectus, interiorizándola, descubriendo sus implicaciones en nuestra persona, para luego volver a racionalizar lo que hemos descubierto y discurrir en torno a ello y sus consecuencias…  Y vuelta a empezar…  Sólo valorando y cultivando esta modalidad clásico-tradicional de ignorancia podremos conseguir el estado mental vacío y desprejuiciado que es la atención despierta que permite extraer todo el “alimento” a lo que se está estudiando, de modo que nos transforme.  En esto consiste la meditación que nos propone Olives como el método adecuado –y complementario al estudio- para conocer adecuadamente un mundo y una naturaleza que son demasiado complejos para el método racional[8].

Sólo después de la meditación, de la interpretación e identificación propias de la contemplación, cabe transmitir ese conocimiento[9] que se percibe como tan noble e inesperado que llama a ser compartido[10].  Nos encontramos en la tercera fase del proyecto pedagógico que habíamos enunciado: la docencia.  Ésta consiste en un dar algo que es –en cierto modo- propio, y que se transmite de un modo gratuito y nuevo[11], siguiendo la dinámica propia de las tres gracias y conforme a la senequiana teoría de los beneficios.  Esto es, entendiendo el conocimiento como don, y descubriendo en la enseñanza un eficaz medio de aprendizaje[12].

El por qué de la docencia (su motivación) encuentra su explicación, también, en el platónico mito de la caverna del que ya hemos tratado anteriormente.  Habíamos narrado la alegoría hasta el punto en que el cautivo es liberado y, volviendo la cabeza, descubre el fuego y las figuras que dan lugar a las sombras.  Debemos recordar que el dolor en sus sensibles ojos, acostumbrados a la oscuridad, le dificultan la visión pero que gradualmente descubre un mundo nuevo en el que existen hombres, estrellas, la luna y el sol…  Un cosmos maravilloso que jamás habría imaginado. Y, “al recordar él su primera morada y lo que allí había y a los compañeros de cautividad, ¿no crees que él se felicitaría del cambio y se compadecería de ellos?”[13].

Es esta compasión, este deseo de compartir el tesoro que ha hallado, lo que le mueve a tratar de transmitir lo que ha visto a quienes siguen en la oscuridad.  Pero es importante destacar que lo que les comunica es la descripción o narración de su personal experiencia de ese mundo maravilloso, no la experiencia en sí.  Relata, con su propio lenguaje (que, según nuestro autor, debe ser llano y adecuado a sus oyentes), su particular vivencia del nuevo mundo que se ha abierto ante sus ojos.  Y lo debe hacer con la mayor sencillez y claridad de que sea capaz, para tratar de llegar al mayor número de oyentes y moverlos a actuar…  Por su propio bien.

La docencia, en este sentido, trata de motivar a quien la recibe para que emprenda por sí mismo el camino que le conduzca a salir de la caverna, a liberarse de las cadenas y grilletes que le mantienen atado a un teatro de sombras.  Pero el conocimiento de ese mundo sólo puede realizarlo uno mismo, nadie puede andar ese camino por otro. 

Al mismo tiempo, la docencia implica –para quien la imparte- un esfuerzo, en muchos casos, de sistematización o racionalización y, en otros, de verbalización de una experiencia personal para la que, en muchas ocasiones, no existen palabras adecuadas.  Por ello, en la transmisión de ciertos asuntos –de los más importantes- suele recurrirse a símbolos o analogías sin caer en la cuenta, en muchas ocasiones, de que la mera búsqueda y meditación en torno a ellos tiene  ya un efecto transformador, de perfeccionamiento a través del conocimiento, la cultura y el refinamiento de las formas de pensar y sentir[14].  Así, si bien es cierto que el aprendizaje conlleva la necesidad de enseñar para compartir lo descubierto, no es menos cierto que la docencia también implica un cierto aprendizaje que retroalimenta al maestro con sus aportaciones.

En el ámbito humanístico, esta relación entre educación y aprendizaje es todavía más estrecha ya que la formación del carácter es la razón de ser de las propias humanidades, su causa final.[15]  Olives completa esta reflexión con una rotunda frase que no deja lugar a dudas: “las humanidades son una investigación de la naturaleza humana en aras de saberla reconocer y ayudar a desarrollarla.  Constituyen ante todo un proyecto pedagógico. (…)  [Por tanto, deben considerarse] docencia e investigación como dos aspectos inseparables de una misma cosa: la persona humana, su descubrimiento, su posible desarrollo”[16].

En eso estamos, sobre eso tratamos cada día…  Desde distintos prismas, a partir de distintas materias, pero poniendo siempre en el centro el desarrollo de nuestra naturaleza, nuestro perfeccionamiento, la trascendencia de nuestras limitaciones, la asunción de nuestra misión y nuestro lugar en el universo.


[1] Olives:2006-II, 120

[2] Cfr. Olives:2006-II, 122

[3] Cfr. Olives:2006-II, 130

[4] Cfr. Olives:LD, 28

[5] Aquino:ST, c. 180 a. 3

[6] Olives:LD, 28-29

[7] Cfr. Olives:LD, 29

[8] Cfr. Olives:2000, 11

[9] Cfr. Olives:2006-II, 121

[10] Cfr. Olives:2006, 417

[11] Cfr. Olives:2006-II, 121

[12] Cfr. Olives:2006-II, 64

[13] Platón:Rep, 516c

[14] Cfr. Olives:2006-II,  63

[15] Cfr. Olives:2006-II,  64

[16] Olives:2006-II,  64

LAS HUMANIDADES IV: el simbolismo metafísico del mito platónico de la Caverna

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(Ofrecemos a continuación otro capítulo de Joaquín Muñoz Travé, colgado en su blog Meditaciones del Día <http://meditacionesdeldia.wordpress.com/&gt;, procedente de su obra inédita Las Humanidades como método para el desarrollo del potencial humano en base a la aportación de José Olives Puig al mundo académico)

Para algunos, no basta con saber que el mundo está formado por símbolos y que éstos pueden ponernos en relación con unas realidades distintas a las visibles.

No, mediante la hermenéutica simbólica clásico tradicional, se pretende dar a conocer un método teórico-práctico[1] de desarrollo del potencial humano a través de los símbolos que es característico de las humanidades y que pretende utilizar a éstos como instrumentos de retorno a “la inmutable fuente oscura de donde surge toda luz y toda palabra”[2], como medios de realización espiritual, de desvelamiento de la verdad absoluta y de acceso a la visión de la realidad última cara a cara[3].

Este viaje iniciático[4], de liberación de una visión incompleta del mundo  y de uno mismo (basada en la exterioridad de las cosas)[5], es tratado por Olives mediante la remisión al mito de la caverna de Platón[6].

Para comprenderlo adecuadamente, propone transformar el habitual dibujo rectangular de aquélla en una imagen circular de la misma (que la asimila estructuralmente al mandala) y recordar que la caverna, tradicionalmente, “es el lugar de iniciación en los antiguos misterios”[7].  De este modo percibiremos con mayor facilidad el simbolismo antropo-socio-cosmológico de la misma[8].

Figura 66

Olives:2006, 411

Al comienzo de la narración del mito dice Platón: “Imagínate, pues, a unos hombres en un abrigo subterráneo en forma de caverna, cuya entrada, abierta a la luz, se extiende a todo lo largo de la fachada; están allí desde su infancia y, encadenados de piernas y cuello, no pueden cambiar de sitio ni ver en otra dirección que hacia delante, porque las ligaduras les impiden volver la cabeza; el resplandor del fuego encendido lejos, sobre una altura, reverbera tras ellos; entre el fuego y los prisioneros hay una vereda ascendente; a lo largo de esta vereda figúrate un pequeño muro parecido a los pequeños tabiques que los que hacen farsas con marionetas ponen entre ellos y el público y por encima del cual lucen sus habilidades. (…) Entonces, figúrate a lo largo de ese pequeño muro a unos hombres que llevan utensilios de todas clases que sobresalen en la altura del muro, figuras de hombres y de animales, de toda clase de formas, talladas en piedra y en madera, y, como es natural, de entre los que las llevan, unos hablan, otros están callados. (…) ¿Piensas que en esa situación pueden ver de sí mismos y de sus compañeros otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que da frente a ellos? (…) ¿No piensas que creerían nombrar como objetos reales al nombrar las cosas [=las sombras] que verían? (…)  ¿No crees que cada vez que uno de los que pasaban se pusiese a hablar, pensarían que esa voz era emitida por la sombra que desfilaba? (…) Que a los ojos de esas gentes la realidad no podría ser otra cosa que las sombras de los objetos confeccionados?”[9].

Figura 67

Este punto de partida, gráficamente sintetizado por el dibujo de nuestro autor (Olives:2006, 413) describe -para Platón y para Olives- la situación de aquel ser humano que sólo percibe la exterioridad del símbolo, sin descubrir ni vivenciar lo simbolizado; el hombre que vive en el interior de la caverna sin plantearse que existe un maravilloso mundo fuera de ella; el hombre que no se pregunta por el origen ni el por qué de sí mismo ni de cuanto le rodea; el ser humano narcotizado que disfruta de un teatro de sombras y nunca se pregunta qué las causa ni por qué él es capaz de percibirlas.

En consecuencia, la primera fase del proceso de liberación de esta estrecha visión de la realidad consiste “en romper las cadenas y los grilletes para darse la vuelta y mirar hacia el interior de la caverna”[10], inversión de la mirada que recuerda a la raíz etimológica de intuición (intueor) que ya hemos citado anteriormente[11] y nos remite al órgano cognoscitivo que nos permitirá realizar ese viaje hacia la luz, esa recuperación de la memoria o recuerdo de lo primordial perdido pero latente en el fondo del ser, esa reminiscencia o anamnesis, ese despertar o iluminación: el acceso al intellectus[12].

Este desarrollo que, como iremos comprobando, es gradual o evolutivo, comienza por la toma de conciencia –en ocasiones espontánea, en ocasiones inducida- de que uno se encuentra preso de su propia mente, el principal enemigo de cada uno (según afirma Olives citando el diálogo entre Diógenes y Alejandro Magno que narra Dión de Prusa), auténtica cadena o grillete que le ata a uno a una visión muy sesgada de la realidad:  “¡Tú eres el peor enemigo de ti mismo: el más irreconciliable y el más temible, mientras seas tan vicioso y tan necio!  He aquí el hombre a quien menos conoces.  Porque no existe necio ni malvado alguno que se conozca a sí mismo”[13] .  Queda patente en esta cita la directa relación que se establece entre conocimiento y virtud en el pensamiento tradicional y, más concretamente, en su vertiente platónica:  el recto actuar se fundamenta en el recto pensar, por lo que el pecado –o el errar en el actuar, la decisión o acción que perjudica a nuestra naturaleza- es el fruto de nuestra ignorancia, de un conocimiento deficiente, de una apariencia que tomamos por real cuando no es más que una sombra del auténtico Bien.

Sin embargo, en el pensamiento clásico-tradicional se entiende que es éste un camino de doble sentido y que también la virtud (la fuerza interior que conduce al recto actuar[14]) es un requisito indispensable para alcanzar la sabiduría (el recto pensar o el conocimiento adecuado).  Ortodoxia y ortopraxis se precisan, la una a la otra, como causa y como efecto al mismo tiempo.

De hecho, parte de esta ortopraxis consiste en la exigencia humanística –hermenéutico simbólica- de volver la mirada hacia uno mismo como exigía Sócrates, de autoconocerse, de descubrir lo simbolizado en el interior de cada uno.  Esto sólo puede lograrse trascendiendo el pensamiento (no renunciando a él)[15],  poniendo la mente al servicio del ser humano entendido como unidad, sin caer en un sometimiento esclavo a la razón (en base a que el haz de luz jamás podrá iluminar a la linterna que lo produce[16]).  Por tanto, habrá que autodescubrirse (o re-conocerse) explorando la propia conciencia (nuestros pensamientos, sentimientos y reacciones[17]), pero superando la mera introspección psicológica para así introducirse en el ámbito de conciencia que Olives denomina “persona”.

A ésta “nunca podremos conocerla en el sentido que conocemos las cosas, los seres distintos de nosotros mismos, ni como conocemos los  rasgos de nuestra psicología o nuestra conducta.  En este sentido, nuestro ser, el «si mismo» es «incognoscible», pero, claro está, es perfectamente vivenciable, puesto que no somos otra cosa que él, y siempre lo hemos sido”[18].  El ser persona radica en esta vivencia de contemplarnos como espectadores de nosotros mismos, tomando conciencia de quiénes somos más allá de nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones y demás elementos cambiantes de nuestra identidad; consiste en disfrutar de encontrarnos en ese centro inmutable, en gozar de esa presencia que siempre hemos sido y que es el sustrato que permanece más allá de los cambios propios de la edad, del paso del tiempo y de la evolución personal.  Tomar consciencia de esa parte de nosotros mismos que permanece inalterable y presente es a lo que impropiamente llamamos el «desarrollo de la personalidad», y es el fundamento último de la buena vida[19], de la eudaimonia, de la vida feliz, digna y libre.

Para acceder a este nivel de conciencia que hemos denominado “persona” es preciso liberarse de los grilletes que le mantienen a uno con la mirada puesta en las sombras, en la apariencia, en lo cambiante, en lo que parece pero no es.  Esta liberación supone intuir que el mundo sensible no es el único existente, sino que es el reflejo de otro mundo arquetípico y dotado de mayor realidad; implica descubrir la dimensión simbólica de cuanto nos rodea y de nosotros mismos[20], acceder –a través de lo visible- a las ideas fuerza que se encuentran grabadas en el alma humana y en el Anima Mundi[21], superar la visión dualista, materialista o empirista del mundo que sólo otorga realidad a lo sensible-ilusorio y no se la reconoce a lo supra-sensible, que es ontológicamente más real y duradero[22]

Si prestamos atención, observaremos que es a partir del fuego -y de ese simbólico teatro de sombras- que el prisionero puede intuir el mundo intermediario que es representado, en la alegoría platónica, por la pasarela por donde desfilan los individuos portando los objetos que dan forma a las sombras que aparecen proyectadas en las paredes de la caverna.[23]

Es bajo la guía del intelecto –ayudado por la razón[24]- y mediante una serie de encadenamientos asociativos que no son arbitrarios pese a escapar a la lógica del pensamiento discursivo-dualista[25], que uno puede descubrir las sombras como símbolo,  accediendo de este modo a los arquetipos que le facilitarán una mejor comprensión de la estructura y dinámica del mundo y de sí mismo[26].

Cuando hablamos de la hermenéutica simbólica que propone Olives nos encontramos, por tanto, ante un proceso de talante plenamente humanístico, que exige conocer mínimamente las claves interpretativas y las referencias transmitidas tradicionalmente, pasar todo lo comprendido racionalmente por la criba del autoconocimiento[27] e identificarse con el símbolo, empatizar con él como el actor de teatro con su papel, hasta llegar a reconocer el arquetipo en uno mismo[28].  Sólo por esta vía puede accederse a todos sus beneficios, a su contenido y a su potencial gnoseológico y transformador de la personalidad.

Olives llama la atención sobre el hecho de que, cuando el prisionero vuelve la vista hacia el interior de la caverna y descubre la pasarela que hemos identificado con el mundo intermediario de los arquetipos, toma consciencia de que ha accedido a éstos partiendo de las sombras, y que éstas sólo son visibles y operativas como símbolo gracias al fuego central que él identifica con el entendimiento o intelecto[29].  Pero –nos recuerda- este “mirar hacia adentro” y descubrir el fuego no es un proceso sencillo. Quien inicia este viaje debe estar preparado para no sucumbir ante todas las dificultades y tropiezos que aparecerán a lo largo del camino, muchos de ellos procedentes de la propia mente, que ya se encontraba cómoda en su mundo de sombras.  Platón lo explica así: imagina “que uno de los prisioneros fuera liberado, que se le obligara a levantarse de pronto, a volver la cabeza, a andar, a levantar los ojos hacia la luz que le causarían dolor y, deslumbrándole, le impedirían mirar los objetos cuyas sombras veía poco antes. (…) ¿No crees tú que se vería muy en apuros y que los contornos que antes veía le parecerían mucho más verdaderos que los objetos que se le mostraban ahora?  Y si se le obligase a mirar la misma luz, ¿[no crees] que le dolerían los ojos y que rehuiría y los volvería hacia las cosas que puede mirar y que considera a éstas más visibles en realidad que las que ahora se le muestran?” [30].

Aunque intelecto y razón deberían ir de la mano para obtener una imagen fiel y completa de la realidad, a menudo ésta ocupa el lugar de la primera exigiendo una primacía o exclusividad que supone seguir con la mirada puesta en las sombras proyectadas sobre la pared.  Se trata de la opción más sencilla, más cómoda, pues supone mantener el status quo, no hacer cambios, dejarlo todo tal y como está, evitando así el esfuerzo de poner en marcha un sentido –el sexto sentido- que hasta entonces estaba dormido: el intellectus.

Superar esta tendencia es lo que se procura mediante la dialéctica, el método filosófico por excelencia que –a través de los símbolos, interior-exteriormente contemplados- nos pone en contacto directo con la verdad mediante una experiencia a-dual del mundo y de uno mismo propia de la intelección (noética) que gusta de la realidad al modo místico, empático, unitivo[31], que promueve el mejoramiento y transformación del ser humano[32], su autoconocimiento, la recuperación de su dignidad original[33], pero que debe saberse que –como todo nacimiento o renacimiento- puede producir “dolores de parto” (hecho que demuestra lo acertado de la expresión socrática “mayéutica” y lo recomendable, como veremos más adelante, de disponer de una “comadrona” en el “alumbramiento”; de un maestro que nos guíe en el camino de salida de la caverna[34]).

En mi opinión, es el valor que supone enfrentarse a estos “dolores de parto” –propios del tránsito de un mundo a otro, de un estado de ser a otro- lo que justifica suficientemente que se haya denominado a la dialéctica “la vía del héroe”[35]Ésta supone un ascético camino teórico-práctico de perfeccionamiento humano a través del conocimiento de uno mismo y del mundo que puede obtenerse de los símbolos y de una modalidad suprarracional de pensamiento que implica “pensar en imágenes”[36].  Este “pensamiento imaginal” permite superar las limitaciones de la ratio, órgano cognoscitivo discursivo que, como tal,  se encuentra constreñido a las fronteras conceptuales propias de cada idioma o lengua.

Olives, al tratar sobre esta heroica vía, sobre la dialéctica platónica (a la que a lo largo de su obra asimila a la hermenéutica simbólica que él propone), la define –siguiendo literalmente a Platón- como “la operación especulativa de «leer a través», es decir: ver-más-allá de los conceptos, las imágenes, las palabras o los símbolos, para alcanzar –o mejor, vivenciar- el auténtico sentido, que siempre es una experiencia directa que va más allá de las formas y nos hace trascender el racionalismo y la mera lógica formal, superándolos.  Significa, como dice el griego, transitar gnoseológicamente de lo sensible (o visible) a lo inteligible (invisible), del mundo de las formas a la verdad en sí, la cual está más allá de toda forma”[37]; ir de la sombra al arquetipo y del arquetipo al astro rey, a la causa última de todas las cosas que el prisionero y sus compañeros veían en la caverna[38]

Llegados a este punto, resulta más sencillo retomar y comprender la idea principal del simbolismo del héroe: éste, como «semi-dios» que es, tiene una naturaleza humana pero goza también de la filiación divina y trascendente y, por tanto, está abierto a la participación consciente en el ser universal[39], le es posible acceder al sol, a la fuente de toda luz, al origen último de todas las sombras.

Ese es el objetivo final de las humanidades y de su metodología hermenéutico-simbólica y, para alcanzarlo, es preciso recurrir al estudio, a la contemplación y a la docencia.  Tres fases complementarias que integran lo que denominaremos “el proyecto pedagógico de las humanidades”; el camino hacia el centro de nosotros mismos; hacia el desarrollo de nuestra natural dignidad; hacia el despertar de la chispa divina que guardamos en nuestro interior y que nos convierte en templos vivientes, en sujeto y objeto de estudio, meditación y enseñanza.



[1] Cfr. Olives:2006-II, 23

[2] Chevalier:1995, 10

[3] Cfr. Olives:2006, 409  Este hecho justifica que podamos hablar, como veremos más adelante, de filosofía mística o del valor religioso de las humanidades (ver cáp. 4.f)

[4] Cfr. Olives:2006, 409

[5] Cfr. Olives:2006, 414.  En Olives:LD, 7 encontramos un texto mucho más explícito: “El hombre en su estado corriente vive esclavo del pensamiento-emoción, como encerrado en una caverna hecha de representaciones y proyecciones creadas por la mente individual y colectiva y, en consecuencia, relativamente ilusorias”.

[6] Nos recuerda nuestro autor que este mito es “casi imposible de comprender sin contar con las enseñanzas sobre el modelo tradicional del mundo y del hombre que en la Academia se transmitían de forma oral, al igual que las han transmitido las demás tradiciones sapienciales de todas las civilizaciones”.  Los escritos platónicos –nos recuerda- no son más que una incompleta tradición escrita que recoge valiosos fragmentos de antiguas enseñanzas tradicionales que proceden de múltiples fuentes (orfismo, pitagorismo, el legado sacerdotal egipcio, elementos caldeos y persas… etc.) y que no deben ser interpretados como un intento de construir un sistema filosófico al estilo moderno, sino como una profundización en aspectos concretos de un cuadro mucho más amplio que se da por conocido y asumido (Olives:2006, 408-409)

[7] Olives:2006, 414

[8] Cfr. Olives:2006, 410

[9] Platón:Rep, 514a-515c

[10] Olives:2006, 414

[11] Ver nota 200

[12] Olives:2006, 414

[13] Dión:Dis, 135-249

[14] Cfr. Olives:2006, 135 y 178

[15] Cfr. Olives:LD, 5

[16] Cfr. Olives:LD, 26

[17] Cfr. Olives:LD, 23

[18] Olives:LD, 26

[19] Cfr. Olives:LD, 26

[20] Cfr. Olives:2006, 415

[21] Cfr. Olives:2006-II, 60

[22] Cfr. Olives:2006, 415

[23] Cfr. Olives:2006, 415

[24] Cfr. Olives:2006-II, 60

[25] Cfr. Olives:2006-II, 120

[26] Cfr. Olives:2006-II, 60 y 121

[27] Cfr. Olives:2006-II, 120

[28] Cfr. Olives:2006-II, 121

[29] Cfr. Olives:2006, 416

[30] Platón:Rep, 515d-515e

[31] Cfr. Olives:2006, 195

[32] Cfr. Olives:2006, 432

[33] Cfr. Olives:2006, 196

[34] Sin embargo resulta muy interesante la puntualización que realiza el propio Olives al respecto: “En el «camino hacia la luz» uno cuenta con la ayuda de todos los que lo han recorrido antes (en distintos grados y niveles): maestros, escrituras, escuelas, enseñanzas, revelaciones…  Pero cada uno es quien debe realizar directamente el camino de conocerse a sí mismo, porque la luz principal y la guía máxima que podemos encontrar yace en cada uno de nosotros” (Olives:LD, 8)

[35] Olives:2006, 196

[36] Olives:2006-II, 123

[37] Olives:2006, 194

[38] Cfr. Platón:Rep, 514a – 518c

[39] Cfr. Olives:2006, 202

LAS HUMANIDADES I: potencial humano y crecimiento personal

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[Este capítulo y los siguientes que iremos ofreciendo bajo el título LAS HUMANIDADES son fruto del trabajo de investigación inédito, realizado por Joaquín Muñoz Travé, que lleva por título "Las Humanidades como método para el desarrollo del potencial humano en base a las aportaciones de José Olives Puig al mundo académico". Recogemos dichos capítulos  del blog de J.Muñoz meditacionesdeldia.wordpress.com,  donde están siendo publicados desde el pasado Octubre. Remitimos también a la publicación original a quien quiera consultar las referencias bibliográficas y las citas]

Las Humanidades (los estudios sobre lo más propio del ser humano) están en crisis…  Y tal vez por ese motivo estemos sufriendo una crisis cultural y económica como la que nos azota.  Pero pocas voces se oyen que reclamen atención para ellas.  Una de las voces que sí lo hace es la de mi maestro y amigo José Olives Puig.  Hace unos años, tuve la dicha de coincidir con él en la Universitat Internacional de Catalunya: él como catedrático, yo como alumno.  Esta coincidencia ha sido uno de los hitos que ha marcado mi vida porque, a través de su enseñanza y ejemplo descubrí que otro mundo era posible…  Gracias a las Humanidades.

Hablar de Humanismo -en el sentido en que lo hace Olives y la Academia Florentina- significa establecer al hombre como “idea clave, como lugar de concreción de todo el saber y, sobre todo, como su campo de cultivo prioritario”.  Este antropocentrismo -bien entendido- resulta un eficaz medio para no perderse en una situación histórica de rápidos y profundos cambios…  Ya que permite enraizarse en lo más profundo de uno mismo.  El pensamiento clásico-tradicional descubre en el antrophos la imagen arquetípica de todo lo demás, el locus por donde se establece el contacto con lo universal, y explota este hallazgo como nexo y fuente de nuevos saberes, en sintonía con el lema délfico de “conócete a ti mismo y conocerás el mundo y a los dioses”.

Esta visión del hombre supone reconocerlo como sujeto y objeto de conocimiento al mismo tiempo, lo que posibilita su transformación por medio del conocimiento que adquiere de sí mismo.  En este sentido, la finalidad de las humanidades es “la investigación de la naturaleza humana en aras de saberla reconocer y ayudar a desarrollarla”.  Es éste el mismo objetivo que tenía la filosofía para los antiguos, como tan bien ha estudiado y explicado Pierre Hadot.  Para ellos -y para nosotros- todo conocimiento, toda ciencia y todo saber “deben estar al servicio del hombre, y no a la inversa, tal y como ocurre cuando se cae en la barbarie del especialismo”.

Puede decirse por tanto que es propio de las humanidades el tomar al hombre como centro y contemplarlo “desde el punto de vista de su posible perfeccionamiento mediante el conocimiento, la cultura y el refinamiento de sus formas de pensar y de sentir”.

Toma así un nuevo significado la expresión “cultivo de las humanidades”…  Más bien habría que decir “el cultivo de la persona humana mediante las humanidades, las cuales -en este sentido y siguiendo con la metáfora agrícola- son comparables al abono necesario para el crecimiento personal”.  Comparto plenamente con Olives el convencimiento de que la cultura es un modo de cultivo de la personalidad, tendente al crecimiento, desarrollo y perfeccionamiento de la naturaleza humana.

Porque, mal que nos pese, la mayoría de nosotros no somos más que seres humanos en bruto, en germen, en potencia…  Meras sombras de lo que podemos realmente llegar a ser.  ¡Qué razón tenía Pico de la Mirándola al escribir su “Discurso sobre la dignidad del hombre”!  El ser humano ha sido dotado por su creador de la capacidad de vivir olvidado de su propia naturaleza -incluso de vivir en contra de ella-, cayendo en formas degradadas de existencia que le sitúan, incluso, por debajo de los animales…  O puede arraigarse en su propia esencia, viviendo una vida buena, realmente digna, conforme a su naturaleza y al modelo divino con que ha sido creado…  Elevándose a las más altas cimas, despertando la chispa divina que reside en su interior, iluminando y transmitiendo su calor a su vida y a la de quienes le rodean.

En este sentido, “el desarrollo de la personalidad humana aparece como la principal exigencia y como el fin último de la vida”.  No es sólo un derecho, es el deber que corresponde a la gran suerte y oportunidad que supone haber nacido.  Un deber que, libremente, cada ser humano decide -o no- asumir.  Decisión que le llevará por el camino de la felicidad mediante el desarrollo del potencial humano, o por el de la involución e indignidad -o, incluso, indignación- personal.

Las humanidades, por tanto, ya no se sitúan sólo en la dimensión del conocimiento más o menos erudito sino en la del yo y el ser: consisten en un proceso de metamorfosis que aumenta nuestro ser y nos hace mejores, actualizando las potencialidades de nuestra personalidad mediante un cambio de conciencia que Olives -atendiendo a su etimología- ha dado en llamar metanoia.  Ésta implica una reconstrucción de uno mismo que conlleva “el progresivo reconocimiento de la propia alma, o ser interior del hombre”.

La base del enfoque humanístico consiste, pues, en convertir todo conocimiento en una fuente de crecimiento personal, no meramente intelectual; en el compromiso y la práctica del conocimiento de sí mismo al más puro estilo socrático.  Resulta reseñable la similitud de este planteamiento con la noción germana de Bildung o con la de paideia griega, tan propias del pensamiento clásico-tradicional.

Por paideia se entendía -en la Grecia clásica- aquella educación que le otorgaba a uno un carácter verdaderamente humano, haciéndole apto para ejercer sus deberes y derechos cívicos, al dotarlo de un conocimiento y control sobre sí mismo y sus pasiones “al estilo de las antiguas iniciaciones y misterios”.  Se trataba de una educación fiel a su sentido etimológico (del latín ex-ducere, “conducir hacia fuera” o “hacer salir”).  Esto es, hacer explícito lo que se encontraba dentro, escondido, latente…  Se trata de “hacer germinar y crecer la semilla divina que el hombre lleva dentro, reconociendo a lo que hay detrás de la máscara que es la persona, desvelando el ser.  Así desarrolla la auténtica personalidad, la cual, con el trabajo, va siendo cultivada y compartida.  Es en este sentido que Sócrates compara el arte del filósofo con la mayéutica , que es el arte de la comadrona, el del alumbramiento del discípulo deseoso de aprender”.

Esta noción -que se transmitió a los romanos a través, esencialmente, de la escuela de los estoicos- es la razón de ser que dio lugar a las Humanitates, esto es, a las humanidades entendidas en su sentido clásico-tradicional…  Como arte de vivir o -como gusta llamarlas Pierre Hadot- como “ejercicio espiritual”.
Hadot afirma que la filosofía antigua -que forma parte de las humanidades tal y como aquí las estamos proponiendo- implica unos ejercicios que suponen un cambio de la visión del mundo y una metamorfosis de la personalidad que son producto, no sólo del pensamiento, sino de la totalidad psíquica del individuo.  Una metanoia que sitúa al hombre en la perspectiva del Todo.

Olives es, en mi opinión, menos académico y más divulgativo al aclarar: “es característico de las humanidades el combinar el cultivo de las formas más elevadas de conocimiento con el ejercicio de la virtud práctica, de acuerdo con el viejo lema de las letras y las armas en boda simbólica. (…) Las humanidades hacen referencia a ciertas formas de pensamiento y práctica orientadas al desarrollo de la felicidad y la conciencia del hombre, en aras del bienestar de las comunidades humanas.  Este tipo de tarea tiene por tanto que ver con lo intelectual y, al mismo tiempo, con la espiritualidad”, con la indagación, conocimiento y adecuación a los ritmos del universo, del cuerpo y del alma.

Este modo de entender las humanidades implica considerarlas un arte de vivir, un arte que -como tal- supone acción además de contemplación.  Primero aprender a pensar bien; después, aprender a vivir en consonancia con lo que se ha aprendido.  Nos encontramos, por tanto, en el terreno de la Virtud, ante el arte de regirse a uno mismo y a los demás, ante el Arte Regia.

Podemos concluir afirmando que las humanidades nos ayudan a ser persona, a conocer el propio talento y a desarrollarlo, mostrándonos que es ésta la principal manera de ayudar a los demás y ser felices al mismo tiempo.

Cambiaremos el mundo cambiándonos a nosotros mismos…  Y, para ello, es necesario recuperar las humanidades.